Babasónicos en el fin de la historia
Miami y el ocaso menemista
Babasónicos en el fin de la historia
Miami y el ocaso menemista
El 23 de abril de 1999, casi diez años después de que Carlos Menem se convirtiera -de manera anticipada y en medio de la híper- en presidente de Argentina, se publicó Miami. El quinto disco de Babasónicos fue, por varias razones, un parteaguas en su obra; otras más lo convertirían en un hito de la historia del país. Hito en el sentido más literal: Miami hace las veces de posta que nos indica que terminó una era y comenzó otra, acaso más oscura, acaso más incierta. Todavía faltaban unos meses para que la Alianza triunfara en elecciones y Fernando de la Rúa recibiera la banda presidencial. Si desde acá sabemos el desenlace, el clima político del país, la falta de alternativas reales al modelo neoliberal y la pauperización consumada de grandes sectores de la población ya avisaban sobre un ambiente de desesperanza y cinismo que la banda de Lanús supo captar de forma brillante.

De los bordes al centro
Antes de apretar play, el diseño de Alejandro Ros nos indica por dónde va el asunto. En un mapa de Argentina boca abajo, la península de Florida aparece ubicada en Misiones, en la triple frontera con Paraguay y Brasil, otra meca de la latinidad que guarda más de un parecido con la ciudad de Miami. Poder de síntesis, Constant concept. «La búsqueda de la ironía como única arma para combatir lo que Dárgelos define como “un proceso social donde todos los valores fueron tergiversados”», dice Roque Casciero en Arrogante Rock.
Con Miami, Babasónicos logró congelar el sentir de una época y al mismo tiempo trascenderlo. Podríamos disfrutar sus canciones hasta en el espacio (¿en la estratósfera?), pero al ubicarnos en el contexto socioeconómico en el que fueron grabadas las resignificamos. Aunque su propuesta traza los bordes de los noventa, el álbum sigue siendo relevante, tal vez porque esas heridas nunca se cerraron.
Para la banda, el disco supuso un giro en la forma de producir y poner a circular su música. De ser exponentes del “nuevo rock” con canciones sucias y experimentales, pasaron a los éxitos pop de letra y música sofisticadas que coparon las radios del país ¿Cómo entender que la banda que hizo D-Generación es la misma que la de Pijamas? La clave está en este, su trabajo más ecléctico. Con temas que funcionan como médiums, articulando un mundo y el otro, nos avisaron lo que se venía. Nada volvería a ser igual.
Al escuchar Miami estamos emprendiendo un viaje largo, sensorial, de atmósfera densa. Los sonidos se nos impregnan en la piel como si estuviéramos en la selva misionera o en la ciudad que da nombre al disco. Mejor hacerlo en ojotas. Desde la primera nota crea un clima, una idea que se ubica en el centro y hace las veces de escenario; como en el cine coral se van soltando, una tras otra, las historias, los personajes y lo que tienen para contarnos.
¿Qué importa tu canción?
Entre todo ese pegote empieza a sonar 4 AM. Sus versos aluden a una historia de amor y fuga entre el narrador y una mujer, pero cada vez que Dárgelos repite que “esa no es tu casa, ese ya no es tu lugar” nos recuerda a las dos caras -simétricas, idénticas- de la globalización. Nos invitaron a ser ciudadanos del mundo a cambio de no sentirnos parte en ningún lugar, ser clandestinos de la aldea global. A la vez, la intuición de “ya no pertenecer” remite a la expulsión de una parte de la comunidad política, la de los menos favorecidos, los relegados por el consenso neoliberal.
Desfachatados, hit inoxidable, es un western con reminiscencias de tequilazo en el que un grupo de extranjeros hace lo que quiere y se lleva puesto todo a su paso. No hace falta meternos en exégesis forzadas para entender de qué se trata. El piloto de Grand prix, que no tiene por qué frenar ni mirar atrás, se ubica en la misma senda. El playboy y Charada, narraciones llenas de ironía, hablan de la seducción en tiempos de destape cultural y libertad para pocos. Drag dealer y Combustible son temas casi cinematográficos sobre tipos que viven entre el afano, la estafa y las adicciones. Todas estas canciones se nutren de dobles sentidos para caricaturizar a quienes la pasaron bien en los noventa, y hacen en conjunto una etnografía de nuestro jet set.

El sumum, otra parada obligatoria, funciona como un tratado estético sobre la década. Dárgelos nos dice que la grasada es un síntoma, un sello del período que tiene sede en Miami, a la que define como “capital de la cochambre”. Todos somos un poco mersas, por acción u omisión; queda en uno habitar ese estatus o renegar de él.
En este punto tampoco deberíamos pecar de moralistas o de inocentes. Ni la banalidad ni la fascinación por “lo de afuera” nace en los 90, pero en el menemismo se vuelve política pública, promesa de campaña. Con el uno a uno, a una fracción de la clase media argentina le resultó atractivo endeudarse para consumir, viajar al exterior barato, cambiar el auto. Pequeñas delicias de la vida convertible. Pero ese esquema, que fue posible gracias a la entrada de dólares de las privatizaciones y a capitales “golondrina” que pasaban por el país aprovechando las condiciones favorables, dejó de ser solvente cuando a Argentina se le terminó el milagro verde.
Al éxtasis de El sumum le sigue la abulia de La roncha, que suena como un revés de realidad. En esta historia no se está divirtiendo nadie. Mientras nos ubicamos geográficamente en un litoral argentino que se parece mucho al de los cuentos de Quiroga -priman la humedad, el calor y la desigualdad-, se teje un manto de desesperanza que noquea con poesía de la más bella. Nos avisan que no hay mañana y que el porvenir se diluye en un lugar en el que todo es barato; sobre todo la vida, que no vale nada. Otra vez, la cruda economía, ahora desde la perspectiva de los excluidos.
De las grabaciones para el álbum hubo varias canciones que no entraron, pero que saldrían posteriormente bajo el nombre de Groncho, un muy buen compilado de lados B. Al escucharlo, la cosa se pone aún más explicita. Sobre los cambios en los patrones de consumo de una parte de los argentinos, Babasónicos hizo Promotora, un vitraux de los negocios de moda que durante diez inviernos inundaron el paisaje urbano, siempre acomodándose a la última tendencia pero sin cambiar al fin. Canchitas y rotiserías, estacionamientos y shopping centers, templos evangélicos y casinos. En el medio, la desindustrialización. “¿Que va a ser mañana de ti?” pregunta Dárgelos en un mundo en el que las certezas se erosionan.
Carpenter, Dárgelos, Fukuyama
Pausa. John Carpenter es un director de cine conocido por hacer terror y ciencia ficción de autor con poco presupuesto. Sus películas tienen un estilo reconocible (al punto que permite decir que algo es “carpenteriano”) y exhiben un anti-neoliberalismo latente, que se manifiesta de manera más o menos explícita. In the Mouth of Madness y They Live son dos buenos ejemplos. En ambas películas, al protagonista se le aparece un mundo que es más de lo que aparenta, una suerte de orden digitado “desde arriba” -una elite alienígena cuyo plan es la dominación mundial, un escritor siniestro que mueve las piezas de su mundo, que figura ser ficticio y se demuestra real-. En las dos, nuestro héroe descubre la verdad de forma dolorosa y traumática. Spoiler alert, en una logra desenmascarar ese orden a cambio de su vida y en la otra es internado por esquizofrenia. Los triunfos son parciales; las derrotas, totales.

¿Que tiene que ver Carpenter con Miami? Todo, probablemente. La actitud de su cine ante el neoliberalismo es análoga a la del disco de Babasónicos. En la letra de El shopping, una de las canciones más abiertamente políticas del álbum, un individuo descubre el orden mundial que se teje tras bambalinas y nos invita a contemplarlo en tono jodón. Entre confiado y resignado, dice a esas mentes maestras “tejan marañas, yo fumo bajo el agua”. Sigan con lo suyo pero a mí no me engañan, yo se lo que pretenden.
En el estribillo, Dárgelos nos tira por la cabeza la figura del fin de la historia. No sé en cuantas canciones aparecerá citado Francis Fukuyama, pero acá no lo estaba haciendo nadie. En 1989, mientras caía el muro de Berlín, el politólogo estadounidense se apoyó en una tradición filosófica que incluye a Hegel y Kojève para darle marco teórico al clima de época. Se retractó treinta años más tarde, pero si ese cambio de opinión pasó desapercibido fue porque ya todos nos habíamos creído su mantra. En el planeta entero se sintieron sus consecuencias materiales: sirvió como justificación teórica del unilateralismo yanqui del cambio de siglo y sus intervenciones geopolíticas con el objetivo declarado de exportar democracia.
Con el fin de la historia, sin embargo, Fukuyama no se refería a la ausencia de hechos históricos. Ayudado por el derrumbe inminente de la Unión Soviética y la caída de los socialismos reales, el intelectual conservador concluyó que las democracias liberales y capitalistas eran la única forma posible de organizar los asuntos humanos, y que, tarde o temprano, todas las naciones del globo terminarían por aceptarlo. Seguían existiendo conflictos bélicos y religiosos, todavía surgían líderes que enfrentaban al statu quo, pero eran excepciones que demostraban la regla, coletazos de aquella lucha por el reconocimiento que ya había encontrado un techo.
La falta de un contrapeso a la hegemonía de los EE.UU. convalidó la frase de Margaret Thatcher sobre la ausencia de alternativas. El mercado invadió todos los espacios de sociabilidad, desbordando hacia cada ámbito de la vida. Los grandes relatos que durante el siglo XX compitieron con el liberalismo perecieron, las ideologías pasaron de moda. The dream is over.
El runrún desregulador agarró a Latinoamérica en las postrimerías de la crisis de la deuda, en donde las dificultades mostradas por el camino del ajuste heterodoxo y el temor de nuevos procesos hiperinflacionarios comenzaron a forjar un importante descrédito del Estado como asignador de recursos.
La gestión Menem, alerta a estos diagnósticos, supo tomar el pulso a su era para aplicar el realismo periférico más descarnado. Si el precio de enfrentarse al poder fáctico desde nuestra región era tan elevado, y la posibilidad de construir un proyecto político a contracorriente se veía tan lejana, lo más lógico era plegarse, convertirse en socio minoritario y esperar un premio al mejor alumno. Las relaciones carnales estaban a la vuelta de la esquina.

En los noventa, la cosa pública deja de ser abordada como enfrentamiento para dar lugar a la administración de las cosas, por lo que entender la política económica del período nos deja pistas sobre cómo leer el menemismo. Desde el ministerio de economía, Domingo Cavallo llevó adelante un programa de largo plazo que incluía tres ejes estructurantes: la convertibilidad, es decir, la paridad por ley entre el peso y el dólar; la apertura comercial, que buscaba disciplinar al sector privado nacional; y la reforma del Estado, centrada en el plan de privatizaciones llevado adelante para achicar el gasto público. Salir por arriba del laberinto inflacionario, generar un sendero de estabilización, recuperar la credibilidad del Estado y ajustarlo al tamaño de la economía real. Eso se vendía desde el oficialismo, eso buscaban los organismos de crédito internacionales y el establishment financiero, eso emanaba desde Washington. Al césar lo que es del césar, al mercado lo que es del mercado.
“Sintonizá, llega el final”, aúlla Dárgelos entre guitarras sacadas. El estado de las cosas había penetrado en el tercer mundo de una manera particular. Mientras, nosotros lo veíamos por la tele. Esta impotencia frente a los cambios que se estaban produciendo dialoga con Paraguayana, un trip hop con elementos electrónicos en el que somos invitados a bailar en medio del apocalipsis. Una voz robótica pide que nos entreguemos a la alienación porque, ya derrotados, solo nos queda “arder en el fuego astral del swing”.
¿Qué importan ya tus ideales?
La nueva década infame, como la llama Santos en Los Simuladores, dejó un legado cultural a la altura de sus consecuencias sociales y económicas. Creó un hombre nuevo, fundó una estética; el de Menem, como pocos gobiernos en su historia, transformó a la Argentina para dejarla irreconocible. Las viejas identidades de clase se pulverizaron porque, ante todo, en los noventa fuimos individuos y consumidores. Si estamos alerta, todavía podemos asir los jirones de esa conciencia menemista, tal vez más viva hoy que hace unos años.
Babasónicos es una banda que se encuentra cómoda con el mote de hedonista. Muchas de sus canciones hablan de goce, de levante, de seducción. Por tener un repertorio tan amplio de “pop para divertirse”, una parte de la crítica musical nunca dejó de acusarlos de frívolos. Nada más lejos de la realidad. Como ellos mismos dicen en otro de sus grandes discos, “la música no tiene mensaje/ la música no tiene moral/ y sin embargo te lo da”. No hay nada banal en el placer, ni arte posible si no entendemos que la forma es también contenido. Pero acá redoblaron la apuesta. Sin renegar de ser una banda divertida, se hicieron de ese espíritu desenfadado y lo incorporaron para decir cosas importantes, con el valor agregado de no sonar panfletarios ni resignar belleza.

Miami se inscribe en la historia de los grandes discos conceptuales de la música de este país, y está dentro de los pocos que resumen una época. De manera algo caprichosa podemos decir que Clics modernos es a la dictadura lo que Miami es al menemismo, porque ambos narraron esos dos procesos traumáticos de la Argentina contemporánea. En el primero, Charly retrató el exilio, la lejanía y los conflictos en torno a la identidad de los tempranos ochenta; con el segundo, Babasónicos desanduvo una trama de significados sobre los noventa para medir el aceite al fin de siglo.
Pero no fueron los únicos en intentarlo. La efervescencia del “rock chabón” con su denuncia al saqueo menemista, el auge del punk, cuyo enojo contra el sistema tomaba la forma de enojo contra el neoliberalismo, y el heavy metal, por nombrar algunos géneros, también concibieron discos cargados de contenido político. Libertinaje, Valentín Alsina y Víctimas del vaciamiento, como posible tridente. Sí creo -y esto es subjetivo- que fueron los mejores. Más que ningún otro artista lograron sostener la importancia del arte y de la puesta en escena, aún cuando todo alrededor caía, para crear música no perecedera.
En conjunto, el álbum funciona como la postal de un ciclo que se sabía terminado. Está regado de la certeza de que había un daño profundo ya realizado y que lo que venía iba a ser peor. Mezclando historias de orilleros y compadritos new-age con baladas etéreas y burlas a la moral dominante, Dárgelos y compañía nos avisaron que no todos estaban invitados a esa fiesta, que ese reviente era para pocos. Y que, de cualquier manera, se estaba terminando.
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