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¿Que hacer cuando te perdés?

Hay quienes tienen respuestas rápidas y quienes se quedan en silencio, como si la pregunta doliera. Yo me perdí una vez. O varias. Y no…

Ailin Brite · 2025-08-08 03:38 · 1 claps · 8.3 min read
#politica #chaco #yaguareté #conservación #periodismo
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¿Que hacer cuando te perdés?

Frente a momentos de crisis, hay quienes tienen respuestas rápidas y quienes se quedan en silencio. Accionar o quedarse en shock, hacer preguntas y pensar estrategias, hablar con tu terapeuta, con un amigue o con el verdulero de la esquina. Yo estuve ahí muchas veces, más de las que me gustaría y yo también me perdí una vez. O varias. Y no hablo solo en sentido figurativo.

Esta semana acompañé a Manuel en una de sus últimas campañas de campo con Proyecto Yaguareté. Después de muchos meses sosteniendo el trabajo de conservación en la región chaqueña nos avisaron que no seguíamos, que el presupuesto no alcanzaba y que el equipo se tenia que reestructurar.

Así sin mas, con un sabor amargo por la repentina desvinculación, con la sensación de todo lo que podría haber sucedido pero no fue, debíamos terminar el trabajo que llevamos adelante estos seis meses, yo desde la comunicación, él desde el campo.

Fuimos hasta el norte de la provincia de Chaco, mi provincia. Llegamos muy tarde a Juan José Castelli e hicimos noche en la casa de Mauro, otro Guardaparques amigo que nos abrió las puertas de su casa como refugio a esa noche fría, cenamos todos juntos mientras veíamos y nos maravillábamos con el fenómeno de la transmision en vivo del CONICET y su exploración en las profundidades del Mar Argentino, hablamos de nuestros trabajos, de como nos sentíamos en este contexto, de nuestros caminos futuros y nos fuimos a dormir.

Al otro día salimos temprano y fuimos a Villa Río Bermejito, Pampa del Indio, Puerto Lavalle y alrededores. Retiramos una cámara que tenía registros hermosos de fauna, aunque no de yaguaretés.

Ya de regreso, cerca de Pampa del Indio y antes de nuestro destino final en Resistencia, llegó un aviso: la desaparición de un ternero y una nueva huella, todo en un lugar donde hace mas de 30 años no se ven tigres. Paramos. Fuimos hasta el campo del pequeño productor que nos contactó, y junto a su pequeña hija nos guió monte adentro, nos contó sobre sus animales, sobre los campos que alquilaban y sobre su vida rural.

Cruzamos campos de 100 hectáreas, unas 4 propiedades, a orillas del riacho Guaycurú. Nuestros relatos se mezclaban con los trillos, las lagunas, las huellas de pecaríes, guazunchos, aves, todo decía que estábamos yendo bien.

Mientras caminábamos, comencé a sacar fotos a la corteza de los árboles. Quebrachos blancos, guayacanes, algarrobos, palos borrachos, todos jóvenes, porque los grandes ya habían sido talados y vendidos hace muchos años atrás a la industria maderera. En el estrato bajo, como quien guarda un secreto, más cerca del suelo, aparecían la sacha pera, sacha limón, sacha poroto, el chaguar, las tunas, el quimil, los molles, los aromitos, enredaderas y claro, espinas, típicas del Chaco seco.

Y en ese monte que aún resiste, entre lo que fue y lo que sigue siendo, también estábamos nosotres. Caminando. Buscando. Mirando. Escuchando. Porque aunque significaba el final de una etapa para nosotres, el rastro por nuestro gran felino sigue. En esa caminata, donde todo parecía fluir como debía, me pasó algo inesperado. Me perdí. Sí, literalmente me perdí.

Entre tanta conexión con este territorio — con sus huellas, sus relatos, sus espinas y sus árboles — me retrasé, me quedé atrás, y sin darme cuenta estaba sola. En una laguna, una jacana me sorprendió con su canto, su vuelo y sus colores. Desde hace algunos años tengo una tatuada en el brazo porque esta pequeña ave, guerrera y guardiana significa mucho más para mi que solo el vestigio de una región. En ese momento me detuve, como si algo en ese instante me reclamara atención.

Cuando me percate de que me había alejado del grupo, pensé que si hacía silencio iba a escucharlos. Pero no. Seguí avanzando, convencida de que seguirían la orilla del río. Pero no fue así. La orilla se convirtió en un monte denso, un bosque de ribera con barrancas difíciles de atravesar. Entonces vi un trillo, parecía marcado, y lo tomé. Pero apenas atravesé una enorme telaraña, entendí: yo era la primera en pasar. Ese no era el camino.

Me frené y no sabía cómo seguir entrando al monte, pero sí sabía cómo salir. Había observado bien el ingreso, las formas del terreno, las dificultades.

Miré la hora: 14:47. El GPS de mi teléfono no funcionaba, la brújula tampoco. El cielo estaba nublado y me impedía orientarme por el sol. Volver, pensé. Volver y encontrar el primer alambrado que separaba los campos.

Empecé a retroceder por el mismo sendero por el que habíamos entrado, pero en un momento me di cuenta de que me había alejado del río. Lo único que no tenía hacer era alejarme del río… y lo había hecho.

Perderse en el monte de manera tan improvisada me descolocó. No llevaba machete porque en palabras de Manu, “íbamos y volvíamos” mucho menos un GPS o el mapa descargado en mi teléfono, algo casi impensado para mí. Con Lucero, la guardaparques que me integró al equipo, eso jamás hubiera pasado: entrábamos donde fuera, pero siempre con coordenadas claras pero sobre todo siempre con el control que da el cuidado mutuo.

Esta vez no fue así. Me dejé estar. Estaba drenada, agotada física y emocionalmente, y delegué todo. Me confié. Y cuando me di cuenta de que no podía volver al río, y de que quizás estaba caminando en círculos, empecé a mirar con otros ojos. Me concentré. Busqué signos. Árboles grandes que pudiera recordar. Pensé incluso en trepar alguno para ver desde lo alto si podía ubicarme. Pero no quise alejarme demasiado del punto donde entendí que había perdido el rastro. Me acerqué a un duraznillo algo seco, lo trepé como pude, e intente conectarme a la red pero no tenía señal, intentaba ver por lo alto si volvía a encontrar el río y de repente el crujido de las ramas me devolvió la conciencia: si me caía, además de estar perdida, iba a estar herida. Me bajé.

Miré un quebracho blanco, pero quienes conocen este árbol saben que es casi imposible de trepar, y mucho mas para alguien que pasa la mayor parte de sus días detrás de una (o varias) pantallas. Entonces se me ocurrió algo que rozaba lo absurdo, pero en ese momento parecía lógico: prender una fogata. Sabía que desde la tranquera de entrada, donde estaban las vacas del productor que nos había llevado hasta ahí, tal vez alguien podría ver la columna de humo.

Lo único que tenía en los bolsillos era un rollo de papel higiénico y un encendedor. Busqué un claro, aleje las hojas seca, con una rama cavé un pequeño hueco y prendí un fuego en condiciones seguras. Sabía muy bien que en el Chaco seco cualquier descuido podía convertirse en un incendio forestal; ademas de que seria lo último que me faltaba, no iba a permitir eso. Me quedé unos minutos junto al fuego, mirando el humo y el reloj: ya eran las 15:40.

Mientras tanto, repasaba mis opciones. Había probado trepar, buscar señal, orientarme con el sol que no salía y el fuego que no daba resultado. Volver al río era mi única opción. Apagué el fuego con tierra y empecé a caminar otra vez.

El miedo no llegó de golpe. Me iba alcanzando por oleadas. Pensaba en que me quedaban pocas horas de luz. Era 5 de agosto, invierno en el Chaco, y el cielo seguía cerrado como si en cualquier momento se largara a llover. No tenía mucho abrigo. No tenía GPS. No sabía bien dónde estaba.

Me repetía que todo podía pasar, pero también me recordaba lo que sí tenía: un encendedor. Si era necesario, podía volver a armar una fogata, mantenerme caliente. Había visto un árbol caído, podía improvisar un refugio. Algo que me contuviera, que me protegiera de la noche, del frío, de la lluvia.

Cada vez que el miedo me inundaba, respiraba profundo. Sabía que perder la calma era lo último que podía permitirme. Necesitaba pensar con claridad, con lógica. Así que me detenía, me concentraba, respiraba hondo y pedía. Les pedía a los seres del monte — esos que lo habitan y lo cuidan desde antes que yo llegara, desde siempre — que guiaran a Manuel hacia mí. Que me acompañaran. Que me protegieran.

Pensaba en cuánto lucho, cada día de mi vida, por cuidar ese monte. En cuánto amo ese lugar, en todo lo que me enseñó. Y en ese momento, que era probablemente uno de los más vulnerables que había vivido en el campo, me sentía completamente a su merced, pero también profundamente abrazada. Como si el monte me dijera: “Estás bien. Estás acá. Pensá.”

Volvía al pensamiento racional. Volvía a mis opciones. Revisaba mis decisiones. No era la primera vez que alguien se perdía en el monte, y yo sabía cómo moverme, y aunque estaba cansada, sí y sola también, seguía entera y tenía que volver al río.

Cerraba los ojos, me concentraba y escuchaba múltiples aves yentre todos esos cantos, otra vez, la jacana. Esa que había visto al inicio, la que llevo tatuada en el brazo y en la memoria. Sabía que no podía estar lejos de un cuerpo de agua. Tal vez el río, tal vez alguna laguna creada por sus meandros. Donde hay jacanas, hay agua.

Después, el monte empezó a cambiar. Se volvió más espeso. Se volvió más sonoro. Escuché monos carayá aullar. Y entendí: ya eran casi las 17 h. La noche se acercaba o algo los había alterado. Instintivamente pensé: tengo que gritar.

— ¡MANUEEEEEEEL! ¡MANUUUUUUU!

Una vez, dos, tres. Paraba. Escuchaba. Silencio. Gritaba otra vez.

— ¡MANUEEEEL!

Y nada. Grité tanto que en un momento ya no me salió el nombre del manu. Solo un grito, un lamento, no podía más. Me sentía sola, vulnerable, chiquita. Y en esa soledad apareció todo: me vi ahí, perdida por distraerme tomando fotos con el celular, con la cabeza enredada por la tristeza y el enojo pensando en lo que había pasado con el Proyecto Yaguareté, en lo mucho que amo estar en campaña de campo. En que no quiero dejarlo. En que ahora tengo que buscar otro trabajo. Algo estable. Algo que quizás no me apasione tanto.

Pensaba en los laburos temporales que tomé estas semanas, vinculados a la política partidaria por las elecciones provinciales y en cómo no quiero más eso. En los entornos fríos, violentos, poco éticos. En la poca consideración que hay por quienes nos dedicamos a la conservación, a la comunicación, a las cosas que no están en agenda, que no son prioridad. Pensaba en la precarización emocional a la que estamos expuestos, esa que no se mide solo en sueldos sino en silencios y en formas de tratarnos. En esa angustia de vivir haciendo algo por vocación, mientras todo alrededor parece desmoronarse.

Pensaba en la ciencia argentina. En lo que están haciendo con ella. En las políticas de Milei. En un gobierno negacionista, desfinanciador, en el avance extractivista, voraz, salvaje y que destruye todo. Pensaba que estábamos siendo expulsados, una vez más de los lugares que amamos.

Y mientras esos pensamientos me arrastraban, grité. No un nombre. Grité un “¡AHHHHHHH!” desde el centro de mis pulmones, que ya no dan más. Una, dos, tres veces. Hasta quedarme sin aire (otra vez).

Grité cinco veces. Grité con bronca. Con tristeza. Con furia. Con cansancio.

Y entonces, escuché algo.

No pude distinguir una palabra, pero supe que no era un ruido más del monte. Era humano. Y ahí lo supe: Manuel estaba cerca.

Grité de nuevo y esta vez sí escuché: — ¡Ailííííííín! Me había encontrado. Nos habíamos encontrado. Y la esperanza y la Fe de saber, muy profundamente en mi cuerpo que me iba a encontrar, fué la sorpresa mas conciliadora del día.

Los gritos continuaron, se fueron acercando, y el miedo me fue abandonando. A las 17:40, volvía a estar con Manuel. Fue como una terapia de shock. Como un sacudón de introspección. En ese reencuentro entendí algo más profundo: cada vez que entro al monte pido permiso. Esta vez no lo había hecho. Me distraje, me desconecté, me dejé arrastrar por los pensamientos. Y cuando me di cuenta, pedí disculpas. Pedí señales. Le hablé al yuchán, le agradecí. Le pedí que me guiara.

Y el monte respondió. Parece poético o un cliché, pero me perdí para volver a encontrarme. Para bajar el ruido, para recordar por qué estoy acá.

Por suerte, es una historia que termina sin policías, sin bomberos, sin trauma. Solo con Manuel. Con Adrián, y con su hija, una niña de once años, leonina, que se llama Kiara Ailin, como yo. Que me salvaba, y me encontraba cuando yo estaba perdida. ¿Casualidad? Quiero creer que no.

Volvimos a juntarnos, nos reímos y volvimos a caminar, a buscar un lugar para instalar la cámara trampa, que, claro, se llamó “Perdida”. Caminamos hacia una aguada. Y ahí, finalmente, como un regalo del monte después de todo, encontramos una huella. Para mí, sin dudas, una huella de yaguareté.

¿Quién sabe? Tal vez otro sobreviviente de este monte hermoso, silencioso, y amenazado. Que aún camina y que aún está presente esperando que lo encontremos.


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