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Cenando con mi Salvador

Ir a la Iglesia

Gaston Pitta · 2025-12-28 18:40 · 1 claps · 5.6 min read
#jesucristo #domingo #santa-cena #convenios #discípulo
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Cenando con mi Salvador

Ir a la Iglesia

Los alumnos de quinto y sexto de liceo podíamos ser asignados como líderes para los campamentos de los alumnos de escuela y de liceo hasta cuarto año. Yo había ido a algunos campamentos, pero ir como líder era mucho más divertido, salíamos el viernes y volvíamos el domingo en la tarde. Los campamentos del liceo eran actividades muy sanas, con buen ambiente y cuidados por los profesores, lo único que no los hacía perfectos era que ocupaban el domingo por la mañana, situación que no parecía preocuparme hasta el último campamento.

Ese sábado me sentía inadecuado, sin motivación para estar en el campamento, particularmente, habíamos asistido muchos líderes; la mayoría con ganas de comenzar a vivir las experiencias que yo ya había tenido la oportunidad, sentí la impresión de que debía dejar el campamento. Entonces hablé con uno de los profesores y, justificando mi deseo de irme en función de que la cantidad de líderes superaba lo necesario, solicité permiso para retirarme. El profesor entendió mi explicación y acompañó mi decisión, pero yo sabía que mi preocupación real era la asistencia a la iglesia al día siguiente, me tomé el ómnibus y generé sorpresa en casa por mi decisión enfocada en asuntos más espirituales que un campamento.

Había escuchado muchas veces sobre la importancia de asistir a la iglesia los domingos, la palabra de los líderes y el ejemplo de muchos fieles hermanos, pero principalmente el de mi mamá, ella cada domingo estaba en la Iglesia, muchas veces con sacrificio. Teniendo la edad de un maestro del Sacerdocio Aarónico recuerdo que esa semana mi mamá había tenido una operación, a juzgar por los nervios de mi papá en la sala de espera del sanatorio, concluyo que fue una intervención delicada. El siguiente domingo era de testimonios y ella desde su liderazgo natural siempre pasaba primera a compartirlo, ese domingo no fue distinto a los demás, asistió a la iglesia, caminó hasta el estrado sobrellevando y disimulando el dolor y compartió su testimonio, donde las principales enseñanzas fueron fuera del micrófono.

Puedo afirmar que los domingos debo asistir a la iglesia, pero no es suficiente con ese nivel de conocimiento, me faltaba entender mucho más sobre los motivos y qué era lo que realmente estaba haciendo en la casa de oración.

¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua?, consultaron los discípulos al Señor, quien sabiendo que su tiempo estaba cerca decidió celebrar especialmente con ellos. Al anochecer sentado Jesús en la mesa con los doce se desarrolló lo que conocemos como la Última Cena, nombre que tomó una vez confirmado lo que el Señor había anticipado. Allí fue el inicio del mandamiento para cada uno de nosotros, «Haced esto en memoria de mí» (1 Corintios 11:24).

En un esfuerzo por subir un nuevo escalón en mi entendimiento sobre la asistencia a la iglesia, me detuve a comparar los eventos de la Última Cena con lo que actualmente llamamos la reunión sacramental.

¿Seré yo Señor?

Comenzaré notando una diferencia importante en el ambiente emocional, estamos acostumbrados a llegar a las reuniones y disfrutar de saludos, sonrisas, alegría, mensajes edificantes y un descanso emocional, pero durante este encuentro de los discípulos con el Salvador la situación fue diferente desde el momento en que Él dijo «De cierto os digo que uno de vosotros me va a entregar» (Mateo 26:21), quizás los discípulos no esperaban que la celebración se tornara en un ambiente de gran tristeza (ver. 22) pero así debía suceder. Sabiendo que el Señor los conocía más que ellos mismos cada uno le preguntó «¿Soy yo, Señor?» (ver. 22), ellos podían desconfiar de sí mismos, pero no podían negar que uno de ellos sería el traidor, uno de los que esa noche apoyó la mano en la misma mesa que el Señor (Lucas 22:21).

Cuando serví como misionero en Colombia me sorprendió la tradición de cenar a las cinco de la tarde, me parecía sumamente temprano. Al principio lo tomaba como una merienda, pero puedo considerar que no es tan temprano si pensamos en que el Señor nos invita a cenar cada domingo en el horario que optaríamos por desayunar. ¿Una cena con el Señor cada domingo en la mañana?

Ninguno de los asistentes a la reunión sacramental entregará al Señor al terminar ni seremos acusados de traidores. No se espera que sintamos tristeza en gran manera, sino lo contario, pero que tal si emulamos a los discípulos preguntándonos durante esta reunión especial ¿Fui yo, Señor?, ¿Soy yo, Señor?, ¿Seré yo, Señor?. Estas preguntas de autoanálisis, previas a renovar los convenios mediante la Santa Cena, nos ayudarán a identificar en qué nivel de discipulado estamos y en qué podemos hacer énfasis para mejorar.

¿Fui yo, Señor, quien pudo servir y no lo hizo? ¿Soy yo, Señor, quien no está teniendo la fe suficiente? ¿Seré yo, Señor, quien abandonará la obediencia a uno de Tus mandamientos? Entiendo que todos preferiríamos que el Señor nos dijera: «No, hijo, tranquilo, no eres tú», pero nos es mejor forzar el “sí”, analizar qué haríamos distinto y presentarle al Señor una renovación de convenios con un plan de acción. Así lo indicó Pablo a los Corintios, «examínese cada uno a si mismo, y coma así del pan y beba de la copa» (1 Corintios 11:28)

Haced esto en memoria de mí

En la Última Cena, «mientras comían, tomó Jesús el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a Sus discípulos» (Mateo 26:26), «Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio», junto con el mandamiento: «Haced esto en memoria de mí».

Si relatáramos, a modo de escritura, el procedimiento actual, solo deberíamos cambiar el nombre de Jesús por el de los oficios del Sacerdocio Aarónico, “tomó el presbítero el pan, y lo bendijo, y lo partió y el diácono dio a los discípulos”, “Y tomando el presbítero la copa, y habiendo dado gracias, el diácono les dio”.

Qué magnífico pensar que un procedimiento tan sencillo, con elementos básicos como pan y agua, llevado adelante por jóvenes, tenga un impacto tan importante y eterno en la vida de los participantes. El proceder fue establecido por el Señor, Él fue el primero en hacerlo, lo estableció como ordenanza y los jóvenes actúan en representación de Él.

¿Vemos jóvenes el domingo o vemos al Señor partiendo el pan? Cuando el diácono se acerca a nosotros no es una estrategia logística para facilitar la repartición, es la representación del momento en que el Señor dio a sus discípulos. Alzamos levemente la cabeza y estiramos el brazo para tomar el pan, mostrando que aceptamos el ofrecimiento. ¿Vemos una mano de doce años sosteniendo la bandeja o nuestros ojos espirituales ven la mano del Señor acercándonos Su cuerpo y Su sangre?

El Señor encontró la forma de que cada uno de nosotros pueda tener la misma experiencia con Él, lo que Mateo, Lucas o Juan vivieron esa noche lo podemos vivir nosotros cada domingo. Solo Él tenía la capacidad de establecer un procedimiento que se repita fielmente durante casi dos milenios, cada domingo, en miles de reuniones sacramentales, permitiendo que millones tengan una cena con su Salvador.

Misma reunión, otro tiempo, otro lugar. ¿Misma experiencia?

La experiencia espiritual vivida por Mateo, Marcos, Lucas y Juan durante la Última Cena fue muy especial y similar, según sus relatos, cada uno priorizando detalles que entendieron compartir. Seguro que también fue así para Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé y sus compañeros, pero definitivamente no lo fue para uno de ellos, quien muy lejos de celebrar la Pascua y disfrutar con el Señor, estaba enfocado en otros asuntos. Esto marca que a pesar de que la Última Cena en el año treinta y tres después de Cristo sea la misma reunión que celebramos en la actualidad, aún con coincidencias como la de terminar con cantos de adoración, «Y cuando hubieron cantado el himno, salieron» (Mateo 26:30), el impacto de esta reunión en cada uno, la experiencia espiritual que tengamos, depende de nosotros.

¡Qué gran oportunidad de reunirnos con el Señor cada domingo! Hacerlo requiere sacrificios físicos y espirituales: físicos para llegar al aposento alto; espirituales, para llegar con los ojos y los oídos espirituales bien dispuestos para ver y escuchar al Salvador en cada ordenanza, discurso, himno y oración.

Podemos como Juan el Amado recostarnos sobre el pecho de Jesús (Juan 13:25) y plantearle nuestras preocupaciones. Tanto para él como para Simón Pedro quien le alentó a preguntar, la preocupación era saber quién le traicionaría, y no es irrelevante que hayan recibido una respuesta inmediata tras sus muestras de discipulado y amor por el Señor. Así también podemos nosotros, en un abrazo fraternal y con brazos espirituales, reclinarnos en el pecho de nuestro Salvador, y consultarle sobre lo que nos preocupa, no dudando que las repuestas estarán. ¿Qué pregunta le voy a hacer el próximo domingo, durante mi cena con el Señor?


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