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El discreto encanto de llamarle posverdad a la mentira

Cartel (2017), Inti Pujol

R.Mutt · 2026-01-26 13:54 · 0 claps · 3.0 min read
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El discreto encanto de llamarle posverdad a la mentira

Cartel (2017), Inti Pujol

En Cartel (2017), Inti Pujol imprime la frase “El discreto encanto de llamarle posverdad a la mentira” sobre una lona publicitaria, uno de los soportes más visibles y naturalizados del espacio público contemporáneo. El gesto es tan simple como movilizador: ocupar el territorio del anuncio — históricamente destinado a persuadir — para exponer el mecanismo mismo de la persuasión.

La frase reescribe el título de El discreto encanto de la burguesía (1972), de Luis Buñuel. Allí, el cineasta desmontaba los rituales de una clase que persistía en su coreografía aun cuando el sentido se había vaciado. Pujol actualiza esa operación desplazando la crítica hacia una zona más sutil y estructural: el lenguaje como dispositivo político. Ya no se trata de ocultar la mentira, sino de renombrarla para que pueda circular sin resistencia.

El uso de la lona publicitaria no es un recurso formal neutro. Como señaló Guy Debord, el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por ellas. El cartel publicitario organiza el deseo, promete futuro, administra expectativas. Cartel se incrusta en ese sistema para interrumpirlo desde adentro: no ofrece producto ni promesa, solo una frase que exige lectura, tiempo y pensamiento. En lugar de consumo inmediato, introduce fricción.

La noción de “posverdad” aparece así como un síntoma del funcionamiento ideológico contemporáneo. En diálogo con Slavoj Žižek, no estamos frente a una sociedad engañada, sino frente a una sociedad que sabe que se le miente y, aun así, continúa actuando como si nada estuviera en juego. El sistema no se sostiene pese a la mentira, sino gracias a su administración semántica.

Aquí se vuelve central la lectura de Hannah Arendt sobre la tensión estructural entre verdad y política. Para Arendt, la verdad factual — aquella que se apoya en hechos concretos — resulta siempre incómoda para el poder, porque no es negociable ni opinable. De allí que los gobiernos tiendan a reemplazar la realidad por mentiras organizadas, sistemas coherentes de ficción que no buscan solo engañar, sino producir una nueva normalidad.

Cartel señala precisamente ese desplazamiento. La “posverdad” no niega los hechos; los vuelve discutibles, relativizables, intercambiables. En lugar de una mentira burda, aparece una red discursiva que neutraliza el conflicto entre verdad y poder. Como advertía Arendt, cuando la frontera entre hecho y ficción se erosiona, no triunfa la mentira, sino la desorientación.

La conexión con Noam Chomsky es inevitable. La posverdad funciona como una tecnología dentro del proceso de fabricación de consensos: no impone una narrativa única, sino un campo discursivo donde todas las versiones parecen equivalentes. El resultado no es ignorancia, sino parálisis crítica. El ciudadano ya no distingue entre verdad y falsedad; distingue entre discursos más o menos aceptables.

En este marco, el realismo capitalista que describe Mark Fisher completa el cerco. No solo resulta difícil imaginar una alternativa al sistema, sino también nombrar su violencia. Decir “mentira” suena excesivo, ingenuo, casi infantil. “Posverdad”, en cambio, se integra al vocabulario técnico, académico, mediático. El lenguaje del sistema se presenta como el único posible.

El soporte publicitario refuerza esta clausura simbólica. Incluso la crítica circula bajo las mismas condiciones materiales que aquello que critica. Sin embargo, Cartel no se limita a señalar esa captura: la utiliza. Introduce una grieta mínima en el flujo del espectáculo, un momento de detención en un espacio pensado para no pensar.

Desde mi punto de vista, el discurso no es un reflejo pasivo de la realidad, sino un motor de movimiento. El arte, cuando trabaja sobre el lenguaje, no busca revelar una verdad definitiva, sino reactivar su potencia política. Cartel no propone una consigna ni una salida; propone una incomodidad persistente. Una vez leída la frase, ya no es posible usar la palabra “posverdad” con inocencia.

Como en Arendt, la obra no promete redención. Advierte. Porque cuando la verdad de los hechos pierde su peso específico, la política deja de ser un espacio de disputa y se convierte en un teatro de ficciones administradas. En ese contexto, insistir en nombrar la mentira no es un gesto moral, sino un acto de resistencia mínima.

Y quizá allí radique la fuerza de Cartel: recordar que mientras el lenguaje siga siendo un terreno en disputa, todavía hay movimiento posible. Donde las palabras se vacían, el poder se estabiliza. Donde se las fuerza a decir lo que incomoda, algo — aunque sea apenas — vuelve a moverse.


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