La pandemia nos ha convertido en monjes involuntarios
Somos urgidos al desierto del retiro, y tenemos miedo.
La pandemia nos ha convertido en monjes involuntarios
Somos urgidos al desierto del retiro, y tenemos miedo.
por **Lucila Crena **traducido por Alejandro Field, adaptado por David Nacho y Lucila Crena 14 de abril de 2020*

Foto de Sasha Freemind/Unsplash
La solitud, dijo Henri Nouwen, es “el horno de la transformación”. Nouwen, un buen director espiritual, nos advierte que el retiro es el lugar de lucha, donde nos enfrentamos con demonios; o, para decirlo menos escandalosamente, donde ya no podemos usar nuestras compulsiones para escaparnos de nuestra pequeñez, nuestro egoísmo o nuestras muertes. La celda monástica es, en última instancia, un lugar de liberación. Es, al comienzo, un lugar de terror.
Es allí a donde somos llamados. Si vivimos solos, a una especie de ermita; si vivimos con otros, a una especie de monasterio. Pero a todas, normalmente distraídas y tironeadas en el afán de construir una vida, se nos implora ir a nuestras celdas y, por amor a todo lo que es sagrado, a quedarnos ahí. Van varias semanas ya de esta cuarentena. Ahora sabemos que el aislamiento no es una vacación. Como contemplativos involuntarios, somos urgidos al desierto del retiro, y tenemos miedo.
El tema no es estar encerrados en casa. Nuestro desierto es el colapso de nuestras rutinas y comunidades, las constelaciones que orientan nuestras vidas. En este aspecto, estamos más desprovistos que nuestros predecesores. San Antonio, uno de los fundadores del monacato cristiano, dio todo lo que tenía; nuestros sueldos se esfuman. San Antonio arregló el bienestar de su hermana; nuestros dependientes van al desierto con nosotros. Y estas comunidades de dependencia pueden ser tanto una fuente de dolor como de consuelo. No tenemos un director espiritual disponible para guiar nuestro camino. No tenemos una regla comunitaria establecida para formarnos. No tenemos comunidades que hayan experimentado este desierto para instruirnos.
No estamos solos. Dios está donde estamos, no en el ideal donde no estamos. Pero para buscar a Dios aquí, con nosotros, necesitamos saber dónde estamos. Necesitamos reconocernos en Pedro, llevados adonde no queremos ir.
¿Qué hacemos, ahora, en nuestras diversas formas de aislamiento? Al encontrarnos en el monasterio, me pregunto si no podemos tomar algo de la sabiduría monástica. Imaginarnos contemplativos no implica tomar una forma específica de vida. La vida monástica es tan variada como las personas que la habitan. Cada orden tiene su propia regla, y cada regla contempla a jóvenes y ancianos, enfermos y sanos. La oración, el trabajo y la hospitalidad (los ritmos básicos de la vida monástica) toman muchas formas. Estas reglas no son líneas de producción de santidad. Cuidan el jardín del alma, no lo pavimentan.
Lo que me preocupa profundamente es que intentemos descifrar el código de la vida socialmente distante, imponiendo nuestras compulsiones como autócratas del hogar. Sin la gracia de ancianos humillados por el desierto, que reconocen que nuestra insensatez es superada solo por la bondad de Dios, nuestra búsqueda de estructuras se torna en una lucha por el control, que rápidamente se convierte en violencia y retraimiento.
No soy una estudiante aventajada cuando se trata de la solitud. Realicé varios retiros de silencio, pero todos duraron menos de un día. Cuando intenté un retiro de todo un fin de semana, duré 36 horas. Cada intento de contemplación solo me dejaba más ansiosa, y más convencida de la banalidad absoluta de todo esfuerzo. A las 6 de la mañana del domingo, me fui. Y, al irme, sentí algo así como un sonrojo alegre. Cuando dejé de hacerme la heroína espiritual, pude recibir el cariño de Dios hacia esta pequeña, ese cariño que se hace aún más presente cuando ella descubre sus límites.
Ninguno de nosotros buscó el retiro que estamos viviendo. El amor nos obliga a quedarnos en casa en el tiempo de la pandemia. Mi humillación, tan llena de gracia, implicó dejar el retiro que había querido lograr. Hallaremos nuestras propias humillaciones llenas de gracia al quedarnos en el retiro que nunca deseamos.
Con al menos una humillación del desierto en mi haber, ¿puedo ofrecer algo de la gracia que recibí? No endurezcas el corazón. Cuando encuentres pequeños momentos de gracia, disfrutalos con gratitud. Y cuando las estructuras sobre las que construiste tu identidad se derrumban, y tus planes para la vida socialmente aislada fracasan, y las inseguridades y la autoacusación resuenan en tu oído, ejercé tu voluntad para no responder: no te tensés para concitar virtud, ni te retraigas en desesperación, ni saques a relucir tus méritos. Confesá tus faltas a Dios y al prójimo, pero no negocies con tus compulsiones; o, para escandalizar un poco, con los demonios.
Permanecé quieta mientras la angustia gira alrededor. No actúes desde la desolación. Lamentá. Pedí la gracia que buscás. Escuchá. No podés concitar tu propio consuelo. Pero Dios se inclina para recoger a la niña que llama a Mamá y la sostiene y no la suelta. Extendé tus brazos.
Y, cuando puedas, sacá partido de cualquier libertad diminuta y sencilla que tengas. No te hará bueno, ni justificará tu existencia. Pero no va por ahí la cosa. Tu Dios creador y redentor ya ha dicho de vos: “Es muy bueno”. Apoyate en eso. Y alzá los ojos para ver qué hace Dios después.
- Invito a cada persona a sentirse incluida en las oraciones en femenino y las oraciones en masculino. Imaginarnos en el lugar del otro quizás sea otra buena práctica para este tiempo de pandemia.
Copyright © 2020 by the Christian Century. “The pandemic has made us unintentional monastics” by Lucila Crena is excerpted by permission from the May, 2020 issue of the Christian Century. To read the full article, click here: https://www.christiancentury.org/article/first-person/pandemic-has-made-us-unintentional-monastics
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