Martes en el Roca
Una mañana más en el tren.
Martes en el Roca

Martes. 9:24. Esperaba que Constitución esté abarrotada de gente, pero la verdad es que hay bastante menos personas de la que suponía encontrar. Me siento con mi mochila entre los pies, mirando hacia la estación, con la espalda hacia donde avanzamos.
Veo que una pareja, que también subió en Constitución, charla a tres o cuatro filas de asientos de la mía, mientras espera que el recorrido del tren los acerque a su estación. Bah, ¿serán pareja? Ella tiene rulos y una musculosa naranja. Él una remera gris. Ambos con anteojos de aumento. Ella lo mira con admiración. Él le habla con la vista fija en la muy tupida arboleda que hay entre la estación Hudson y Pereyra.
¿Hasta dónde irán?
Ya pasé por tu estación y venía boludeando, por eso no me percaté. Mejor, igual. A ver si te cruzaba y tenía que improvisar alguna suerte de conversación incómoda, al menos para mí, entre los asientos. Ensayar, entre gente malhumorada y vendedores ambulantes, una especie de charla que busque en tres o cuatro líneas rápidas ponernos al tanto después de años sin contacto alguno.
En verdad, lo de la gente malhumorada, es percepción mía. No tengo más fundamentos que las expresiones en los rostros de los demás pasajeros, y algún que otro bardo verbal a partir de una disputa por el asiento. Y la verdad es que cada vez que viajo en Roca es yendo -o volviendo- de joda, reuniones de “trabajo” que terminan en cenas con extensas sobremesas y partidos de fútbol en calidad de invitado que me permiten jugar con desparpajo -y mucha paja- ya que ninguno, ni el pobre iluso que me hace llegar la invitación, espera que me luzca en la cancha.
A escasos metros míos hay un pelado que viene durmiendo con la cabeza apoyada en el vidrio. Detrás, una madre se muestra cansada porque su hijo que no para de hablar. ¿A dónde irán? ¿De dónde vendrán? ¿Por qué esas caras de resignación?
Cambio la canción porque Textos tira para abajo -aún más- esta mañana. El remix de Pana me encanta, me hace mover las DC gastadas al compás.
El sol radiante de esta mañana de febrero, que quemaba por las ventanas que dan al lado de la autopista y que me obligó a sentarme de este otro lado, desapareció. Capaz se apagó en Quilmes, o en Ezpeleta, y no me di cuenta porque estaba en Twitter o escupiendo frases sueltas en este bloc de notas.
Y como el sol, la madre y su nene también se fueron. Tampoco recuerdo en qué estación se bajaron, seguramente haya sido en una de esas en que los pasajeros que bajan y suben se agolpan en la puerta, se empujan lo justo y necesario para ganar un espacio sin desatar una pelea a las trompadas pero marcando el territorio que creen propio y piensan hacer respetar.
Puede que tanto la madre como su hijo se hayan dado cuenta que venía observándolos y anotando cosas en el celular. Aunque, ahora que lo escribo, me doy cuenta que tengo anteojos de sol y que no podrían haberme visto mientras yo los veía. En fin.
Un flaquito de remera turquesa viene viendo una serie, bastante ensimismado. Éste, a diferencia de los demás pasajeros, parece motivado. Ojalá no esté viendo Puerta 7, porque es una pérdida de tiempo. Me dan ganas de avisarle que no la termine, que es una cagada. Que la Dolo Fonzi es hermosa pero no vale la pena terminar todos los capítulos. Que ponga Los Simuladores. O Los Simpsons.
Moléculas en pleno movimiento. Sigue sonando Usted Señalemelo. Confirmado: los de anteojitos son pareja. Se dieron un beso. Aunque quizás se conocieron hace un par de estaciones. Andá a saber.
Hay algo atractivo en imaginar las historias de los desconocidos. Me copa el hecho de armarles la vida a mi gusto, imaginar sus pasados en base a sus expresiones y actitudes. En verdad es una buena manera de pasar el tiempo que tarda el Roca en ir de Consti a La Plata, y viceversa.
Una chica con el pelo teñido de azul fija la mirada en la pantalla de su celular mientras un vendedor ambulante se las ingenia para venderle lapiceras y resaltadores “A UN PRECIO INCREÍBLE”. Ella, de a ratos, lo campanea con cierto desdén. Él la está remando porque interpretó que, al poner un pie en este vagón, ella le lanzó una mirada que denotaba cierto interés. En verdad yo ví cómo lo miraba, pero bueno, no quiere decir que por mirarlo le tenga que comprar.
Aunque, personalmente, a este sí me dan ganas de comprarle su producto. No sólo porque las lapiceras sean más funcionales que un turrón, una tableta de Beldent o un portadocumentos con la carita barbuda de Messi, sino porque la relación precio-producto me llama la atención.
Pero desisto de mi idea antes de que adquiera más firmeza porque recuerdo no tengo efectivo.
Es lindo City Bell.
Estoy.
Ya no queda nada para llegar a La Plata.

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