TAXI
El día fue reservado para sesiones fotográficas del anuario de MARROW y una entrevista con un miembro del directorio, le asignaron un taxi…
TAXI
El día fue reservado para sesiones fotográficas del anuario de MARROW y una entrevista con un miembro del directorio, le asignaron un taxi para trasladarlo a donde requiera y así arrancó el jornal: desde temprano, con permiso del conductor, tirando humo por la ventana.
De nueve a siete tomando las fotos y justo antes de arrancar para la última entrevista, un imprevisto del entrevistado la postergó para otro día. En el taxi, el chofer cambió Alma, Corazón y Vida en la radio por la narración de un partido de Universitario. Ignacio viviendo en Magdalena del Mar y estando por Ate, al otro lado de la ciudad y en hora punta, sin pensarlo mucho, decidieron no enfrentar el tráfico para mejor ir a cenar cerca de allí.
El taxista le comentó, con esa fe que solo tienen los conocedores, que en La Tía Concho servían el mejor anticucho de Lima. Ignacio asintió con los ojos y se fueron, pero antes pasaron por la casa del chofer a recoger a sus hijos, uno de siete, la niña de nueve, para llevarlos a comer con ellos.
Mientras comían los mejores anticuchos de su vida, en la TV, Universitario ganaba su partido; el taxista con gesto de confidencia le cuenta que estaba ganando una apuesta de 45 soles que cobraría mañana y contando con ese saldo pagaría cena, también le contó sobre su otro trabajo en una barbería a la que fueron luego de comer; después de comer se puede hablar de metafísica o se puede uno ir a cortar el cabello.
Dejaron a los niños en casa, que quedaba al lado de la barbería, y el joven chofer le presentó a sus dos socios: también barberos, también taxistas, también soñadores con doble trabajo. Ignacio se sentó en una de las sillas vacías y observó el ritual: la devoción con la que el barbero preparaba sus máquinas y peines, como si estuviera por comenzar una ceremonia.
- Maestro una pregunta, ¿cómo es hacer taxi? ¿le gusta?
- Me gustaba más antes que ahora, lo que me gusta es la música.
- Hago taxi desde hace treinta y cinco años. Y ahora Lima ya no es como antes… me da pena. Me pone nostálgico.
- Hay un poema García Lorca decía que el Perú era de “metal y melancolía”, yo no creo. Lima sí, la capital es puro metal y pura melancolía, pero yo nací en Andahuaylas, allá es distinto. Aquí la pobreza nos ha hecho duros, como el fierro, y la melancolía, porque todavía somos tiernos, porque aún extrañamos lo que se va.
En la calle suenan bocinazos, pasa un micro alzado por los huecos de la pista.
- Mira cómo los carros saltan, los huecos parecen cráteres, Hay tantos huecos en la pista que parece la luna. Y los que hacemos taxi somos como astronautas… astronautas de una luna sucia…
- Un astronauta.
- Yo diría más como un navegante, taxear es como navegar. Conocemos la ciudad como los antiguos conocían el mar. Llevamos información de un punto a otro, movemos las noticias, igual que los navegantes de antes.
- Gracias a nosotros, ganó el chino en el 90. Se corrió la voz como un río que nosotros lo hicimos fluir… ya ahora es un distinto.
El barbero se fue cantando a traer unas hojas de afeitar que faltaban para terminar el trabajo y volvió terminada su canción. El otro socio se acomodó en el asiento de al lado, se saludaron con la mirada y se respiró un aire de confianza en el lugar.
- Estuve trabajando en comercio exterior, en internacional, cuando vivía en Caracas. Vine para acá, y por cómo está el país y tuve que hacer taxi. Desde hace seis años manejo. La crisis se fue agudizando y por necesidades de mi familia es lo que tocó.
- Casi todos los que conozco, si tienen un carro, hacen taxi en sus ratos libres.
- ¿Te gusta hacer taxi?
- No, no me gusta.
- No nací para ser barbero ni taxista. Me esforcé por estudiar. Nunca imaginé que pasaría por situaciones como las que pasé. Sí me gusta manejar. Lo disfruto. Pero no, no me gusta hacerlo de taxista porque es jodido, Lima es un lugar jodido.
- Cada noche le quito la palanca de cambios al carro. Y cada mañana se la vuelvo a poner, para que no me lo roben. Ya me robaron un carro nuevo, hace años.
- También cuelgo un zapatito de bebé en el retrovisor para que el choro lo vea. Para que piense en sus hijos antes de robarme.
- Ingenioso. le respondió o se respondió mirando al espejo.
Terminaron con el último corte y aseguraron la barbería con cuatro candados. Cada uno se persignó frente a la puerta, Ignacio les siguió el gesto y se fueron a armar un cigarro dentro de uno de los taxis. El socio mayor se fue para su turno nocturno; los demás se quedaron para blindar al invitado no de la policía, que por ahí no pasaba, sino de los verdaderos agentes del orden: los cuentistas del barrio, vecinos y vecinas con vocación de chismosos.
- ¿Hace cuánto haces taxi?. Le preguntó al último taxista con el que faltaba hablar.
~ Terminé la secundaria y quise trabajar. En mi familia todos eran policías, así que me empujaron a postular.
~ Tenía 16 años, quería valerme por mí mismo. Quería probar de lo que era capaz sin ayuda de nadie. Entré a la Policía de Investigaciones y me gradué como agente.
- también eres policía.
~ Sí y allí entendí por qué hay tantos policías malos: están mal pagados.
~ Trabajé en la huelga nacional de los profesores. Mi trabajo era infiltrarme en un colegio como si fuera alumno. Como tenía 17 y cara de chibolo, no sospechaban. Mi trabajo era identificar a los docentes más violentos y tirarles dedo; a algunos no les justificaba nada, a otros sí les entendía las ideas… Después me infiltré en universidades, en colegios, buscando a los que vendían marihuana, así conocí la planta y acá estamos… Disfrutando de esta María la del barrio.
- ¿Hacías una distinción en tu cabeza entre lo malo y lo bueno?
~ Entre lo violento y lo justo.
~ El policía no es una máquina. Tiene sentimientos, piensa, vive en sociedad. No es un ente aparte.
- ¿Cuántas horas trabajas al día?
~ Ocho en promedio.
- ¿Y preferías ser policía o hacer taxi?
~ Prefería ser policía, pero esto es más rentable.
~ Gano más, manejo mis tiempos, estoy con mi familia. Pero claro… Me hubiera gustado ser policía y tener mi carro para pasear, no para trabajar. Ahora lo uso para vivir. ¿Y tú?
~ ¿Qué haces? ¿Qué es lo que más te gusta hacer? ya que tanto preguntas.
Miró al vacío antes de fijarle la mirada, sonrió como sonreírse, con un gestó lento de negación le dijo al horizonte a través del parabrisas
- Lo sabía hasta hace poco, ahora no lo sé.

El taxi se hizo un horno y de repente, el mundo parecía más liviano. Sin aviso, habló una voz que no estaba… y, de pronto estuvo. Parecía una señora o un joven gordo, no quedó claro hasta que se bajó en el grifo a inflar una de las llantas. Se ofreció a llevarlo a su casa así como empezar su ruleteo nocturno.
- ¿Por qué pateas la llanta?
- Pa medir la presión con el rebote, depende del rebote del pie si le falta o le sobra aire.
- ¿Y así te das cuenta?
- Sí, tantos años pateando la llanta.…
- ¿Cuándo empezaste a hacer taxi?
- En 2005. Eran los últimos días de diciembre, había mucho movimiento. Empecé el 31, al mediodía. Había tanta gente en la calle que me dieron las doce… o la una, no sé. Me dio hambre. Fui a mi casa, comí chocolates y unas hojas de coca.
- ¿Cómo coca? ¿Por qué coca? ¿hojas de coca?
- Sí, la coca te quita el hambre cuando la mascas, el sueño, el cansancio; la mezclás con chocolate porque sola no me gusta. No tenía sueño, así que seguí y seguí… Trabajaba, regresaba a dejar lo que había ganado y salía otra vez, así hasta las 10 de la mañana del primero de enero.
- ¿Todavía masticas coca?
- Ya no. Ya no hay trabajo tanto como para mascar coca.
- Allá en la montaña sí. Yo soy de un pueblito con 33 casas, donde la gente paría como cuyes. Aprendí a mascar coca con chocolate desde chico, porque allá se trabaja desde los 12, 13 años. Y los cuerpos no aguantan. En mi pueblo de 9 hijos, sobrevivían 2 o 3… y a veces, apenas. Como pasó en mi familia.
Entraron por calles oscuras sin luz, penumbra de madrugada.
- ¿Te da miedo la muerte?
- No le tengo miedo.
- Una vez en Chachapoyas me caí de la azotea y sentí algo raro, veía a las personas, y después vino un dolor muy fuerte a mi cuerpo, sentí una cosa que salía y que se iba a diferentes lugares que no veía, sentía como un vacío.
- Vi mi cuerpo y a las personas que lo rodeaban, vi al doctor.
- No me lo explicaba… el doctor me golpeó y al reaccionar me vino un dolor fuertísimo y le conté eso y me me dijo — “cuando yo llegué tu corazón ya no bombeaba.”
- Desde ese momento cambió mi manera de ser, y ya tengo miedo, ya no le tengo miedo, no sé ni porqué solo ya no le tengo miedo a la muerte. Además, estar al otro lado, allá… Es más agradable…
- ¿Dónde allá?
- Al otro lado, cuando se muere… es más agradable porque ya no se tiene dolores.
- Cuando sentí que regresaba, sentía mi cuerpo; a mí me dolía demasiado y allá es estar libre, afuera, libre, es diferente… Libertad, es algo como si te fueras a mover más rápido, fue una sensación muy agradable, libertad y ya no presión, la presión que sentí cuando abrí mis ojos y saber lo que había pasado conmigo.
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