Lo que aprendí de las mujeres que me criaron: entre maquinillas, orgullo y resiliencia
Crecí viendo a mi madre y a mi abuela enfrentar la vida con fuerza, precisión y elegancia. En este artículo comparto cómo la mecanografía —…
Lo que aprendí de las mujeres que me criaron: entre maquinillas, orgullo y resiliencia
Crecí viendo a mi madre y a mi abuela enfrentar la vida con fuerza, precisión y elegancia. En este artículo comparto cómo la mecanografía — y mucho más — me enseñó sobre resiliencia, excelencia y orgullo.
Photo by Eugenia Pankiv on Unsplash
Crecí con dos mujeres extraordinarias: mi madre y mi abuela. Mujeres de una época en la que todavía se lavaba a mano, se llegaba a los lugares con un mapa de papel, se hablaba por un teléfono fijo, y se escribía en una maquinilla con papel carbón si querías una copia.
Sí, ellas eran súper duras. Mujeres con temple, con orgullo, con carácter. Y hoy quiero detenerme un momento a hablar de algo que puede parecer simple, pero encierra una enseñanza profunda: la mecanografía.
La maquinilla: símbolo de precisión, carácter y dedicación
Mi mamá fue secretaria. Y aunque nunca quiso enseñarme mecanografía (decía que debía estudiar una carrera y ser algo “más grande”), observé con atención el esfuerzo que implicaba esa labor. No hacía falta saber mecanografiar para entender la disciplina, la fuerza y la elegancia detrás de cada hoja escrita.
Para empezar, usar una maquinilla requería manos de boxeador y de pianista al mismo tiempo.
A las teclas había que golpearles con un estilo tipo knock out: fuerte, preciso, sin margen para la duda. Pero al mismo tiempo, necesitabas la fluidez y el ritmo de un pianista. Los dedos danzaban sobre las teclas con una precisión casi coreográfica. Y todo esto, mientras permanecía sentada erguida, elegante, sin mirar el teclado. Sus ojos estaban fijos en el documento que mecanografiaba, ya sea a mano o dictado.
Era un arte. Un ritual. Hipnotizante y desesperante a la vez.
No había margen de error
Un error implicaba rehacer toda la página desde cero. No existían la tecla de “borrar” ni el “control-alt-delete”. Cada palabra mal escrita costaba tiempo, papel y energía. Por eso, lo que vi en mi madre no fue solo técnica. Fue carácter, compromiso, presencia y orgullo.
La observé durante años trabajar horas extra en casa porque el día laboral no era suficiente para terminar toda su tarea. Y no se quejaba. Lo hacía con una elegancia y determinación que hoy me inspiran.
Lo que me enseñó sin enseñarme
Viéndola, aprendí a:
- Ser tenaz
- Estar presente en lo que hago
- Ser detallista y cuidadosa
- Ser fuerte y delicada a la vez
- Ser resiliente
- Sentir orgullo por un trabajo bien hecho
- Dedicar tiempo y esfuerzo, incluso si nadie más lo ve
Muchos dicen que soy “difícil”. Tal vez. Pero eso es porque no conocieron a mi mamá.
Conclusión: Las personas fuertes no se improvisan
Este artículo no solo habla de mecanografía o de la nostalgia por tiempos pasados. Habla de legado. De lo que aprendes con los ojos, con la piel, con el ejemplo. Las mujeres que me criaron no necesitaron discursos motivacionales para enseñarme grandeza. Ellas eran grandeza en acción.
메타데이터
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