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¿Cómo transitás el duelo?:

Cuando se caigan todas las promesas, la primera novela de Irene Kleiner, entreteje el presente de una madre que está enferma con el…

Luchi Sartori · 2024-08-25 22:38 · 0 claps · 8.9 min read
#literatura #duelo #literatura-argentina #libros #tan-biónica
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¿Cómo transitás el duelo?: Cuando se caigan todas las promesas, un par de citas de Tan Biónica y la muerte de mi abuelo.

Cuando se caigan todas las promesas, la primera novela de Irene Kleiner, entreteje el presente de una madre que está enferma con el pretérito imperfecto de un padre que moría y el pluscuamperfecto de dos jóvenes militantes comunistas que habían conspirado para cambiar el mundo en los pasillos de Facultad de Medicina. No cambiaron el mundo, pero cambiaron mundos. El mundo de aquellos a los que amaron y que los amaron. Somos la huella que dejamos en el camino del otro. Escribí un texto que entreteje las andanzas de Luna, la protagonista de mi última lectura, con el duelo de la muerte de mi abuelo y un par de temazos de Tan Biónica. Pasen y lean.

Pasado. Los muertos se escriben en pasado. A Luna, la protagonista de esta novela, le cuesta decir que su viejo era. Era es érase una vez, es la historia de un tiempo lejano y no de algo que terminó ayer. Era no es la historia de su papá porque los papás no se mueren.

Tenía cinco años la primera vez que se murió alguien que conocía. Un tío abuelo de mi mamá.

Ahí entendí que los más viejos se mueren primero.

Los abuelos se mueren.

Me acuerdo que de repente me dejé de querer quedar a dormir en las casas de mis abuelos (lo hice muchísimo y es mi mejor recuerdo) porque pensé que si no los veía más los iba a querer menos y si los quería menos no iba a estar triste cuando se murieran.

Al final, me quedé a dormir.

Los quise.

Los disfruté.

Y ahora que perdí al primero tengo una cicatriz en el pecho de una quemadura de cigarrillo que me duele como la concha de su hermana. No se va a curar nunca.

El principito, como en tantas otras cosas, tenía razón. Fue el tiempo que pasé con mi rosa lo que la hizo tan importante (la rosa es, en este caso, una flor de naranjo).

Lo único que queda del cuerpo de mi abuelo son sus cenizas. La madre de Luna se guardó las cenizas de su marido en el ropero de su cuarto. Mi abuela hizo una cosa parecida. Mi abuela es la viuda que para muchos no puede ser la viuda pero en los papeles es la viuda y si la ves o la escuchás hablar, te queda claro que es la viuda. En síntesis y para no marearlos con tanto trabalenguas: mis abuelos estaban separados desde antes de que yo naciera, pero mi abuela no dudó un segundo en ir a cuidar a mi abuelo a su casa cuando empezó a estar enfermo ni al sanatorio cuando empeoró. No sé si fue por amor o porque las mujeres de mi familia tenemos ese chip patriarcal incrustado en la médula de estar siempre pendientes del otro y nunca de nosotras mismas. La eterna pregunta de si existe para las mujeres la verdadera libertad o si estamos limitadas a accionar dentro de los márgenes que el machismo dibujó para nosotras.

Pero yo no sé si alguna vez dejamos de amar a quienes amamos. Creo que el amor romántico a veces se transforma en otras formas de amor igual de poderosas: la amistad, el compañerismo, el cariño por alguien con quien compartiste muchos de los momentos más importantes de tu vida. Incluso cuando la relación termina mal y hay odio, ese odio crece donde antes hubo amor. Si no la hubieras amado, las acciones de esa persona no te hubieran hecho odiarla, simplemente no te hubieran importado.

Cuando a su padre se lo llevan al quirófano y le quitan su anillo de matrimonio, Luna observa que

“en su mano había quedado la marca. Una huella blanquecina, profunda, como si la alianza siguiera ahí, muda, imposible de desprender.”

Creo que la huella de los anillos de mis abuelos tampoco se terminó de borrar nunca.

Vuelvo a las cenizas para decirle a mi abuela lo que Luna pensó de su mamá:

“Ahora se trata de ella, de su tiempo y no del tiempo de los otros. Tal vez, dejando caer las cenizas, ella pueda también dejar caer el peso de lo que cargó sobre sus hombros durante tantos años”.

El capítulo con mi abuelo se terminó definitivamente, pero ella todavía puede seguir escribiendo su historia. Ojalá algún día escriba su historia, aunque ella misma me haya dicho que lamenta que el sonido de la otra campana se haya desvanecido como la espuma del mar que rompe sobre la arena. Las preguntas, como en la última frase del libro (que importantes son los inicios y los finales de las novelas),

“reverberan en el vacío de la ausencia y se pierden en el silencio de quien podría responderme, pero ha callado para siempre”.

Mi abuelo es una parte de la historia de mi abuela, pero ella hizo y va a hacer un montón de cosas más en su vida que no fueron ser esposa, madre y abuela.

Otra cosa que queda de mi abuelo es su casa. Algún día vamos a tener que desarmar esa casa. Tengo miedo de que, si desarmamos esa casa, los pocos recuerdos que mi abuelo llegó a crear en ella se evaporen en el viento. En esa casa festejamos su último cumpleaños y mi último cumpleaños. Algo quiso que se me ocurriera festejar mi cumpleaños pasado solo con mis abuelos. Algo quiso que, unos días antes, a mi se me ocurriera aprovechar su mudanza para robarle a mi abuelo un montón de prendas de ropa entre las cuales se encontraba una camisa rosa. Algo quiso que me la pusiera para ese mismo cumpleaños y les voy a contar por qué: es la camisa que mi abuelo se puso en mi primer cumpleaños. Las coincidencias son el nombre que le ponen las personas a las excusas que se inventan para no creer en algo más grande que ellos mismos; el mismo algo que hizo que yo me pusiera, para el último cumpleaños que festejé con mi abuelo al lado, la misma camisa que él se puso para el primero.

Leer sobre el padre de Luna en Cuando se caigan todas las promesas fue como leer sobre mi abuelo. El tipo era médico, amaba el tango, se olvidaba donde dejaba estacionado el auto y se fue apagando de a poquito, sumando enfermedades como números del bingo. Semanas internado, respuestas que no llegaban y oraciones llenas de palabras que solo conocía en inglés por Grey’s Anatomy. Parecía que el lenguaje de la muerte era un idioma distinto al de la vida. Obvio que en español terapia intensiva se abrevia UTI y no ICU. Obvio que la central line es una vía central. El final de mi abuelo y el final del padre de Luna se dilataron casi tanto como el final de Grey’s Anatomy. Pero a diferencia de este, llegaron. Aún así, no sé como explicar de qué se murió mi abuelo.

En el libro, el padre de Luna además de médico es escritor. En uno de sus cuentos, el protagonista está inspirado en un paciente suyo que, en resumidas cuentas, sabía que su cuerpo estaba enfermo y se dejó morir. Yo creo que mi abuelo un poco también. Por algo milito tanto tanto por la salud mental y mando a todo el mundo a terapia. Ir a terapia no es de locos ni de raros; la salud mental es tan importante como la física. Si una se deteriora, suele pasar que la otra también. ¿La buena noticia? Las enfermedades de ambas pueden curarse. En fin, que vayan a terapia y se hagan controles médicos.

La salud es biopsicosocial

La salud es biopsicosocial

Que importante que es el cuerpo. Sin él, nuestra alma es solo la energía etérea que queda flotando en el aire cuando nuestro cuerpo se apaga. Nuestro cuerpo permite que ese alma cumpla su propósito en esta vida (todos lo tenemos). Le permite vivir. Tiene piernas para llevarla a visitar los lugares más maravillosos y brazos para dejarla abrazar a las personas que ama. Y ser abrazada, es importante dejarnos abrazar por los demás.

El propósito de la vida del cuerpo es que se cumpla el propósito de la vida del alma. Cuando ella lo cumple, él se apaga. Por eso, si sentís que no tenés un propósito es precisamente porque aún no lo has cumplido. Para haberlo cumplido, primero tendrías que haber sabido cuál era.

Luna narra que la última vez que toda su familia se reunió para estar con su papá, él parecía una carcaza vacía. La última vez que vi a mi abuelo tenía una máscara de oxígeno y hablaba en balbuceos incomprensibles. Pero me agarró la mano bien fuerte y con eso me di cuenta de que en algún rincón de ese cuerpo que agonizaba el abuelo que yo conocí y con el que elijo quedarme todavía estaba.

Viernes 2.

1 de la mañana.

Mamá entró a mi cuarto y al igual que le pasó a Luna,

“la palabra apenas susurrada en el teléfono abarcó toda la quietud de la noche. Casi un soplo, como algo que había estado retenido y que por fin mi madre soltaba.”

-Se murió el abuelo

Ahora sí, el cuerpo era una carcaza vacía. Para mí es importante velar a cajón abierto. Ver el cuerpo tieso, pálido y frío es una paliza que te ubica por primera vez en un mundo donde esa persona ya no está ahí. Una parte de vos se va con ella. Una parte de ella, la parte con la que vos compartiste, se queda. En “No me atraví a sugerirte que te mueras”, Chano dice que no sabe nada de donde paran los que no están, que no sabe bien adonde se van y que solo nos queda pensar en que están felices. Esa es la posta.

La fase de enojo del duelo arranca con las frases hechas:

“Lo siento mucho”. ¿Por qué me pedís perdón porque alguien se haya muerto si no lo mataste vos?

“Ahora está en paz”. ¿De qué me sirve que ya no esté sufriendo si tampoco está? Yo creo que estaría mejor acá, disfrutando de la vida que es lo más hermoso que hay, que hay maneras de dejar de sufrir que no son morirse. Vos no tenés más certezas que yo.

Por eso prefiero a los niños. Los niños no mienten y entienden todo. Nadie les enseñó que cuando se muere alguien hay que ponerse tristes y ellos corren al lado del cajón como si ahí no hubiera un muerto. Me pasa con mis primos lo que a Luna le pasa con sus hijos:

“Todavía los siento como chicos, todavía me empeño en protegerlos, o creo que tengo que orientarlos. Hoy soy yo la que me siento perdida y ellos mostrándome que están listos, que no tengo por qué imaginar que debería aliviarlos de lo que, por otra parte, es imposible aliviar”.

El hueco se abrió y no se va a cerrar nunca. Pero las personas somos energía. No me acuerdo como se calculaba el MRU; lo único que me quedó de Física del colegio es la certeza de que la energía no se crea ni se destruye, se transforma. A mi no me importa si tus cenizas terminan en la cancha de River, una tribuna del Hipódromo, el balneario de La Perla, el puerto de Olivos o enterradas en el fondo de la casa de la abuela. Para mi vos ya estás en todos esos lados. Los lugares son de las personas que lo habitan, nosotros les damos el sentido. Luna comprende eso al final del libro, cuando su madre logra por fin soltar las cenizas en el puente que le da nombre a la novela más famosa de su padre. La suerte está echada, pero

“cuando te tengo en mi memoria, estás acá”

Cuando se caigan todas las promesas probablemente sea mi mejor lectura del año. Tiene una prosa poética donde cada palabra encaja con la siguiente con perfecta cadencia y personajes tan reales como cualquiera de nosotros. La historia es casi una guía para emprender junto a su protagonista el camino del duelo, un viaje por sus etapas entendiéndolas no como una lista de instrucciones a seguir para superar la muerte de un ser querido, sino como un proceso no lineal que va a teñir el resto de nuestras vidas.

“No hay un consuelo para el duelo más que la resignación”

dijo alguna vez Tan Biónica en “El duelo”. Por eso el paso final es la aceptación.

¿Vieron cuando terminás de leer un libro y querés abrazarlo? Bueno, eso.

También quiero abrazar una vez más a mi abuelo.

No puedo, pero abrazar a este libro fue una forma de hacerlo.


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