Soledad.
Me encuentro inmerso entre cuatro paredes y dos pequeñas ventanas; es un lugar oscuro, frío, silencioso y con un ambiente que dificulta la…
Soledad.
Me encuentro inmerso entre cuatro paredes y dos pequeñas ventanas; es un lugar oscuro, frío, silencioso y con un ambiente que dificulta la vista y en ocasiones te corta la respiración. No hay salida o por lo pronto aún no la hallo y tampoco sé si estoy solo.
«¿Dónde estoy?» me repito constantemente entre un vaivén de sensaciones que, al azar, van recorriéndome de pies a cabeza. Intento quedarme con una sola y no logro descifrar el por qué de la misma antes de que se amontonen las demás y empiecen a hacerme ruido en ese denso silencio.
Respiro. Otra vez. Una vez más. Me quedo con ese ritmo y poco a poco me hago mas consciente de mi entorno; mis sentidos se agudizan y comienzo a aclarar mis dudas y miedos. Por fin percibo el dónde y al mismo tiempo me doy cuenta que no estoy solo. Mi soledad me acompañaba.
Sí, aquella soledad que ya había tocado a mi puerta en numerosas ocasiones y que yo rechacé por la necedad de estar aferrado a quererla lejos, cuando la realidad es que era cuando más cerca estaba sin que yo lo notara. ¿Quizá era miedo? Tal vez. Lo desconocido siempre atemoriza y te paraliza.
Sin embargo, ya estaba ahí, compartiendo espacio y tiempo a su lado y decidí darme la oportunidad de conocerla. Sin prisa. Eso era lo que necesitaba para perderle el miedo y entender cada una de sus facetas y momentos. Sus motivos y razones. Sus respuestas.
Fue a partir de ahí que todo empezó a volverse más claro en aquella habitación. La oscuridad empezaba a entrecortarse por algunos rayos de luz que entraban por aquellas ventanas a intervalos y el aire corría con mayor facilidad. En ese momento pude por fin verla en su totalidad y, como faro que guía a los barcos que están en la penumbra, me dio la respuesta de su existencia señalando a mi interior.
Entonces hice introspección y fui consciente de mi y de mis adentros. Las imágenes de mi realidad empezaban a brotar junto con todas esas emociones y circunstancias que me habían llevado a ese lugar del cual huía sin querer mirarlo y que ahora se había convertido en una opción a elegir y no en una necesidad. Ya no veía a la soledad como enemiga, sino como una aliada que te da tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para disfrutar. Tiempo para elegir.
Seguía dentro de esas cuatro paredes, las dos pequeñas ventanas y con una salida a la vista, pero ya no estoy solo y tengo algo a mi favor: puedo decidir cuándo salir.

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