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La reina de la torre, una lectura en balsa

Mami, lo que pasa es que tienes un corazón miedoso, me dijo S cuando tenía un año y medio. frase se me clavó como una bella esquirla en el…

Valeria Colín · 2026-06-13 03:29 · 1 claps · 2.8 min read
#maternidad #literatura #depresión #linaje #poesia
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La reina de la torre, una lectura en balsa

Mami, lo que pasa es que tienes un corazón miedoso, me dijo S cuando tenía un año y medio. Su frase se me clavó como una bella esquirla en el centro del alma. Mi pequeña hija había notado el embuste de su madre y su poética aseveración fue de tal magnitud que casi la tomé como sibilina. En ese momento yo estaba tratando de apagarme una crisis ansiosa que derivaba precisamente del miedo y que –insatisfactoriamente– había estado intentando ocultarle. Fallan todos mis intentos de esconder las emociones, ella es mi más grande lectora. Que mi hija –tan pequeña– intuyera el miedo en mi corazón, me desarmó contra los terribles pronósticos.

Un año después llegó de manera afortunada a mi vida La reina de la torre, esa historia que Kari de la Vega conjuró como un bálsamo para las hijas con madres de largos cabellos de agua; y para las propias madres, que como yo, heredaron el azul materno.

Mi entrada al libro fue aparentemente sencilla, deslumbrada por la poética de su narrativa y por las ilustraciones que provocan mucha ternura, sin embargo el contenido psíquico es tremendo y no fue fácil de digerir.

Considero que las semillas que arroja la experiencia estética literaria al terreno psicológico surgen cuando se les da la gana. A mí, por ejemplo, me brotó el primer tallo luego de leer una pregunta en un post de instagram: ¿Y si la infancia no necesita libros más fáciles sino adultas más valientes?

Habían pasado algunos meses desde la primera lectura, e incluso había ya compartido en voz alta el libro con mi hija. En esa ocasión S se quedó muy seria. La emoción iluminada que le provocan otras historias esta vez no aparecía en su mirada, sino solo una fina capa cian. Luego de presentarle ese que yo considero un largo poema ilustrado, dejé –como hago siempre– que las próximas veces fuera ella la que tomara el libro o me pidiera que se lo leyera. Cosa que no ha ocurrido.

Ya con mi primer germen, hice una segunda lectura y encontré algo que había pasado por alto al principio. Más allá de releer en la historia mis grandes dolores maternos: el miedo a salir del encierro; el arresto domiciliario de la niñez del que habla Rebecca Solnit; y la depresión, recogí esta vez una punzada más.

Sin otorgar gratuitamente detalles que puedan acusarme de destripadora literaria, puedo decir que uno de los motivos que dinamizan la relación de la hija de la historia con su asustadiza madre, son los libros. Es en casa, en esa aparente seguridad doméstica donde la tristeza encuentra casi siempre permiso, en donde la reina de la torre ofrece una posibilidad de salida para su pequeña hija ávida del mundo: los libros como la redención.

La madre de la torre tiende un puente entre ella y su hija a través de la literatura. Un puente que quién sabe si sería necesario de no ser por su corazón asustado. Ahora mismo pienso que leerle el libro a S fue uno de mis múltiples intentos por anticiparle mis lánguidas etapas melancólicas. Sin embargo mi hija no miró el puente, sino el río debajo de él. Como la gran lectora de mi alma que es, S no logró conectar con la historia porque mientras yo se la leía, mi interior se inundaba.

Le pregunté a mi mamá si me leía cuando era pequeña. Se sorprendió de que no lo recordara. Y claro que lo recuerdo, pero la pregunta que quería hacer era si me leía, como yo le leo a mi hija, para salvar ciertas cosas que siento que quedo a deberle. “A veces no sé jugar con ella” le dije, “y entonces suplo el juego con un cuento.”

Pero no solo suplo el juego, también suplo la salida al parque porque tengo miedo. La posibilidad de improvisar porque me rompe lo desestructurado. La presencia vaga, porque no sé ser sin función. El movimiento, porque estoy cansada. Y lo preciso, porque no se me da bien el laconismo… Porque el puente que tendió mi madre de su torre a la mía, fue la literatura, y son las letras la balsa sobre la que pongo a salvo a mi hija, de mi agua.

Mi madre leyó después La reina de la torre, y también lloró

y la abrazo con todos sus miedos.


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