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Todas las sillas que guardaré

Escribo esto desde un tren destino a Madrid

lucia · 2026-05-27 13:26 · 0 claps · 10.8 min read
#viajes #viajar #identidad #amigos #nostalgia
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Todas las sillas que guardaré

Escribo esto desde un tren destino a Madrid

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No puedo evitar sentir algo de nostalgia cada vez que piso una estación de tren. Muchas veces hay alguien que me espera al otro lado, pero muchas veces también hay alguien que me ve irme. En este caso me espera Irene y se despide de mí mi padre, que me ha dejado en esta estación en medio de la nada (aunque, a pesar de esto, he de admitir que tiene su propio encanto). Pensaba trabajar en solicitudes de los másteres en este espacio de tiempo de 2 horas que estaré sentada en el asiento 8D, pero no tengo mesa alguna donde apoyarme y me voy a joder la espalda. Así que, en lugar de eso, me dedico a navegar entre mis discos descargados y a ir mirando las fotos de la galería (que se note que no tengo ni media raya de Wi-Fi).

Es viendo estas fotos cuando vuelvo a comprobar que soy nostálgica por naturaleza. Creo que cuando por primera vez se creó mi secuencia de ADN, allá cuando las paredes de mi hogar estaban conformadas por el vientre de mi madre, alguien lo codificó ahí. No lo puedo evitar. Echo de menos los momentos mientras pasan y los echo de menos una vez ya han pasado. Ya lo decía Carlota Cossials en esa desaparecida (pero no olvidada) entrada de su blog: “anoche me entró un deseo fortísimo de volverte a conocer. de empezar la historia desde el principio por segunda vez. no por querer cambiarla, sino por volver a disfrutarla”.

Conocer a gente es lo mejor que nos puede dar esta vida. Relacionarse. Interactuar. Humanidad. Hay relaciones que florecen según la época, hay otras que son perennes, hay otras que muestran los pétalos todo el año. Algunas se marchitan. Algunas son cosa de una vez en la vida. Pero todas ellas le dan color a nuestros pétalos. Antes odiaba Madrid. Ahora lo sigo odiando, pero hay 2 casas en este mapa gris en las que tengo un hogar, y hay 2 personas que me van coloreando el mapa que es esta ciudad llena de contaminación. ¿Quizá algún día vea Madrid con sus ojos? No prometo nada, pero ojalá ver con amor lo que ellos me narran con amor. Quizá todo lo que me haga falta es crear un recuerdo en cada esquina, contar un secreto bajo cada farola.

Estoy sentada en un tren para ver a una amiga. Una amiga que me ha presentado a más amigos. Y comeremos con un amigo mío. Siento que abuso mucho de la palabra “amigo”, la digo tanto que a veces deja de tener significado y se convierte en tan solo un conjunto de sonidos colocados de manera aleatoria. Pero qué le voy a hacer. Adoro a mis amigos, ¿y es que acaso hay algo mejor que presentar a la gente que quieres y que ellos también se quieran? ¿Que un vínculo se convierta en un lugar de aprendizaje, donde piezas de ti se quedan conmigo y donde piezas de mí se quedan contigo?

Comeremos una comida marroquí que, la verdad, no he escuchado en mi vida (pastela), pero que confío en que si me la recomiendan seguro que está bien (nota de la editora: resulta que esta receta se la enseñó a Ale un antiguo compañero de piso suyo. ¿Qué acabo de decir sobre aprender de nuestros vínculos? Pues eso). Las comidas son un ritual increíblemente importante para mí, me atrevo a decir que para cualquier mediterráneo. Quedar a comer en casa de alguien no implica solamente verse, ingerir nutrientes y si te he visto no me acuerdo. Implica reunión. Implica ayudar a preparar. Implica, si hay suerte (nota de la editora: ese día la hubo), un vermú antes de comer. Implica sobremesa (una de las mejores palabras que el español nos ha regalado), dejarse conocer y practicar el noble arte de salvar el mundo mientras te bebes un café.

La pastela que nos hizo Ale a Irene y a mí y que, sin exagerar ni un mínimo, cambió el rumbo de mi vida para siempre

La pastela que nos hizo Ale a Irene y a mí y que, sin exagerar ni un mínimo, cambió el rumbo de mi vida para siempre

Llevo 4 meses fuera, y me quedan otros 4 meses más. Aún recuerdo lo que me dijo Iris cuando nos despedimos por primera vez en junio, diciendo que iba a echar de menos nunca más sentarse a mi lado en clase. Yo le contesté que, si bien es cierto que en clase no, que nos esperan miles de ocasiones más en las que sentarnos juntas (en trenes, en viajes en coche, en comidas, en rincones que aún no sé ni que existen). Tras estos 4 meses he conocido a gente increíble. Relaciones que yo misma sé que son temporales, y relaciones que creo (y espero) que vayan para largo. Phoebe me dijo que ver fotos de la cocina que hemos compartido durante este periodo de nuestras vidas en conjunto le hacía sentir nostálgica, y yo le dije que siempre tendrá una silla guardada en todas las cocinas por las que pase.

Caitlin acabó en Valencia por mí, y yo acabé en Valencia por el amor por ella que me transmitió un amigo del que hace años no sé nada. La vida es nada más y nada menos que una cadena de casualidades que va moldeando nuestro futuro. Cuando era niña para mí el mundo se acababa cuando llegaba al colegio, incapaz de imaginar que las calles que no tomaba de camino a clase pudieran ser algo más que un escenario de cartón-piedra. Y ahora estoy viviendo en la otra punta de Europa, conociendo a gente de diferentes países y continentes. El mundo se hizo grande de golpe un día y sin yo darme cuenta, y el camino de vuelta a casa pasó de ser un paseo en el que hacía los recados a llevarme de aeropuerto en aeropuerto.

Guardar asiento es quizá el acto de amor más puro que existe. No estás aún aquí, pero te esperamos, queremos que vengas, y no tendrás que preocuparte sobre dónde sentarte. Aquí encajas, y además hemos pedido tu tapa favorita. Entrar a un bar y buscar con la mirada esa mesa que es un pequeño hogar en el local inundado de risas y comentarios, un hogar temporal en el que durante un par de horas no hay vida más allá de la mesa donde os sentáis tú y los tuyos.

Ahora mismo estoy rodeada de gente. ¿Cuántas personas estará transportando este tren? ¿A cuántas de ellas les han reservado hoy una silla para comer, les han contado al calcular la cantidad de cocido? Los mensajes de “ya ha salido el tren”, “ya he llegado”, “hemos tardado un poco pero todo bien”. Mientras esperaba a que apareciera el tren he mirado hacia afuera, hacia la nada y he visto a una pareja intentando ver si llegaba el tren o no. Parecían unos padres pendientes de si su hija subía o no al tren. ¿Será la primera vez que viaja sola? ¿Le estará algo importante esperando en la capital? No sé quiénes son, ni sé a quién miraban, pero sé que a quienquiera que buscaran le tienen una silla reservada para comer siempre que quiera.

Escribo esto desde un tren Madrid — València

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Tengo un nuevo hogar en cada café de barrio que piso. En cada vaso resplandeciente por el sol que se va vaciando mientras arreglo el mundo con alguna amiga. A pesar de estar orgullosa de mis raíces y de haber crecido de un pueblo, siempre he sabido que era la ciudad la que me llamaba. Pero no sus centros, con las luces de neón que a uno le atrapan y le hacen sentir que la noche nunca acabará. Lo mío es la ciudad de barrio, donde dos amigas que han mirado mal los horarios de un sitio de camas elásticas al que querían ir pueden sentarse a desayunar mientras contemplan las historias que les rodean. Sentadas en las sillas de este bar, un hogar temporal para a saber cuántas personas cada día, contemplan cómo se va despertando el barrio y cómo un viejo grupo de amigos discute sobre por qué ellos serían mejores entrenadores de su equipo de fútbol que el actual, porque es que hay que ver menuda vergüenza la que dimos ayer eh. A una de esas amigas le espera el ensayo de una escena y a otra le espera un tren donde escuchará sin parar el álbum que la otra le ha recomendado.

Esta visita a Madrid ha sido breve pero fructífera. Conocí a los amigos de Irene, jugamos al Cartas contra la Humanidad y hablamos de nuestras favoritas de Letterboxd. Le vi florecer en su nuevo entorno, sonriendo y desenvolviendose con cada persona igual que un engranaje, sabiendo manejar sus sentidos del humor y pensando siempre en los demás. Me subo al tren pensando en la noche de ayer, cuando frente a la boca de metro se dio un pequeño milagro. Irene comentando que quería empezar a ver muchas más películas, Ale comentando que tiene un cine cerca de casa al que va mucho, yo feliz de ver como un pequeño nuevo vínculo se va formando. Ver cómo los destinos se van uniendo y enredando entre todos nosotros.

Tweet que puso Irene tras dejarme en la estación y que casi hace que me eche a llorar

Tweet que puso Irene tras dejarme en la estación y que casi hace que me eche a llorar

Me despido 100 veces de Irene (le digo adiós, me voy, me giro, le digo adiós de nuevo, me voy, me giro) y me doy prisa en buscar mi asiento para tener hueco para la maleta. He dormido un rato, me he levantado porque se me ha caído un casco y al mirar por la ventana he visto que estaba atardeciendo. Ayer vi ***La Chimera con Irene (película con la que tengo una obsesión que creo que solo Laura entiende) y no puedo evitar pensar en la frase “ti sei cordo che il sole ci segue?” .***

Mientras sigo en el tren y fantaseo sobre dormir en ese maravilloso sofá que me espera en ese salón que de tantas reuniones ha sido testigo, Phoebe me ha hablado para preguntarme qué tal todo y para echarme la bronca por no tener ni una foto juntas. Tiene razón, soy horrible para acordarme de sacar fotos. Quizá debería mirarme eso, por todo lo que implica para la nostalgia y tal. ¿Estará también codificado en mi ADN lo de tener el móvil siempre a mano menos cuando de verdad es importante?

Escribo esto desde un tren que parte desde València

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Ayer durante el concierto pensé mucha cosa metafórica pero obviamente ya no me acuerdo. Seguramente todas relacionadas con el paso del tiempo (eso que tanto me atormenta), en cómo parece mentira que hace apenas unos días fuese a hacerme la foto de graduación con Nico y Víctor, y en cómo cada vez queda menos para una fecha que parecía tan lejana como la graduación, donde Adri llevará ese traje con el que todos le estamos deseando ver.

Podría haber sacado el móvil y anotarme las cosas, pero creo que los terceros lugares (esos espacios ajenos al hogar y al trabajo donde podemos dedicarnos a conectar con los otros) tienen un cierto halo, un algo que hay que respetar, donde la nostalgia no tiene lugar, porque todo lo ocupa la emoción del momento que se está viviendo. De lo que sí que me sigo acordando es de que se ha muerto David Lynch y eso me hace estar increíblemente triste.

Uniendo València y Londres en un concierto de las Hinds (quienes son probablemente las personas más guays de la historia). Charlas en un bar sobre visitar Reino Unido en verano y tres personas haciendo cola (bueno, una persona luchando por su vida en la cola y otras dos mirando) (la persona de la cola soy yo) para conseguir unas camisetas, todo fruto de la pura casualidad. De la casualidad de que en un intercambio hace casi 7 años a mí me pusieran en casa de Caitlin. De la casualidad de que me cambiara al instituto y, a pesar de estar en clases distintas, Sergio y yo nos hiciéramos tan amigos. La casualidad vuelve a ser nexo de unión entre mundos, causante de que la colisión de dos planetas cree uno nuevo.

Mierda. Me he dejado una carta del Cartas contra la Humanidad en casa de Irene y el cargador en casa de Mara, Pablo e Iris. No es a esto a lo que me refería con que piezas de mí se queden con mis amigos, pero la vida tiene sus maneras de tomarse tus metáforas, supongo.

Sigo estando muy triste

Sigo estando muy triste

Estos días he sido visitante en una ciudad que un día fue la mía y que espero que un día vuelva a serlo, durmiendo entre las paredes entre las que una vez habité. Espero que València me devuelva el mismo amor que yo le muestro en mi mirada y que, cuando un día vuelva, me vuelva a acoger como vecina. Yo ya sé quién es el amor de mi vida, y es esta ciudad. Espero que me haya guardado un sitio junto a ella en el altar.

Escribo esto en un avión destino Helsinki

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Irene y Ale han ido al cine juntos. Phoebe me mandó un mensaje diciendo que me echa de menos. A Caitlin le hace ilusión que este en su cumpleaños. Tantas sillas en tantas mesas en sitios que no sabía ni que existían.

Que el avión sean 4 h y 20 min es un coñazo enorme, pero deja tiempo para mentalizarse, para volver a adaptarse. Me recuerda a cuando volvía a València en tren. Sé que estamos cerca de Helsinki porque la gota de agua a causa de la condensación que había en la ventana ya se ha convertido en hielo, y porque la chaqueta que tanto me sobraba esta mañana al despedirme de mis padres ahora empieza a hacer más falta. Pienso en Mara, en mis padres, en mi abuela y en mi tío, en que me acabo de marchar y ya tengo ganas de volver a abrazarlos.

Pienso en que ahora tengo la importante misión de averiguar quién narices vive en la habitación de Giovanni (en la de Phoebe ya lo sé), y en que espero tener una silla guardada junto a él en el Uomo Grasso para comer algo y ponernos al día en mi visita exprés a Milano.

También pienso en que no recuerdo si dejé la ventana de la habitación abierta o no, solo espero haberla cerrado y no convertirme en la Colometa moderna (nota de la editora: sí que cerré la ventana).

Reviso esto desde un pequeño apartamento en la casa más mediterránea de esta ciudad escandinava

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Quizá todo sea eso.

Dedicarse a moverse, a estar con los tuyos y a mover a los tuyos. Vivir en comunidad, vivir de manera que vayas donde vayas siempre haya una silla y un plato en la mesa para ti. La mesa en la que te sientas cada vez es más grande, y cuando alguien pregunta si podéis poner una silla más ya hay gente yendo al trastero a buscarlas antes de que se acabe de formular la pregunta.

Tras ver ***El 47* y haber estado llorando el 99% de la película, pienso mucho en mi familia y decido escribirle a mi abuela para decirle simplemente que le quiero mucho y que esta película me recuerdo a ella. Para mi sorpresa, me espera un audio suyo diciéndome que me echa de menos. También pienso en cómo Sofi, seguramente también hecha un mar de lágrimas, acabó esta película y uno de sus primeros actos reflejos fue abrir nuestro chat para recomendármela.

Quizá todo sea eso.

En Helsinki tengo varias casas en las que sé que si veo luz puedo tocar a la puerta y preguntar si me puedo quedar a cenar. Echo de menos el sol y a mi gente, pero sé que igual que yo aquí no estoy sola, ellos tampoco, y es eso lo que me llena. Que en sus mesas siempre están acompañados y que escuchan risas en el salón mientras preparan desde la cocina los cafés de la sobremesa.

Gracias a todos por darle nombre y apellido a cada una de las sillas que conforman mi mesa.

Irene lo siento por tanto tweet tuyo, es que me vienen al pelo

Irene lo siento por tanto tweet tuyo, es que me vienen al pelo

Y ahora a escribir cartas. Porque sillas no lo sé, pero hay varios buzones que las esperan.


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