Jordi Moreno: “Soy un desastre, pero las pastillas del VIH no se me olvidan”
“Una vez que ya se ha empezado, el problema es que la heroína no tiene fin. Bueno, sí, la muerte, el hospital, la detención…” Así empieza…
Jordi Moreno: “Soy un desastre, pero las pastillas del VIH no se me olvidan”

“Una vez que ya se ha empezado, el problema es que la heroína no tiene fin. Bueno, sí, la muerte, el hospital, la detención…” Así empieza la conversación con Jordi Moreno. Y continúa: “La droga se acaba apoderando de todo. Me llevé dos veces la caja de la fábrica en la que trabajaba, me sacaron dos veces del coche de la Guardia Civil… Lo justificas todo, el mundo es una mierda, y continúas siendo un rebelde. Ya ves. Pero atropellaron a mi hijo…”
Nos ha recibido en su casa de Badalona, en ropa deportiva, sin pretensiones. Luce pelo cano, abundante, y nos reconoce a regañadientes que se lo ha arreglado hace poco. Completan el retrato unas cejas muy pobladas sobre ojos marrones oscuros, una nariz nada desdeñable y un mechón de pelo debajo del labio inferior, lo que se llama perilla tipo parche. Y dos pendientes en la oreja derecha. Jordi muestra una cara trabajada por el tiempo: “Es que no oigo bien por ahí, así que la oreja sólo me sirve para los pendientes”, explica riendo. Fuma y habla sin parar, yendo de una historia a otra. Tiene una memoria prodigiosa para recordar las cosas que le sucedieron hace mucho tiempo. “Pero me lío con las cosas más recientes”, apunta. Y es verdad: es un torrente de nombres, datos, situaciones que recuerda de los años 70 y 80 como si las hubiera vivido ayer. Y, sin embargo, muchas de las fechas recientes no cuadran bien.
“Al principio, cuando uno se entera de que tiene VIH, estás preparado para morir en cualquier momento, porque lo veías a tu alrededor”
Jordi Moreno lleva con el VIH a cuestas alrededor de cuarenta años. No lo sabe con precisión. “En aquella época no se sabía casi nada”, reconoce. Pero lo cierto es que el VIH no ha sido para él una carga insostenible. Es un caso atípico. El estigma no ha hecho mella en él nunca. “Bueno, casi nunca”, puntualiza. “Al principio, cuando uno se entera, estás preparado para morir en cualquier momento, porque lo veías a tu alrededor”. No fue su caso. Tal vez, porque es un rebelde impenitente, y “por llevar la contraria, que es lo que me gusta”. Para él, la verdadera lucha han sido las drogas. Y eso que su primera mujer, Pepi, murió de sida (oficialmente fue cáncer) casi en sus brazos, en el hospital, en 1995. Aunque Jordi vive desde hace veinte años con Montse Casanova, con la que se casó en 2004, él reconoce que la “Pepi” fue su gran amor. Lo dice sin nostalgia, sólo recordando. Pero esto fue después…
Seguir viviendo
Jordi repite que, a pesar de todo, el VIH no ha sido su mayor problema. Y lanza una frase que suena a recomendación: “Soy un desastre para todo, pero las pastillas no se me pasan, tío”. Para Jordi, tomarse la pastilla diaria contra el VIH nunca ha supuesto una carga, al contrario. Para él, “la pastilla me recuerda que sigo vivo, y que tengo que seguir vivo. Gracias a que me tomo regularmente el tratamiento tengo una analítica increíble desde hace años”.
Su hermana Maruja recuerda que al principio lo llevo “muy mal”. “Después, se centró. Él suele decir que esos años fueron un regalo de vida que él no pensaba haberlos vivido, y que no puede pedir más”.
Sin embargo, hay un tema que le cuesta. “Me dice el médico que puedo follar sin condón y que no voy a contagiar a nadie porque soy indetectable”. Eso es así: si una persona con VIH toma la medicación y está indetectable, no puede transmitir el virus a otra persona. Aunque Jordi lo sabe, reconoce que no ha sido capaz de hacerlo sin condón, “por si acaso. Después de vivir lo que he vivido…”.
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Le han cambiado varias veces de tratamiento debido a algunas resistencias que generó con el tiempo. Esto ocurre cuando los organismos que causan una patología mutan y se adaptan de manera que pueden sobrevivir a la exposición a un medicamento que anteriormente los eliminaba o controlaba. Con la medicación actual, el tema va bien, aunque las últimas analíticas no han sido tan buenas (se las realizaron después de esta conversación).
Josep María Llibre, investigador clínico en el departamento de Enfermedades Infecciosas del Hospital Universitario Germans Trias i Pujol de Badalona, explica que las personas que llevan tanto tiempo con el virus suelen presentar mayores índices de resistencias a los medicamentos. “Los fármacos que teníamos en la primera época eran peores, más tóxicos. La gente solía interrumpir el tratamiento con más frecuencia. Además, la barrera frente al desarrollo de resistencias era menor. Si el tratamiento no se lo tomaban de forma adecuada, era normal que fracasaran y desarrollaran esas resistencias.”. Para quienes hoy presentan resistencias (“pocos”, puntualiza Llibre), “existen nuevas generaciones de medicamentos que las evitan”, añade el facultativo.
A Jordi Moreno (Barcelona, 1958) la llegada de la democracia le cogió con 17 años en la Zona Franca de Barcelona, un barrio de los considerados conflictivos en aquellos años, cuando todavía existían las llamadas “casas baratas”, que se construyeron con el objetivo de acoger a los trabajadores de la Exposición Universal de Barcelona de 1929. La mayor parte de esas viviendas fue demolida en 2004.
Conoció a Pepi cuando él tenía 14 años y ella 12. La describe con mucho cariño: “Rubia, casi albina, de ojos azules, muy bajita, pero muy mujer. Y la verdad es que se me metió en los huesos, tío. Se me metió más adentro de donde dicen que se meten las drogas”. El paralelismo tiene su importancia, porque la historia de Jordi, Pepi, la heroína y el VIH van de la mano.
La pareja empezó pronto a tontear con el alcohol, los porros, los tripis, las anfetaminas… “Al principio, era una historia de amigos. Pero, claro, eso cambió rápidamente. El ‘caballo’ no lo probé hasta después de la mili”. Hizo el servicio militar en Madrid, en Villaverde, con 19 años. Se enfrentaba a los mandos y protagonizó numerosas peleas, lo que le procuró mucho tiempo en el calabozo a pesar de ser sobrino de un mando militar.
Pero llegó el fin de la mili. Se había puesto en forma y le hacía ilusión “recuperar la libertad”. Pepi estaba en Menorca trabajando en un restaurante y le había dejado por un amigo suyo, Joan. Aunque este amigo le prometió que no volvería a estar con Pepi, ella se había enganchado a él. Y también a la heroína. Todo el grupo, que estaba en la isla, ya estaba enganchado al caballo. Los amigos tuvieron que huir de la policía, pero al poco regresaron. Y entonces también llegó Joan, con otra novia, pero Jordi notó que Pepi seguía enamorada de él. Pasó algo que se lo confirmó. “Al día siguiente, con rabia, pedí a mi amigo que me chutara. Me la metió él”. Fue su primer contacto con la heroína. “Para mí, fue medicina, tío. Toda aquella angustia, del último año, todo aquel mal rollo… disueltos como por arte de magia”.
“Al principio era todo muy bonito, pero en poco tiempo te enganchas, y empiezas a mentir, a manipular”. Jordi explica que esa es una de las cosas que cuenta cuando da charlas a jóvenes que tienen problemas con la droga. Les dice: “¿Tenéis curiosidad? Vale, probad, probad lo que queráis. Pero… ¿y si os gusta? Porque a mí me gustaron todas las drogas. Conozco a muy poca gente que las ha probado y no le gustan. Entonces, tenéis un problema”.
Al poco, todavía juntos, Pepi y él volvieron a Barcelona. Arrancaban los años 80. Jordi empezó a robar. A atracar. No era la primera vez. Hasta que le remordió la conciencia. “Una vez robamos a una persona mayor y al pobre casi le da un patatús. Me dije: esto no está bien. Y lo dejé. Entonces pasas de tener una pandilla a estar solo”. Así comenzó el primer intento de desintoxicación.
“La primera vez que fui a curarme el psiquiatra sólo se quedó a trabajar con Pepi; a mí me echaron porque, decían, era un caso perdido”. Además, Pepi se puso a estudiar medicina. “Ella se lo curró mogollón, pero yo era un trasto terrible”, comenta. En 1982, Pepi se quedó embarazada. Puede que ambos ya tuvieran el VIH, aunque no lo puede asegurar. No sabe ni cuándo ni cómo, pero debieron adquirirlo en esas fechas. “Entonces, mi familia tomó cartas en el asunto. Me metieron en El Patriarca”, una institución de origen francés para la rehabilitación de toxicomanías.
En 1983 nació Héctor. Jordi y Pepi llevaban un tiempo bien, pero en El Patriarca decidieron separarlos y llevar a Jordi a Francia para seguir con su tratamiento. Ahí se fastidió todo. “Se presentó allí con el niño, y me volví con ellos a Barcelona…”. Al poco se enganchó de nuevo. “No lo probéis nunca, por favor, os lo pido”, implora. “Te come, es casi imposible salir, tu vida se convierte en una mierda que no te puedes ni imaginar”.
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