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Brujería y género: del castigo ancestral a la reivindicación moderna.

Más allá de si la brujería existía o no, me pregunto: ¿era realmente justificable que, por mostrar inteligencia o curiosidad, una mujer en…

Zoe Aylen Panunzio · 2025-10-16 18:51 · 2 claps · 3.5 min read
#witchcraft #feminsim #trials #challenge #brujeria
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Brujería y género: del castigo ancestral a la reivindicación moderna.

Más allá de si la brujería existía o no, me pregunto: ¿era realmente justificable que, por mostrar inteligencia o curiosidad, una mujer en el siglo XVII terminara en la hoguera, apedreada o ahorcada bajo la excusa de ser “una bruja”?

Antes de intentar responder esto, vale la pena mirar los hechos de ese tiempo que, aunque parecen lejanos, todavía resuenan hoy, en una sociedad donde el género femenino sigue siendo cuestionado cada vez que se atreve a pensar o actuar distinto al modelo impuesto por los hombres.

Si retrocedemos al año 1612, en el pequeño pueblo inglés de Samlesbury, tres mujeres — Jane Southworth, Jennet Bierley y Ellen Bierley — fueron acusadas de brujería por una niña de apenas 14 años, Grace Sowerbutts. El juicio, celebrado en el Assize de Lancaster, se volvió famoso no solo por su desarrollo, sino porque Thomas Potts publicó los detalles del caso en El maravilloso descubrimiento de las brujas en el condado de Lancaster. Su texto buscaba convencer al público de que la justicia había actuado correctamente, cuando en realidad servía como propaganda para reforzar una verdad masculina: que el “monstruo” era la mujer, sobre todo aquella que se atrevía a pensar o a vivir fuera de los límites impuestos.

Estos juicios fueron aún más inusuales por la cantidad de mujeres acusadas. Diez fueron ejecutadas en Lancaster, otras diez en York, mientras que las tres de Samlesbury resultaron absueltas. Se las había acusado de crímenes horribles, como infanticidio y canibalismo, pero todo se derrumbó cuando se descubrió que la niña había sido manipulada por un sacerdote católico. Este caso, en realidad, fue una muestra más de las luchas religiosas de la época: católicos y protestantes se enfrentaban con la brujería como excusa para imponer su poder.

El juicio de las brujas de Samlesbury es, posiblemente, un claro ejemplo de esta dinámica usada como propaganda anticatólica, e incluso como una prueba — o más bien un espectáculo montado — de que Lancashire, un condado antes considerado como impuro y salvaje, estaba siendo limpiado no solo de brujas, sino también de católicos considerados conspiradores peligrosos.

Años después podemos contar la historia de los famosos juicios de las brujas de Salem, que fueron una serie de audiencias locales seguidas de procesos judiciales con el objetivo de castigar delitos de brujería en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex, en la colonia inglesa de Massachusetts, entre enero de 1692 y mayo de 1693.

Los juicios comienzan con las acusaciones de Betty Parris, hija de un reverendo, y de su prima, Abigail Williams. Las primeras órdenes de arresto se firman en febrero de 1692, y tres mujeres resultan arrestadas: Tituba, que era una esclava en la casa de los Parris; Sarah Osborne, una terrateniente que se ganó el odio de sus vecinos por sus escasas demostraciones de fe; y Sarah Good, una indigente embarazada al momento del arresto.

Si bien Osborne y Good se proclamaron inocentes durante todo el juicio, los testimonios de Tituba parecieron ser suficientes para declararlas culpables, ya que, según el relato de Marion Starkey, Tituba buscó alejar la atención del tribunal de su esposo, John Indian, a quien algunos pobladores de Salem acusaban de generar infortunios entre los vecinos.

Distintas teorías tratan de explicar qué fue lo que generó el estallido de acusaciones de brujería en Salem. Las versiones tradicionales lo atribuyen al fanatismo religioso puritano, aunque hoy parece una explicación insuficiente. Las teorías modernas hablan de causas más complejas: luchas por tierras, rivalidades familiares, intoxicaciones y, sobre todo, un sistema patriarcal que controlaba y castigaba cualquier desviación del rol femenino tradicional. Se cree que este clima tenso y temible pudo desatar las acusaciones de brujería, que alcanzaron entre 150 y 200 personas y marcaron el declive del poder puritano en Nueva Inglaterra.

Entonces, ¿la caza de brujas fue realmente una persecución religiosa o una represión de género?

Tanto en Samlesbury como en Salem, las acusaciones de brujería fueron una herramienta del machismo y del poder patriarcal para disciplinar a las mujeres. La mayoría de las víctimas eran pobres, viudas o independientes; mujeres que no encajaban en el molde sumiso que la sociedad esperaba. Ser libre o tener voz propia era, en sí mismo, un acto de rebeldía.

Y aunque ya no se hable de brujas, me cuesta no encontrar paralelos con la actualidad. Hoy el control se disfraza de críticas, juicios morales o desigualdades que siguen marcando a las mujeres que se animan a romper moldes. La historia cambió, sí, pero el fondo machista que intenta limitar la autonomía femenina sigue ahí, solo que con otros nombres.


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