La ruleta del amor
Una historieta sobre el ll vodevil sobre el «Tinder del Mercadona» que tanto ruido está haciendo.
La ruleta del amor

Photo adapted from the original by Shaira Dela Peña on Unsplash
—Llevaba años sin tener una cita — dijo a Camila al recordar con precisión cuándo fue la última vez — . Desistí de las redes sociales; necesitaba una forma nueva de tener contactos.
—Entonces, ¿es cierto? ¿En los súper se liga? — Ella se mostraba interesada en el experimento de su amigo Pablo.
—Me acerqué al Lidl para comprobar si lo es, como todo el mundo asegura.
¿Era ese el entorno adecuado para él? El tímido de Pablo había leído un montón de noticias sobre el asunto. «Por qué ligar en el Mercadona pudiendo hacerlo en un supermercado más cerca de mi casa. Este me gusta más. Es ridículo, pero lo tenía que intentar.»
—¿Qué pasó? Cuéntame.
—Llegué a las siete, cuando se supone es el inicio del asunto. Primero arramplé con… ¡Una cesta! Aunque luego cambié por uno de esos carritos cuadrados, para mostrar mejor la piña.
»En el pasillo de las galletas vi a una mujer sola, bien vestida. Se había pintado los labios para ir a comprar: «Eso es una señal», pensé.
La idea no era tan descabellada. «Mi hermana conoció a su marido en la sección de revistas del VIPS», recordó. «No es lo mismo: Marina le dio una oportunidad a Santiago, porque andaba leyendo el Times». Pablo se imaginó ese instante ocurrido ya hace quince años. «Imagínate: dos jóvenes de la madrugada mirando fijamente la prensa internacional… ¡Eso era muy sexy!». En la terraza Pablo se quedó en silencio antes de continuar el relato. «Sin duda la piña, como tema de charla, no es gran cosa», se dijo para sí mismo al pensar la situación. «A menos que ella fuera una experta en el comercio de frutas tropicales para poder hablar sobre la subida de aranceles en Inglaterra tras el Brexit, o sobre cómo el transporte de materiales se ha en encarecido tanto en los últimos años».
—¡Venga! ¿Qué pasó? ¡No tenemos toda la tarde! — Impaciente, Camila zarandeó a su amigo.
—Corrí a la sección de la fruta. De pronto recordé los códigos; había uno diferente para cada supermercado. No tenía claro si en este era la piña, la sandía, el melocotón o se trataba de colocar un pepino y una berenjena de forma vertical en el carro. ¿Sabes qué difícil es eso? Lo intenté sin éxito.
Camila le dio un sorbo al Aperol Spritz, entusiasmada con la historia.
—Las piñas te están nublando el sentido común. Dime: cuando chocaste con ella, ¿te hizo la cobra con el carrito? — añadió para conducir la conversación al momento interesante.
—Espera, no seas cagaprisas. Al final me decidí por el melón. Uno de esos redondos de color naranja. Se queda sin más; no hace falta colocarlo de forma extraña en el carrito.
»Percibía en el cogote las miradas de muchas señoras… — Pablo se entretenía en detallar el momento, para trasladar todo el ridículo sentido.
—¡Más de una seguro andaría necesitada de un buen revolcón! — Camila, socarrona, se imaginaba aquellas miradas sobre el culito de su amigo.
—Entonces me pregunté dónde se supone que están todas esas personas chocando los carros. Fui por los pasillos en modo zigzag, fijándome en su contenido. No es moco de pavo, fíjate: debía interpretar el mensaje subliminal; por lo visto, si la chica lleva ensalada, quiere «algo fresco». El pescado… no sé, se ha de pedir la vez en la pescadería al decir algo extraño. El bote de leche condensada…
—¡Ese es sinónimo de querer algo pringoso! — El jolgorio de Camila iba in crescendo.
—¿Tú crees? ¡Es muy difícil saberlo! La gente llevaba cantidad de cosas dentro. ¿Qué pasa si lo intentas con alguien que tan solo está haciendo la compra? ¡Menudo bochorno!
—Pero los interesados dan vueltas sin sentido solo con la famosa piña, ¿no es así?
—¡Qué va! Hay de todo, verás. Llegué al final de la tienda, donde están los productos básicos como la sal, el azúcar, la leche…
—¡Ay! Qué sí, ya sé. Sigue, ¡pesado!
—Me topé de nuevo con aquella mujer, la del traje. Ella me miró. Parecía abierta a entablar contacto. Llevaba el carro a rebosar; como si hubiera arramplado con toda la frutería.
—¿Solo fruta?
—Sí, un montón de fruta. Me lancé.
—¿Qué dijiste?
—Le pregunté por su fruta preferida.
—¿Qué respondió?
—El plátano macho.
—¿En serio? — Camila se partía de risa.
—Es una respuesta sugerente, ¿verdad? Era la clave para participar en el juego de la ruleta — añadió de pronto Pablo.
—¿Qué ruleta? Espera, ¿de qué hablas?
Pablo le contó a Camila como la mujer lo condujo al final del pasillo. Ante su sorpresa, había una rueda gigante de colorines en medio. Pablo explicó que la mujer de los labios pintados no quería nada con él, en realidad ella formaba parte de una empresa exportadora de plátanos de Canarias. Camila casi se cae de la silla de risa. Le aclaró como ella lo animó a jugar a La ruleta del amor, pero antes debía encontrar por el establecimiento a su media naranja. La empresa representada por la comercial aprovechaba el tirón del bulo para conseguir una mayor promoción. Entre música y los colorines de la ruleta, Pablo sí vio un montón de parejas disfrutar: probaban del mismo palillo un nuevo tipo de plátano para entrar a concursar por el «viaje romántico» a las islas afortunadas.
Así fue como decidieron ir juntos al día siguiente. Si les tocaba, los amigos de toda la vida se irían de viaje.
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