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#40. La otra invasión española.

(la música del rockopop)

Pablo Carrera in La Banda Sonora de mi Vida · 2025-05-28 14:39 · 7 claps · 8.0 min read
#relatos-cortos #música #rock-latino #musica-española #rock-and-roll
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#40. La otra invasión española.

(la música del rockopop)

Con apenas trece años llegué a la secundaria del colegio Los Andes, justo cuando la adolescencia empezaba a hablarme en voz alta. El colegio estaba regentado por los hermanos maristas, de larga tradición e impronta en tierras españolas, por lo que su influencia se sentía no solo en los pasillos, sino también en el acento de muchos profesores y compañeros de distintos cursos: gallegos, catalanes, madrileños, andaluces, canarios… en suma españoles que se habían asentado en Quito con sus tradiciones, su carácter, su cultura y, cómo no, su música.

Ahí, entre clases de historia, ecuaciones imposibles y recreos llenos de risas, algo más empezaba a colarse en nuestros días: una música distinta, cercana, que no venía de Londres ni de Los Ángeles, sino del otro lado del Atlántico, hablada en nuestro propio idioma. Sin subtítulos ni diccionarios, esas canciones decían lo que sentíamos sin que tuviéramos que traducir. No eran ya esas baladas pop provocadoras que Bosé había sembrado en la memoria, ni la lírica profunda de Serrat, Ana Belén o Víctor Manuel. Que iba más allá de la Fotonovela de Ivan o el Quién piensa en ti de Gonzalo. Era otra cosa. Era un estallido fresco, guitarrero, juvenil. Venía con nombre y apellido propio, de movida madrileña. Y con ella, una nueva forma de entender el mundo. Esa música que mis compañeros españoles traían en sus mochilas de vacaciones y que también las radios empezaban a cuentas gotas a hacer sonar.

Para cuando nos sorprendieron los ochenta, la mejor carta de presentación que aquella música rock española fue el inconfundible coro que nos electrizó desde la primera vez:

“¡Buenas noches bienvenidos, hijos del rock and roll…!”

era la voz de Miguel Ríos, un veterano cantante, pero para nosotros fue como si el rock en español hubiera nacido con él y su rock de una noche de verano. Esas canciones no solo sonaban: retumbabna. En las radios de buses, en los pasillos del cole, en los recreos compartidos con compañeros que apenas conocíamos, pero con quienes ya nos unía una misma energía. Por primera vez, la música no era solo melodía: era mensaje, era identidad, era pertenencia. Cantábamos a gritos porque entendíamos cada palabra, y cada palabra nos hablaba de libertad, juventud, de un fuego interior que no sabíamos cómo apagar. Nos sentíamos parte de algo más grande que nosotros: de una generación que despertaba con el corazón en llamas y el alma envuelta en solos de guitarra y seseos al cantar sus coros.

Pero el verdadero desembarco musical español, que marcó un antes y un después en nuestra vida escolar, llegó con los que se convirtieron, sin discusión, en los reyes absolutos de nuestra adolescencia: Hombres G. Desde que sonó por primera vez Las chicas cocodrilo algo en nosotros cambió. Fue como si hubieran compuesto la banda sonora exacta para aquellos días. De repente, Venezia, Marta tiene un marcapasos o Sufre mamón dejaron de sonar como canciones: se convirtieron en fragmentos de nuestras vidas, espejos de nuestros enredos, de nuestras torpezas amorosas, de aquellos recreos con risas y absurdos dramas de adolescentes.

Grabábamos sus temas en casetes que pronto se enredaban de tanto usarlos. Aprendimos a dominar el play, stop, rewind, como si con eso controláramos también nuestras emociones. Los cantábamos alargando las zetas en los recreos, en las reuniones de cumpleaños, en voz baja mientras caminábamos de regreso a casa. No fueron solo una banda, sino se convirtieron en los mejores amigos que nos pudieran acompañar, aunque solo vivieran en aquellos viejos y enredados audífonos.

Pero no todo fue amor adolescente ni melodías pegajosas. La rebeldía — esa chispa que comenzaba a arder sin que supiéramos bien cuando — llegó como un puñetazo eléctrico con Los Ilegales. Aquella banda semi punk que sacudió a todos con su actitud desafiante, con letras que no pedían permiso ni daban explicaciones. Eran crudos, directos, insolentes… y por eso los adorábamos a esa edad. Para nosotros, que aún no sabíamos cómo rebelarnos más allá de rasgar las rodillas de nuestros pantalones, dejarnos una tira de cabello más larga en la nuca o garabatear una “A” de anarquía en los márgenes del cuaderno; canciones como Tengo un problema sexual o Soy un macarra eran himnos liberadores cantados a voz en cuello.

Corearlos a todo pulmón era una forma de romper silencios, de lanzar piedras contra vitrinas sociales invisibles, de decir “aquí estamos” en un lenguaje que por fin entendíamos. Eran gritos de guerra para quienes no sabíamos pelear, pero sentían que algo en el mundo — y en nosotros mismos — tenía que cambiar. Aquella insolencia sonora, tan lejos de lo políticamente correcto de aquella época, nos enseñó que a veces la música debe ser un acto de resistencia.

Y en medio de tanta efervecencia quinceañera, también hubo espacio para lo absurdo, lo provocador, lo delirantemente divertido. La Orquesta Mondragón irrumpía como un carnaval salido de una mente traviesa, con letras que jugaban al borde de lo prohibido y una puesta en escena que parecía más un circo de medianoche que un grupo musical. Lolita nos dejaba con la boca abierta; no sabíamos si debíamos reír, sonrojarnos o ambas cosas a destiempo. Era el descaro hecho canción, y nos encantaba sentirnos transgresores aunque fuera cantándola desde la ducha.

Entonces, cuando creíamos que nada podía sorprendernos más, llegaron Los Toreros Muertos. Con Mi agüita amarilla, derrumabando cualquier esquema que tuviéramos en la cabeza. Esa canción escatológica y genial escandalizó a la sociedad quiteña, pero nos hizo reír a carcajadas. Pero más allá del chiste, algo se abría en nosotros: entendíamos que el humor también podía ser rebeldía, que la irreverencia podía ser arte, y que la risa — cuando es inteligente y sin permiso — también deja huella. Como las cientos de veces que la cantamos a coro con mis primos en las fiestas familiares.

Pero más raro que aquellos personajes, era una criatura que parecía llegada de otro planeta — o al menos de un Madrid alterno que solo existía en las películas de clase B — esa era Alaska. Con su mirada enmarcada en profundo rimel negro, su estética gótica, ciber punk y hasta vampírica, nos descolocaba y fascinaba a partes iguales. Alaska y sus diversas bandas de tan extraños nombres, no cantaba canciones convencionales: hablaban de zombis, de asesinatos, de obsesiones amorosas tan extrañas como magnéticas pero siempre en onda pop. Muchos nos vimos reflejados en ese universo alternativo, oscuro pero luminoso a su manera. Por ella aprendimos que ser raro no solo estaba bien, sino que podía ser hermoso. Que lo diferente también brillaba, incluso más fuerte que ser normal. Pero que a pesar de ese look estrafalario, igual tllegarías a la interrogante romántica de “ ¿cómo pudiste hacerme esto a mi?

Luego con Mecano se abrió otro universo paralelo que se colaba por los audífonos y se instalaba en el pecho. No era solo música, era una experiencia sensorial. Ana Torroja, con su voz delicada y sus ojos llenos de misterio, nos dejaba en silencio, como hipnotizados. Su belleza, etérea y androgina, parecía venir de otro tiempo, de otra lógica. Yo, adolescente confundido y hambriento de emociones nuevas, me volví fan desde la primera vez que escuché Hoy no me puedo levantar. Aquella canción describía nuestras mañanas: perezosas, caóticas, con el alma aún pegada a la almohada y el cuerpo queriendo seguir soñando.

Con el Pedro y el Michael, mis amigos del colegio, compartíamos sus temas como si fueran piezas de un rompecabezas emocional que solo nosotros sabíamos armar. Cada nuevo disco era un evento, una conversación infinita en los recreos. Su evolución nos arrastró desde aquel pop empalagoso de Me colé en una fiesta a las pequeñas obras de teatro sonoro como Cruz de navajas o Hijo de la luna, canciones que dolían, que hablaban de vidas rotas con una elegancia que no entendíamos del todo, pero que nos atravesaba por igual.

Y mientras los sintetizadores, los peinados ochenteros y aquellas letras irónicas se apoderaban de nuestras tardes, por otro lado crecía — como un rugido subterráneo — el torbellino del heavy metal en español. A la cabeza, Barón Rojo que abría una grieta en el alma adolescente con Breakthoven, un tema que era una verdadera proclama, un martillazo contra los moldes heredados, una sinfonía de rebelión vestida de distorsión. Yo sentía que cada golpe de batería era un latido que quería salirse del pecho, que quería romper con todo, incluso conmigo mismo.

Fue gracias a esa canción que se bautizó uno de los programas más legendarios de la radio rockera quiteña: Romper falsos mitos, con Carlos Sánchez Montoya. Ahí sonaron muchos temas de aquel naciente metal en español como aquel tema profético Marea negra, de Topo; canción que hablaba de contaminación y desesperanza cuando apenas comenzábamos a entender lo frágil que era el mundo que luego íbamos a heredar.

Y si de sacudidas se trata, en ese mismo programa sonaba Ángeles del Infierno con Maldito sea tu Nombre y Obús con Te visitará la muerte, viscerales, salvajes, estridentes, cargados de esa energía y rapidez tan heavy que luego terminaría por definir mis gustos musicales.

Como esos amores que no se anuncian pero lo cambian todo, sin previo aviso Luz Casal apareció una tarde cualquiera — para sonar en la radio de casa. Algo en la forma en que Luz cantaba, una mezcla entre furia contenida y caricia quebrada, la volvió inmortal. Era como si alguien me hubiera tendido una emboscada emocional con una melodía disfrazada de pop y salpicada de rock. Quizá la historia de Rufino, su ritmo contagioso o aquella voz tan particular hizo que me enamorara de ella, de esa mezcla tan rara y perfecta de sensualidad rockera y ternura herida. Empecé a seguirla, a buscar sus canciones, a reconocerla incluso en las grabaciones mal sintonizadas. No necesitaba gritar para conmoverme; bastaba con que pronunciara una frase rota para que quisiera quedarme a vivir ahí, entre los silencios de un No me importa nada.

Ya lejos de aquellas aulas, con mi propia familia en marcha y el tiempo girando a otro ritmo, fue Joaquín Sabina quien vino a devolverle poesía a mis días. Sus canciones — de amor herido, de ironías crueles, de noches sin redención — se volvieron una compañía constante. Las fui coleccionando en CDs como quien guarda cartas que no se atreve a enviar. Y, sin buscarlo, terminaron siendo también los discos favoritos de mi esposa. Entre todos, hubo uno que nos marcó de forma silenciosa: A la orilla de la chimenea. Esa canción, con su ternura descarnada, se convirtió en un espejo anticipado, en una especie de premonición involuntaria. Porque a veces el amor se queda a vivir justo ahí, en esa orilla cálida que también puede volverse ceniza. Con los años, entendí que no todas las historias de amor tienen final feliz. Algunas simplemente se quedan grabadas, como un disco rayado, en el fondo del alma. Pero esa música, con su verdad a cuestas, sigue sonando. Porque hay canciones que no se apagan, aunque ya no tengamos con quién bailarlas. y como lo declamó sabiamente Sabina:

“toma mi dirección cuando te hartes de amores baratos de un rato… me llamas”.

Tantos temas que sonaron mil veces en el programa de Rockopop me devuelven, sin pedir permiso, a los pasillos del colegio, a esas aulas donde la música fue la verdadera maestra. Donde veo otra vez a los amigos con los que crecí, a esos compañeros españoles, al intercambiando de casetes como si fueran tesoros, a recreos breves pero intensos, llenos de descubrimientos compartidos. A las cuadrículas de cuadernos rayados con letras de canciones, nombres de bandas y cientos de sueños por terminar de escribir. Esa banda sonora nacida en los lejanos ochenta, no vive en un vinilo ni en una playlist. Vive en mí. En lo más hondo de lo que fui y en lo más sincero de lo que sigo siendo. Porque hay certezas que no caducan: uno nunca abandona del todo la adolescencia mientras exista una canción que te haga latir el pecho como en aquellos momentos. Y yo… todavía escucho esas canciones con la misma intensidad. Todavía las puedo cantar con el mismo sentimiento. A veces en susurros, a veces con el alma en la garganta. Pero como en aquellos lejanos años siempre en español.

Link a la playlist de spotify con todos los temas del relato y más:

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