Carta a uno de mis abusadores narcisistas
Escrita en 2018. Publicada siete años después, a días de volver a verlo.
Carta a uno de mis abusadores narcisistas
Escrita en 2018. Publicada siete años después, a días de volver a verlo.
Prólogo: Años después de escribirle a mW
Escribí esta carta el 31 de mayo de 2018.
Tenía 27 años y acababa de salir de una de las relaciones más confusas y emocionalmente desgastantes de mi vida.
No era una relación formal — nunca lo fue — , pero fue una donde me perdí tratando de entender qué había hecho mal.
La reencuentro hoy, siete años después, a una semana de coincidir con él en la boda de mi hermana.
Destination wedding.
Todos en el mismo lugar, varios días.
Y mi cuerpo lo sabe: la memoria no olvida lo que la mente racionalizó.
Hoy puedo ver con claridad que mW fue uno de mis grandes abusadores narcisistas.
No porque me gritara o me golpeara, sino porque me hizo dudar de mi percepción, de mi intuición, de mi valor.
Fue un tipo de abuso más silencioso: gaslighting emocional, invalidación constante, manipulación sutil.
El poder no estaba en sus palabras, sino en cómo me hacía sentir:
insegura, culpable, inadecuada, “loca”.
Durante años creí que mi intensidad era el problema, que debía controlarla para ser “más fácil de querer”.
Hoy entiendo que esa intensidad era simplemente mi sensibilidad queriendo conectar.
Pero en un vínculo con alguien evitativo, controlador y emocionalmente inmaduro, esa sensibilidad se vuelve campo de batalla.
Yo representaba la conexión que él temía.
Él representaba la frialdad que yo intentaba derretir.
Nos confundimos amor con ansiedad, y deseo con validación.
Era un trauma bond, un lazo entre dos heridas: la mía, que necesitaba ser vista, y la suya, que no toleraba ser expuesta.
Esta carta la escribí en la confusión, en la herida abierta, tratando de explicarme, de justificar, de pedir que me entendiera.
Hoy no la cambio ni una coma.
La publico porque fue parte de mi proceso de volver a tener voz,
de mirar de frente el tipo de dinámicas que se disfrazan de amor o de “pasión” y en realidad son control, gaslighting y abuso emocional.
No busco venganza.
Busco verdad.
Y la mía empieza aquí, en estas páginas escritas por una mujer que, sin saberlo, ya estaba saliendo del ciclo.
Carta a mW
Si me vas a decir loca, quiero que al menos entiendas mi locura.
Durante la plática en el coche me llené de angustia. Nadie nunca me había tenido así: sin poder entender lo que siento cuando te tengo enfrente, sin poder decírtelo, sin poder defenderme.
Se mezclan el miedo, la impotencia, la indignación y un montón de emociones a la vez. Sobre ti, y hacia ti. Muchas de ellas, ambivalentes.
Tuve un poco de claridad después del viaje de trabajo a la ciudad donde fue el Licensing Trade Show, pero con lo que hablamos en el coche terminé confundida y frustrada, todo sintiéndose en el estómago.
No pude dormir. Me angustió lo que dijiste, y la forma en que te fuiste.
Quisiera que consideraras la posibilidad de que — aunque a veces no vea las cosas como realmente son — tampoco estoy alucinando.
Tu subjetividad también influye en cómo percibes la realidad, y tu verdad no siempre es la definitiva.
Trata de ser menos soberbio.
A veces me haces sentir insegura, sin criterio, un poco — o bastante — loca.
Uno de esos temas fue KFC de Guatemala.
El tema me da vergüenza contigo y con ellos.
He tratado de ser una mujer más segura; si lo hubiera sido del todo, me habría atrevido a pensar que les caí bien.
Eso fue lo que sentí.
Hay una gran diferencia entre decir “ella es de la verga” y decir, en tono de broma mientras bailas, “ella es la peor, baila así”, haciendo el paso que siempre hago.
Era una broma. Quise romper el hielo.
Y te aseguro que nunca usé esa palabra: tú la entendiste así.
Hace unos días no habría pensado necesario aclararte que nunca me metería en lo más sagrado para ti: tu trabajo.
Marcaste límites que no creí necesarios.
Te agradezco porque alguna vez, en tu casa, me hablaste de la empresa de promocionales y me invitaste a participar.
¿Cómo pensar en afectarte?
Hoy temo que te hayas arrepentido de incluirme.
No te causaré ningún problema.
Estoy agradecida por tu ayuda con mi CV, por recomendarme, por cada cotización que me ayudaste a armar, por tu paciencia, por la vez que invitaste a los nuevos a comer a Casa de Toño, por preocuparte por cómo me sentía al entrar.
Es absurdo que temas que te afecte.
Me siento como una niña a la que le dicen que no puede tocar algo porque se puede romper.
Así me sentí cuando me advertiste que no volviera a tocar a tus clientes.
La amenaza me asombró e indignó.
En todo caso, habría pensado en beneficiarte, no en perjudicarte.
Reconoce que puedes ser drástico, incluso déspota.
No se me olvidará cuando me dijiste que ya no me darías ni los momentos que me habías estado dando.
Fuiste duro. No te importó afectarme, y dejaste claro que pasar tiempo conmigo era una obligación, o un favor que me hacías.
Me sentí sometida.
Y más de una vez supe que, si seguíamos así, terminaría sintiéndome tu esclava.
Al día siguiente de la pelea quise abrazarte.
No porque pensaras que merecías una disculpa, sino porque quería poner de mi parte y arreglar las cosas.
Temía que fuera el final, y quise evadirlo.
Pensé que tal vez lo librábamos, que había sido solo algo de la peda.
Pero me humilló que no me dejaras acercarme, y que sellaras tu postura con esa despedida en el aeropuerto.
Nunca he querido afectarte.
Sé lo importante que es KFC de Guatemala para ti, tu cliente más grande, el proyecto que más te representa.
Y deseo que cumplas todos tus propósitos: que les vendas todas las ventanas posibles, y que con lo que ganes no te alcance para un terreno en Tulum, sino para tres.
De ti aprendí la seriedad que tiene el trabajo, al punto de que hoy no me importa cuándo, ni dónde, ni a qué hora, si llega algo de la empresa de promocionales, lo atiendo enseguida.
Hoy pago toda la flojera y la procrastinación que me permití mientras trabajaba en la empresa de transportes.
Le debo algo a la empresa y al dueño que creyó en mí.
Me siento moralmente en deuda por haber apostado por mí.
Me dijiste otra vez que actué mamona en la primera fiesta de Emilio.
Créeme, soy tan insegura que difícilmente me da para actuar así.
Mi inseguridad me hace huir, no presumir.
Ojalá tuviera más huevos para ser mamona.
Nunca me había pasado esto:
que lo que quiero decir y lo que se percibe sean tan distintos.
Vivo una polaridad constante que me deja con un nudo en la garganta.
Me siento en un frasco del que solo salgo a respirar cuando decides quitar la tapa.
Me quedé con ganas de hacer muchas cosas, pero no me dabas señales que me animaran.
Lo que me provocabas me dificultaba saber manejar ciertas situaciones.
No me había topado con alguien tan reactivo a mi forma de ser.
No suelo provocar el enojo que te provoqué.
Quisiera borrar ese episodio.
Me duele encontrarme tan expuesta.
A veces pienso que no debí contarte lo que te conté en el hospital, porque con eso te di los argumentos para llamarme loca.
¿Quién intenta suicidarse? — dirías.
Alguien que está loca.
Aquella noche en que tocaste y luego convivimos, dijiste que me viste cool.
Esa vez mostraste más atenciones conmigo que nunca.
Ojalá hubieras sido así más veces.
Nunca te sentí mío, aunque alguna vez lo imaginé.
Sé que puedes ser encantador y conseguir lo que quieres.
Y sí, puedes abusar de la seducción.
Pero no me di el privilegio de pensar que eras mío.
Sé que te gusta estar solo, sentir control, no depender de nadie.
Y que te tomará mucho abrirte a alguien más.
Sé que puedes irte en cualquier momento, y que un día te irás definitivo.
Aun sabiendo todo esto, solo quería pasar tiempo contigo.
Me gustabas, sí, pero no ciegamente.
Intenta ver que lo que vivimos fue más intenso para mí.
Una vez leí: “dejarse querer también es de valientes”.
Y pensé en ti.
Eras un reto que se interrumpió cuando apenas empezaba.
Creo que sostienes una postura ególatra sobre mí.
No es que me encante todo de ti.
Es que, a diferencia tuya, me gustabas como eres y — más importante — te dejaba ser.
Recuerdo estar con mi mejor amiga, en un restaurante, disfrutando el jueves sagrado con ella.
Y tú, en horario fuera de trabajo, me escribías sobre un cliente que ni siquiera era mío.
Puedes escribir a cualquier hora para eso, pero no te nace dar las gracias por lo que te dejé en la maleta.
Con un simple “gracias” bastaba.
Tengo que aprender a medirme cuando doy.
Me duele y me da coraje que uses mi vulnerabilidad para insistir en verme como alguien frágil, necesitada, dependiente.
Si no me ves así, al menos así me haces sentir.
Yo he sido más cálida contigo, y eso dice algo de mí.
Pero reconozco que fui yo quien te empoderó de esa manera, mostrándome tan disponible.
¿Sabes por qué lo hice?
Porque quería ser auténtica, vivir el momento, actuar como se me diera la gana, disfrutarte si se me antojaba hacerlo.
Me duele pensar que me ves como una loca desde que estuvimos juntos, porque es lo último que hubiera querido.
Ese fin de semana hablamos, y tuve la seguridad de decirte que quería verte antes de tu viaje.
No contestaste nada.
Y así, poco a poco, me fui quedando con la sensación de que solo hablabas cuando tú querías.
Varias veces no me sentí con la seguridad de proponerte algo, ni de improvisar contigo.
Tenía miedo de parecer “una vieja que muere por ti”.
Y ese miedo me hizo quedarme quieta.
Por eso te dije alguna vez que esto se sentía como una montaña rusa.
En la segunda fiesta de Emilio, tan no quise mostrar emoción por verte, que la primera vez que te topé, huí.
Nunca sentí que fueras mío, pero sí me hubiera dolido verte descaradamente ligando frente a mí.
Cuando llegué a actuar rara, era porque quería estar contigo, no porque quisiera evitar que estuvieras con alguien más.
Me hubiera gustado que te naciera.
La noche del antro Mono, en la Juárez, sí me puse celosa.
Entiéndeme: me gustabas, y pensé que había algo entre nosotros.
Hasta donde supe, te llevaste a una chica con un arete en la nariz a tu casa.
Pensé: ¿por qué no me lleva a mí?
Tal vez me veías tanto en el trabajo que lo que menos querías era verme un viernes en la noche.
Y es válido.
Aun así, no exageres ni me llames berrinchuda.
Sentí celos, pero te regresé la llamada.
Incluso pensé en ir a verte.
No fui porque tu amigo del antro me contestó mal, con ese tono que me dio repele.
Cuando por fin me marcaste otra vez, ya estaba lejos.
Ese día pasé del coraje a la esperanza en cuestión de minutos.
Así como te confundían mis “ataques”, a mí me desarmaban tus señales contradictorias.
Si te vi feo aquella noche en Eyecandy — el bar del hotel — y lo percibieron tú y la colega Karla, te pido perdón.
Ese tema te pertenece más a ti que a mí, por tu antigüedad y lo que significa la empresa para ti.
Nunca quise dejarte un mal sabor de boca.
En realidad no quería tenerte pegado a mí, solo quería que hablaras conmigo mientras hablabas con los demás.
Natural, fluido.
Como cuando lo lograba con George.
Me la pasé bien en el restaurante italiano.
Me gustó sentarme junto al dueño de la empresa y conocerlo más.
Me hizo la noche cuando me escribiste que me veía guapa.
En el Vaivén también me encantó que lo hicieras.
Me arreglé así para ti.
No sabía que todo se iba a romper unas horas después.
No soy idiota.
Dijiste que quería que nos agarráramos frente a Gaby.
Te voy a demostrar que soy profesional.
No eres el único que trabaja en la empresa, ni el único con intereses a largo plazo.
Prometo comportarme siempre.
Por favor, deja atrás lo del Licensing Trade Show.
Tal vez ya estuve en boca de Gaby y Marce.
Sí me importa, pero no tanto como para que me afecte más.
Quiero que pase, que eventualmente mis resultados hablen más que cualquier rumor.
Tu sonrisa me maravillaba.
Tu risa también, aunque a veces me desesperaba que la usaras para evitar la seriedad.
Recuerdo aquella madrugada en tu casa: yo desnuda, tú en la sala con tu roomie, y tu curiosidad por la chica que él había “jalado” de Tinder.
Me indigné.
No sabía cómo se debía actuar en un one night stand.
¿Te sigo? ¿Te doy espacio? ¿Me quedo quieta fingiendo dormir?
¿Cuánto tiempo se espera antes de hartarse y vestirse?
Todo lo que hice — cada detalle, cada idea, incluso un regalo de cumpleaños que nunca di — fue por el simple deseo de mostrarte que me importabas.
Aun sabiendo que no tendrías esos mismos detalles conmigo.
Solo quería que fluyera.
Hubiera querido que me miraras más que a tu celular, pero sé que esas cosas no se piden: se dan o no se dan.
Sabes que me tenías un poco clavada.
Sé que viste cosas en mí que no te gustaron, pero ¿sabes qué veo en ti que no aceptarías?
Rasgos sádicos.
Disfrutas un poco al lastimar.
Hoy dijiste que no eres mi papá para regañarme, pero más de una vez hemos jugado esa dinámica.
Aun así, te pido perdón por todo.
Nunca quise afectarte.
Busqué razones para admirarte hasta debajo de las piedras.
Aprenderé a ser más objetiva la próxima vez.
Un día, cuando te describí ante mi mejor amiga, ella dijo: “mW es mágico”.
Nada me hizo más sentido.
Pero hoy, al ver tu tono en el coche, vi tus rasgos agresivos, prepotentes.
Y me entristecí.
Ahí supe que ya había valido madres todo.
No te agarres de mi transparencia para juzgarme.
No te agarres de mis heridas para decirme que estoy de la verga.
Si algo tengo, es que nunca te he juzgado con la misma dureza con la que tú me juzgas.
Tienes que aceptar que, si yo digo una cosa y actúo diferente, tú eres el rey de los dobles mensajes.
Me haces sentir que nada de lo que hago es suficiente para ti.
Por eso caí en la cuenta de que quizás a tu ego le gustaba tener a alguien detrás, pero que no sentías nada real por mí.
Me despido diciéndote que — si soy intensa por escribir una carta tan larga — tú también lo fuiste por ese voice note eterno.
Quiero que algún día me deje de importar lo que pienses de mí.
Y sé que pasará.
No me meteré en tu trabajo.
Nos apoyaremos si es necesario.
Y para no quedarme con lo malo, te agradezco lo que hiciste por mí.
A trabajar los dos en lo nuestro.
Los dos tenemos nuestros propios trips disfuncionales.
No solo yo.
Te quiero, mW.
Epílogo: Lo que aprendí
Releer esta carta es como observar un retrato congelado de mi versión más joven: una mujer inteligente, sensible y profundamente confundida, atrapada en la paradoja de amar a alguien que la hacía sentir invisible.
Entendí que el abuso emocional no siempre grita: a veces te sonríe mientras te hace sentir culpable,
te abraza después de invalidarte,
te dice “estás exagerando” cuando solo estás sintiendo.
Aprendí que el gaslighting no se reconoce desde adentro; solo cuando te alejas lo suficiente ves que no estabas loca: estabas siendo sistemáticamente confundida.
Y que mi “apego ansioso” no era una falla: era una señal de hambre emocional, de necesidad no atendida, de amor propio pendiente.
Hoy no me da vergüenza haber sido la mujer de esta carta.
Ella fue mi espejo más honesto.
Ella creyó que escribir era una forma de sanar, y tenía razón.
Porque gracias a ella, la mujer que soy hoy ya no escribe para ser entendida.
Escribe para entenderse.
메타데이터
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- 2026-06-24 11:06:28