RAZÓN DE SER
Luz, despierta, para irme allá con mi memoria.
RAZÓN DE SER

Luz, despierta, para irme allá con mi memoria.
Para escapar al lugar donde nada pasa, donde descansa el que quiere ser recuerdo.
Imposible no sentir que el aire falta cuando los sueños sobran y son.
Eduardo leyó nuevamente la libreta.
- ¿Qué quiere decir?
- No sé.
Natalia subió los hombros agotada, tenía ese cansancio que arrastra la voluntad, que niega el reposo. Su hermano, Nacho, se había suicidado.
- ¿Qué vas a hacer? — Eduardo ojeó rápidamente el cuaderno, las notas eran erráticas y eternas — No lo leas.
- No es opción.
- Aquí no está la respuesta.
- No, pero está mi hermano.
Natalia se levantó por inercia, necesitaba moverse, sentir que se sacudía el presente. Que el movimiento desplegaría un telón y se sabría parte de una penosa broma. Su hermano estaría ahí, nada habría cambiado. El silencio dominó en segundos. Nacho habría tenido razón cuando decía que sin importar que tan humanos queramos ser, cuando la vida se vuelve protagonista (y solo lo hace en modo de tragedia) somos incapaces de entender por completo nuestro alrededor, nuestras emociones. Muros completos se apilan a nuestro alrededor con el conjuro de las palabras jamás encontradas, con las emociones imposibles de resolver. La vida se disfrutaba, según Nacho, cuando esta no molestaba. Cuando esta solo nos dejaba soñarla. Pobres los que tengan que vivir. Hoy, tendría razón.
Natalia tomó la libreta de las manos de Eduardo.
- Son sus sueños, solo eso.
Eduardo terminó de recoger en silencio, hallaba en limpiar platos una paz monótona imposible de explicar. Natalia lo agradecía y se negaba a cuestionar esos placeres que parecían masoquismo. El dolor se había apoderado del departamento, decidieron quedarse en silencio para no perturbarlo más. Eduardo le dio un beso en la frente, sabiendo que las palabras que dijera sonarían a alguien más, a lo que creía que se debe decir. Se marchó y Natalia se quedó sola con el recuerdo.
Se vio reflejada en su ventanal, desde un décimo piso en Polanco, con vista a reforma y las posibilidades. Su reflejo se desdibujaba con las luces, parecía un fantasma sobre la ciudad. Se sintió como una metáfora corriente y empalagosa. Aun así no se quitó la mirada, se abstuvo de fijarse en algo para no romper la ilusión
Sin ganas de dormir prefirió salir. Cómo un animal que se lame las heridas, Natalia vio el anonimato de la noche oportuno para ello. Lamerse al punto de provocar nuevas.
Si algo le llamaba la atención era la impersonalidad de la ciudad de México. No importaba el año, siempre parecía atrapada en una constante promesa. Un caos ininterrumpido que se negaba a evolucionar, un caos comprometido a mostrar lo contrario. Un acto de ilusionismo demencial que capturaba la cordura de quien la viera demasiado tiempo.
Natalia la miraba, la imaginaba. ¿Qué año era ahí abajo? Tan ajena a la distancia, tan cruda y real cuando se está sumergido en ella. No importaba el crecimiento social ni los logros humanos, no importaba nada. Las luces amarillas, las farolas tartamudas y el silencio escandaloso pronosticaban que el tiempo no era bienvenido ahí.
Natalia, y sobre todo Nacho, pertenecía a la denominada generación de Babel o generación invisible. Mirada ilusionante y dolorosa, ojos de niño en busca de amor. Ceño fruncido y resignado. Empatía por el presente y futuro, odio corrosivo hacia el pasado. Nacho repetía orgulloso y monótonamente la misma metáfora. Siempre que se encontraba viendo las luces de la Ciudad comenzaba a soñar despierto. Iniciaba su recorrido por la añoranza de lo nunca vivido.
- ¿Se imaginan que trajeran a un navegante español, vikingo o chino de los tiempos donde las estrellas eran un mapa? ¿Se imaginan qué diría? — Nacho daba una larga pausa para dejar que los demás hicieran conjeturas, no le importaba que ya supieran la respuesta que él quería decir — Vería el cielo vacío y la tierra iluminada. Pensaría que fuimos capaces de encerrar a las estrellas. Pensaría que somos unas bestias por querer devorar aquello que nos da rumbo. No estaría equivocado.
Natalia sonrío al recordar palabra por palabra, al sentir a su hermano presente diciendo nuevamente su analogía favorita. El rumbo fue devorado y Nacho, junto con una generación destinada a ser transitoria, fue quien luchó por recobrar la brújula por más descompuesta que estuviera.
La inclusión de la inteligencia artificial estuvo llena de escepticismo y de una avaricia por sentir en la piel la novedad. La ilusión hizo que se esparciera con una sinrazón animal. No había ningún escrutinio o interés en la realidad. Nadie hizo caso, era demasiado nuevo y fácil. La promesa de no pensar y sentirse capaz de crear cualquier cosa fue irresistible.
La facilidad e ilusión de progreso individual calló las voces que tiñen de identidad a las generaciones. Será romántica la forma de pensar, pero el tiempo ha dado la razón a los historiadores que veían caer el peso del tiempo en una época obsesionada por el individualismo ruin. Una era dogmática que se creía inclusiva y progresista. Una era que gritaba y profesaba con orgullo la empatía sin ver a su prójimo. Todos eran iguales hasta que se atrevieran a compararse. Una era nihilista por más que la gente se convenciera de lo contrario.
Estoy en la casa en la que crecí, todo parece estar igual. Todo es ajeno y distante. Reconozco el recuerdo, el no me reconoce a mí.
Bajo las escaleras, el silencio parece provocado. Me doy cuenta que es de noche. ¿Por qué no lo había notado? Si no fuera por la luz, sería lo mismo. ¿La luz es lo único que da significado?
Me detengo al ver que una puerta está abierta, el terror es absoluto. Me congelo. Detrás de la puerta solo hay penumbra, una obscuridad tan real y natural que es imposible verla despierto. Aquí es más real que cualquier cosa. Tan real que la veo. Tan real que me ve.
Me quedo parado a unos metros, no me atrevo a hablar ni a moverme. Sé que algo me mira y sé que yo veo algo. ¿Ese algo me reconoce?
Estoy en la casa en la que crecí, en la que creí morir.
Niños crecieron sin ser vistos, sin ser escuchados. Crecieron como crecen todos, hambrientos de descubrir y ser descubiertos. ¿A quién le importaba un dibujo mal hecho con crayola? ¿A quién le importaba contestar preguntas inocentes? ¿A quién le importaba algo? Todas las respuestas estaban a disposición instantánea, toda la imaginación a un burdo momento de inspiración estéril Parecía mentira que nadie lo viera, que nadie se diera cuenta de que aquello que se ofrece con facilidad es lo que dejará de buscarse. Incluso fuimos capaces de olvidar eso.
Esta nueva generación fue, como ninguna otra, olvidada por quienes solo deberían recordarlos. Una generación que cuando pedía ser vista, la asfixiaban con una pantalla para que ellos se olvidaran de ser vistos y vieran entumecidos su destino de enajenamiento. Los historiadores llegaron a resumir este periodo de la humanidad como el desplome de babel, la gran generación invisible. Natalia y Nacho.
El mejor regalo que tuvo esta generación invisible fue eso, ser olvidada. Fue generar un trauma de soledad, un trauma que solo les reprochara minuto a minuto el olvido del que ellos no eran responsables. No sabían qué hacer y no hay nada mejor para el hombre que eso. Tuvieron que descifrar qué querían y quiénes eran.
Nacho encontró refugio en el arte, un oasis de creatividad en donde podía verter sus dudas y añoranzas. Un depósito en el cual alojaba visceralidad a la espera de que saliera algo bello, algo que le ayudara a entender lo que fuera. Algo que hiciera que los demás lo vieran y reconocieran. Descubrir emociones ajenas, conocer el mundo con diferentes matices. Compartir su mente, tomar prestadas otras. Nacho vivió el sueño de la vida, la impermanencia de la felicidad que hace creer que el dolor no era tan grande.
Los escritores, justo con todo el gremio artístico fueron una de las voces más fuertes cuando la inteligencia artificial comenzó a mostrar sus habilidades de creación. El asombro de aquellos que jamás se habían interesado en crear nada fue comparado con el terror y rechazo de quienes habían sufrido noches enteras el bloqueo de no ser capaces de estar a la altura de expectativas impuestas por ellos mismos.
Simplemente no era justo que su pasión y dolor pasaran a ser una curiosidad desechable.
Hubo quienes aceptaron pronto el nuevo mundo en el que vivían e intentaron acoplarse a las nuevas reglas, pero también los hubo quienes romantizaron aún más la figura del artista en eterno conflicto. El punto medio era para turistas.
El publico pronto quiso formar parte de una conversación a la que no fueron invitados y defendían tanto el periodo ya clásico, aquel plenamente humano, así como el nuevo mundo que se abría ante ellos. Los ideales de ambas partes pasaron a ser simples para la memoria. Los que defendían la inteligencia artificial abogaban por la libertad que los medios habían arrebatado a los artistas “ya no dependes de presupuestos ajenos” “La i.a. es un mecenas con capital infinito” “Es momento de escuchar todas las voces”.
Sisífo creyó nuevamente haber llegado a la cima.
Los más puristas eran también los más tajantes en su mensaje “Fascinarse por la idea de que uno es capaz de crear algo por solo pedírselo a una máquina es el reflejo del egocentrismo puro. Creen ser capaces de crear algo a la par que han entregado su capacidad por admirar lo ajeno”. Esta idea fue recibida de forma condescendiente y rompió el lazo entre los artistas y el público, los primeros se sentían moralmente superiores y los segundos ya no los creían necesarios. Esta ruptura fue tan efímera como el tiempo en que todo sucedió. El presente se vivía como un recuerdo más, cada momento servía para imaginar el siguiente.
La moda pasó, pero el daño estaba hecho. No era difícil imaginarse que la ética sería un concepto olvidado. Si durante toda la historia había existido la mentira, ahora el plagio era un pantano imposible de descifrar. Los más beneficiados durante los primeros años fueron los que el bien y el mal solo representaban dos palabras cortas que se le enseñan a los niños en cuentos simplistas y predecibles. Los atraídos por la innovación pronto fijaron su mirada en el siguiente exceso de efímero instante mientras que los mentirosos y sinvergüenza se escondieron en la oscuridad que habían querido iluminar los artistas más radicales.
Pronto aquellos que nunca habían podido hilar dos ideas eran los que mayor colección de poemas tenían. Quienes no entendían la armonía del color eran capaces de tener una exposición lista en un día. Los que no sabían admirar la belleza del silencio ahora explicaban sinfonías propias. La mentira tenía a su gran aliado, la inexistencia de un creador.
¿Aquello que vemos lo hizo alguien, una persona como yo? Las teorías de simulación que se popularizaron años atrás habían dejado de tener impacto, hoy por hoy las personas vivían en un mundo que no sabían si había sido creado por hombres o máquinas. La experiencia individualizada alejó a la humanidad de poder entender cualquier cosa, incluso lo que ellos mismos pudieran desear. Entregaron todo a cambio de un espejismo de control. Los beneficiados, cómo siempre, fueron aquellos con tintes sociopatas que tenían como cualidad explotar las necesidades más humanas y así poseer y dominar al único y gran dios creador, el dinero.
El silencio de la resignación solo sacaba a la luz la culpa, dejaba ver que todos se sentían acreedores al castigo de haber aplaudido la capacidad del capital por encima de las emociones, de lo humano. Por encima de cualquier rasgo que nos uniera a la par que nos distinguía. Nadie era víctima, todos responsables.
La crisis se extendió y se multiplicaba por día. Una sociedad rota, con hombres y mujeres rotos. No se dudaba de la realidad, se le temía. Si puedo entregar mi humanidad por la sensación de control lo haré con los ojos cerrados.
Jamás se había tenido a un pueblo tan domado, tan a merced de imperios. Es complejo para los historiadores actuales seguir una cronología sin importar que los años sean tan cercanos y a la par tan cortos. Destinaron todo a lo digital y lo análogo era sucio, vulgar y carecía de sentido por más sentido que este tuviera. La pregunta era una sola y se repetía constantemente. ¿Quién hizo qué? ¿Quién quiere qué? El deseo fue impersonal, el monstruo de la publicidad devoró todo a su paso, la plaga del nuevo génesis. Se crearon necesidades para exprimir y suprimir. Por fin se culminaba el sueño del marketing. Ya no se debía convencer a los hombres y mujeres, ahora ellos suplicaban como adictos que se les presentara una nueva necesidad a cumplir. Qué delicia ser político, ser empresario. Qué delicia ser sociópata en una era donde se aplaude la deshumanización.
Entre los escombros de la razón había voces que profetizaban un nuevo renacimiento. Vaticinaban nuevas generaciones ajenas por completo a lo digital, una nueva generación se alzaría entre un mar de cables indiferentes. Así como un gato domesticado sucumbe ante el instinto cuando ve a un pájaro, el hombre sucumbió ante su propia naturaleza. Algo le hacía falta y no sabía qué era.
Nacho fue ese gato que solo observa detrás de un cristal sin saber qué le impedía atacar.
Recuerdo un sueño que me marcó, diría que esa experiencia fue la que direccionó mi vida. Tenía ocho o nueve años…
Vago por una selva, la neblina dificulta la vista. Caen las últimas gotas de lo que fue una gran tormenta. Estoy perdido. Sé que solo no debo detenerme. Un ruido llama mi atención y hace que me olvide de todo, lo sigo.
Entre la oscuridad y neblina llego a ver la silueta de un león, lo admiro con terror y fascinación. Me acerco poco a poco, incapaz de pensar en mi propia supervivencia. El león sabe que estoy ahí, observándolo. Sigo tranquilo, no le temo. Me conmueve, siento pena y lástima. El león está a punto de morir. No sé cuánto tiempo pasó en el sueño, pero estuve ahí parado, viéndolo y dejándome ver. Nos reconocíamos. Después de todos estos años me sigo preguntando si el león pensó algo sobre mí.
Esa semana habíamos aprendido en la escuela como un animal se aleja de su manada cuando sabe que morirá, cuando sabe que no aporta y se vuelve un lastre para su grupo. Recuerdo que sin darme cuenta lloré, lo supe por la risa de mis compañeros.
El sueño, por más plácido que fuera, me despertó con una sensación de vacío incapaz de ser controlada o entendida por un niño. Corrí en búsqueda de mis padres, de quien fuera.
Vi una luz tenue encendida en su habitación y supe que estaban despiertos, al entrar mi vida cambio. El sueño pasaba a ser vida.
Mi madre dormía en la cama, mi padre estaba sentado en un sillón en la esquina. Tenía puestos sus lentes de realidad aumentada. Me lo quedé viendo casi hipnotizado, no sé cuando tiempo pasó. Él nunca se dio cuenta de que yo estuve ahí, no se dio cuenta de que me quedé dormido afuera de su habitación. Ese día entendí que mi padre, al igual que toda la humanidad eran un animal que se habían separado de su manada para morir. Supe que mi padre, que mi madre, que la humanidad se sentía inservible. Ese día odié a mi padre. Ese día odié la tecnología. Ese día marcó mi vida.
Natalia bajó la libreta, contemplo la noche. Recordó, quiso entender el tiempo y una vida en cuestión de segundos. Asimilar la crudeza de lo simple, de lo resumido. Quería volver complejo lo que siempre entendió y temió.
Su hermano fue un gran enemigo de la tecnología y amante de lo humano, sentía que ambos conceptos se negaban entre sí. Nacho luchó su vida entera contra un presente impersonal, luchó por ser visto y amado bajo sus criterios, sin darse cuenta sufría de la misma ceguera que sus padres. Incapaz de ver el amor a su alrededor, unos por la tecnología, otros por odio disfrazado de sensibilidad. Como Nacho existieron millones de niños convertidos en hombres dolientes, en mujeres errantes. Una generación carente de sentido y llena del mismo. Incomprendidos por su tiempo, abrazados por la idea de un pasado análogo. Sometidos a un futuro mestizo.
- No entiendo como puedes vivir así — Nacho estaba alterado por más que intentara controlarse, Natalia era la única que lograba eso con su sola presencia.
- ¿Así cómo?
- Sin que te importe.
Natalia observó a su hermano. Los años comenzaban a notarse en su rostro a pesar del discurso adolescente y revolucionario. Será un misterio a quien le dolía más que Nacho cada vez se pareciera más a su padre. No tenía ganas de volver a tener esta conversación, es como si su vida solo estuviera destinada a repetir el mismo tema, a sobar los traumas, a odiar.
- ¿Qué es que no me importe?
- La usas. Está en todos lados, apestas a ella.
- ¿Quieres que no use la tecnología?
- Quiero que seas tú, que no dejes que se disuelva tu humanidad.
- ¿Qué no uso? ¿Cuántos siglos niego para ser plenamente humana?
- Sabes a lo que me refiero.
- ¿Tú lo puedes contestar? ¿Tú puedes decir que es ser plenamente humano? — Nacho veía a su hermana, se controlaba — ¿Tú qué haces? — Natalia había perdido el control, más tarde se recriminaría por esto. No soportaba dejarse llevar por el momento, cualquier momento.
- Soy un artista. Intento dar voz.
- ¿A quién? ¿A ti?
- Buscamos rescatar la humanidad que se perdió. ¿Cuándo fue la última vez que viste algo hecho plenamente por humanos?
- No. Buscas darte voz a ti y pretendes que los demás la hagan suya — supo que debía detenerse, que no serviría hablar más. No había discusión, este era un acto más de Nacho para escucharse a él mismo — No eres un artista. Eres un egocéntrico. Crees y siempre has creído que la tecnología se fundó con el propósito de no dejarte ser a ti. Crees que solo te arrebatan algo a ti, crees que no puedes hacer nada y eso es mejor que aceptar y adaptarte a la vida. Cuando escribían con pluma y vela también había escritores fracasados, escritores que señalaban y que fueron víctimas de un tiempo al que se negaron a entender.
Natalia se arrepentiría más tarde.
A diferencia de Nacho, Natalia dedicó su vida a entender esta tecnología heredada que su generación rechazaba. Se fraguó un tótem imposible de descifrar y fácil de usar. ¿Quiénes sabían responder a tan simple pregunta? Nadie, en un general, podía explicar como funcionaba aquello que los obsesionaba. El consumismo devoró todo, hasta el hambre de conocimiento. Sí, hubo quienes vivieron del engaño, hubo quienes se aprovecharon de un mundo sin moral. Hubo quienes le arrebataron sus sueños a personas como Nacho. Nadie que decidió engañar se arrepintió, nadie iba a pedir disculpas, no veían el mal en lo que hacían. Era una perdida de tiempo ir detrás de quienes viven de forma simplista.
Pero también los hubo quienes quisieron regular esta tecnología, quienes dejaron a un lado ambiciones personales para aceptar el mundo en el que les había tocado vivir. Hubo quienes su ética y empatía los hizo olvidarse de todo que no lo fuera el bien común, la regulación tan necesaria y olvidada, Natalia era una de ellas. A pesar de crecer juntos y compartir dolores, Natalia era opuesta por completo a Nacho. Creció distante a sus padres, pero en lugar de odiarlos les tenía lástima. Desde pequeña supo que el odio y la negación no le servirían, bastante tenía con ver a su hermano pederse en un laberinto levantado por los adultos y alimentado por él mismo. Desde niña supo que ella debía de cuidarlo, que ella sería los ojos que lo vieran y los abrazos que lo protegieran, quizá, en exceso. Fue demasiado tarde cuando Natalia se dio cuenta de la crueldad del tiempo, tal vez es injusto decir que fue tarde. Todo mundo tiene su tiempo para darse cuenta de la vida y sus consecuencias, lamentablemente estas suceden mucho antes de hacerlas conscientes. A un niño se le pide que llore sus dolores y traumas, a un adulto que los supere. A un niño sé le abraza, a un adulto se le enjuicia. Un niño no entiende, un adulto odia. Natalia siguió tratando a su hermano como ese niño perdido, aun cuando supo el daño que hacía. Su naturaleza protectora solo pavimentaba el destino que conocemos, así se recrimina ella esta noche creando nuevas heridas para no dejarlas sanar nunca.
Es la tercera vez que me pasa, “desperté” en mi sueño. Fui consciente que dormía y de todo lo que había a mi alrededor, me concentré enormemente para segur ahí, las ocasiones pasadas era cuestión de segundos para que terminara el milagro.
Seguía ahí.
Era un pueblo junto al mar. Caminaba de la montaña a la costa con un anciano que creo recordar de algún momento de mi vida, no sabría decir quién era. Me comentaba sobre algo que vagamente recuerdo, creo que era la razón del porqué nunca había querido aprender otro idioma, supongo no tiene sentido que siga escribiendo de eso. Al llegar al mar, vi un muelle que se perdía debajo del agua, parecía infinito. El hombre comenzó a caminarlo y me invitó a que yo lo siguiera, algo me detenía a hacerlo, no era miedo. Fue ahí que “desperté”.
De inmediato recordé el consejo de una amiga, “si alguna vez vuelves a tener consciencia en tus sueños, pregúntale a lo que sea que esté ahí que quién es, a ver qué te dice”. No lo dudé, pregunté inquisitivamente El hombre se dio la vuelta, su expresión era otra, apagada y sin vida. Esa mirada tan apagada no impidió que me sintiera juzgado, retándome a que yo contestara. El mar estaba tranquilo, no se movía. Desperté.
Nunca entendió el arte ni la obsesión de su hermano, Natalia tenía una mente más pragmática y menos romántica. Buscaba un despertar humano distinto y regulado, a la par que se mantuviera la tecnología que ya estaba ahí. No concebía el radicalismo de destruir todo, se debía vivir con eso, con lo que tocaba. No todo era malo. Había que entenderlo e ignorar el amarillismo. No tenía tiempo de llorar el pasado, sabía que su vida era una carrera para salvar a su hermano y futuras generaciones.
Donde unos veían dolor, Natalia vio oportunidades. Analizo en silencio durante su juventud lo que pasaba y lo que había pasado. Lo que más llamaba su atención de ese pasado romantizado era el modo de vida profesional. No concebía que durante generaciones la identidad se encasillaba en el trabajo que se elegía. La felicidad y el valor del individuo era paralelo a una elección en su adolescencia y que tanto la soportaba el resto de su vida. El trabajo como el supremo elemento a la hora de definirse.
Ahora no existía eso, las máquinas no solo habían tomado el arte, tomaron la identidad. ¿Si ya todo lo haría una máquina, si ya todo lo respondía una máquina, qué quedada por hacer? ¿Cómo se le exigía a un niño que decidiera su identidad con base en lo obsoleto? No habría respuestas en el presente, solo un análisis desde la comodidad del futuro.
La concepción de un mundo digital era más natural que la idea de un mundo pre i.a. Nada podía ser como antes, tampoco se esperaba eso. Incluso los más radicales sabían que arrancar por completo el modelo de vida que tenían solo sería un colapso absoluto en donde solo las élites se beneficiarían con el holograma de las fundaciones y falsas sonrisas filantrópicas El punto medio debía ser buscado. La tecnología en función del hombre. No en función de caprichos. No es función de tendencias. No en función de la ignorancia narcisista.
Como siempre los faltos de personalidad y carácter se sumaron a la causa en vigor, se sumaron a lo que fuera a darles visibilidad y una vez más esta generación olvidada de hombres y mujeres que se volvían ancianos seguían teniendo la mirada de un niño en busca de sus padres. Miradas tristes y resignadas eran las encargadas de iluminar lo que había sido sepultado por cables.
Conforme pasaban los años los resultados empezaron a verse, nuevas generaciones integraban de una forma natural lo que décadas atrás era el enemigo de lo humano. Natalia entendió eso y vivió para eso. Estaba orgullosa de haber formado parte de un equipo que ordenó los gritos coléricos y reguló el uso de la inteligencia artificial. Su vida, en función de su hermano.
Escuchando a los pájaros iniciar su canto y ver como el negro de la noche comenzaba a aclararse no pudo más que recriminarse su orgullo. Llevó a su hermano a la muerte queriendo simplemente darle lo que él añoraba de la vida.
El arte ganó la batalla después de muchos años. Cualquiera que sea la obra, sin importar el rubro, debía ser puesta a prueba. Se ingresaba a análisis, sin comentarios ni justificaciones, sin nombres. La i.a. ahora era la gran defensora del artista que la odiaba. El gran enemigo digital investigaba y en cuestión de semanas daba la aprobación o negación sin derecho a réplica. Si una obra había utilizado i.a. esta era denegada para poderla publicar, no importaba el porcentaje en que se había utilizado. No importaba las razones. La humanidad empezaba a ver la luz.
Si alguien decidía después de ser denegada la moción sacar su obra, esta debía tener como autor a la i.a. y no poner por ningún lado el nombre del paria que pretendía hacer suyo lo intangible.
El proceso era simple, burócrata, pero daba tranquilidad. Los requisitos como ley era que no debía de ser mostrada a nadie para no caer en el riesgo o envidias en que la obra fuera utilizada para alimentar a la i.a. Así se generaba un consenso riguroso y revolucionado. Solo salía a la luz con el nombre del autor lo verdaderamente excepcional. La cantidad de obras bajó radicalmente, a los artistas se les exigía reinventar el mundo. Hubo quienes se opusieron, pero no había puntos medios a defender.
El artista debía ser lo que defendía ser. Muy pocos pudieron.
Nacho había intentado en distintas ocasiones publicar un libro. Siempre había una referencia a i.a. Su frustración lo devoraba. Sentía que todo ya estaba dicho sea por el periodo clásico o ahora por las máquinas. No lo soportaba, no más. Lo que era el reto era generar algo que nadie más hubiera hecho antes, que nadie más hubiera pensado o que la i.a no fuera capaz de encontrar en sus archivos o relacionar con ideas ya impregnadas.
Era ir en contra de la propia historia, era esperar que una generación albergara un número imposible de genios, de esos que nace cada cien años. Nacho, por más que se lo recriminara no era ni sería uno de ellos. Ciego por el odio, se dio cuenta que practicaba lo mismo que recriminó a sus padres. Perdió la capacidad de asombrarse por lo ajeno, solo importaba y servía lo que él tenía que decir y pensar.
Se obsesionó en el mismo pensamiento misántropo, culpaba a su hermana de haber ayudado a regular su desdicha. Ya no era la tecnología, eran los hombres que habían desvirtuado la revolución. Que habían resumido las aspiraciones. Siempre habría un enemigo externo, él era un caudillo de Dios en el infierno.
La i.a. era capaz de generar nuevas ideas, nuevos horizontes. Era capaz de volver real lo que quisiéramos. El Hombre solo era capaz de lo que siempre había sido experto. Convertir la desdicha en personalidad. Un acto tan milagroso que se volvió rutina obligada.
Natalia veía a su hermano con lástima, veía a un niño con disfraz de hombre. Veía la vida y el tiempo. Veía lo que siempre quiso negar. El departamento de Nacho era antagonista al de Natalia, quizá a propósito o quizá por esa obsesión poética del destino.
- No puedo más — la voz de Nacho mostraba genuina derrota. Natalia supo que esta discusión sería diferente.
- No sé…
- No pretendo que lo entiendas. Nunca lo hiciste. Lo que hago no es un trabajo, es una necesidad. No puedo simplemente cambiar mi ambición.
- Si solo quieres escribir, hazlo. ¿Qué más da lo demás? ¿Qué más dan los resultados? Tú lo sentiste real, tuyo.
Nacho seguía con la cabeza baja, derrotado por él mismo. Natalia sabía que su discurso era en vano. Lo que quería su hermano era ser reconocido y aplaudido, lo que él quería era poder ver a su pasado y recriminarle que no lo había necesitado, que todos lo veían. No entendió si el arte solo era una excusa o si en verdad lo que lo apasionaba. Lo que es un hecho es que fue aquello que lo acogió cuando más dudas y dolor tuvo.
Nacho le dio la libreta a su hermana.
- ¿Qué es esto?
- Mis sueños. En los que más vivo me he sentido.
- Es una gran idea — la rutina del apoyo estaba en marcha. El discurso positivo en el que Nacho por fin lograría publicar.
- No.
- Nacho… por algo hay que empezar.
- Fue declinada. Aparentemente, 63% se encontró en archivos de i.a.
Natalia por fin mostró genuina duda y preocupación. No entendía.
- Tiene que haber un error, voy a…
- No hay ningún error. Esto es lo que pasa. Nuestros sueños, nuestros pensamientos y nuestra vida no son nuestros. Los entregamos hace mucho tiempo.
Al salir del departamento de su hermano la inundo la esperanza de la negación. Fue la última vez que lo vió.
Por fin había amaneció. A Natalia le costaba y le costaría toda su vida entender ese porcentaje que negó el sueño de su hermano, que sepultó sus ganas de vivir.
Se torturaía por todas las veces en las que prefirió abrazarlo en vez de ayudarlo.
No tenía ganas de nada más que de llorar, de odiarse.
Eduardo se sentó junto a ella, él tampoco había podido dormir. Pasó la noche dándo vueltas a sus propias inseguridades. Recríminándose no estar para su esposa. La soledad absoluta de los momentos trágicamente vivos, diría Nacho.
- ¿Crees que nos quitaron algo?
Eduardo contempla la libreta, a su esposa.
- No.
Natalia voltea a ver a Eduardo con una confusión rabiosa, cómo puede decir que nada se volvió un todo.
- Al final los que vivimos somos nosotros. Tu hermano lo sabía mejor que nadie.
Natalia se dio cuenta que no había llorado desde hace muchos años, quiza desde que optó por ser la madre de su hermano. Las lagrimas recordaron el camino como si no hubiera pasado el tiempo.
No puedo decir qué es un sueño y qué no. Me niego a intentar distinguirlo. Descubrí que mis sueños, ese espació a lo que no debería de tener acceso nadie, no me pertenecen. 63% de lo que creí únicamente mío ya se había generado con i.a. ¿Alguien más soñó mi vida? o peor aún… ¿La i.a. la alucinó? No importa. Ya nada importa. Nunca ha importado.
No he dejado de pensar en mi madre, no lo hacía desde hace años. Por fin entiendo lo que vivió, por fin entiendo porque lo hizo.
Creció siendo creyente de Dios, un amor sin igual a lo que le habían inculcado. Dios era todo para ella y estaba feliz con ello. No sé más y me arrepiento, nunca pregunté. Ya es demasiado tarde para pensar en eso, no inventaré dolores que en su momento ignoré. Puedo imaginar como una semilla fue creciendo dentro de ella, como una mera idea, quiza que a alguien más le parecería de panfleto alarmista, inició su decadencia. Se vio capaz de crear. Se vio capaz de ver ante ella lo que quisiera, como lo quisiera. Pudo volver a escuchar la voz de sus padres, ver como fotos de su infancia cobraban vida. Nuevos recuerdos. ¿Eran recuerdos? No logró ver la manipulación que hoy se logra, pero supo que vendría. Seguramente pasó noches enteras temiendo lo inevitable. ¿Qué más daba verlo? Sabía que el hombre no se detendría, sería Dios. ¿Dios es aquello que crea o aquello que fue creado para lograr lo imposible?. Ahora entiendo sus llantos que de niño preferí ignorar. Nunca fui empático.
Hoy entiendo que delante de ella perdía significado todo… Ella se identificaba con Dios, pero solo Dios sabe si él se identificaba con ella. Si aquello con lo que me identifico, no se identifica conmigo quedo huerfano de mi mismo. No soy nada, nunca lo fui.
En el momento en el que vio nacer un nuevo credo no pudo identificarse con aquello que ahora la entendía como nadie. Le presentaba deseos y soluciones. Aquello que la identificaba, que me identifica no significó nada para ella y no significa nada para mi. Al igual que mi madre, estoy enfermo de lo que crecimos pensando que era la vida.
Tal vez mis sueños hayan sido soñados antes, tal vez mis ideas nunca vean la luz. Tal vez no tenga nada nuevo qué decir y si llegara a ser nuevo no sería interesante. Tal vez mi supuesta independencia de pensamiento ya estaba corrupta y violada por generaciones pasadas que hipotecaron a la humanidad. Tal vez nunca pensé en pensar. Tal vez no quede nada por hacer.
Tal vez sea un momento para fijarme nuevas aspiraciones. No.
Si el pasado nos arrebató la humanidad hay que descubrir qué nos hace humanos.
Solo el espíritu nos pertenece, solo el cuerpo es nuestro. Dios no daría ninguna respuesta, a nadie. Ni siquiera a mi madre.
Mi madre le suplicaba a Dios por respuesta, yo niego pedirselas a quien sé me las dará. No sé qué me hace humano, pero me niego pensar que vivimos para pedir respuestas. Me niego a ser ese animal hambreado de sentido. Carente de orgullo y condenado al servicio de su creador y su creación.
El hombre debe buscar las respuestas y así, Dios, hará caso.
Natalia decidió dormir con la esperanza de no volver a soñar nunca más.
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