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Queréis domesticar el cine y (no) os ha mordido.

En Valencia, un grupo de pijas monta un tinglao cultural en un local del centro. Experimento de branding con ínfulas de revolución…

Soto · 2025-05-05 19:54 · 21 claps · 7.1 min read
#cine #ensayo #graffiti #arte #filmin
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Wiki topics: BRD · Branding & Identity CUL · Culture & Media 🔬 · Science · General 🎬 · Film & Television

Queréis domesticar el cine y (no) os ha mordido.

En Valencia, un grupo de pijas monta un tinglao cultural en un local del centro. Experimento de branding con ínfulas de revolución generacional promedio.

Utilizan la imaginería de lo callejero — una versión higienizada del “barrio” — . El mensaje es: “Sé parte de la cultura de calle, pero sin ensuciarte”. Vas al evento, subes tu historia con el logo, consumes algo que parece contracultural, y te vas. No hay crítica, no hay cuestionamiento, solo consumo simbólico.

El 4 de marzo de 2025, un tal “Beat” se marca un grafiti tipo pompa pegado a la puerta del correspondiente local de eventos. Nada que parezca premeditado, el muro ese venía pidiéndolo a gritos desde hace un tiempo. Los edificios colindantes ya estaban taggeados enteros y cualquiera se lo podría haber visto venir… cualquiera menos las iluminadas que gestionan el circo aquel…

Supuestamente este es el tal “Beat”

Supuestamente este es el tal “Beat”

Suben su correspondiente vídeo quejándose en Instagram. Aquí no se deja ni un inconveniente sin monetizar… Entre caras de indignación y perplejidad, sueltan absolutas barras tales como:

“Somos las primeras que queremos promover todo tipo de arte, todo tipo de cultura, y que de repente haya grafiteros que decidan hacer su arte encima del esfuerzo de otros, me sabe bastante mal.”

La opinión es dividida; acaban ganando los lúcidos — al menos eso me muestra mi algoritmo… — . Han buscado vuestra marca en Google y solo aparecéis vosotras pidiendo perras. La expresión individual solo mola cuando puedes pasarla por caja, y ese “Beat” tampoco lo hace tan mal… le puede hasta dar su rollo si os hiciera un par de ellos más.

Entre todos los comentarios, uno destaca por encima del resto: el de un tal @toni_erre_efe

“Queréis domesticar el arte urbano y os ha mordido.”

El Toni está sembrao. Abre un debate del copón y el personal se entretiene con eso; incluso alguien llega a alguna conclusión. A mí leerlo me puso como una moto, me suena a frase de canción de Día Sexto que escuchaba camino al cole, mientras aún casi creía en los Reyes Magos y la clase media. En el trayecto, sin yo saberlo, pasaba al lado de una firma que Gata Cattana hizo en la estación de autobuses de mi pueblo.

Estación de autobuses de mi pueblo. (Google Maps)

Estación de autobuses de mi pueblo. (Google Maps)

Barriendo pa’ casa, intento comparar esta idea con el cine…

El arte urbano no pidió permiso, no quiso paredes limpias, ni marcos, ni horarios. Fue protesta, ocupación del espacio, expresión visceral y libre; por definición, nació indomable.

El cine, sin embargo, no nace indomable: lo hace sujeto a patentes, a laboratorios, a un sistema de producción que desde el minuto uno exige herramientas, maquinaria, lugares… ahora dossieres, memorias, puntos en las ayudas… La diferencia es brutal: el arte urbano nace sin pedir perdón; el cine, muchas veces, nace pidiendo permiso y presupuesto.

Sin embargo, en medio de tan enrevesada arquitectura, aparentemente vino a irrumpir el artefacto digital que, sin ser convidado a la mesa del cine serio, se sentó con desparpajo… Y vimos estupendas películas que exploraron aquello. Sean Baker sacó un iPhone a la calle; Lav Diaz ganó el Festival de Venecia con una Sony Alpha A7 (400 € en segunda mano); Eduardo Williams con cámaras 360º; Michael Mann, Agnès Varda, Pedro Costa…

Lo digital no solo democratizó el acceso: desactivó el monopolio del gusto. Y eso asusta. Porque cualquiera puede hacer cine. No desde la solemnidad de la gran obra, sino desde lo torpe, lo crudo, lo contradictorio. Desde la inmediatez, desde la urgencia. Y ahí es donde el cine vuelve a tener dientes. Porque esa urgencia no es solo técnica, es existencial. Es generacional. Es una urgencia de decir algo antes de que todo colapse. Yo creo que ahí aún hay cine: el cine de los que tienen prisa, de los que vivimos con prisa.

Como hice una película con pocos medios, a veces voy a escuelas audiovisuales a dar clases cortas, workshops, charlas… De vez en cuando me entrevisto con chavales para ayudarles a arrancar sus piezas. Tras un año y medio de actividad continuada, encuentro testimonios en común y saco una serie de conclusiones:

  • Conclusión Nº1: Casi todos los que vienen de una escuela han sido engañados. Les han hablado de que hay una manera oficial de hacer películas y otra ilegal. De que hay un muro presupuestario que uno tiene que superar para constar como registrado en cierto lugar que legitima las películas. En las escuelas hay profesores que arengan airosamente que una película solo existe cuando el gobierno considera que existe… y los alumnos, sin culpa ninguna, creen tal burrada y se van a casa tristes, pensando que la única manera de obtener el beneplácito industrial es gastarse por lo menos 40.000 euros en su siguiente cortometraje.
  • Conclusión Nº2: Casi todos piensan que merecen 40.000 euros para hacer un cortometraje.

Eso es lo que peor llevo. Yo no digo que no haya que tejer una red industrial sana, con sueldos dignos y toda esa historia. Ojalá. Lo firmo. Que todo el mundo cobre por su trabajo y que haya técnicos, muchos técnicos; que por cada cable que enchufar haya por lo menos tres técnicos… tres técnicos por cable y café gratis en el set.

Lo que yo digo es que, bajo esta receta, la urgencia se deslegitima; lo inmediato se castiga. Muchos de esos chavales vienen tocados del delirio de que antes de rodar tienen que presentar una carpeta de 90 páginas, conseguir un productor, tramitar subvenciones, contratar a una distribuidora para “pensar ya en festivales” y pasar por cuarenta laboratorios que se encarguen de lavar el proyecto para hacerlo más “asequible a programadores”.

Que nadie se lo tome personal. Yo sé que reivindicar la precariedad como valor es peligroso, pero en la mayoría de los casos, cuando se proponen formas de desobediencia productiva, los que se llevan las manos a la cabeza son: o los que ven amenazado su privilegio, o los que se han comido el cuento de la meritocracia.

Victor Alonso-Berbel escribe en su Decálogo para democratizar el cine del futuro una serie de claves para entender lo que nos está ocurriendo.

[embed]Decálogo para democratizar el cine del futuro Un secreto a voces recorre los festivales de cine: las películas las ruedan los ricos… y se nota. Vivir del cine es un…medium.com

Es un elefante dentro de la habitación… reconozcámoslo ya: Aquí ninguno va a vivir de hacer películas sin rendirse a la demanda industrial. Y, por lo menos, que los que están dispuestos a ello vengan de cara. No aparezcais contando el rollo de que hay “películas necesarias”… y de que vuestro drama rural rodado en fílmico lo es.

Desde Christopher Nolan hasta el chaval que graba con una Bolex, yo pienso que rodar ficción en analógico en 2025, en la mayoría de los casos, es fascista… y solo si alguien me paga desarrollaré por qué.

El otro día, el actor Nahuel Pérez Biscayart, durante la gala de los Premios Platino, intentó resumir el estado del cine moderno de forma algo sintética y compartió algunas opiniones sobre cómo deberían hacerse las películas — opiniones que, en cierto modo, justifican la forma de la que acaba de estrenar.

La respuesta en redes fue un auténtico acontecimiento: un hooliganismo desorbitado se le echó encima. Defensores estructuralistas, historiadores cuestionando sus datos, documentalistas defendiendo su tesis… Una discusión maravillosa, con momentos de verdadera violencia verbal, protegiendo lo que cada cual entiende por cine.

Hacía tanto tiempo que no veía a nadie discutir con tanto fervor por algo que no estuviera vinculado a la política, que sentí auténtica envidia por los argentinos. Así se entiende por qué su cine es, en la mayoría de los casos, superior.

En España, como público — y sobre todo hablo de la crítica — somos excesivamente complacientes. Ganaríamos mucho si nos pareciéramos un poco más al Chiringuito de Jugones(Todas las películas nos gustan, todas las películas son un milagro)

En noviembre de 2022, durante el Festival de Gijón, el director Mariano Llinás ofreció una charla a un grupo numeroso de jóvenes que asistíamos allí con un proyecto bajo el brazo. Con su verborrea implacable, violentaba al personal con una pregunta incisiva:

¿Qué te impide rodar la película ahora mismo?

Hubo titubeos, nervios, respuestas inseguras. Se habló de financiación, de actores famosos con los que soñaban trabajar, de cámaras caras con las que sentían que debían rodar. Llinás, conocido por ser un cineasta radicalmente independiente — filmando con equipos obsoletos y bajo preceptos tanto formales como industriales completamente disidentes — , abandonó la sala visiblemente decepcionado.

Mariano Llinás rodando “La Flor” — La cámara es una Canon XL2 con sus objetivos nativos.

Mariano Llinás rodando “La Flor” — La cámara es una Canon XL2 con sus objetivos nativos.

Otro de los disidentes, Pedro Costa, comenta en una entrevista:

“Poseemos la mayor parte del equipo que utilizamos: la cámara, los objetivos, algunas luces, algunos accesorios. Mi socio en la producción, Abel Chaves, es el mismo hombre que hace años me vendió la pequeña Panasonic DVX100 con la que rodé En la habitación de Vanda.

Un día pensé que, siendo cineasta en esta era digital, sería buena idea tener cierto control sobre nuestros propios medios de producción. Le propuse a Abel convertirse en productor. Sabía que compartíamos ciertas ideas y convicciones sobre cómo hacer cine, y que también teníamos en común una aversión por la profesión, su organización, los juegos de poder y sus productos horribles. O por pequeñas cosas como tener que pagar tasas para rodar en espacios públicos…”

Quizá esta idea de poseer los medios de producción no sea solo una cuestión práctica: es una declaración política (creo que todos tenemos claro a qué nos suena). Este gesto de autonomía conecta con la urgencia generacional que antes comentábamos: jóvenes cineastas que, a pesar de todos los filtros, precariedades y decepciones, siguen rodando. Que no piden permiso.

Frente a un cine independiente cada vez más institucionalizado, más calcado, más seguro, volver a filmar sin garantías, sin avales, sin pedir paso, es quizás la única manera de recuperar el pulso. Cine que no quiere gustar, sino existir.

Hacer cine al margen, hoy, es un acto de insumisión. No desde la épica heroica, sino desde la obstinación concreta. Desde el rechazo lúcido a la lógica del reconocimiento. Filmar sabiendo que quizá nadie te seleccione, nadie te premie, nadie te ponga en el mapa. Pero hacerlo igual. No como mártir, sino como animal libre… un animal al que la industria, puntualmente, intente domesticar… pero que, de vez en cuando, pueda permitirse dar algún bocado con ganas.


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