Ni de izquierda ni de derecha: de rodillas
Sobre la mesa donde se sientan los enemigos, los sacerdotes que vendieron el altar a un bando, y los que dan la vida en Facebook por un…
Ni de izquierda ni de derecha: de rodillas
Sobre la mesa donde se sientan los enemigos, los sacerdotes que vendieron el altar a un bando, y los que dan la vida en Facebook por un hombre que no sabe que existen

Mateo el publicano, sentado a la mesa del dinero del enemigo, en el instante en que una mano lo arranca de ahí. Mirá su cara: «¿yo?». Sí. Vos.
Nota del autor
Vengo escribiendo todos estos artículos que venís leyendo. Y sé que muchos, por el tono y por los temas, se imaginan del otro lado a un cura viejo, una sotana, alguien con autoridad para hablar de Dios.
No. Me llamo Mathias Hilgert, tengo veintitrés años y estudio ingeniería. No soy sacerdote ni teólogo de oficio: soy un joven que ama a Dios con todo lo que es, al que le apasiona la teología y siente un amor hondo por esta tierra que le tocó. No milito en ningún partido, no tengo candidato, no tengo bando. Y no es una omisión: es una decisión.
Lo aclaro de entrada por una sola razón. Sé que alguno, antes de terminar de leer, ya va a estar buscándome una etiqueta — “este es de los de allá”, “este escribe para los otros” — . Ahorrate el trabajo: el cartel no existe, porque no escribo desde ninguna trinchera. Escribo de rodillas.
Si al final de estas páginas seguís tratando de adivinarme un partido, no entendiste una sola palabra de lo que vine a decirte.
Dejame empezar con dos hombres que tendrían que haberse degollado.
No es una manera de hablar. Te lo digo con el cuchillo sobre la mesa, porque de cuchillos va esta historia. Uno se llamaba Simón, y le decían el Zelota. Los zelotas eran lo más parecido que tenía aquel tiempo a una célula armada: nacionalistas hasta la fiebre, hombres que llevaban una daga corta cosida bajo el manto. Y esa daga no era para los romanos — a esos los emboscaban en los caminos — . Era para los otros judíos. Para los que colaboraban. Para los traidores de adentro. Simón se levantaba cada mañana con una lista mental de a quién había que clavar por la espalda para que la patria fuera libre.
El otro se llamaba Mateo. Y Mateo era, exactamente, uno de los nombres de esa lista.
Porque Mateo era publicano. Recaudaba impuestos para Roma: se sentaba con la caja del ocupante, le sacaba la plata a su propio pueblo, le entregaba la tajada al imperio y se quedaba con el vuelto. El colaboracionista perfecto, la cara local de la bota extranjera, el tipo que un zelota tenía orden religiosa de eliminar. Para Simón, Mateo no era un adversario. Era el enemigo con cara de hermano — que es el único que de verdad se odia — .
Y ahora frená el corazón un segundo, porque acá empieza todo: Jesús los eligió a los dos.
No a uno. A los dos. Los metió en el mismo grupo de doce. Los hizo dormir bajo el mismo techo, partir el mismo pan, pisar el mismo polvo, hombro contra hombro, tres años. Al de la daga y al que merecía la daga. Y la última noche, la noche en que el universo contenía la respiración, se arrodilló en el piso y les lavó los pies a los dos con la misma agua y la misma toalla.
Quedate con esa imagen clavada, porque es la viga de todo: la mesa donde se sientan los que afuera se mataban. Esa mesa no es un símbolo del cristianismo. Esa mesa es el cristianismo. Si la entendés, entendiste el Evangelio entero. Si no, podés ir a misa cuarenta años y morirte sin haber entendido nada.
Hoy te vengo a hablar de tu bando. Y ya sé que apenas leíste la palabra “bando” se te cerró el puño. Bien. Dejalo cerrado. Vamos a ir directo ahí, y no salimos hasta que lo abras.
El que no entra en tu mesa
Empecemos por vos. Sin anestesia, sin la cobardía piadosa de hablar de “la sociedad” para no hablar de tu casa.
Traé a la memoria la última vez que bloqueaste a alguien. En las redes, en el teléfono, en la mesa de tu propia sangre. El que compartió “esa” placa. El primo, el cuñado, la tía, el amigo de toda la vida con el que de un día para el otro dejaste de hablar porque descubriste, con horror, que era “de los otros”. Lo borraste con la frialdad con que se borra un número equivocado. Y te dormiste tranquilo. Orgulloso, hasta. Como quien hizo una limpieza necesaria.
Tenés una mesa, hermano. Todos tenemos una. Y en tu mesa hay una silla que no querés llenar, un rostro que no entra, alguien cuya sola presencia te arruinaría el asado. Y ese alguien no es un asesino ni un monstruo: es un tipo tan roto como vos que tuvo la mala suerte de pararse del otro lado de una raya que un tercero dibujó en el piso y les juró a los dos que era sagrada.
Volvé a la mesa de los Doce y medí el tamaño de tu pequeñez. Jesús sentó al lado de un zelota a un publicano. No a un primo cargoso: a un colaboracionista del imperio, al traidor de la patria en carne y hueso. Y los hizo hermanos en tres años.
Y vos no podés ni con tu cuñado.
No corras a defenderte. No te digo que el bloqueo sea un crimen ni que tengas que tragarte el maltrato. Te digo algo más fino: convertiste un desacuerdo en una excomunión. Levantaste, en el living de tu casa, un Vaticano de bolsillo donde vos sos el Papa y dictás anatemas: este entra, este queda afuera, este es de los míos, este al fuego. Y celebrás sus ritos todos los días: el rito del bloqueo, el del chiste que humilla, el de la sobremesa donde “ellos” se nombran como se nombra una peste.
La pregunta del Evangelio no es “¿qué pensás?”. Es la que te desnuda: ¿a quién no podrías sentar a tu lado? Porque ahí, en el nombre exacto del que no entra en tu mesa, está dibujado el contorno de tu ídolo. Decime a quién no perdonás, y te digo a quién adorás.
Y pará, porque antes de seguir te debo una confesión, o todo esto es un sermón tirado desde un balcón. Yo también tuve mi bando. Yo también llevé mi daga cosida bajo el manto. Hubo un amigo — de los de verdad, de años — al que dejé de hablarle por una elección, y tardé demasiado en darme cuenta de que había cambiado a un hermano por el gusto de tener razón. Te escribo desde ahí: desde el barro, no desde el balcón. El dedo con que te señalo lo tengo igual de sucio que el tuyo. Así que esto no es un juicio. Es dos heridos hablando. Vamos juntos.
La grieta ya tenía nombre, y era en griego
Y ahora dejame mostrarte algo que te va a sacar el aire, porque creías que la enfermedad argentina era una desgracia inventada acá, y tiene dos mil años y figura en el acta de nacimiento de la Iglesia.
Corinto. Año cincuenta y pico. La comunidad cristiana más joven y más en llamas del Mediterráneo. Y Pablo, que la había parido, se entera de que algo se le pudrió adentro. ¿Y qué fue lo primero que tuvo que corregir? ¿La inmoralidad? ¿La herejía? No. Antes que todo: se le habían armado en bandos.
Escuchá cómo lo dice, porque parece escrito esta mañana con tu nombre en el sobre: “Cada uno de ustedes anda diciendo: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo” (1 Co 1, 12). Hinchadas. Camisetas. “Yo soy de este referente, vos del otro.” Habían agarrado a los predicadores — apóstoles, mártires — y los habían convertido en caudillos de facción, en candidatos de una interna. Habían inventado la grieta adentro mismo de la Iglesia.
Y Pablo tiene una palabra para eso. En el griego en que escribió dice que entre ellos hay σχίσματα. Schísmata. No significa “debate”, ni “pluralismo”, ni “sana diversidad”. Significa desgarro. Rasgadura. Tela que se parte al medio. Carne que se abre. Es la palabra de la que viene “cisma”. Y es, exactamente, la misma herida que nosotros bautizamos con otro nombre: la grieta. No comparten la raíz — “grieta” nos llegó del latín, de algo que cruje y se quiebra — ; comparten la carne. Las dos nombran lo mismo: una tela viva rajada al medio. Lo que vos llamás con orgullo “la grieta argentina”, la Escritura ya lo había diagnosticado, con asco, como el pecado de Corinto. No inventaste nada. Repetiste el primer desgarro de la historia cristiana — pero esta vez le pusiste bandera, bombo y candidato — .
Y entonces Pablo estrella encima la pregunta que parte las rodillas, la que está al frente de todo este texto: “¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co 1, 13).
Pará en cada palabra. El corintio que decía “yo soy de Pablo” tenía mejor excusa que vos. Mil veces mejor. Porque Pablo era un apóstol, había visto al Resucitado, iba a morir decapitado en Roma por amor a Cristo. Si había alguien de quien valiera la pena ser hincha, era ese hombre. Y aun así Pablo se da vuelta y le grita: ¿yo te crucifiqué? ¿a vos te bautizaron en mi nombre? ¡Sacame de ese altar, ese altar es de Uno solo!
Y acá está el cuchillo: si ni siquiera de Pablo podías ser… ¿de quién te creés que sos vos?
¿Sos “de Milei”? ¿”De Cristina”? ¿”De Macri”, de Perón, del que te queme? Pregunto con la pregunta de Pablo, sin compasión: ¿alguno de ellos fue crucificado por vos? ¿Alguno te lavó un pecado? ¿Alguno bajó al sepulcro a sacarte de la muerte? ¿En nombre de quién te bautizaron: en el de tu candidato, o en el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? Porque le estás dando a un hombre — a un pobre hombre con buenos asesores de imagen — la lealtad total, la entrega del juicio, el fuego del alma que se le debe únicamente al que se dejó clavar por vos. Y eso tiene un nombre viejo, y no es “militancia”. Se llama idolatría. Pusiste a una criatura en el lugar del Creador. Y elegiste, de todas, la más miserable: un político.
El Rey que se escapó de su propia corona
“Pará — me decís — , ¿entonces a Cristo le da lo mismo de qué lado estoy?”
Al revés. Te quiero mostrar de qué lado se paró Cristo cuando le pusieron en la mano exactamente lo que vos perseguís con la lengua afuera. Porque a Jesús también le ofrecieron el poder. Dos veces. Y las dos hizo algo que te desarma la cabeza.
La primera. Acababa de multiplicar los panes. Miles de personas comiendo de su mano, fervorosas, listas para seguirlo a donde dijera. Era el momento: la multitud en la palma, el clamor, la base movilizada. El Evangelio lo cuenta seco: “Jesús, sabiendo que iban a venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró otra vez, él solo, a la montaña” (Jn 6, 15). Lo querían coronar. Tenía el aparato, el pueblo, el grito. ¿Y qué hizo? Se borró. Huyó solo al monte a rezar. El único hombre que de verdad merecía el poder total se escapó de su coronación como quien escapa de un incendio.
Sentí el filo. Tu candidato gasta fortunas en consultores para que lo aclamen. Tu Rey, cuando lo quisieron aclamar, salió corriendo a estar solo con el Padre. ¿Y vos te desgañitás por sentar en un trono a un hombre que mendiga el trono… diciendo que seguís a Uno que se escapó del trono? Le rezás a un Cristo que escupió lo que vos idolatrás. No podés tener las dos cosas. Elegí.
La segunda vez es peor, porque ahí se ve quién firma los cheques del poder de este mundo. En el desierto, el diablo lo lleva a una altura y “le mostró en un instante todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Te daré todo este poder… si te postras ante mí, todo será tuyo” (Lc 4, 5–7). Leelo despacio: es la radiografía de tu fanatismo. ¿De quién es la mercadería? De Satanás. ¿Qué ofrece? Todos los reinos: el poder político, total. ¿Y el precio, el único? Que te arrodilles ante él.
Ahí está el mecanismo desnudo: el poder de este mundo es la moneda con la que el diablo compra adoración. Es su negocio de cabecera. Y Cristo le contesta lo único que se le puede contestar: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo darás culto” (Lc 4, 8). A Él solo. No a un reino. No a un líder. No a un bando.
Cuando le entregás a un partido tu lealtad última, tu paz, tu juicio, tu alma, cerrás el negocio que Cristo rechazó en el desierto: aceptás los reinos a cambio de la postración. Y el que te los repartió no era Dios — Dios huye de los tronos — : era el otro, el de siempre, el que para robarte el alma no necesita que blasfemes. Le alcanza con que pongas un partido en el milímetro exacto donde tenía que estar Dios.
La cruzada de las tres de la mañana
Y ahora dejame hablarle a una figura muy precisa, porque la tengo enfrente. Te hablo a vos, cruzado del teclado. Soldado de la madrugada. Mártir de la caja de comentarios.
Vos, que a las tres de la mañana, en vez de dormir o de abrazar al que tenés al lado, estás con el pulgar temblando insultando a un desconocido que no vas a ver jamás. Vos, que escribís “ojalá te mueras” debajo de la foto de alguien, por una elección. Vos, que te peleaste con la madre de tus hijos, que dejaste de hablarle a tu hermano, que te amargaste el domingo entero, por un hombre que — y esto te tiene que doler — no sabe que existís, no va a saber nunca tu nombre, y no gastaría un solo peso en salvarte la vida.
Date cuenta de la escena. Estás dando tu única vida — la que no vuelve — en una trinchera de píxeles, defendiendo a un millonario que esta noche duerme tranquilo en una cama que vos le pagás, mientras te desangrás contra otro pobre tipo igual de usado que vos, que a su vez defiende a otro millonario que tampoco sabe que ese existe. Dos mendigos peleándose a muerte en el barro por dos reyes que ni siquiera miran hacia abajo. Esa es tu cruzada. Ese es el coliseo donde entregás tu sangre para que los de arriba se entretengan.
Y lo hacés convencido de que pensás, de que defendés “la verdad”. No: repetís. Sos un altoparlante de algo que te metieron adentro y nunca revisaste. Dejaste que un algoritmo — una fórmula fría para que no sueltes el teléfono — te elija qué odiar cada mañana. Te despertás, abrís la pantalla y comulgás: recibís la hostia diaria de indignación, te la tragás, y salís a la calle ya armado, seguro de quién es el enemigo de hoy. Eso no es información: es una liturgia que se reza con el pulgar.
Y acá te lo digo con la frase más vieja y más necesaria que existe: Dios te dio un cerebro. USALO.
Te lo dio para que juzgues, no para que repitas. Para que distingas, para que dudes, para que de vez en cuando le des un punto al adversario y le marques un error al tuyo. Y vos lo apagaste. Le entregaste tu inteligencia — lo más parecido a Dios que tenés — a una tribu, para que ella piense por vos y a vos solo te quede odiar. Renunciaste a lo único que te hace imagen de Dios para volverte el megáfono de un hombre que no daría un paso por vos.
Santiago lo vio hace dos mil años, sin teléfono: “La lengua es un fuego… una llama capaz de incendiar todo un bosque” (St 3, 6). Tu pulgar es esa lengua hoy. Y con esa llama no iluminás nada: prendés fuego tu casa, tu familia, tu paz — por un hombre que duerme — . Y Cristo te avisó el final: “De toda palabra ociosa que digan, los hombres rendirán cuenta el día del juicio” (Mt 12, 36). Imaginate ese día. Imaginate que te lean, una por una, las miles de frases de odio que tipeaste de madrugada contra desconocidos por defender a un político que ni te miró. Y tener que explicar, frente al Trono, en qué gastaste el don del lenguaje, del tiempo, de la vida.
Cerrá el teléfono. Te lo pido como hermano: cerralo. No es militancia lo que hacés ahí adentro. Es un pueblo devorándose a sí mismo con el pulgar mientras los dueños de la pantalla cuentan la plata.
Pará: esto NO es “no te metás”
Y acá tengo que frenar en seco, porque te conozco y sé lo que estás por hacer con todo esto. Vas a torcer mis palabras hacia tu comodidad y vas a decir, aliviado: “Tenés razón, la política es sucia, yo me corro, son todos lo mismo, mejor me quedo en casa rezando y que el mundo arda”.
No. Mil veces no. Si entendiste eso, entendiste lo opuesto de lo que te dije, y me harías cómplice de algo que detesto tanto como el fanatismo: la tibieza del cobarde que se lava las manos y le pone nombre de santo.
Esta es la línea fina, la que se juega el alma. Si la trazás mal, te caés por el otro precipicio.
El católico debe tener convicciones políticas. Firmes. Y debe pelearlas con todo. No es opcional: es deber. La vida del que todavía no nació no se negocia — y eso le duele a un lado — . Pero tampoco se negocia la vida del viejo descartado por improductivo, ni la del enfermo al que se le calcula el costo, ni la del pobre al que se trata de vago como si la miseria fuera un vicio, ni la del que llegó de afuera con hambre y al que se mira como a una amenaza — y eso le duele al otro lado — . La dignidad del hombre no tiene color. El que solo se indigna con los pecados del bando contrario todavía no encontró el Evangelio: encontró una coartada. La familia, la libertad de educar a tus hijos, la de adorar a Dios, tampoco se negocian. El que ante cualquiera de esas masacres dice “yo no me meto” no es puro: es Pilato lavándose los dedos mientras condenan al Justo, y tiene la misma sangre seca en las uñas. La equidistancia no es virtud cristiana. Cristo no fue equidistante jamás. Los mártires no lo fueron: murieron por negarse a quemar un grano de incienso ante la estatua del César — el acto político más feroz de la historia — . “Yo no soy de ningún lado” puede ser santidad heroica… o la cobardía más astuta de todas, la idolatría de tu propio ombligo disfrazada de pureza.
Entonces, ¿dónde está la línea? Acá, grabala a fuego:
La convicción se entrega al bien y juzga al partido. La idolatría se entrega al partido y juzga el bien.
El que tiene convicción ama un bien concreto — al no nacido, al pobre, a la verdad — y por eso, con frialdad de quien usa una herramienta, apoya hoy al que sirve ese bien y le suelta la mano apenas lo traiciona. El idólatra ama al partido, y después le fabrica las razones para llamar “bien” a lo que el partido decida mañana. ¿Querés saber de qué lado estás parado? Te dejo tres preguntas. Hacételas en serio, aunque duelan, porque son un examen de conciencia, no una acusación:
Primera. Si tu líder cambiara mañana de posición sobre algo innegociable — si el que defendía la vida empezara a militar la muerte — , ¿lo seguís, o lo dejás? El de convicción lo deja sin pestañear. El idólatra “evoluciona” con él. Si te moviste cada vez que se movió tu líder, tu dios no era el bien que jurabas defender: era el líder.
Segunda. ¿Podés nombrar una sola cosa en la que tu bando se equivoca, y una sola en la que el otro acierta? Intentalo ahora, antes de seguir leyendo. Si no te sale ninguna, no tenés convicciones: tenés una camiseta sudada. Usá la cabeza que Dios te dio para ver — de verdad ver — , que es lo único que el ídolo no te deja hacer.
Tercera. ¿Quién es tu última instancia moral? ¿Juzgás a tu líder desde el Evangelio, o ya empezaste a juzgar el Evangelio desde tu líder? El día en que te descubrís defendiendo lo indefendible “porque lo dijo el mío”, entregaste tu conciencia — que para un católico es el sagrario más íntimo, donde Dios mismo te habla — . Y meter a un político a hablar desde ese sagrario es instalar un ídolo sobre el altar.
¿Ves la diferencia? El 23 de noviembre de 1927, un cura flaco llamado Miguel Pro caminó hacia un paredón de fusilamiento en México. Le ofrecieron la venda; la rechazó. Pidió un instante para rezar, abrió los brazos en cruz frente a los rifles y, en vez de maldecir a sus verdugos o gritar el nombre de una facción, gritó dos palabras: “¡Viva Cristo Rey!”. No “¡viva mi partido!”. No “¡mueran los otros!”. El último nombre que le salió, con los fusiles apuntándole, fue el único Nombre. Esa es la prueba final, la que no miente: escuchá cuál sería el último nombre que gritarías antes de morir. Si es el de un hombre o un partido, ya sabés a quién adoraste toda tu vida. Si es el Nombre que está sobre todo nombre, sos libre — y podés pelear por el bien con todo el fuego del cielo sin que ningún César te compre el alma — .
“Ni de izquierda ni de derecha” no es tibieza. Es lo contrario de la tibieza. Es decir, con la espalda recta: ninguno de los dos es Dios. Y yo me arrodillo ante Dios solo.
El pastor que eligió bando
Y ahora subí los ojos del piso, porque tengo que hablar de los que están más alto que vos, y por eso van a responder más duro. De los que se pusieron una sotana, una estola, una mitra, y desde ahí, desde el lugar de Dios, eligieron un bando.
Hay sacerdotes — los conocés, los escuchaste — que convirtieron el púlpito en un palco de campaña. Que suben al altar, donde tendría que bajar el cielo, y bajan en cambio la línea del partido. Que en vez de partir el Pan que une a todos, reparten carnets. Que miran su iglesia llena de hijos de Dios de los dos lados de la grieta y eligen predicarle a unos contra los otros. Que hacen de la homilía un spot.
A ustedes les hablo ahora, hermanos sacerdotes, y se los digo con dolor de hijo y con temblor, porque sé lo que está en juego en sus manos consagradas.
Ustedes fueron ungidos para ser de todos. Esa es la médula del sacerdocio: el cura no tiene bando, porque es de cada oveja — la del corral de la derecha y la del de la izquierda — , porque las dos fueron compradas con la misma Sangre que ustedes levantan cada mañana. Cuando eligen un bando no eligen una opinión: abandonan a la mitad del rebaño. Le cierran la puerta de la casa del Padre a la mitad de los hijos. Y un pastor que abandona a la mitad de sus ovejas porque votan distinto dejó de ser pastor en el instante en que se puso la camiseta debajo de la casulla.
Dios ya les habló, hace milenios, por boca de Ezequiel: “¡Ay de los pastores que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar al rebaño?” (Ez 34, 2). Se alimentan de la oveja en vez de alimentarla. Usan el rebaño para su tribuna, su vanidad de protagonista en la grieta. Y por Malaquías fue más filoso todavía con el sacerdote que tuerce la enseñanza por conveniencia: “Yo los he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo… porque hicieron acepción de personas” (Mal 2, 9). Tener cara preferida. Pesar distinto al de un bando y al del otro en la balanza que debería ser la de Dios. Eso, dice Él, los vuelve despreciables — y no lo digo yo, lo dice Él — .
Y Cristo se los dijo en una frase, antes que a nadie: “Si la sal se vuelve sosa… ya no sirve para nada, sino para tirarla afuera y que la pise la gente” (Mt 5, 13). El sacerdote es la sal. Y la sal que se mete en la grieta perdió el sabor: se volvió un condimento más del odio de todos los días. Acuérdense de Quién tienen en las manos: el que alzan en la Hostia es el mismo que huyó de la corona, el que se escapó al monte cuando lo quisieron hacer rey. ¿Y ustedes van a usar esas manos para coronar a un hombre? El que sostiene a Dios cada mañana no puede arrodillarse ante un César a la tarde. “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24) — y menos el que fue puesto para enseñarnos a no servir más que a Uno — .
Vuelvan a ser sal, padres. Vuelvan a ser de todos. Que su altar sea el único lugar de la Argentina donde la grieta no entra — porque en el altar no hay bandos: hay un solo Cordero, partido para todos — .
La trampa de las dos respuestas
A Jesús también lo quisieron meter a la fuerza en la grieta. Y vale oro ver cómo, porque es la misma encerrona que te tienden a vos cada día.
Le mandaron una delegación. Y fijate quiénes la mandaron juntos, porque ahí está la llave: “los fariseos… junto con los herodianos” (Mt 22, 16). Dos facciones que se odiaban a muerte. Los fariseos, nacionalistas anti-Roma; los herodianos, colaboracionistas del imperio. Agua y fuego. ¿Y qué los alió de golpe? El odio compartido a un tercero que no entraba en ningún bando. Se unieron — los de un lado con los del otro — solo para destruir al que se negaba a jugar la grieta. (¿Te suena? Cuando aparece uno que no le rinde pleitesía a ninguna hinchada, las dos lo escupen juntas. Es lo único que las pone de acuerdo.)
Y la pregunta era una trampa binaria perfecta: “¿Es lícito pagar el impuesto al César, sí o no?”. Dos puertas, y las dos te matan. “Sí, paguen”: traidor al pueblo, vendido al imperio. “No, no paguen”: sedicioso, a la cruz. Estás conmigo o con el enemigo. La grieta hecha pregunta.
¿Y qué hizo el Señor? No entró por ninguna de las dos puertas: reventó la pared. Pidió la moneda y preguntó de quién era la cara grabada ahí. “Del César.” Y soltó la frase que les hizo saltar la trampa en las manos: “Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Mirá la verdad pura: la moneda tiene la imagen del César, dásela, es apenas metal. Pero vos — vos — ¿de quién tenés grabada la imagen? “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1, 26). Vos tenés grabada en el alma la imagen de Dios. Así que devolvete entero a Dios. La moneda al César; el alma, jamás. Que el César se quede con tus impuestos. Con tu adoración, ni muerto.
Eso te hacen cada vez que te tienden la pregunta “¿de qué lado estás?”. Te abren dos puertas para que entres por una y te quedes adentro de por vida, mordiéndote con el que entró por la otra. Y la única respuesta libre, la única de pie, es: no entro por ninguna. Le doy al César lo del César y a Dios lo de Dios. Y yo soy de Dios, entero, así que ningún bando va a ser dueño de mi alma.
De rodillas
Y ahora dejame decirte por qué el título es ese. Por qué la salida no está ni a la izquierda ni a la derecha, sino abajo.
Todos te quieren parado sobre una línea horizontal que va de un extremo al otro: acá la izquierda, allá la derecha, y vos obligado a clavar un punto, plantar tu bandera y disparar hacia el otro lado hasta el día que te mueras. Esa línea es la grieta. Es la tela rasgada de Corinto. Y toda la trampa consiste en convencerte de que esa línea horizontal es la única dirección que existe: que solo podés moverte a un costado o al otro, condenado de la cuna al cajón a ser de acá o de allá.
Mentira. Mentira del primer mentiroso. Hay otra dirección, y la línea ni la sospecha. No va hacia los costados: va hacia arriba y hacia abajo a la vez. Es el eje de la rodilla que se dobla ante Dios. Es vertical. Y mirá lo que pasa apenas te movés por ahí: la cruz es vertical; la grieta es horizontal. No se cruzan jamás. El día que te arrodillás de verdad, te bajaste de la línea entera donde te tenían disparando. Dejaste de ser un punto en el eje de ellos y pasaste a otro eje: el único que sube hasta el cielo.
Y acá está lo más subversivo de todo, lo que da vuelta la política como una media: el que dobla la rodilla ante Dios es el único que tiene la espalda recta ante los hombres. Porque el que no se arrodilla ante NADA termina arrodillado ante CUALQUIER cosa: ante un líder, ante una encuesta, ante el aplauso de su tribu, ante el terror de quedar afuera. El que se cree libre porque no se arrodilla ante Dios ya está, sin saberlo, de rodillas ante un ídolo con buen marketing. Pero el que entregó la rodilla en el único lugar donde se entrega sin perder un gramo de dignidad — ante el Dios que se hizo carne y se agachó a lavar pies — ya no tiene ninguna rodilla libre para ningún César. Por eso los mártires podían estar de pie frente al emperador del mundo y decirle que no con una sonrisa: la rodilla ya la tenían puesta donde va.
Por eso no te digo “pelea más fuerte por tu bando”. Te digo algo más difícil y más revolucionario: arrodillate, y se te van a caer todos los bandos de las manos. No porque dejes de pelear por el bien — vas a pelear más, y mejor, y sin miedo, sin necesitar nunca más que el otro sea un demonio para vos existir — , sino porque vas a pelear desde el eje correcto. Desde la cruz, no desde la grieta.
Y esa rodilla en el suelo no es rendición: es como se arma un caballero. Nadie empuñó jamás la espada parado y soberbio. El que iba a llevarla primero doblaba la rodilla ante su Rey, recibía el filo del espaldarazo sobre el hombro, y recién entonces se levantaba armado. Esa es la única espada que vale: la que se recibe de rodillas. No se forjó para tu bando, ni para clavarla en el riñón del que piensa distinto. Se forjó para una sola cosa — defender a Dios, a su Iglesia y a esta tierra de cualquiera que les ponga la mano encima, venga de donde venga — . Es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Ef 6, 17): de doble filo, y por eso corta para los dos lados. El día que descarten al pobre o al viejo en nombre de la derecha, ahí está tu filo. El día que maten al niño en el vientre en nombre de la izquierda, ahí está tu filo. No defendés un color: defendés el Reino. Y el que le jura la espada a un Reino que no es de este mundo se queda sin hoja para alquilarle a ningún partido de este mundo.
Y sí — porque sé que me lo vas a preguntar — , hay una hora en que ese filo se vuelve de acero. La Iglesia nunca fue tan ingenua como para predicar el pacifismo del cobarde: contra el tirano que viene a matar al inocente — venga vestido de izquierda o de derecha — , defenderlo con el cuerpo no es pecado, es deber. Pero escuchame bien, porque acá se pierden las almas: esa hora la marca Dios, no tu bronca, y el que cree que le llegó casi siempre se está mintiendo. El acero verdadero lo desenvaina el que tiembla al levantarlo — por el inocente, jamás por la facción — ; el que anda deseando su guerra ya la perdió. Y el que le pinta un crucifijo en el mango a su rencor de bando para llamarlo “cruzada” no levantó la espada del Reino: sigue clavando la misma daga del riñón de siempre.
Y vuelvo a la mesa del principio. A Simón el zelota y Mateo el publicano partiendo el mismo pan. ¿Sabés qué los pudo sentar juntos, qué disolvió un odio que tendría que haber terminado en una daga en el riñón? No fue que se convencieran. No fue que Simón se hiciera publicano ni Mateo zelota. No se encontraron en el medio tibio de la línea, negociando una cobarde equidistancia. Se encontraron abajo. Los dos de rodillas ante el mismo Señor. Cada uno bajó su daga y su caja de impuestos al pie de la misma cruz, y ahí — recién ahí — descubrieron que eran hermanos. No se sentaron a la misma mesa porque perdieron las convicciones. Se sentaron porque encontraron una rodilla más honda que sus banderas.
Esa mesa te está esperando. Y tiene una silla con tu nombre tallado, justo al lado del que hoy no podés ni mirar. Los dos invitados por el mismo Padre. Un Padre que no es de izquierda ni de derecha, porque los parió a los dos, y por los dos se dejó clavar.
Dios y Patria
Una última cosa, la más importante, porque sé que amás esta tierra y no te vine a pedir que la quieras menos, sino que la quieras bien y entera.
Está escrito en el corazón de este pueblo, en el frente de sus escuelas viejas: Dios y Patria. Dos palabras, y en ese orden. Primero Dios. Después la Patria. Y fijate lo que no dice, lo que nunca dijo: no dice “Dios, Patria y mi partido”. No hay lugar ahí para tu bando. La consigna que te parió tiene dos amores sagrados, y el tuyo no entra. Quisiste meter a tu partido en una trinidad que tenía dos lugares, ocupados desde siempre por cosas infinitamente más grandes que cualquier interna.
Y hay algo que esa consigna sabía y vos olvidaste: tu ciudadanía última no es de este mundo. “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Flp 3, 20), les escribió Pablo a los suyos. Sos, en tu propia tierra, una mezcla rara: patriota y extranjero a la vez. Amás el suelo con todo, pero no te arrodillás ante él, porque tu casa definitiva está más arriba. El que se olvida de eso convierte la Patria en un dios — y un dios que se puede perder en una elección es una fábrica de desesperados — .
La Patria no es de un bando. Es de Dios, que te la prestó para que la cuides, no para que la repartas como botín entre los tuyos. El que la hace premio de su facción la profana igual que el que la vende al mejor postor. Amala entera — porque la Patria son los cuarenta y cinco millones, no los veintitrés que votaron como vos — , y amala debajo de Dios, no en su lugar: es el único modo de no terminar odiándola en nombre de amarla.
Dios primero. La Patria después, toda, sin grieta. Y tu bando — tu pobre bando — en el último cajón, donde va la herramienta: útil mientras sirva al bien, descartable apenas lo traicione, jamás un dios.
Argentina no necesita que le ganes la grieta a nadie. Necesita una sola cosa, la que aterra por igual a las dos hinchadas porque las deja sin público y sin negocio:
Que un pueblo entero, de los dos lados de la línea, se baje de la línea.
Y se arrodille.
No ante un hombre. No ante una bandera de trapo partidario. No ante el que silba promesas cada cuatro años y entrega ruinas cada cuatro años.
Ni de izquierda.
Ni de derecha.
De rodillas.
Y desde ahí — solo desde ahí — de pie como nunca, libre como nunca, hermano del mismísimo que ayer odiabas, con la espada en la mano — jurada a Dios y a nadie más — , porque la rodilla ya está puesta donde se pone una sola vez y para siempre.
Que para eso te hizo Dios a su imagen: no para ser de un bando. Para ser suyo.
Devolvele al César sus monedas, que son apenas metal.
Y devolvete entero, de rodillas, al único que se dejó clavar por vos.
Mathias.
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