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Elogio de Hakuna

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar a Rafa y Tirsa, dos muy buenos amigos, de los mejores que me ha deparado la vida en España…

Martín Tami · 2024-07-20 11:10 · 0 claps · 9.3 min read
#hakuna #cuatro #iglesia #juventud #fe
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Elogio de Hakuna

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar a Rafa y Tirsa, dos muy buenos amigos, de los mejores que me ha deparado la vida en España, casados ellos, en su casa de Madrid. La cena nos permitió ponernos al día, compartir bellas noticias y aventurar ideas acerca del mañana.

Durante un tramo de nuestra conversación salió el tema de Hakuna, una asociación privada de fieles aprobada por el exarzobispo de Madrid, el cardenal Osoro. Rafa es un eximio sociólogo de las religiones -a mi juicio uno de los mejores académicos de nuestra generación- y lleva un tiempo estudiando el fenómeno.

Soy un millennial católico (nací en 1991 y profeso la fe en Cristo en comunión con el Papa), por lo que la realidad de Hakuna no me era desconocida. Pero sí conviene aclarar que ni formo parte de ella, ni me siento llamado a hacerlo. Me sé algunas de sus canciones y les reconozco una cierta belleza. Pero no he ido a ninguno de sus conciertos, ni me lo planteo. Tampoco he participado de ninguna de sus actividades -que son múltiples y muy frecuentes- ni he leído nada que lleve la firma de su fundador.

Tirsa me habló de un episodio del programa Otro enfoque, conducido por Jon Sistiaga, que emite Cuatro, canal televisivo del grupo Mediaset España.

Le pedí que me compartiera el enlace, pues su recomendación me interesaba. Tras verlo una vez, nació en mí el deseo de verlo de nuevo, a fin de escribir estas líneas. Lo que sigue quiere ser una suerte de “otro enfoque” al trabajo periodístico de Sistiaga y equipo, sin pretensión alguna de exhaustividad, apenas motivado por el reconocimiento de una serie de pensamientos que el episodio ha suscitado en mí.

Voy a detenerme en cinco momentos/personajes del episodio, según el orden de su aparición. Por supuesto, podría abordar otros, unos cuantos más, ya que la segunda visualización me permitió advertir matices que originalmente había pasado por alto (en efecto, todo trabajo audiovisual tiene un contenido ideológico, desde el montaje, pasando por la edición, la música o el guion). Pero para no extenderme demasiado, me centraré solamente en los cinco puntos que pretendía subrayar originalmente. Junto al nombre de cada uno introduzco el intervalo en que aparece tratada la cuestión en el episodio.

Josepe (14:58–21:31)

Josepe es José Pedro Manglano, el sacerdote fundador de Hakuna.

Como podéis suponer, no le conozco. Jamás le he visto (o si lo vi, no me acuerdo). ¿Por qué me interesa, entonces, fijarme en él? Porque, lógicamente, su figura es relevante en el mundo de Hakuna y así lo presenta el episodio de Sistiaga. Antes de ir a la conversación con él, el programa desliza la idea de que Josepe es una figura extraña, por no decir sospechosa, cuya trayectoria no parece muy afín al presente y pasado reciente de su ministerio como padre espiritual de Hakuna. Quien deja entrever esas ideas es Jesús Bastante, redactor del portal Religión Digital.

La cuestión me hizo pensar. Amén de las preguntas (u objeciones) que Sistiaga formula en su diálogo con Manglano, fijémonos un momento en él: el cura no tiene buena dicción, a veces titubea al hablar, incluso hasta se podría decir que en ocasiones elige mal las palabras… No parece un hombre especialmente risueño o dotado de algún insólito talento musical… Y sin embargo es él quien anima e inspira como pastor la realidad de Hakuna. ¿Hay alguna contradicción aquí?

Mi respuesta es clara: no. ¿Dónde está escrito que la persona y la vida de un fundador hayan de ser análogas a las de la realidad que con él se funda? Más bien me veo inclinado a pensar que es precisamente porque su figura aparentemente no encaje naturalmente en la tesitura de la realidad que promueve por lo que podemos intuir que la obra no es suya. La historia de la Iglesia está poblada de casos así: el Espíritu Santo (que es Dios) se vale de medios improbables para gestar acontecimientos perdurables. ¿Será el de Hakuna y Manglano un ejemplo de esos? No lo sabemos. Pero no podemos descartar de antemano la posibilidad de que lo sea. De lo contrario, estaríamos escribiendo otro capítulo en la historia del fariseísmo.

Pablo Añorbe (22:00–25:37)

Pablo es graduado en Matemáticas y se prepara para dedicarse a la docencia en escuelas. Es presentado como excantante de Hakuna, realidad de la que se habría alejado por discriminación hacia la orientación sexual de un amigo que también pertenecía a la “familia eucarística”, como dicen que les llama el Papa.

Lo que me interesa del caso de Pablo no es tanto esa polémica, sobre la que el episodio no entra más que superficialmente en el diálogo que Sistiaga mantiene con él, sino una pregunta que el conductor le lanza a su entrevistado: ¿Cómo encaja alguien como tú, matemático, racional, la existencia de Dios en tu vida?

La pregunta dice mucho de Jon Sistiaga. Pero no vamos a desarrollar este aspecto del asunto: lo central aquí es el prejuicio reduccionista que lleva a pensar que la fe no es cosa de la razón, que creer no es una posición razonable, que los creyentes son (somos), quien más, quien menos, una banda de ilusos que no se han enterado de cómo son -realmente- las cosas. La pregunta de Sistiaga asume que la existencia de Dios es incompatible con la racionalidad humana. Pero no da ninguna razón de dicha tesis. Simplemente la incorpora como premisa invisible de su interrogante. De esta forma, subestima a Añorbe, a quien tiene delante y es creyente, tanto como al universo de los que tenemos fe.

Más allá de lo que pueda aclarar mi prosa al respecto, creo que es conveniente dar paso a la voz de otro que supo pensar y vivir esta realidad fundamental de la existencia con radical originalidad. Dice Luigi Giussani, hablando de su libro *¿Se puede vivir así? Un acercamiento extraño a la existencia cristiana*:

El motivo más querido, más aún, la pasión que lo determina, capítulo a capítulo, es la herencia más inmediata que yo recibí al entrar en un instituto de bachillerato a dar religión. La clase de religión me dio esta intuición y esta pasión: la intuición de que la fe necesita ante todo demostrar su familiaridad con la razón en toda su coherencia lógica, esto es, la intuición del carácter razonable que tiene la fe, de la fe como la cosa más razonable que hay y, por consiguiente, como la cosa más humana que hay (…); la razón es exigencia, pasión y exigencia de conocer todo, de la totalidad. La fe consciente brota de improviso, providencialmente, por gracia, fortuitamente, precisamente de esta pasión por la totalidad en el conocimiento, que es la característica fundamental de la razón (citado por Alberto Savorana, p. 956).

Vicente Esplugues (26:10–30:39)

Vicente es sacerdote y ama el rock. Lleva dos pendientes, anillos. Cita en sus homilías a Joaquín Sabina. Se da un toque en el corazón cuando recuerda la estrofa de una canción. No le conocía y agradezco a Sistiaga que lo haya entrevistado para su programa. Escucharle es muy revelador y da cuenta de una riqueza propiamente católica: la fecundidad de la sencillez en su apertura a la totalidad de la realidad.

Me interesa destacar el fragmento del P. Esplugues porque logra decir, en pocas palabras, algo del misterio eclesial en todos los tiempos. A la pregunta respecto de cómo se entiende que Hakuna pueda ser algo de Dios y a la vez tenga las dimensiones de una gran multinacional, el sacerdote responde: “siempre hay mediaciones”. Con tres palabras rompe un prejuicio dualista que impide pensar. O, al menos, acercarse con libertad al estudio de un fenómeno reseñable.

Tomás Páramo y María García de Jaime (33:09–40:34)

El diálogo con el matrimonio de jóvenes influencers es otro de los momentos que he querido destacar del episodio. Más allá de muchas otras cosas que podría examinar aquí, mi interés está centrado sobre todo en la forma en que Tomás cuenta una experiencia vivida en París, en ocasión del célebre desfile de Hermès, la quintaesencia de la moda, el glamour y la alta sociedad. El joven Páramo reseña un encuentro con Sebastián Yatra, famoso cantante colombiano, en la habitación de su hotel. Según nos cuenta Tomás, Sebastián estaba de rodillas aferrado a su rosario como expresión de gratitud a Dios por todo lo que le ha sido dado en la vida.

Previsiblemente, Sistiaga objetará que pueda hacerse experiencia de Dios en un ámbito tan alejado y distante de los orígenes del cristianismo, aludiendo a la sencillez y la austeridad de la Galilea de Jesús, el hijo del carpintero (esto último me gusta añadirlo a mí). Pero antes de responder a esa pregunta o provocación, Tomás Páramo dice algo que, sin ser brillante, deja entrever una verdad como un templo:

A mí no me gusta que nadie se quede afuera del amor de Dios, que a nadie le hagan sentir fuera del amor de Dios, porque Dios nos quiere a todos.

Piénsese lo que se quiera de él, de su mujer, de su familia, de sus publicaciones en Instagram (no tengo, así que no opino). Pero no se puede dejar pasar un destello tan claro del Evangelio. Quien tenga oídos para oír, que oiga.

Miriam Jiménez (46:00–53:42)

Finalmente, el programa llega a su última conversación, la que el conductor mantiene con Miriam Jiménez, una joven socióloga que apostató. Independientemente del caso, que Miriam explica con claridad en sus alcances jurídicos, me interesa subrayar una pregunta que la joven se hace en un momento del diálogo:

¿Hasta qué punto nuestras creencias están relacionadas con algo tan aleatorio como el lugar en que has nacido y hasta qué punto lo has elegido?

La pregunta es excelente. Fundamental. Precisamente por ahí hay que pasar para poder vivir una vida de fe digna de nuestra humanidad. Si uno no hace el trabajo, arduo muchas veces, de verificar lo que se le ha dicho, enseñado o transmitido, difícilmente alcance a sostener su fe ante los embates de la vida. La tradición, como bien enseña Giussani, es una hipótesis de trabajo: un punto de partida. Tomarse en serio a uno mismo equivale a no desentenderse de la tarea de valorar adecuadamente su pertinencia para la vida.

Pero, así como esta pregunta de Miriam me parece fascinante, no puedo dejar de señalar algunas lagunas que tiene su pensamiento. Refiriéndose a la Iglesia, lanza: “Cuando una empresa entra en crisis, tiene que haber un nuevo plan de marketing”. Es muy difícil llegar a comprender qué es la Iglesia, incluso sociológicamente, si se parte de la premisa de que se puede comparar su funcionamiento, su vida, su existencia, con la de una empresa.

Con todo, el yerro más grande llega casi al final: “¿A qué nadie sabe que la Iglesia tiene una encíclica que se llama Laudato si’ que es animalista y muy progresista y a favor del ecologismo?”. Habrá que excusarla por su ignorancia, pero la encíclica en cuestión no es animalista ni ecologista. En todo caso, propugna una ecología integral, cosa muy distinta, y si es progresista -categoría que empieza a sonar vacía- no lo es porque descrea de la tradición, sino porque sigue abonando el camino de la historia hundiendo sus raíces en ella.

Al respecto de la cuestión de la ecología integral, aprovecho la cuña publicitaria para recordar que el último congreso Razón Abierta trató específicamente del tema.

Por último, Miriam responde a la pregunta de Sistiaga acerca de si se vive mejor siendo católica o apóstata: “Pues mira, te soy muy sincera: yo creo que se vive mejor siendo católica. Yo he decidido vivir en lo que veo y en lo terrenal. Y de alguna manera he decidido vivir no anestesiada (…). Yo vivo más feliz, la verdad, coherente conmigo misma”.

Mucho se podría comentar de la respuesta de Miriam. Hay toda una antropología subyacente en la idea de felicidad asociada a una coherencia consigo mismo, que habrá que dejar para otra ocasión. Como ya he escrito demasiado, mejor le dejo el cierre a Giussani, que a su manera sabe decir las cosas justas (la cita es larga, pero conviene reponerla entera):

La única condición para ser siempre y verdaderamente religiosos es vivir intensamente lo real. La fórmula del itinerario que conduce hacia el significado de la realidad es vivir lo real sin cerrazón, es decir, sin renegar de nada ni olvidar nada. Pues, en efecto, no es humano, o sea, no es razonable, considerar la experiencia limitándose a su superficie, a la cresta de la ola, sin descender a lo profundo de su movimiento.

El positivismo que domina la mentalidad del hombre moderno excluye la solicitud para buscar el significado que nos viene de nuestra relación original con las cosas. Ésta nos invita a buscar su consistencia, es decir, justamente su significado: nos hace presentir esa presencia de la consistencia que no reside en las cosas mismas. Tan cierto es esto que yo (y es aquí donde se define la cuestión), yo mismo no la tengo; y precisamente yo soy el nivel en que las estrellas y la tierra toman conciencia de su propia inconsistencia. El positivismo excluye la invitación a descubrir el significado que nos dirige precisamente el impacto original e inmediato con las cosas. Pretende imponer al hombre que se quede sólo en lo aparente. Y esto es sofocante.

Cuanto más viva uno con este nivel de conciencia que hemos descrito su relación con las cosas, más intensamente vivirá su impacto con la realidad y más pronto comenzará a conocer algo del misterio.

Repetimos: lo que bloquea el desarrollo de la dimensión religiosa auténtica, del auténtico hecho religioso, es una falta de seriedad con lo real, cuyo ejemplo más claro es el prejuicio. El ansia de búsqueda a través del compromiso con la realidad de su existencia es señal de espíritus grandes y de hombres vivos (pp. 165–166 de este libro).

En suma, como decía San Agustín, “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad”.

Prefiero fiarme de la Iglesia en su respaldo a Hakuna, aunque no todo me guste, aunque no todo sea “de mi estilo”. Pues, después de todo, ¿por qué habría de serlo?

Por eso escribo este elogio. Porque reconozco que tiene mérito surcar los caminos de la historia, arriesgando y promoviendo, no sin errores ni excesivos complejos, la noticia más importante de todos los tiempos.


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