El Monasterio, las Iglesias y el Emperador: crónica de una elección que nos mantiene rehenes
No será un Ford Mustang con tanque lleno que nos trairá a la libertad
El Monasterio, las Iglesias y el Emperador: crónica de una elección que nos mantiene rehenes



Iglesias, Monasterio y Emperador
Estamos en campaña electoral, y, por si había duda, en el centro del debate hay un juicio de valor. Dos candidatos se enfrentan uno al otro: Monasterio contra Iglesias, es decir lo privado (El monasterio, en singular, es un lugar privado para religiosos) y lo publico (Las iglesias, en plural, son las plazas metafóricas de la religión, supuestamente abiertas a todos y todas). Olvidad los personajes, hay que fijarse en los nombres, y mirar además que estos dos apenas logran hablar entre sí, pero sí hay alguien otro que logra tener la última palabra: es Bea Fanjul, una “beata sostenedora del Imperio” (Fanjul, según la toponimia Asturiana, en su origen, quiere decir Templo del Emperador Julio).
En Madrid, ella, una joven, invita a los ciudadanos a elegir lo malo conocido. Defiende el emperador: lo que “ya manda”.
La gente le escucha. Parece una metedura de pata, pero no. Lo malo conocido arrasa en las urnas.
Qué pensar?
Lo malo conocido: un sindrome de Estocolmo?

Lo malo conocido es una expresión que hace pensar en el síndrome de Estocolmo, concepto que, en su origen, se refiere a un celebre robo que tuvo lugar en el banco Sveriges Kreditbank en el centro de la capital Sueca en Agosto de 1973. Jan-Erik Olsson, criminal con antecedentes, en aquel momento en libertad condicional, mantuvo como rehenes a 4 empleados del banco durante 130 horas, es decir 6 días. Durante el asalto, Olsson negoció con las autoridades para que liberaran a Clark Olofsson, otro criminal que estaba en aquel momento en la cárcel, para que le ayudara en la misión. Las autoridades suecas acogieron su petición, así como la de poner a su disposición, un coche Ford Mustang con tanque lleno para que los dos pudieran escaparse.
Pero no son estos los detalles que pasaron a la historia, sino la actitud de los rehenes, claras víctimas de la situación. A diferencia de lo que se podía esperar, durante el asalto y ya a partir del segundo día, estos desarrollaron una relación de amistad y lealtad con los secuestradores. Uno de los rehenes afirmó que Olsson había sido muy amable por dispararle en la pierna, y no en otra parte del cuerpo. Otra, le agradeció por permitirle dar un paseo con una correa, debido a que estaba sufriendo de claustrofobia. Al cabo de pocos días, los rehenes empezaron a manifestar más miedo de la policía que de los criminales. Durante los años siguientes, algunos de los rehenes mantuvieron y desarrollaron más su relación con los dos criminales, estableciendo una amistad que duraría toda su vida. De allí la conocida expresión de Síndrome de Estocolmo, que define un síndrome psicológico de co-dependencia con el agresor que se desarrolla en algunas ocasiones por parte de víctimas de abuso.
Amar lo malo conocido
De una forma u otra, casi todos sufrimos el Síndrome de Estocolmo, casi todos nos agarramos a lo malo conocido. Lo hacemos cuando no hemos procesado e integrado del todo experiencias pasadas que nos hacen sufrir. Lo hacemos cuando utilizamos tonos pasivo-agresivos con las personas en nuestro alrededor, cuando nos ponemos una y otra vez en el papel de víctimas, y cuando creemos que nuestro agresor, nuestro enfado permanente, nuestra recurrente sensación de abandono, son lo que nos caracteriza.
Lo malo conocido es malo, pero a veces da menos miedo que lo nuevo, porque lo nuevo no existe si no tomamos la decisión de asumir y hacernos dueños de nuestra historia, de nuestro pasado y nuestras decisiones, de nuestras heridas. Hasta que no hagamos las cuentas con lo que realmente somos, con todas las experiencias que nos han hecho lo que somos, no existe lo nuevo, y además nos da miedo. La verdad es que, si no soy dueño de mi vida, lo malo conocido es lo único que conozco y por tanto lo elijo: una y otra vez.
Los jóvenes y lo malo conocido
Cuando tenía 16 años, me fui a EEUU un año como estudiante de intercambio. Iba a vivir con una familia de Pennsylvania, una familia que me acogió como una hija, a pesar de no conocerme. Mi fecha de salida: el 8 de Agosto de 2000.
Era el principio de un nuevo milenio. El miedo al millennium bug estaba detrás de nosotros, y el terrorismo, tal y como se conoció después, todavía no estaba en nuestras cabezas. En pocos años entraríamos en el Euro, en Europa se disolvían las fronteras. Era un momento de apertura, de novedad. Yo tenía 16 años y toda la vida por delante. Unas ganas de vivir que no encontraban salida en el remoto Valle de Aosta, en dónde vivía: un nicho entre montañas de 4,000 metros, con solo tres salidas: una hacia Italia, a través de la carretera nacional o la autopista donde acaba Pont Saint Martin, ayuntamiento con un elevadísimo puente. Una hacia Suiza, a través del Paso del Grand San Bernardo. Una tercera, cerrada, hacia Francia: a través del Tunnel del Mont Blanc, que se había quemado pocos años antes. Desde el valle yo miraba hacia las montañas y solo veía a través de ellas: cruzando al otro lado, un mundo se abriría ante mí.
Photo by Claudia Soraya on Unsplash
“Sabes lo que dejas, y no sabes lo que vas a encontrar”, me dijo, con una expresión premonitoria, un compañero de mi pueblo. Era uno de estos chicos aparentemente nacidos perfectos: tenía el pelo rubio, los ojos azules, conducía una moto amarilla, pero era un chico prudente: uno de estos que eran populares con los jóvenes y aún más con los adultos. A mí, todos me miraban como si no supieran como cogerme, como una niña que no sabía bien donde estaban el norte y el sur, a pesar, eso sí, de tener una hoja de notas que era el sueño de cualquier profesor.
Cuando me lo dijo, le miré sorprendida. Estábamos en un bar, una cafetería con muebles de madera y olor a humo incluso a las cinco de la tarde, porque los hombres allí podían fumar siempre, y siempre lo hacían. A mi este chico siempre me había parecido más guay que yo, un aventurero, uno que iba en moto a lugares a donde yo no iba. Quizás porque tenía una moto me parecía que podía viajar más. Pero no, él no quería viajar: él le tenía miedo a lo nuevo. Yo también le tenía miedo, pero es que me daba igual. No reconocía aún las sombras de grises, pero sí reconocía que en otro lugar habría otras posibilidades, que en otro lugar habría otra gente, otras formas de pensar, que a lo mejor no pasaría mis sábados bailando en la discoteca, pero sí, podría hacer otras cosas. Y lo interesante era que no sabía cuales. Y eso, eso precisamente me llenaba de emoción: el no poderme imaginar lo que vendría, el no saber. Ni siquiera poderlo imaginar.
“Sabes lo que dejas” es otra formula para hablar de lo mismo: lo malo conocido. En realidad él estaba equivocado. Yo no sabía lo que dejaba, y además, ni él ni yo sabíamos que nada se puede dejar.
El congelador y el barril

Antes de coger aquel avión que desde Roma me llevaría a New York (donde ni siquiera paré una noche antes de ir a Trenton, NJ y a Waynesboro, PA, donde pasaría mi año de intercambio), me pidieron que hiciera un ejercicio. Consistía en pensar que pondría en el congelador, y qué pondría en el barril. Mi familia? Mis amistades? Mi hermana?
Que quieres que cambie? Qué quieres que se quede igual?
Era un ejercicio de reflexión. Se nos invitaba, a mí y a los demás estudiantes que iban de intercambio, a darnos cuenta que pocas cosas se quedarían iguales, porque íbamos a cambiar nosotros.
Pero en mi caso, eso fue más que una metáfora: mientras yo estaba en Estados Unidos, mi familia cambió de casa y mis padres se separaron. Volví a una casa que no conocía y a una familia que ya no existía, que hizo un esfuerzo para parecer como tal una última vez: el día que yo, después de un año fuera, aterricé en el aeropuerto de Milan. Me recogieron mi madre, mi padre y mi hermana. Mis padres ya habían dejado de hablarse desde hacía meses. Cada uno tenía su vida, y tardé poco en enterarme.
Pero aquel día, yo aprendí algo que no me había esperado: que no había vuelto. Que nunca volvemos. Que volver era, realmente, un seguir adelante. Que me obliga a empezar de cero. Otra vez.
Cuando todo lo que vivimos es lo malo conocido
Empezar de nuevo no fue lo que tanto me costó. Me costó, sí, el liberarme de esa herida, de esa sensación de ausencia de mi familia — estaban, pero no como yo quería— tras volver de una experiencia que no solo me había cambiado, me había sacudido por dentro.
Encontrarse en otro mundo implica necesariamente descubrir nuevas verdades, nuevas reglas del juego. En Estados Unidos yo descubrí que una pareja puede ir de la mano muy a menudo, y no solo, como mis padres, cuando se han gritado antes. Descubrí también el efecto de los tabúes: vi lo poco que se hablaba en Pennsylvania de sexo, lo mucho que se invitaba a la abstinencia, y lo poco que eso servía, visto el número de chicas de mi edad, o poco más, que ya habían tenido un hijo. Y a veces, dos. Pero sobre todo descubrí que esa impresión que yo tenía, que más allá de mis montañas había algo otro, no era una ilusión. En otros sitios hay otros tópicos, otras posibilidades. Y estos otros sitios no sólo son físicos: mas bien son mentales. Cuando uno quiere ver otras posibilidades, estas sí que se crean. Así, de sencillo.
No obstante, tardé muchos años mas en darme cuenta de que si quería visitar esos otros sitios mentales, debía antes hacer las cuentas con lo malo conocido que llevaba dentro. Porqué se venía conmigo a todos los lados, y no importa cuan pequeña fuera mi maleta.
La herida de la separación de mis padres me dejó con una sensación de abandono, y con la convicción, además, que tenía algo que ver conmigo, que, de cierta forma, era mi culpa. Me quedé con un interruptor encima, uno a lo que le podían dar otras personas. Este interruptor estaba configurado como una caja A/B de las que se utilizan en experimentos científicos: si alguien me rechazaba, mi reacción siempre era lo mismo: no son ellos, soy yo.
Y porqué era yo, yo en mi profundo yo, en mi esencia, no podía hacer nada.
Allí el verdadero escándalo de lo malo conocido: me seguía torturando, y cada vez, como un rehén en el banco de Estocolmo, yo pensaba: es que soy yo.
La relación con lo malo conocido es como una dosis de algo que nos tiene enganchados: algo que confirma, una y otra vez, que si tengo que sufrir es porque me lo merezco. Algo que me confirma que necesito el abuso tanto, cuanto necesito el olvidarme de ello. Algo que, cada vez que intento apagarlo, vuelve con más fuerza. Eso es lo malo conocido: la herida no integrada.
En mi caso, tardé casi 20 años en darme cuenta que aquel día en que mi familia se juntó por última vez, todos hicieron un acto de amor. Tardé casi 20 años en entender que aquella experiencia, aquella sensación de abandono trás un año pasado fuera, aquella sensación de sentirme de repente huérfana, me intentaba regalar una lección más grande: el amor es aquí, y ahora.
A diferencia de lo que pensaba mi compañero, no dejamos ni encontramos nada. Pero lo que tenemos aquí, y ahora, eso sí es algo que tenemos para siempre: siempre y cuando le prestemos atención. Ahora mismo.
Ahí es donde encontramos lo nuevo. Y lo nuevo no huele a malo conocido, y nunca nos pide escoger.
Para ver lo nuevo, tenemos que sentirnos a la vez libres y ricos de lo malo que hemos conocido, porque solo de esa forma no se hace dueño de nosotros.
Lo nuevo lo encontramos en el barril. Una vez que hayamos dejado que lo malo conocido en ello, se haya transformado.
Integrar las heridas
A diferencia de un criminal que nos toma como rehenes, las heridas no integradas tienen su función. Nos recuerdan, como pueden, que tenemos algo a lo que mirar.
En esto, las plantas nos son maestras: no evitan el dolor, el obstáculo, la tierra acida o pobre de nutrientes, pero sí la transforman, y mientras, se vuelven hacia a la luz. Lo hacen de forma natural, porque sienten la fuerza de la atracción celeste, tanto como sienten la de gravedad: sienten, en otras palabras tanto Eros como Thanatos, el instinto de vida y el de muerte. Los dos co-existen y hacen su labor inexorablemente. Y la planta, el árbol, la flor, no escogen entre uno y otro: se transforman, con ambos.
Del mismo modo lo deberíamos hacer para trabajar nuestras heridas no sanadas. Prestarle atención, pero sin pretensión de olvido, ni mania de obsesión. No se trata de vivir en el pasado haciéndose víctima de lo mismo en bucle, pero tampoco se trata de hacer como si nuestra experiencia no nos importara. De lo que sí que se trata, en cambio, es de reconocer los sentimientos, los hechos, las decisiones tomadas y las lecciones aprendidas en cada una de nuestras historias, con el objetivo de asignarle su justo lugar, dentro de nosotros.
Lo malo conocido tiene alas
Un detalle menos conocido del robo de Norrmalm, como también se conoce el robo de Estocolmo que dio origen al síndrome, sea quizás la manera a través de la cual el robo realmente se cumplió. Porque resulta que Olsson y Olofsson, durante el asalto, se organizaron para poner el dinero en sobres, que luego pusieron en la caja postal, junto con los demás papeles del banco. Algunos días después, cuando las furgonetas del transporte recogieron la correspondencia del banco, dichos sobres se enviaron regularmente, sin que hubiera ninguna sospecha de que el dinero robado pudiera quedarse allí. Los criminales lo recuperaron años después, cuando pudieron volver a su casa, y cuando ya, de todas formas, el crimen del robo había prescrito.
Lo malo conocido, cuando no integrado, tiene aquella habilidad que todos nosotros hemos querido tener alguna vez: viaja en el tiempo.
Numerosas son las camisetas con meme que han surgido en el año de pandemia. Una de las que más me ha gustado, está inspirada en Regreso al futuro. La célebre película de Zemeckis de 1985, advierte a Marty que, haga lo que haga, nunca vaya a 2020.

Nos gusta porque es lo que pensamos, si no todos, por lo menos muchos. 2020 es un año para olvidar, dice el meme. Pero evidentemente, también nos hemos olvidado de los años anteriores: incluso como eran las cosas en 2018 o 2019.
2020 sería, para un futuro Marty, un lugar al cual volver una y otra vez, porque es un año rico en Thanatos, no solo porque la muerte se ha impuesto con toda su fuerza si no también porque es un año que de cierta forma nos ha obligado a todos a dejar cosas atrás, a experimentar perdidas: de puntos de referencia, de libertades, de relaciones cercanas y lejanas. Hemos perdidos nuestras ciudades, nuestro día día. Muchos han perdido a sus padres y abuelos. 2020 ha arrasado con la vieja generación.
En el calendario chino, 2020 es el año de la rata, animal que por excelencia pasa su tiempo en la tierra, escondida, encerrada en la podredumbre. Y nos olvidamos que al mismo tiempo tiene la capacidad para subir, pegado a la pared, tan alto como quiera. La rata es nuestra conexión con lo profundo y visceral, y lo alto y espiritual.
2020 no puede que ser un año de maceración en la podredumbre, porque, como en un invierno largo, nosotros también debemos dejar que la tierra en la cual plantamos las semillas de nuestra vida, se renueve. No se puede renovar si no dejamos que pudra primero.
Pero no se trata de quedarse en 2020, ni mucho menos en 2019, en 2018, o en cualquier año o cualquier movimiento anterior. Viajar al pasado no es lo mismo que quedarse allí. El punto de Volver al futuro no es lo de ir al pasado para alterar el futuro: el punto es que el pasado tiene su porque, y más bien vale aceptarlo. Es solo cuando lo aceptamos así como es que también podemos aceptar a nuestro presente.
Es así que nos libramos de lo malo conocido.
Me entristece que sea una joven la que nos invita a votar por lo malo conocido.
A los jóvenes, defensores del Emperador o no, le deberíamos enseñar a soñar —no tanto con los monasterios (Lo privado), las iglesias (Lo publico), o el Emperador (El dinero y el control)— si no con un diálogo entre todos ellos. Porque es sólo a partir de un diálogo, uno en el cual pongamos la atención en lo malo conocido y las lecciones que nos quiso enseñar, que podremos abrirnos a lo nuevo. Lo nuevo —que sí que está por descubrir— exige coraje, valentía, porque se encuentra más allá: de las dinámicas de poder, del miedo, y de lo que queremos defender.
Lo nuevo está más allá: de lo malo conocido.
Quieres el apoyo de un facilitador para transformar algun “malo conocido” que te llevas dentro? Contactame para una sesión gratuita de 45 minutos, siguiendo este enlace: https://calendly.com/stefania-thecrownedmountain/free-coaching-call?month=2021-05
메타데이터
- post_id
- ebbeadf030f4
- slug
- el-monasterio-las-iglesias-y-el-imperador-crónica-de-una-elección-que-nos-tiene-rehens-ebbeadf030f4
- url
- https://medium.com/@stefania-montagna21/el-monasterio-las-iglesias-y-el-imperador-cr%C3%B3nica-de-una-elecci%C3%B3n-que-nos-tiene-rehens-ebbeadf030f4
- canonical_url
- https://medium.com/@stefania-montagna21/el-monasterio-las-iglesias-y-el-imperador-cr%C3%B3nica-de-una-elecci%C3%B3n-que-nos-tiene-rehens-ebbeadf030f4
- author_url
- https://medium.com/@stefania-montagna21
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-06-23 19:38:28