Háganos un favor
Por: Alejandra Torres Puche
Háganos un favor
Por: Alejandra Torres Puche
Si usted está leyendo esto es porque está escrito especialmente para llegar a sus manos. Contrario a lo que pueda creer, este texto no busca desviar su opinión política ni pedirle que se quite la “venda de privilegios” que le hace concebir la manifestación social como una tragedia. De hecho, es una invitación a dialogar desde el carísimo conocimiento con el que ha cimentado su personalidad petulante y violenta. En caso de sentirse incómodo o incómoda tras leer esa frase, por favor quédese un poco más, este mensaje es para usted. Bien sea porque el hecho de leer esto lo excluye del pequeño pero importante porcentaje de colombianos que no saben hacerlo, o porque tiene la posibilidad de sentarse a leer mis palabras desde algún dispositivo electrónico, usted es ahora sujeto de una responsabilidad nacida de su posición. No me malentienda, estas facilidades no representan, en sí mismas, una injusticia. De hecho, me alegra profundamente que ambos podamos gozar de ellas y aprovecharlas para contribuir a la mejora de la realidad compartida. Los instrumentos que poseemos como estudiantes, como docentes y como profesionales en cualquier área no son, en contra de lo que muchos se empeñan en pensar, meros logros y oportunidades que explotar en beneficio propio. Por supuesto, usted está en la obligación de realizarse como profesional; pero también está en la obligación de ejercer como ciudadano. Esto se debe a que, por incómodo que nos resulte, nuestras universidades, colegios y empresas no están construidos sobre las nubes, sino que se encuentran inexorablemente teñidos por los colores de nuestro país. Lo que busco con esta afirmación no es invitarlo a marchar, ni a difundir información sobre las exigencias del paro, si eso no es lo que usted quiere hacer. Mi verdadero objetivo es pedirle que utilice sus medios y sus conocimientos para sentar precedentes en un país en el que la primera opción ante cualquier desacuerdo es lanzar una trompada o un hijueputazo. No me importa lo que usted piensa del paro, o si cree que Iván Duque es el mejor presidente de la historia colombiana; ni siquiera me importa si usted piensa que su vida vale más que la mía porque decidí estudiar literatura. Lo que realmente me interesa es pedirle un favor: rompa la cadena de violencia que ha sido, en realidad, el eterno verdugo de Colombia.

Resulta más preocupante que doloroso pensar que, tras la inmensa inversión en una universidad y las largas horas que usted ha dedicado al aprendizaje y desarrollo de su papel como profesional, decida unirse a la extensa tradición de violencia que nos ha traído hasta aquí. Y no, la violencia no es solamente tratar de quemar a un grupo de policías, ni sacarle los ojos a un manifestante con balas de goma; la violencia es también cuando usted decide acaparar el conocimiento y las herramientas que tiene en vez de invertirlo en un diálogo respetuoso con su contraparte. La violencia, en otras palabras, es cuando usted prefiere anteponer sus prejuicios y su rabia al respeto que merece la persona que no comparte sus ideas. La violencia es desperdiciar todo lo invertido en su educación al proferir un insulto antes que una explicación informada. La violencia es un economista que prefiere tildar a sus opositores de idiotas antes que apostar por el conocimiento que ha adquirido en su universidad. La violencia es también un profesor de derecho que opta por echar a su estudiante de clase sin antes comprender cómo la ha afectado la situación que se nos asoma por la ventana. En fin, ya entenderá usted que la violencia es muchas cosas que no solamente suceden en la calle, y que es capaz de colarse por los resquicios de las instalaciones más costosas de nuestro país.
Me incomoda profundamente sentir la necesidad de mostrarle el camino indicado, eso es algo que usted mismo debería ser capaz de discernir. En circunstancias normales, no me interesaría en lo más mínimo si mi lector es aquella persona que se levanta de la mesa manoteando y profiriendo groserías; todos hemos sido esa persona. No obstante, hoy me encuentro con la necesidad de encarar a una gran variedad de personas que solamente pueden ser reunidas en los espacios virtuales a los que la pandemia nos ha relegado, para rogarles que hagan honor a su educación. Comprendan que la diferencia entre callar a alguien en una reunión de zoom y hacer sangrar a otro colombiano sólo reside en el medio en el cual se enmarcan estas acciones. Dejando a un lado su orientación política, su declaración de renta y quién cubre los costos de la educación que recibe, es innegable que todos estamos soportando en menor o mayor medida el peso de años de violencia, y que se hace imperativo un llamado a transformar nuestras maneras de interacción. A mis compañeros universitarios les ruego que pongan su conocimiento en pro de construir diálogos respetuosos e informados; la teoría no está hecha para quedarse escrita en los cuadernos, sino para ser compartida y puesta en práctica. Colombia necesita jóvenes dispuestos a abogar por sus creencias y por sus principios, profesionales que reconozcan el valor del otro y que sean capaces de enseñar al mismo ritmo al que aprenden. La información no está allí para ser acaparada, está allí para ser utilizada en discursos congruentes con la realidad fragmentada de nuestro país. Su título universitario no está allí solamente para garantizarle una oficina de ventanas grandes, está allí para señalar la responsabilidad que trae consigo tener educación en un país profundamente desigual.

A los estudiantes de colegios públicos y privados: su vida política no comienza en las urnas a los 18 años. Ustedes tienen la responsabilidad de formarse como personas respetuosas que trabajan en aras del beneficio común. Este es un recordatorio desesperado. La violencia se ha escapado del discurso para manchar las calles de sangre y todos estamos en responsabilidad de ofrecernos como cimientos para edificar una Colombia renovada, revestida de Paz. Haga un intento por reconocer lo ajeno como algo válido, como producto de una subjetividad distinta a la suya, y esté dispuesto a invertir sus conocimientos y su civismo en diálogos que edifiquen. Lo que le pido en este momento es más que simple tolerancia, lo que le pido en este momento es re-entender su educación; reconocer el deber que tiene como ciudadano de contribuir con un ejemplo transformador. Tenga claro que la pobreza no es solamente un término fabricado en la academia: la pobreza es no tener la tranquilidad de que será cuidado cuando se enferme; es comerse un plato de arroz sin saber cuándo va a volver a probar bocado; es pedir inútilmente una vacuna para su mamá. Y que usted no la haya sentido, no significa que no exista. Entonces háganos un favor: pare un segundo y repiense su educación como una herramienta que trasciende las aulas y los títulos.
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