Por la Fe sabemos
🎙️P. Francisco G. C. (Pancho)
Por la Fe sabemos
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🎙️P. Francisco G. C. (Pancho)
Estamos con Jesús, rodeados de una pequeña entusiasta multitud, que está queriendo escucharle. Acabamos de ser testigos de ese portentoso milagro de la multiplicación de los panes, y vemos cómo la gente está expectante; quieren escuchar al Maestro.
Estamos en Cafarnaúm, el mar se escucha a lo lejos; el lago de Tiberíades. Y estamos en el atrio de la sinagoga, rodeados –como decíamos–, de mucha gente. Y el Señor empieza a explicarnos, aprovechando este entusiasmo y la cantidad de gente; nos empieza a explicar lo que será una gran promesa que en su momento desconcertará a muchos de los oyentes.
“El que come mi carne; de pronto nos dice; y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.
Y evidentemente descubrimos entre la gente el desconcierto. Empiezan a hablar unos con otros, a preguntarse si realmente escucharon correctamente lo que dijo el Maestro. Y Jesús, dándose cuenta de ese desconcierto, no va para atrás; no se arrepiente, no trata de “suavizar” su discurso, sino que sigue adelante: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.
Y entonces, la reacción de algunos es tremenda. Nos llama la atención que esos mismos que estaban tan entusiasmados con el Señor, de pronto cambian totalmente de actitud. Algunos empiezan a criticarle abiertamente, y a marcharse.
Oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: “¡Dura es esta enseñanza! ¿Quién puede escucharla?”, y desde entonces, ya no estarán con él. Tendría que haber sido duro para Jesús; está prometiéndonos la Eucaristía, este formidable regalo que hace para la humanidad entera, para sus discípulos, para la Iglesia.
Y, sin embargo, muchos de ellos; porque no entienden, porque las palabras de Jesús les resultan duras; deciden dejarle. Después estar meses siguiéndole, después de haber visto milagros, después de que ese modo de enseñar los impresionaba a todos; ahora, en este momento, parece como si todo se les olvidara.
Y por algo que no entienden –que es muy fuerte, es verdad, porque también tenemos que meternos en el momento y escuchar a alguien que nos quiere dar a beber su sangre y a comer su carne; hoy tú y yo, en el siglo XXI, entendemos a qué se refiere el Señor, pero en aquél entonces sería durísimo–.
¿Qué sucedió con ellos? Les faltó la fe. Entonces Jesús se gira con sus apóstoles, los más cercanos, estamos ahí, nosotros también le podemos escuchar; y pregunta con firmeza –aunque entendemos en su mirada la tristeza con la que pregunta–, ¿Ustedes también quieren irse?
Y gracias a Dios, también en el desconcierto que reina entre los apóstoles; Pedro se adelanta y contesta primero que nadie, como tantas veces; y agradecemos escuchar esas palabras de Pedro, que de alguna manera materializan lo que también tenemos nosotros en el alma, lo que tienen todos los apóstoles: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
¿Cómo nos vamos a ir de Ti, Señor, si te hemos oído tantas veces decir tantas cosas que nos llenan el corazón? ¿A quién iríamos, Señor?
Ante esta promesa de la Eucaristía, ante esa respuesta de algunos de incredulidad, de abandono; el Señor, con valentía, les da la opción, nos da la opción a los más cercanos.
Jesús siempre exige la fe. Sólo con la fe y desde la fe obtendremos los frutos que Él nos quiere dar. ¿Y qué es otra cosa que la fe; lo que necesitamos para acercarnos a la Eucaristía?, porque la vista, el gusto, el tacto se equivocan, nos dice Santo Tomás en el Adorote Devote: pero basta el oído para creer con firmeza. Es precisamente lo que oímos de parte del Señor, lo que nos hace creer con firmeza.
La Eucaristía es un misterio de fe, porque requiere y presupone esta virtud teologal. Y tú y yo lo que tenemos que hacer es pedirla, y también, agradecerla. Tenemos esa fe en que Jesús está verdaderamente presente en las especies del pan y del vino.
Le agradecemos al Señor que ha querido escogernos; de entre tantos hombres y mujeres del mundo; para que fuéramos de esos que sabemos que ahí está, que disfrutamos de su presencia, que le podemos recibir y que nos sentimos acompañados.
Requerimos de la fe. Por la fe sabemos que es Cristo mismo quien celebra la Eucaristía. El sacerdote que vemos al pie del altar; mejor o peor dispuesto; presta al Señor sus manos, su voz. Pero es Jesús mismo el Sacerdote principal; por eso las palabras de la consagración están en primera persona: “Esto es mi cuerpo…”, el sacerdote no podría decir eso si no fuera el mismo Cristo quien pronuncia esas palabras.
Por la fe también sabemos que Jesús está real y verdaderamente presente bajo las especies del pan y del vino; con su Cuerpo, con su Alma, con su Sangre y su Divinidad. Estas palabras, esta fórmula que nos da a conocer el Concilio de Trento y que son todo un acto de fe en la Eucaristía.
En la ceremonia de bienvenida de la JMJ en Australia, celebrada por Benedicto XVI. El Papa se preguntaba, ¿cuál era el motivo que llevaba a tantos jóvenes a emprender un viaje tan largo para participar en esa actividad?
“Están deseosos, decía, de tomar parte en un acontecimiento que pone de relieve los grandes ideales que los inspiran, y regresan a sus casas llenos de esperanza, decididos a contribuir en la construcción de un mundo mejor.
Para mí es una alegría estar con ellos, rezar con ellos y celebrar la Eucaristía junto con ellos.
La JMJ me llena de confianza en el futuro de la Iglesia y en el futuro de nuestro mundo”.
Claro, son tantos jóvenes del mundo, miles, millones que se reúnen junto al Papa para participar con él de la Eucaristía. Por medio de la fe sabemos también que asistimos al Calvario; estamos misteriosamente presentes cuando estamos en la Misa, en aquel Viernes Santo junto a Juan, junto a María; desaparece, de un modo misterioso el espacio y el tiempo, y el Señor nos hace protagonistas de su propia Pasión, de su propia entrega.
No es “una simple representación”, no es un recuerdo; es que se está llevando a cabo, es la misma entrega de Jesús. Y nosotros, por la fe sabemos que estamos ahí, junto a la Cruz.
Por la fe también somos conscientes de que Dios nos habla en las lecturas, que son esos textos inspirados; que forman parte de la Sagrada Escritura, en los que Dios nos habla de nuevo; no es simplemente la lectura de cualquier cosa.
Se planteaban; con la “apertura” litúrgica, mal entendida, que sucedió al Vaticano II, pues, algunos se preguntaban si, sabiendo que hay textos de otro tipo –no forzosamente bíblicos–, pues, que traen consigo “una sabiduría” tan profunda desde el punto de vista humano; si no valdría la pena incluir en las lecturas de la Misa, pues, textos de este tipo; para aprender de otras culturas, para recordar el tesoro cultural de la humanidad.
¡Y esto es una locura plantearlo! Porque esos pueden ser muy valiosos, muy ricos; pero estamos ante estos textos inspirados, es, verdaderamente, la palabra de Dios.
Y me llamó la atención que hace poco una buena mujer, que saludé en algún establecimiento, me vio vestido de sacerdote y entablamos una conversación. Y me comentó esto, me dijo: “¿No valdría la pena que incluyeran dentro de la Misa textos de otro tipo?”.
Y le respondí esto: “¡por supuesto que no! No es quitarle valor a ese otro tipo de textos; sino, más bien, darnos cuenta que es Dios el que nos habla a través de los textos de la Misa”.
Por la fe sabemos que los ángeles asisten a absortos y comparten con nosotros la Misa alrededor del altar. Y podemos pedirle a nuestro Custodio que nos ayude a estar devotamente presente, con cariño en la misa.
Mucho podríamos decir. Y podemos terminar este rato de oración diciéndole al Señor: Señor, ¿a quién iremos, a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros sabemos que Tú eres el Santo de Dios, el Hijo unigénito del Padre; el que ha venido para entregarse por nosotros para cumplir la voluntad del Padre.
Le pedimos a nuestra Madre Santa María, Mujer Eucarística, que nos ayude a vivir con devoción y con cariño, la Santa Misa.
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- 2026-06-20 20:29:01