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En una discoteca después de 5 años

Se acercaba la hora acordada: once de la noche. Esa seria la hora en que saldría de mi casa a encontrarme con las demás. No podría ser…

Metaforica.podcast · 2025-09-12 15:58 · 1 claps · 4.8 min read
#maternidad #identidad #experiencias #volver #nuevos-comienzos
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En una discoteca después de 5 años

Se acercaba la hora acordada: once de la noche. Esa seria la hora en que saldría de mi casa a encontrarme con las demás. No podría ser antes porque los jueves son las noches de deporte de mi esposo. Me dediqué a hacer cosas que mi “yo cansada de mañana” agradecería. Lavé todos los platos, ordené todos los juguetes re-asignados a nuevos sitios por su dueña y cuando ya no quedó más por hacer fui a mi cuarto a esperar que un milagro suceda y así aparezca un atuendo con el que me dejaran entrar al lugar sin problema.

Tuve que preguntar que te tienes que poner (y que no). Antes jamás hubiera preguntado, hubiera ido no más. Sonrisa puesta, buena actitud, pelos revoloteados para un lado y un polito que mostrara algo de piel. Con eso, nunca tuve problema. Pero habían pasado demasiados años y me sentía incapaz de creer que las cosas no habían cambiado. La recomendación explícita fue no llevar zapatillas, una de mis cosas favoritas de la vida para usar. En mi closet había solo un par de zapatos que no eran zapatillas y eran tacos de plataforma. “Son un par de horas, sí puedo” — pensé mientras me ponía los únicos zapatos de Jessica Butrich que conservé de mis días de formalidades vestimentales. También me advirtieron del frío así que encontré un pantalón negro palazo que me permitiría esconder dos capas más de ropa debajo sin problema.

Estaba lista para pedir mi taxi. Llegó mi esposo, me regaló un cumplido (siempre lo hace, es muy lindo… puedo tener una caca en la cabeza y me va a decir algo bonito). Con total paz me fui de casa. A las once de la noche. Una hora en la que suelo estar preocupada por como va a ser mi día mañana por dormirme tan tarde. Pero esa noche no, estaba llena de vitalidad. Miraba con ilusión el camino. Costa verde fue la ruta elegida. Las olas rompiendo la quietud con su misticismo, su fuerza pausada y la vez tan intimidante para mi. Hay algo que me atraía de lo que veía, algo que casi me provocaba meterme al agua en ese momento.

Eran las 11:30pm y no estaba cansada. Estaba lista para empezar la noche. Pensé que me iba a desconocer y en realidad me conocía mejor que nunca. Esto me gustaba ser, salir con calma a la bulla. Decidir por mi cuenta que hoy era la noche perfecta para bailar. Me sentía cómoda en mi ropa (en mis zapatos no tanto) y me acordé que de eso se trataba para mi verme bien. Era sentirme bien, sentirme cómoda. Toda esa comodidad me llevaba al estado relajado de sentirme yo. Nada más sexy que sentirse uno mismo.

Entré como estrella de rock, salteando la cola (o la mancha desordenada de gente) en la puerta. Salió una amiga y me alcanzó un brazalete para la zona VIP. Como magia, la persona de seguridad me apuntó y me entregó el brazalete abriendo a la gente para que pueda pasar. “¿Quien será ésta?” — habrán pensado los demás con asombro. Y la respuesta era: Nadie, solo alguien con buenos amigos con contactos relevantes en el mundo de la fiesta. Las pocas veces que he visto como Carrie Bradshaw (de Sex and the City) y sus amigas entran a los clubs me parecido siempre irreal. Pero ahí estaba yo, viviendo la misma experiencia que me había encantado vivir en mis 20’s. Cada vez que pasaba, me sentía especial. Ahora en mis 30's, me sentía agradecida y privilegiada. Es el premio de haber crecido en una ciudad y haberte quedado en los años en donde esas conexiones se forman. Sospecho que me hubieran dejado entrar con zapatillas — dicho sea de paso jeje.

Al entrar, subimos por la puerta especial. Para ir a esa zona donde todos nos conocemos (pero a veces tenemos que actuar como si no lo hiciéramos). Yo le sonreía a todos, un poco menos a los que tal vez se podrían acordar de mi. Mucha miradas cruzándose. Tal vez me recordaban algunos. Nos apretamos por decision, hombro con hombro. Todos contentos en la zona especial. Teníamos una mini comitiva, eso era bonito. La cantidad de veces que pensé en algo, creo que se aproxima a cero. Escuché la música, el ritmo reggeatonero que ningún latino puede ignorar. Me estaba moviendo, en mi sitio. Hablando y moviéndome de lado a lado. Mi clásico cansancio nocturno se había evaporado. Tal vez era el resultado de todo lo que había estado haciendo hasta ese momento: suplementos, vitaminas, mejores hábitos. Tal vez era la emocion de estar bailando, tener amigas cerca. Ser más que madres, que esposas, que responsables de algo…solo ser. Ser la noche, ser la cancion que toque (aunque no te guste del todo) y bailar.

Me habló un chico, amigo de mi hermano. Muy lindo chico, me parece un tipazo. Me preguntaba por mi hermano, me preguntaba un poco por mi vida. Es de esas personas que un tema los une pero no sabes que más podría ser tema de conversación entre los dos. Me noté nerviosa. Me encantó. “Aún no sé conversar con la gente de manera relajada” — noté. Me queda tanto por aprender, fasinante. De ahí tocaba la decision de a qué le doy mi atención: al grupo de musica tocando, a un amiga en especifico, a una conversación periférica, al famoso “people-watching”. O me acordé de una cosa más que solía hacer: actuar para los demás. Esto funciona así: me imaginaba como me veía para el resto. Bailando de cierta forma, haciendo ciertos gestos. A veces era para un audiencia especifica: Ese chico que me mira de lejos, que me ha notado y está analizando lo que hago. Que graciosa y a veces, que flojera esto.

Esta vez hice algo distinto, algo que había aprendido en mis clases de baile: cerré los ojos. Sentí la música, la energía alegre de la gente. Sentí la compañía de mis amigas. Sentí el flow de la conversa. Y pude estar ahí, eligiendo prestarle atención al momento. A nada fijo. Miraba la banda. Cerraba los ojos. Conversaba con alguien. Cerraba los ojos. Filmaba un video de un momento gracioso. Cerraba los ojos. Era como si calibrara mi atención cada vez que mis párpados se encontraban. No sentía ansiedad por decidir a que hora irme, ni preocupación de que hacer si me quería quedar. Creí que sería perfecto. Todo encajaría como debería porque así funciona esto: Si estas acá, todo se acomoda.

Después de risas, bailes sensuales, bailes disforzados, anécdotas compartidas y una botella de agua llegó el momento de partir. Me fui sola, escuchando unas canciones más que faltaban agregarle a la noche. Llegué a mi casa, todo estaba igual como lo dejé. Todo menos yo. Yo había vuelto un poquito a ese lugar donde me podía sentir. No porque estoy haciendo algo, persiguiendo a alguien, cuidando, reparando, solucionando o estudiando. Solo por ser, por estar en un momento. Hubiera pensado que salir un jueves en la noche con amigas a una discoteca seria una decisión irresponsable. Ahora pienso que no, que la irresponsabilidad más grande es dejar de sentirse a uno mismo.

Más de esto, es algo que simplemente no se puede descuidar.


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