LA PELOTA AL PISO: FÚTBOL, IDENTIDAD Y LA RESISTENCIA DE LA ALEGRÍA POPULAR.
En Argentina el fútbol no es un deporte. Es la prueba de que otro mundo es posible. Y eso es lo que no pueden permitir que veamos con…
LA PELOTA AL PISO: FÚTBOL, IDENTIDAD Y LA RESISTENCIA DE LA ALEGRÍA POPULAR.
En Argentina el fútbol no es un deporte. Es la prueba de que otro mundo es posible. Y eso es lo que no pueden permitir que veamos con claridad.
Porque si entendiéramos que un pibe pobre puede ser el mejor del mundo, que la comunidad produce más que la plata, que la alegría colectiva es un acto político — ¿qué pasaría con el sistema? Si supiéramos que es posible, ¿quién nos pararía?

Lo que proyectamos en nuestros ídolos
Hace tiempo que pienso en cómo Argentina construye sus ídolos. No son los que ganaron todo el dinero del mundo. Son los que de alguna manera lograron convertirse en gigantes sin traicionar de dónde vinieron.
Maradona. Messi. Mercedes Sosa. El Indio. Gilda. El Potro.
La gente te dice “son los mejores en su oficio” y está bien, es verdad. Pero eso no explica nada. Porque hay mejores en todos lados. Lo que pasa con estos nombres es diferente. Es que el pueblo les pone encima lo que estructuralmente se nos quita a diario: la posibilidad de que alguien como nosotros esté en el centro del mundo sin arrodillarse.
Eso nos salva. Aunque sea un rato, aunque sea ilusión, aunque no resuelva nada. Ver que Maradona levantó un mundial con las manos cuando ningún sistema le permitía usar los pies. Ver que Messi llegó a la cima y no negó que venía de un barrio donde no había agua caliente. Eso nos dice algo que el gobierno nunca nos va a decir: que es posible. Que los de abajo pueden estar arriba. Que no es verdad que nacemos condenados.
Y el poder eso no lo perdona.
El club es lo único que nos queda.
Yo crecí cerca de un club. Sabía que era un lugar donde los pibes cuando la casa era un infierno podían ir y encontrar adultos que los cuidaban. Que contenía, abrazaba. Era — es- un lugar donde la comunidad existía de verdad, no como palabra vacía.
Los ídolos argentinos nacen de ahí. De una red de clubes de barrio que llevan décadas enteras sosteniendo que lo colectivo es posible. No porque sea rentable. Porque es necesario.
Cuando dicen que quieren convertir los clubes en Sociedades Anónimas, quieren decir: queremos que lo único que le queda a la gente de espacio comunitario se convierta en un negocio más. Queremos privatizar hasta la alegría. Queremos que la gente vea fútbol en streaming, desde su casa, fraccionada, sola, consumiendo. No que se vea en una tribuna gritando juntos.
Es la misma lógica del capitalismo: si no podés explotar directamente, privatiza. Si no podés ganar dinero, cierra el acceso.
El odio que viene del norte.
Hay algo que la gente del imperio no soporta: que un país pobre sea feliz. Y es específico. No les molesta que seamos pobres. Les molesta que seamos pobres y podamos todavía hacer cosas que demuestran que otro mundo existe.
Un club de barrio produce al mejor jugador del mundo. Once tipos pueden representar el sentimiento de millones. Un pueblo entero puede salir a la calle sin preguntarse cuánto dinero tiene en el banco y solamente gritar, abrirse, reconocerse.
Eso no entra en ningún modelo de predicción capitalista.
Por eso los medios de comunicación del norte atacan obsesivamente a Messi, a Maradona, a nuestros ídolos. Por eso hablan de “compra de mundiales” y “favores”. No es análisis. Es que no pueden explicar por qué la periferia domina lo que ellos inventaron. Cuando no pueden explicar el mérito, recurren a la sospecha. A deslegitimar. A decirnos que no merecemos estar ahí.
Mientras tanto, nuestro pueblo padece ajuste. Vive precario. Lucha a diario. Y nos acusan de comprar la gloria. Como si la felicidad fuera un crimen que debe ser castigado.

Fotografía: AFA
Los ídolos y sus contradicciones — o por qué está bien que sean complicados.
A los ídolos populares se los quiere limpios. Se los quiere coherentes. Se los quiere que digan siempre lo correcto, lo políticamente correcto, que hagan siempre lo correcto. Pero eso no existe. Y probablemente no deba existir.
Maradona se sacó fotos con políticos de todo tipo. Habló con reyes, con presidentes, con empresarios y también con el pueblo. Y cuando abría la boca, decía cosas que dolían. Eso que parecía una contradicción era solo la vida real. Un tipo que circula en espacios de poder pero que nunca pierde de vista de dónde viene.
Messi visitó la Casa Blanca en marzo. Se sacó fotos con Donald Trump. Una orden protocolar, un evento de campeones, la tradición americana de recibir a los ganadores. Y bueno, fue. ¿Podría no haber ido? Claro que sí. ¿Fue un acto de traición? No, no lo creo. Fue un tipo que juega en Estados Unidos, recibió una invitación oficial y fue. ¿Podría haber aprovechado la oportunidad para denunciar la guerra? Sí, pero no lo hizo. ¿Lo podemos crucificar por eso? No. ¿Lo podemos cuestionar? Sí, y también, a pesar de todo, quererlo.
Tres meses después, en las semifinales del Mundial, Messi se dedica a hablar de la gente que no llega a fin de mes. De que “hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo”. Y el gobierno atacó. El vocero presidencial dijo que desde el gobierno “no coinciden” con eso. Que no es verdad que la gente no llega a fin de mes. Y eso es algo obsceno y descarado, que después de que Messi nombra la realidad — la realidad que todos vivimos, que el pueblo vive — el gobierno se le lance encima diciendo que miente.
Maradona también vivió eso. Se movía en espacios complicados, se relacionaba con gente de poder, pero cuando algo lo indignaba lo gritaba. La contradicción es parte de ser un ídolo popular que existe en la realidad, no en un santuario. Es parte de la vida. Es la vida de cualquiera que viene de abajo y de repente se encuentra ocupando espacios que no estaban pensados para nosotros, pero donde se planta bandera en nombre de todos los demás.
Lo importante es qué pasa cuando te dan un micrófono y el mundo está escuchando. Y Messi eligió usar ese micrófono para decir la verdad. Y eso incomodó a quienes gobiernan. Y eso es parte de la contradicción y para mí, sin dudas, además es un logro.
La revolución que vino desde las emociones.
Alguien me dijo que esta Selección rompió algo cultural que no se veía venir. Que después de toda una historia donde se enseñaba que ser ‘macho’ era ser insensible, estos pibes llegaron gritando que está bien llorar. Que la fortaleza no es dureza.
Los mismos que meten goles de cabeza y ganan finales, terminan el partido abrazándose, llorando sin vergüenza frente a las cámaras. Hablan de psicólogo como si no fuera una debilidad, se cuidan entre compañeros, piden perdón cuando fallan. Y esto no es un mero detalle de color; es un debate profundo sobre los cuerpos y el mandato. Al sistema le sirve el varón de las clases populares dócil a la violencia, endurecido para soportar la explotación sin quejarse, aislado en su propio dolor.
Para el pibe de un barrio que se crió escuchando que los hombres no lloran, eso es una bomba ideológica. Porque los ve en la pantalla y se da cuenta de que la crueldad que le enseñaron para sobrevivir no es lo mismo que la fortaleza. Que es posible ser el mejor del mundo sin volverse un engranaje frío. Que la ternura entre iguales es, en el fondo, nuestra mayor herramienta de resistencia. Que cuidarse en comunidad es revolucionario.
La alegría que el poder no puede domesticar.
Lo que el imperio no entiende — o lo entiende pero no lo quiere reconocer — es que en un país pobre, una alegría colectiva no es un entretenimiento. Es un acto de resistencia.
Porque cuando millones de personas se abrazan en la calle, cuando gritan juntas, cuando reconocen en un ídolo a alguien que no negoció su origen — eso demuestra que la lógica del capital no lo controla todo. Que hay espacios donde la gente puede estar junta sin que nadie la esté vendiendo algo. Que es posible la felicidad sin mercancía.
Eso no se vende. Eso no se privatiza. Eso es lo que duele. Porque mientras haya un club de barrio que produce grandeza, mientras haya ídolos que se animan a hablar la verdad, mientras haya pueblos que se reconocen en sus héroes — la resistencia sigue siendo posible.
Y no hay ajuste, ni odio, que pueda parar eso.

Fotografía: AFA
메타데이터
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