La foto que no tomé
Cosas que pasan.
La foto que no tomé

No pues sí había subido tantito, como unos diez centímetros, más o menos. Eso era lo que comentábamos sobre el nivel del agua del estanque, comparándolo con días anteriores.
En eso estábamos cuando, detrás de nosotros, escuchamos una voz acompañada de pisadas que nos rodeaban. La voz dijo:
— ¿Pos qué andan haciendo?
Nos giramos para ver quién era el que nos hablaba, y al hacerlo nos dimos cuenta de que estábamos rodeados por unas cinco personas de “esas”.
El que nos habló era güero, como de un metro sesenta de estatura, flaco, todo entierregado. Le calculamos unos veinte años, cuando mucho. Su semblante era tranquilo, incluso sonriente, como si fuera alguien conocido, aunque nunca en la vida lo habíamos visto. Llevaba un chaleco antibalas negro, ya roído por el uso y el sol. Para rematar, traía un arma larga; no puedo decir exactamente cuál era. La única que ubico es el cuerno de chivo, pero esa no era, aunque sí de ese estilo.
Otro era moreno, con toda la finta de ser del sur del país. Mi prejuicio decía: oaxaquita. A mi ver parecía militar, aunque sin uniforme oficial. Vestía ropa táctica, igual de polveada y desgastada que la del güero. Daba la impresión de que llevaban varios días en el monte. Los otros los vimos con menos detenimiento: a simple vista parecían niños, no pasarían de los dieciséis años. Eran morenos, wirárikas. Se veían entre asustados y felices, o como si quisieran aparentar que estaban a gusto, pero en el fondo no. Todos igual: sucios, cenizos, con el cabello desordenado y costras de mugre. No se veían famélicos, pero tampoco llenos de vida. El que parecía militar se notaba que era el líder; los demás seguían sus movimientos, como esperando indicaciones.
En mi pecho traía una Nikon D300s. Es un modelo viejo, pero en su tiempo fue una cámara de gama media. En eso andábamos mi compañero y yo: tomando fotos, buscando toparnos con algún venado, una víbora, algo salvaje, aunque fueran pájaros. Además de paisajes. El chiste era documentar la vida silvestre del pueblo para luego publicar lo captado en una página de Facebook.
Por eso estábamos ahí, en ese estanque. Sin un método formal, monitoreábamos los cuerpos de agua. Es la vieja confiable: ahí se arrima toda la vida del campo. Buen lugar para lo que andábamos tramando… nomás que llegaron “estos”.
Nos hicieron las preguntas de rutina. Una rutina que no debería existir, pero existe: qué hacíamos, a qué nos dedicábamos, de dónde éramos.
Todo lo contestamos honestamente. Más vale decir lo que es y ya.
Salimos airosos del interrogatorio. En ningún momento se portaron agresivos. Yo creo que eso también ayudó a que la situación fluyera.
El güero dijo: — Si trajeran “algo”, pura madre que se quedan. Se hubieran pelado en cuanto nos vieron. Por eso pensamos que ustedes nada que ver.
Y sí, así mero era la cosa.
Luego, uno de los wirarikitas preguntó: — ¿Por qué no nos toma una foto?
Me la pensé, pero dije que sí. Ni modo que lo mandara a la chingada; no estaba en posición de ponerme en ese plan.
Hice como que me descolgaba la cámara del pecho. Aunque todo estaba saliendo bien, sí estaba nervioso. No era muy ágil en mis movimientos; me estaba tardando un poco en acomodarme. Entonces dije:
— Pero, eh… ¿cómo se las paso? Esta cámara es vieja. Hasta que llegue a mi casa podría descargar la memoria en la computadora y ya de ahí mandárselas.
Ahí intervino el que parecía militar: — No, así mero. Es mucho pedo.
Y se canceló lo de la foto.
La verdad, yo no quería traer en mi cámara una foto con “ellos”. Si más adelante, de regreso al pueblo, nos paraba la autoridad — el ejército, por ejemplo — , ¿cómo iba a explicar eso que traía en la memoria? Ya había pasado otras veces: revisan el celular, fotos, mensajes… ¿qué tal que también revisaban la cámara?
No quería comprometerme.
En ese momento tenía lógica. Pero cuando ellos se fueron por su camino y nosotros por el nuestro, la idea empezó a cambiar. Era poco probable que nos detuviera la autoridad; ya tenía días que no se veían por la zona. Y quién sabe, a lo mejor solo hubieran sido preguntas de rutina.
Conforme pasaba el tiempo después de nuestro encuentro con “los malos”, la idea de la foto cambió por completo. Ahora pensaba que hubiera estado bien tener ese momento: un fragmento de la realidad de la región en estos tiempos. Civiles armados en el campo, viviendo en la ilegalidad.
En unos diez o veinte años, esa foto tendría un valor histórico. Como las que ahora veo de la Revolución Mexicana: soldados posando con sus armas en cerros y desiertos de hace más de cien años.
Pero no la tomé.
Y me estaba arrepintiendo.
Íbamos caminando de regreso, en silencio, mi compañero y yo. Cada quien asimilando lo que había pasado. Sin decirlo, íbamos pensando lo mismo. Y cuando por fin lo hablamos, coincidimos:
hubiera tomado la foto.
No para publicarla en redes, sino para tenerla como documento histórico.
Yo, que había estudiado Ciencias y Técnicas de la Comunicación, que había visto aunque sea por encima el periodismo y la fotografía documental, que trabajaba en medios, que tenía como hobby la fotografía de naturaleza… no haber retratado ese momento fue dejar ir una oportunidad de oro.
Sería como fallarle al juramento de la profesión. Aunque tal juramento no exista.
Llegamos al pueblo sanos y salvos. No nos encontramos a ninguna autoridad en el camino. Es decir: bien pude haber traído esa imagen en la memoria de la cámara, guardarla en un disco duro, incluso imprimirla y colgarla en la sala de mi casa.
Al cabo, ¿quién la vería? Solo yo y la gente de confianza que me visita.
Sí me arrepentí.
Y cuando lo pienso, me vuelvo a arrepentir.
Le fallé a mi profesión.
Fin.
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