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La nostalgia como proyecto político

En una época sin promesas de futuro, la política se refugia en el pasado. Pero mirar hacia atrás no nos va a salvar de lo que viene.

Federico Parma in Thinking Aloud · 2025-05-11 14:29 · 0 claps · 2.0 min read
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La nostalgia como proyecto político

En una época sin promesas de futuro, la política se refugia en el pasado. Pero mirar hacia atrás no nos va a salvar de lo que viene.

“Let’s make America Great Again”, “Recuperemos la Patria”, “Rifacciamo l’Italia”: distintos idiomas, misma fórmula. La política del siglo XXI está obsesionada con mirar hacia atrás. En tiempos de incertidumbre y desgaste institucional, líderes de todos los colores ideológicos ya no nos prometen un futuro mejor, sino un pasado perdido. La nostalgia se convirtió en consigna electoral, en identidad de masas, en refugio emocional.

Pero ¿por qué nos convence tanto lo que ya fue? ¿Qué dice de nosotros ese anhelo de volver a un mundo supuestamente mejor?

Vivimos tiempos de crisis económica, climática, institucional… y también afectiva. El futuro dejó de ser una promesa. Hoy los jóvenes tienen peores condiciones de vida que sus padres, y la incertidumbre sobre el destino de nuestras sociedades — y del planeta — es brutal. En ese contexto, la romantización de un pasado más simple, menos cuestionado, más estable (o al menos con la apariencia de serlo), se vuelve atractiva. Reconforta. Ordena. Da sentido.

De ahí nace esta política del recuerdo: volver a los Estados Unidos industriales del siglo XX, a la Argentina liberal de Alberdi, a la Argentina “potencia”, o a la gloria romana de Italia. Pero no es solo patrimonio de la derecha. El kirchnerismo también construyó su relato sobre el peronismo clásico, sobre la sustitución de importaciones, sobre un pasado de derechos conquistados. Lo mismo pasa con la izquierda norteamericana y su idealización del New Deal.

El problema es que tanto mirar hacia atrás nos impide imaginar lo que viene. Nos ancla en un presente lleno de ansiedad, sin horizonte. Y sin horizonte, no hay política posible. La revolución digital, la sobrecarga informativa, el impacto de las redes y de la inteligencia artificial no van a revertirse. El desafío no es volver al mundo de antes, sino aprender a habitar este nuevo mundo sin que nos devore. Usar la tecnología sin que nos use. Ser sostenibles sin idealizar un pasado preindustrial donde la mayoría vivía en la miseria.

La política de hoy está atravesada por lo emocional. Vivimos en un ecosistema simplificado, hecho de reacciones, likes y microestallidos afectivos. En ese paisaje, la nostalgia cumple una función: nos calma, nos ordena, nos permite lidiar con un presente abrumador. Pero es una ilusión. Una respuesta simple — y falsa — a problemas complejos.

Necesitamos narrativas nuevas. Hacia el futuro. Más valientes. Más lúcidas. Mirar de frente dónde estamos y preguntarnos hacia dónde queremos ir. Porque el pasado, por mucho que lo deseemos, no va a volver. Y quizás la salida no esté en repetir lo que ya fue, sino en construir — por fin — lo que nunca existió.


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