Las buenas bestias
Hace algunos años escuchaba terminar una conversación con estas palabras:
Las buenas bestias
Hace algunos años escuchaba terminar una conversación con estas palabras:
“es medio malo, pero es buena bestia”.
Días después me enteraría que el sujeto de esa oración era yo, mis ex-jefes hablaban con una compañera sobre mí. Está bien. Supongo que es cierto y no pasa nada. Sigo sirviendo café a día de hoy y sigo siendo una buena bestia que escucha conversaciones ajenas. Si algo me ha enseñado este trabajo es a saber escuchar los chismes entre el hervidero de trastes lavándose, la música de fondo de la playlist de base y la emulsión de la leche que utilizo para hacer un cappuccino.

Uno piensa que no hay gran ciencia en servir café. Y tiene razón. Así como hemos inventado el dinero, el tiempo y a Dios también hemos inventado las formas complejas de preparar café; no es nada más que el control de todos y cada uno de los factores: desde la cosecha en la sierra de Puebla hasta que regresan la taza porque el café está tibio. Es básico el espléndido sentido del control en este lugar donde también cabe el más abrumador de los letargos, ese que aparece cuando hay baja venta y nos hace parecer cocodrilos al sol.
Los cocodrilos tienen una forma particular de regularse: abren su boca para atemperarse y para que algunas aves les limpien los dientes. Así exhalan toda la supuesta maldad congregada en su mandíbula. Todo lo hacen con calma. Sin papeleo. Ser una buena bestia es cosa de rutinas para llegar al nirvana por pura casualidad con los colmillos limpios y afilados.
Somos el tipo de seres que no existen hasta que hacemos algo verdaderamente malo. Es que hay que recordar que no solo somos “bestias”, sino “buenas bestias”. Dejamos la potencia de ser crueles abandonada en algún lugar. Y perdimos la capacidad de ser solo bestias. Tenemos un adjetivo maldito que nos juzga como seres benévolos e ingenuos. Un poco idiotas porque no tenemos la capacidad para que nos importen ciertas cosas.
No me malentiendan. No digo que la gente ambiciosa sea esencialmente mala. Admiro a la gente que posee metas, sueños, que desean algún tipo de grandeza vital y que no se quedan mirando un zapato por veinte minutos antes de pararse a bañar. Si las ambiciones de algunos son explorar tierras desconocidas la mía es observar la maleza .Diría Javier Raya, admiro a las personas que
“pueden disponer de su atención como de una herramienta más en la caja de las maravillas de la mente, y pueden comandarla y ponerla ahí donde la necesitan, como un rottweiler, y a los que nada se les escapa”.

Hablando de poetas… Mary Oliver tiene un poema dedicado a las bestias también, bellísimo. La bestia es un poema en esta ocasión.
Esa hermosa y pequeña bestia, el poema, hace lo que le viene en gana. Unas veces anhelo las manzanas pero él desea carne roja. Otras quiero caminar tranquilamente por la orilla pero él prefiere quitarse toda la ropa y sumergirse.
En ocasiones quiero usar palabras diminutas y hacerlas importantes pero comienza a recitar el diccionario, las oportunidades.
Hay días en que quiero recapitular y dar las gracias, poner las cosas en orden y entonces comienza a bailar por la habitación sobre sus cuatro patas peludas, riendo y acusándome de ser escandalosa.
Pero también hay veces, cuando pienso en ti y sonrío, que se sienta enmudecido, con una pata bajo la barbilla, y solamente escucha.
Las bestias hacemos lo que queremos (no es cierto). O lo tomamos con la tranquilidad del que sabe que nuestras acciones no son lo suficientemente significativas en el gran orden del mundo. No tenemos que estar al pendiente de un deadline, ni de una junta con un cliente trasnacional, o de una investigación corporativa para Nestlé, de un experimento que cambiará la microbiología, de una ecuación que será un tatuaje cliché en las muñecas de los adolescentes. Todas esas cosas que parecen esenciales del mundo nos han sido vedadas. No somos encargadas del departamento de marketing, no somos editores de autoras redescubiertas del siglo XX. Las bestias no hacemos cosas sofisticadas como organizar exposiciones artísticas, crear performances, no hacemos networking ni perfeccionamos nuestra gráfica, no hay conferencias, maestrías, doctorados, no tenemos departamentos heredados de nuestros padres, ni un terreno en Tlaxcala donde sembrar jitomates o algún tío que nos meta al negocio de transportes de carga: las bestias no tenemos quién nos enseñe a manejar estándar porque nunca hubo un coche. Las bestias nos despojamos de la meritocracia y el aspiracionismo como los alces se deshacen de sus astas al principio de la primavera. Las bestias no regresamos a casa con tareas pendientes, ni con llamadas fuera de horarios o entregas urgentes. Pero no voy a mentir: las astas vuelven en invierno; cuando el futuro parece estar cerca del rostro y papá se enferma, cuando pensamos en si seremos esta criatura toda la vida… en cuándo llegará nuestro golpe de suerte. O si seremos buenas bestias toda la vida; es entonces cuando la tristeza vuelve a crecer en la cabeza y la resignación pesa entre 20 y 23 kilos y las palabras se convierten en tiempos terribles.
Nos dedicamos a ser buena bestia aunque sepamos que apuntan nuestras cabezas con un rifle.
Ser buena bestia aunque hayamos escuchado el sonido de la bala.
Ser buena bestia aunque veamos nuestro líquido cefalorraquídeo.
Ser buena bestia como para imaginarnos que acarician nuestras espaldas mientras me desangro.
Ese tipo de deshonra y ternura que se acepta implícitamente. Y después la primavera, el sol, la regulación de temperatura… y todo vuelve al ciclo.
Aunque sí. Me gustaría que todos experimentaran, alguna vez, lo que es ser buena bestia (en el sentido estricto de las ambiciones mas no en el de los derechos laborales): renegar, esconderse de las cosas supuestamente importantes, que sobresalgan los diminutos cuernos romos y que a nadie le importe y que nadie les crea lo suficiente como a mí.
Ser una buena bestia. Mansa y, también ¿por qué no? medio mala; terrible, que toma las pequeñas venganzas que se le presentan y no se las dice a nadie. Desechar la grandilocuencia de la ira. Y aceptar que el café está tibio para recalentarlo a punto de ebullición con inocencia. Una bestia de pelaje mullido, que se aletarga con la luz del rencor y los descubrimientos de la traición. Una bestia que intenta no decir nada porque cuando ha intentado hablar de belleza sólo le han salido gruñidos.

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