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Muerte por vida

Carolina acostumbraba a usar un rato de los sábados por la tarde de clima cálido para airearse en el parque. Solía aprovechar para pasear a…

Melina Kloster · 2026-06-13 02:15 · 0 claps · 1.8 min read
#adolescencia #perros #parque #vida
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Muerte por vida

Carolina acostumbraba a usar un rato de los sábados por la tarde de clima cálido para airearse en el parque. Solía aprovechar para pasear a su perro Heit y tomar unos mates respirando un poco de aire “puro”, quizás, degustar alguna preparación dulce que vendieran en el parque San Martín. Su única preocupación radicaba en los posibles encuentros casuales de Heit con algún otro perro de gran porte.

Heit era un perro pequeño, rescatado de la calle una noche de tormenta, lluvia intensa, en la que a un Gran Danes le había parecido propicio arrancarle gran parte de su oreja izquierda.

Heit no sobrepasaba los treinta centímetros de altura, pero desde aquel episodio de la mutilación no dejaba acercarse a ningún otro de su misma especie que superara el medio metro.

Asi fue, como una tarde de marzo, en la que se encontraban jugando a atrapar en el aire y traer un rama caida de un arbol, Carolina lo vio, era un perro alto, con cara de tonto, caminaba al costado de su amo Javier, sin correa, ya que habia aprendido que no debia alejarse mas de cien metros. Le caía la baba.

En vano, Carolina sacó de su bolso caramelos para perros en un intento desesperado de desviar la atención de Heit. El chiquito soltó de su boca la rama en cuanto lo vislumbro y comenzó a ladrar y correr desesperadamente en dirección al grande. Todo lo hacía a la vez, correr, ladrar y mostrar sus pequeños y filosos dientes, los cuales usaría para demostrar que nadie podía volver a meterse con él.

Carolina corría sin pensar tras su fiel amigo en un intento de evitar la tragedia. Tras pocos segundos de recorrido, el chiquito, convencido de su poder y ferocidad se prendió al cuello del grandote tonton. Su diminuta mandíbula se cerraba cada vez más y por debajo de su mentón caía ya un hilo fino de sangre.

Fue entonces cuando sucedió, cada ser vivo presente en el Parque fue testigo del horror: un grito agudo, fuerte, ahogado y en cierto punto con algo de alivio llegó desde el otro lado de la calle. A los tres, cuatro segundos el impacto final, un golpe sordo y seco anunció que aquella joven de pelo castaño había impactado en el piso de la vereda de calle cincuenta luego de saltar del balcón del quinto piso del edificio.

Humanos, plantas y perros parecieron petrificarse. De pronto, un silencio estremecedor inundó la escena. Los autos que transitaban rodeando el parque detuvieron su marcha. Los semáforos se volvieron invisibles. Quienes corrían en el circuito se congelaron.

Heit soltó su víctima instintivamente y corrió junto a su ama en dirección opuesta hacia la zona del suceso, y allí, tendida sobre baldosas amarillentas cargadas de musgo, yacía, ya sin vida, el cuerpo de la adolescente castaña.


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