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Argentina está cara. ¿Y si el dólar no está atrasado?

Por qué el precio de un café en Palermo no alcanza para predecir la próxima devaluación

Matias Figliozzi · 2026-08-09 23:58 · 0 claps · 6.1 min read
#argentina #economia #finanzas #macroeconomics #politica
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Wiki topics: MAC · Macroeconomics ECO · Economy · General

Argentina está cara. ¿Y si el dólar no está atrasado?

Por qué el precio de un café en Palermo no alcanza para predecir la próxima devaluación

Un Flat White en Chueca, Madrid, puede costar €3,50. En una cafetería de especialidad de Palermo, el mismo café cuesta AR$6.500 (€3,75).

La comparación puede hacerse con restaurantes, alquileres, ropa o supermercados y conduce siempre a una sensación parecida: Buenos Aires dejó de ser barata.

Para un argentino, además, esa sensación dispara casi automáticamente otra conclusión: si la Argentina está cara en dólares, el dólar debe estar barato. Si está barato, alguien debe estar haciendo algo para mantenerlo ahí. Y si alguien lo está manteniendo artificialmente bajo, en algún momento tendrá que saltar.

Todos conocemos cómo termina esa película. La vimos con la convertibilidad de Menem. La vimos, bajo un régimen completamente distinto, con Cristina Kirchner antes de la devaluación de diciembre de 2015. Por eso, “el dólar está atrasado” no es solamente una hipótesis económica en la Argentina. Es una memoria.

Y ahí aparece el problema: la memoria sirve para reconocer peligros, pero también puede llevarnos a pelear la guerra anterior.

1. El fantasma del número 73

La Argentina está cara en dólares. Es cierto. El peso se apreció considerablemente en términos reales desde que llegó Javier Milei. También es cierto. Pero ninguna de esas dos afirmaciones demuestra que el dólar esté siendo sostenido artificialmente ni que exista una devaluación inevitable esperando su momento.

El índice de Tipo de Cambio Real Multilateral (TCRM), que compara al peso no solo con el dólar, sino con las monedas e inflación de nuestros principales socios comerciales, está hoy alrededor de 86. En dos momentos que quedaron grabados como extremos de atraso cambiario (el año 2000 y diciembre de 2015, justo antes de la salida del cepo), ese índice estaba cerca de 73.

Hoy, por lo tanto, el peso todavía es aproximadamente entre un 15% y un 18% más competitivo que en aquellos episodios.

Pero ese no es el dato más importante. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿qué economía había detrás de aquel 73?

  • En el año 2000, la Argentina tenía una moneda extraordinariamente apreciada, pero además acumulaba déficit fiscal, déficit externo, deuda creciente y una dependencia extrema del financiamiento internacional. La Convertibilidad agregaba una restricción decisiva: el tipo de cambio no podía acomodar gradualmente el desequilibrio. Cuando el riesgo país empezó a subir, la contradicción fue fatal: la economía necesitaba cada vez más dólares justo cuando el mundo estaba menos dispuesto a prestárselos.
  • En 2015, el mecanismo era distinto, pero la fragilidad era parecida. Había un déficit fiscal enorme, déficit de cuenta corriente, reservas cayendo, cepos por todos lados y nulo acceso al crédito externo. El Banco Central no acumulaba reservas; administraba escasez.

En ambos casos, la apreciación cambiaria era parte de un sistema que consumía dólares y encontraba cada vez más dificultades para obtenerlos. Eso es muy distinto a decir que una cena está cara.

2. La foto de 2026: ¿Dónde está la escasez?

Si la explicación fuera que el Gobierno está “pisando” un dólar que el mercado quiere llevar mucho más arriba, debería aparecer una señal bastante obvia: alguien tendría que estar poniendo los dólares que faltan.

En 2015 los ponía, hasta donde podía, el Banco Central, y lo que faltaba simplemente lo “encepaban”. Hoy ocurre exactamente lo contrario: el Banco Central está comprando dólares a gran escala. Durante 2026, acumuló compras por más de US$ 12.000 millones hacia fines de julio.

Esto no demuestra que exista un “dólar correcto” y que sea exactamente el actual. Pero sí plantea una pregunta incómoda para quienes describen la situación como una repetición de 2001 o 2015:

Si al precio actual sobran divisas y el Banco Central tiene que retirarlas del mercado, ¿dónde está la escasez que obliga a una devaluación?

La respuesta está en la estructura de la economía que hay detrás:

  1. El Estado dejó de generar un déficit fiscal permanente que necesita ser financiado.
  2. La balanza comercial de bienes es superavitaria.
  3. Vaca Muerta genera cada vez más divisas.
  4. La minería empieza a consolidarse como otra fuente de exportación estructural.

El Banco Central no produce ni fuerza ese excedente: lo compra porque existe en la economía real.

3. Cuántos argentinos hacen falta para mover el dólar

El peso sigue apreciándose. Con una inflación cercana al 2% mensual y un dólar que aumenta bastante menos, si la dinámica actual continuara, podríamos volver a ver un TCRM cercano a 73 hacia fines de 2027 — justo cuando la Argentina esté eligiendo presidente.

Ahí aparece el riesgo verdaderamente interesante: no que el nivel de 73 sea insostenible por sus fundamentos, sino que millones de argentinos estén convencidos de que lo es.

Los argentinos no necesitan leer el balance del BCRA para comprar dólares antes de una elección. Tienen memoria. En 2017, con crecimiento, cierto optimismo económico y sin percepción de crisis inminente, alrededor del 10% del M2 buscó cobertura en dólares durante el período electoral. Podemos pensar ese 10% como una suerte de “piso cultural”: una compra preventiva por las dudas.

Hagamos la cuenta:

  • Si el proceso de remonetización lleva el M2 privado hacia un 7% u 8% del PBI en 2027, una dolarización electoral semejante a la de 2017 representaría entre US$ 5.000 millones y US$ 6.000 millones durante los seis meses previos a la votación (unos US$ 1.000 millones mensuales).
  • Si la economía genera US$ 2.000 millones mensuales de excedente y aparecen esos US$ 1.000 millones de demanda electoral, no ocurre nada dramático: el público compra US$ 1.000 millones más y el Banco Central compra US$ 1.000 millones menos. Las reservas siguen aumentando y el dólar no salta.

Una corrida no empieza cuando los argentinos compran dólares. Empieza cuando quieren comprar más dólares de los que la economía puede ofrecer sin perder reservas.

Ahí está la verdadera importancia de llegar a 2027 con una macroeconomía sólida: una economía ordenada no vuelve imposible una corrida, pero le pone una barrera de entrada mucho más alta.

Para que empiece el problema hace falta una segunda ola. Si la demanda crece hasta consumir todo el excedente, el Banco Central deja de acumular. Si sigue creciendo, debe vender reservas o el dólar tiene que subir. Y recién entonces puede empezar el mecanismo argentino conocido: el dólar sube, quien compró parece haber tenido razón y quien conserva pesos corre a comprar también. Esa primera ola convoca a una segunda hasta 5 veces mayor, y una creencia inicialmente discutible empieza a fabricar su propia evidencia.

Ésa es la diferencia decisiva con 2001 y 2015. En aquellos episodios, la economía ya llegaba necesitada de dólares y no había margen para absorber una dolarización adicional. En 2027, si continúan el equilibrio fiscal, el superávit externo y la acumulación de reservas, los primeros dólares que compre el público no saldrán de las reservas: serán dólares que de otra manera habría comprado el Banco Central.

Para convertir eso en una corrida hace falta que la demanda electoral sea suficientemente grande como para consumir primero ese excedente y después empezar a erosionar el colchón acumulado.

Puede ocurrir. Pero es muy distinto de decir que ocurrirá inevitablemente porque un Flat White cuesta €3,75.

Conclusión: Más allá del precio del café

Comprar dólares cada vez que Buenos Aires se ponía cara funcionó durante décadas. Pero probablemente recordemos mal por qué funcionaba.

No era porque existiera una ley económica que impidiera que un café en Palermo costara lo mismo que uno en Madrid.

Funcionaba porque, detrás de aquella Argentina cara, aparecía una y otra vez la misma combinación: déficit fiscal, déficit externo, reservas cayendo, deuda creciendo y financiamiento desapareciendo.

El café era caro. Pero además faltaban dólares.

La novedad de este ciclo es que ambas cosas, por ahora, no ocurren juntas.

La Argentina está cara. El peso se aprecia. Y probablemente vuelva a existir una dolarización importante antes de las elecciones de 2027. Nada de eso, por sí solo, obliga a una devaluación.

La pregunta relevante es cuánto margen tiene la economía para absorber esa demanda antes de que empiece a perder reservas o a necesitar un ajuste cambiario. Mientras exista un excedente de divisas suficientemente grande, los primeros dólares que compre el público serán dólares que deja de comprar el Banco Central. Cambia el comprador, no necesariamente el precio.

El riesgo aparece cuando cambia esa capacidad de absorción.

Puede cambiar porque cae el superávit externo, porque aumenta la necesidad de dólares para pagar deuda, porque se deteriora el acceso al financiamiento, porque aparece un shock internacional, porque se debilita el resultado fiscal o porque la incertidumbre política genera una demanda de cobertura mucho mayor que la habitual.

Si alguno de esos cambios reduce suficientemente el colchón, una dolarización que hasta entonces era manejable puede cruzar el umbral. El Banco Central deja de comprar, después puede verse obligado a vender, el dólar empieza a reaccionar y recién entonces la memoria argentina encuentra la señal que necesita para amplificar el movimiento.

Por eso, para anticipar una posible devaluación en 2027, probablemente sea menos útil preguntarse si Buenos Aires está demasiado cara y más útil observar qué está pasando con las variables que determinan cuántos dólares puede absorber la economía.

Una Argentina cara puede ser sostenible. Una Argentina sin capacidad para ofrecer suficientes dólares, no.

La diferencia entre ambas no está en el precio del Flat White. Está en qué tan lleno esté el colchón el día que la memoria Argentina nos pida volver a correr.


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