Apuntes para Jorge Kaminsky
Los artistas son difíciles de definir. Parecieran ser estos seres que viven en otra dimensión, que no logramos comprender en su totalidad…
Apuntes para Jorge Kaminsky
Los artistas son difíciles de definir. Parecieran ser estos seres que viven en otra dimensión, que no logramos comprender en su totalidad porque ven las cosas de forma inusual y las expresan en colores, formas y sentimientos.
Ante los extraños Jorge Stanyo Kaminsky parecía un hombre triste, insatisfecho y enojado con el mundo, siempre solitario, rodeado de polvo, libros de hojas amarillentas y fierros viejos. Por muchos años su guarida y taller fueron tres oscuros cuartos de adobe y un pequeño solar con gallinas y gatos ajenos; pero cuando Jorge abría la desvencijada reja de su jacal, seguramente también accionaba un mecanismo mágico que transmutaba esos vejestorios en un recinto luminoso y confortable donde permitía a sus amigos atisbar la nobleza y sabiduría que su alma poseía. Con cerveza en mano, convertía cualquier tarde en un convite de verdades para contar historias, anécdotas y gracejos, o discutir sobre pintura, música y por supuesto de escultura.
Ponderaba el valor de los hallazgos y la casualidad en la chatarra, hablaba lo mismo de parábolas y ángulos, que de resistencia de materiales o del punto de fusión de los metales, sin embargo su mirada se iluminaba con el tema de la Proporción y los Números Áureos. Era un verdadero deleite escuchar sus disertaciones sobre la Serie de Fibonacci, la Divina Proporcione, de las ideas arquitectónicas de Vitrubio, de las soluciones logarítmicas de Luca Pacioli a quien llamaba “el monje embriagado de la belleza”, o de los dibujos de caballos realizados por Leonardo Da Vinci para Ludovico Sforza il Moro.
Este lugar no era de puertas abiertas, solamente a Laura y a unos cuantos amigos se les permitía el acceso y participar en sus tertulias siempre interesantes e inolvidables, con la música clásica de fondo que salía de su vieja grabadora de casetes, el exquisito café que ahí se disfrutaba, el vino tinto o el mezcal que bebíamos acentuaban la charla; la vieja estufa de carbón parecía sin serlo, quien calentaba el cuarto. El calor provenía de esa energía que se genera cuando se conjugan la amistad y la admiración.
Los que tuvimos el placer de conocerlo lo recordaremos siempre como un artista auténtico, completo, “de los de antes”, de los que solamente se conocen uno en la vida: profundo, huraño, apasionado, en romance perpetuo con el hierro.
Le conocí muchos hijos: venados, toros, caballos, gallos, bisontes, leones, águilas y uno que otro abstracto, todos esbeltos y bien formados, como buen padre a todos los reconoció con su firma, los forjó con yunque y martillo, les bendijo con la fuerza y les enseñó a desafiar la gravedad. Todos siguen de pie, orgullosos de su estirpe, con la soberbia de sentirse admirados en galerías o colecciones particulares, bien cuidados y cada día más cotizados.
Sin proponérselo, Jorge logró algo que muchos hombres buscan durante toda su vida; encontró la permanencia en una vida que es inherentemente temporal. A través de su trabajo, de sus acciones y creaciones, él ha logrado trascender para dejar testimonio de una vida compleja. Jorge Stanyo Kaminsky dejó una huella indeleble en su paso por esta vida.

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