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El último canto

Saturnino Herrán: mexicano eterno, hidrocálido universal

Walter Vela · 2025-09-24 16:02 · 0 claps · 3.5 min read
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El último canto

Saturnino Herrán: mexicano eterno, hidrocálido universal

El último canto. Saturnino Herrán (1914). Museo de Aguascalientes, México.

El último canto. Saturnino Herrán (1914). Museo de Aguascalientes, México.

“(Doctor) no me deje morir porque México necesita de mi pintura. […]”.

Se dice que esas fueron las últimas palabras que Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard, conocido célebremente como Saturnino Herrán, pronunció a su médico antes de morir.

La obra de Herrán se ancla en la memoria de nuestro México, no solo por la prolija definición estética de aquel joven hidrocálido, precursor del muralismo y modernismo mexicano, sino porque su pintura retrata un verdadero hito transformador en tiempos de revolución.

Las presentes notas se inspiran a partir de esos anhelos de justicia que un joven, nacido en Aguascalientes, logró transcender en el tiempo a través de su cotidianidad, por conducto de un alegato que interpela permanente una realidad violenta e injusta, bajo la expresión artística de su pintura.

Juventud que trasciende

Saturnino Herrán nació en la ciudad de Aguascalientes en 1887. Hijo de José Herrán y Josefa Guinchard, su infancia se entrelazó entre la disciplina del estudio y la intuición de la pintura. Desde temprana edad mostró un talento singular, lo que lo llevó a la Academia de San Carlos en la Ciudad de México, donde su sensibilidad encontró sentido. Allí conoció el rigor académico, pero también el despertar de un país convulso.

En su trayectoria académica alcanzo prontamente reconocimiento por la especial visión plasmada en sus obras, hasta llegar a desempeñarse como profesor en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sin embargo, el estallido del movimiento revolucionario de 1910 impactó considerablemente su forma de hacer arte. Una incidencia sinalagmática, en donde su arte se influenciaba por el contexto de violencia en el país, revindicando la dignidad de los sobrevivientes con su retrato, pero a la vez, la injusticia en el conflicto social era señalada con el eco de sus obras.

Con solo 31 años, S. Herrán falleció en 1918 víctima de una enfermedad que terminó abruptamente con su vida. Pese a no ver culminada su obra más ambiciosa, el eterno joven hidrocálido legó en sus lienzos una promesa inagotable: la posibilidad de condensarnos en un país justo. Ello nos recuerda permanente que lo que se encuentra en juego no es la estética de lo externo, sino la dignidad que habita en nuestro interior. La dignidad estética.

Injusticia que se hace memoria

La pintura de Saturnino Herrán se concreta como un concepto que trasciende en un momento tanto artístico como político. Su obra es precursora de un arte que se atrevió a mirar al México profundo con respeto y grandeza. En sus lienzos, al persona indígena y mestiza aparecen como protagonistas de la historia, y no como objetos exóticos. Su arte es, en sí mismo, un acto de justicia social: una reconfiguración de la mirada de lo mexicano, un reconocimiento estético a quienes padecen en la marginalidad.

Ese gesto pictórico abrió el camino para el nacimiento de un movimiento del arte de la pintura conocido como el muralismo, del cual fueron parte destacadas figuras como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Quienes, ya en el Estado posrevolucionario, tuvieron la encomienda plasmar en los muros la historia de nuestro pueblo y sus luchas. La realización de esa tarea posee la prematura visión de Herrán de introducir en el arte mural la dignidad del cuerpo indígena y la monumentalidad de lo popular, elementos centrales dentro del muralismo.

S. Herrán, antes del muralismo, ya había mostrado como el arte puede ser vehículo de una pedagogía política. Captar lo sagrado en lo popular, lo eterno en lo ordinario, lo cotidiano en lo justo. Su técnica y visión transformó al pueblo en arte, y al arte en pueblo, un espejo donde la mexicanidad puede reconocerse de forma permanente. En época de revoluciones, la memoria de Herrán nos enseña que retratar la violencia explícita no siempre es el camino para reclamar las injusticias. La carga simbólica de un México que resiste parece sostener sobre sí el peso de nuestra historia.

El ultimo canto

De entre La ofrenda; El Trabajo; Molino de vidrio; Vendedoras de ollas; La leyenda de los volcanes; La cosecha; Vendedor de plátanos; La criolla del mantón; El jarabe; La Tehuana; Mujer con calabaza; El cofrade de San Miguel; o Nuestros dioses.

El último canto cobra relevancia en estas notas al ser una obra que aborda el concepto de la vida y la muerte, con una poderosa representación del ciclo de la vida. La pintura plasma una visión que incluye elementos de la mitología prehispánica, como de las creencias cristianas, lo que reflejan la dualidad de la cultura mexicana.

En ella, S. Herrán captura un anciano indígena que sopla un caracol marino, una invocación que parece resonar más allá del lienzo. El tránsito entre lo efímero [la vida] y lo eterno [la muerte], capta una visión atemporal de un contexto de revoluciones y transformaciones, que no puede tener otra lectura más que la de resistencia, en clave dignificante. El canto de las víctimas, como último llamado a la justicia.

Herrán, joven eterno, mexicano e hidrocálido universal, con su El último canto rememora que mientras haya memoria, la justicia aguarda permanentemente. Un aliento que no muere, vive eternamente, y que únicamente se despide insistiendo en no olvidar.


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