El crimen de la obediencia: El Cid como Anti-Prometeo
La confesión de Prometeo: “En una palabra, odio con toda fuerza todo y cualquier dios” es la confesión propia (de la filosofía), su propia…
El crimen de la obediencia: El Cid como Anti-Prometeo

Prometeo Encadenado, de Rubens.
La confesión de Prometeo: “En una palabra, odio con toda fuerza todo y cualquier dios” es la confesión propia (de la filosofía), su propia sentencia en contra de todos los dioses del cielo y de la tierra, que no reconocen la autoconciencia humana como la divinidad suprema. Al lado de ella no habrá otro Dios… En el calendario filosófico, Prometeo ocupa el primer rango entre los santos y los mártires”.
-Karl Marx
El signo, diría el Círculo de Batjín, es el terreno primero de lucha ideológica. Esta idea pone de manifiesto tanto que el carácter multiacentuado es el que constituye la capacidad transformadora y maleable del lenguaje — aquello que permite su constante deconstrucción y reconstrucción-, como el que el llamado lenguaje único (lo que, aplicado al campo literario, podría referir a la interpretación canónica) es solo una abstracción académica beneficiosa solo para una clase dominante, que busca la monoacentuación del signo (más aún, asignándole también un carácter inmanente y ahistórico).
Todo esto me sirve como introducción para señalar varios elementos que considero relevantes en mi interpretación del Cantar de Mio Cid, y por tanto, para en este ensayo. La primera, esta lucha ideológica (o mejor dicho, su ausencia) constituye el eje vertebrador del Cantar y de su personaje principal. La segunda, para su comprensión es tan necesario tener en cuenta el contexto histórico en el que fue concebido como legítimo aplicar una perspectiva contemporánea, dado que es esta precisamente la que mantiene vivos estos textos.
Sabemos hoy que el Cantar o Poema de Mío Cid no puede entenderse como un documento histórico. Lo cierto es que, si bien incluye datos reales tales como los que refieren a costumbres de la época, estrategias de batalla y la existencia misma de Rodrigo Díaz de Vivar, estos son empleados como base de una narrativa épica que incluye otros tantos inventados (siendo la totalidad de los acontecimientos del cantar de la afrenta de Corpes el ejemplo más flagrante, pero no el único) con una finalidad didáctica: la de limpiar el nombre y la imagen pública del rey Alfonso. Algo que (de nuevo) sabemos hoy que no consiguió, pues pese a su temprano fallecimiento ha trascendido a ojos de la mayor parte de los historiadores como un traidor, tanto a los ideales espirituales de la Reconquista (dado que estuvo amancebado con una mujer musulmana) como a las instituciones monárquica y familiar (dado que si no asesinó, propició al menos el asesinato de su hermano Sancho, el legítimo rey). Si logró, sin embargo, engrandecer aún más la figura del ya entonces fallecido y conocido Rodrigo Díaz.
Es costumbre decir que el héroe de Mio Cid es uno sin tacha: un buen padre, esposo, amigo, guerrero y vasallo. Este último aspecto no solo lo define, constituyendo a un tiempo su mejor virtud y su hamartía; sino que es también el eje en torno al cual se vertebra el poema. Es su ruptura la que impulsa las hazañas del Cid, y su lealtad y sumisión incondicional al rey la que la restaura. A través de esta relación rey-vasallo que atraviesa todo el Cantar me es posible llevar a cabo una interpretación moderna del mismo como advertencia sobre las concesiones realizadas en pos del ascenso social prometido por la meritocracia: una que convierte a Rodrigo Díaz en una víctima complaciente del sistema, y por tanto, en un antihéroe cuyo defecto irremediable es la obediencia.
Lo que vemos a lo largo del Cantar es una demostración constante de la lealtad de Rodrigo Díaz hacia su señor natural. Utilizo este término, que es empleado 5 veces en el texto, debido a su importancia a la hora de situarnos sociológicamente dentro de la obra: la relación de vasallaje es esencializada, comprendida como parte del orden natural de las cosas y por ende, del plan divino. El destierro del Cid, basado como sabemos en engaños manufacturados por sus detractores, representa pues una afrenta al orden social impuesto por Dios. Uno al que Rodrigo guarda fidelidad, lo que se hace manifiesto desde el momento en que no se rebela contra la decisión de su rey de echarle de sus tierras y despojarle de sus bienes materiales (aun cuando la ley contemplaba el derecho personal del desterrado a la rebeldía). Este primer acto de sumisión es seguido por hazañas heroicas con idéntica motivación: probar su virtud y su lealtad a las estructuras feudales en las que se encuentra inscrito. No contempla otro camino que la recuperación de la honra, debido a que, como hemos visto, la obediencia a los designios de la autoridad regios son comprendidos como categorías esenciales de la naturaleza de quienes operan bajo ella (lo que abarca también a la nobleza).
Las embajadas, pues, han de ser entendidas como actos de vasallaje; una suerte de reafirmación de la existencia de este vínculo con el rey, reforzada a través de la consecución de tierras, dado que la propiedad sobre la tierra es el elemento que unifica ambos estamentos y da lugar y sentido a esta relación. Rodrigo Díaz elige seguir ejerciendo sus tareas como vasallo pese a que no exista reconocimiento formal de este estatus, precisamente como vía de reivindicación de esta identidad; es decir, obteniendo bienes para su señor natural y plegándose a su voluntad. Los obsequios que envía a través de Minaya son intentos de acercamiento y de volver a ganar el favor de su rey (después de todo, suelen ir acompañados de propaganda de las batallas ganadas por el Cid y de alguna petición), pero también consecuencias necesarias de esta forma de entender su lugar en el mundo.
A este respecto, cabe señalar que en el primer cantar se produce una crítica, aunque breve y superficial, a la figura del rey, que podemos encapsular en la queja: “**¡**Dios, qué buen vassallo! ¡si oviesse buen señor!”. De aquí podemos extraer varias conclusiones. La primera, y más evidente, es que Alfonso no está siendo un buen señor para con su vasallo; lo que no hace sino enriquecer moralmente la figura de este, que sigue plegándose a su voluntad de todas formas. La, que el pueblo apoya personalmente a Rodrigo Díaz, pero no está dispuesta a correr el riesgo de alzarse en armas para impedir la injusticia de su exilio. Esta imagen del vulgo temeroso y cobarde, que se repite una vez tras otra en la producción literaria española, puede encontrar aquí su origen (si bien aquí no es presentada como reprochable, al contrario). La tercera y última, que no es injusta la estructura social per sé, sino la actitud tiránica del señor natural. Por eso es legítimo y coherente que Rodrigo Díaz luche por recobrar su honra, en lugar (por ejemplo) de renunciar a ella y a su deber para con el rey, que a fin de cuentas es el responsable directo de su pérdida, y abrazar una vida de bandido.
También, por esto, no basta que el Cid haya recobrado por si mismo la honra (en sus propias palabras al final del segundo cantar: “Echado fu de tierra/he tollida la onor/con grand afán gane/lo que he yo”. La prueba final a su adhesión a la relación rey-vasallo se produce desde la propuesta de matrimonio de los infantes de Carrión (avalados por el rey) a sus hijas hasta su disolución en Cortes (tras la afrenta que da nombre al tercer cantar). Rodrigo Díaz acepta la petición de mano pese a su propio (y, como vemos una vez tras otra, más acertado) juicio. Una vez convocadas las cortes, y pese a ser llamado a compartir el escaño con su señor, el Cid permanece entre los suyos a la espera de un veredicto. Solo tiene voz durante el juicio porque el rey se lo permite; y solo porque él lo encuentra justo (y porque el Cid no se rebela contra su decisión previamente errónea, que termina con la brutal vejación de sus hijas) se hace justicia.
Cuenta el mito griego (uno de tantos que se contradicen) que tras la guerra que enfrentó a dioses y a titanes, Zeus encargó a Prometeo la creación de seres vivos que poblasen la tierra. No consideró la posibilidad de que este se encariñase de los humanos ni de que, llegado el momento, se pusiera de su parte. Prometeo nos hizo entrega, pese a la prohibición explícita del rey de los dioses, del fuego y las artes; como castigo, fue encadenado a la cima de una montaña donde un águila le desgarró el vientre para devorarle las entrañas durante 30.000 años. No solo eso, sino que a modo de cruel venganza, Zeus envió a la humanidad a Pandora y su caja, que contenía todos los males que hoy nos aquejan (la vejez, la locura, el crimen, la enfermedad…); castigó aquello que Prometeo más quería (y que era, en tanto que limitada, incapaz de salvarlo cuando nos requirió, de la misma forma en que el pueblo burgalés fue incapaz de dar hospicio a Rodrigo Díaz de Vivar).
La figura del titán que desafió a los dioses es mayoritariamente entendida como benefactora y admirable. Existe sin embargo otra corriente de pensamiento: una que encuentra legítima su penitencia, acorde al crimen de haber hecho a la humanidad consciente de sí misma y de haber desatado indirectamente las desdichas ligadas al libre albedrío.
Esta parece ser la conclusión alcanzada por el Cantar de Mio Cid. Frente al prototípico (y por tanto posterior) héroe romántico y revolucionario que desafía las leyes de la naturaleza, encontramos al fiel Rodrigo, quien es recompensado por no cuestionar el status quo. Su complacencia es premiada con la reconstitución de su honra (traducida en la restitución de sus espadas Colada y Tizona, sus heredades y bienes), y su ascenso social y parentazgo futuro con la realeza española. La enfermedad de la obediencia que corre por su sangre es transmitida a sus hijas, para quienes su señor natural al que deben obediencia ciega no es otro que el marido. Así queda consagrado el héroe nacional de España, si a esta la entendemos como necia, inmóvil y reaccionaria. Su tergiversada y anacrónica reivindicación por parte de la ultraderecha moderna parece corroborar esta tesis.
BIBLIOGRAFÍA
. Bajtín, M., & Voloshinov, V. (1992). El marxismo y la filosofía del lenguaje. Madrid: Alianza.
. Bautista, F. (2007). “Como a señor natural”: Interpretaciones políticas del Cantar de Mio Cid. Olivar, 8(10), 173–184.
. Clark, Z. (2009). El rey y el vasallo héroe en el poema de Mío Cid. Especulo, 42.
. Rico, F. (2007). Cantar de mio Cid. A. M. Frutos (Ed.). Crítica.
메타데이터
- post_id
- f5611562c3c2
- slug
- el-crimen-de-la-obediencia-el-cid-como-anti-prometeo-f5611562c3c2
- url
- https://medium.com/@luciaadirs/el-crimen-de-la-obediencia-el-cid-como-anti-prometeo-f5611562c3c2
- canonical_url
- https://medium.com/@luciaadirs/el-crimen-de-la-obediencia-el-cid-como-anti-prometeo-f5611562c3c2
- author_url
- https://medium.com/@luciaadirs
- status
- ok
- fetched_at
- 2026-08-07 13:39:48