Tokio: las puertas abiertas de un laberinto
Perderse en Tokio para encontrar los recovecos de una cultura

Tokio: las puertas abiertas de un laberinto
Miedo, incertidumbre... ¿Algo más sentía antes de viajar a Japón? Sí, también una intriga preciosa por saber cómo se moldearía mi vida ante una cultura tan ajena como la japonesa.
Cometí el error de dejarme llevar por esos consejos plásticos –que me mostró el algoritmo o una parte de mí que no podía correr la mirada– de turistas que juran que hay cosas que, al hacerlas, quiebran el libreto japonés de reglas no dichas.
“No hablarás fuerte.
No comerás caminando en la calle.
No cruzarás en rojo.
Prohibidas las demostraciones públicas de amor.”
Yo llegué y empecé a palpar los matices escondidos entre todas esas reglas invisibles, quizás escritas, quizás no.
Vi cantidades de japoneses cruzando en mitad de la avenida mientras yo esperaba minutos eternos, mirando fijamente el hombrecito rojo que parecía haberse congelado para siempre. También están las risas que se escapan imprevistas, ridículamente agudas, que suelen escucharse de noche después de alguna bebida que suelta esas personalidades que parecen estar en reposo, quizás moldeadas por una performance de perfección diurna.
En un pequeño museo vi a una parejita adolescente; ella vestida con ese característico uniforme marinero escolar y él de traje. Se daban un beso en la boca sin moverse, congelados, en la postura de cabezas ladeadas como quien besa no solo al pasar. Era la demostración máxima de amor en público.
En Tokio sentí que flotaba entre diferentes ciudades, pero al final era una sola: un hormiguero de vidrio donde se lucen las barbaridades más sonsas a plena luz del día. Los cafés de gatos, de conejos y de hámsters. Los ofrecimientos de citas pagas y hot legs de japonesas sospechosamente jóvenes; los negocios kawaii y trajes de samurái en una misma cuadra. Los pajaritos cantando en los altavoces del subte para recordar que hay algo por lo que vale la pena prestarle atención al presente; los cientos de carteles indicando que los subtes pueden frenar súbitamente porque alguien vio en las vías una salida rápida a algo que parecía no tener salida.
En Tokio pude observar a los hombres de traje; abundan en los subtes y parecen turnarse para cumplir el cupo visual de sus trajes negros y corbatas azuladas entre las muchedumbres silenciosas. Vi sus cabezas mecerse al ritmo de los andenes, derrotados luego de jornadas más que completas, el peso sobre los hombros cansados de no poder irse a casa antes de que el jefe decida agarrar su maleta y liberar a los samaritanos, quienes luego entrarían a los konbini, calentarían en el microondas sus ramen y sorberían esos noodles con el ruido del éxito de un día ya finalizado; las cuadras caminadas rápidamente, las pocas horas de sueño por delante para volver a comenzarlo todo de nuevo.
Japón es su historia y también el resultado de esta: un país hecho fortaleza, casi imposible de conquistar, que pasó a querer tener el mundo a sus pies. Japón fue ambas, casi sin matices. Ahora hay un entremedio que se caracteriza por una cultura que por mucho tiempo no quiso tener que compartirse con el resto del mundo.
Veo los dragones de madera tallados a mano mirándome sobre los templos budistas, las tejas milenarias que cada tanto tiemblan pero no se caen. Aprendí a entrar por el costado interno de los torii para no caer al abismo de otra dimensión. Aprendí a hacer reverencias y a diferenciar sus profundidades: las hay chiquitas y las que transforman a una persona en un caracol. Las hay interminables, esas que hacen parecer que se trabó la espalda y que ya no hay manera de volver a enderezarla. Lo he visto: un vendedor de autos despidiéndose del comprador de un BMW último modelo y, aunque su cliente ya estaba a cuadras de distancia con su chiche nuevo, el vendedor seguía doblado en su agradecimiento eterno. No fue hasta varios segundos más tarde que finalmente se enderezó, satisfecho, ante la vista de nadie.
Fue en Tokio que descubrí una ciudad escondida dentro de otra ciudad. Una peluquería en el piso siete, un restaurante en el piso cuatro, escaleras que llevan a puentes que llevan a shoppings que llevan a estaciones de subte. No hay Google Maps que pueda soportar la experiencia de perderse en estos laberintos sin retorno. Así también encontré barrios que eran pueblos y terminaron formando parte de esta metrópolis sin quererlo, con sus paredes de madera corroída, las cortinas hasta la mitad para dejar entrever mundos ajenos llenos de vapor y luces amarillentas que de noche invitan a cruzarlas cual portales.
Los jardines se entrevén por sobre las paredes bajas; son espacios de placer visual y estímulos simples, los árboles como pompas de jabón. Alguien siempre desmaleza y solo logro ver su espalda arqueada, las manos casi centenarias y el cuerpo enteramente cubierto con sombrero y barbijo incluidos; sus tareas se han repetido en silencio por decenas de años desde antes de sentirse parte de un lugar llamado ciudad, laberinto o, simplemente, Tokio.
메타데이터
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