¿Repliegue estratégico o estrategia diferencial?
Explicar qué pasa en el mundo siempre ha sido un desafío para quienes intentan entender las fuerzas que chocan dentro del sistema…
¿Repliegue estratégico o estrategia diferencial? La nueva NSS de Trump en un mundo de líderes desbordados

Explicar qué pasa en el mundo siempre ha sido un desafío para quienes intentan entender las fuerzas que chocan dentro del sistema internacional: la aparición de nuevos actores, problemas que antes ni existían y escenarios de conflicto que se salen de los moldes tradicionales. Si eso ya era difícil, lo que está ocurriendo en los últimos años casi podría etiquetarse como una tarea imposible.
La velocidad de los cambios y la imprevisibilidad de los escenarios hacen muy difícil proyectar qué puede pasar en los próximos años: si habrá un nuevo conflicto a gran escala, si la inteligencia artificial va a suplantar al ser humano en tareas clave, si el cambio climático terminará provocando una hecatombe global, etcétera. Está claro que contamos con indicadores que permiten mirar un poco más allá del día a día, pero esos mismos indicadores, me atrevería a decir, parecen tener hoy una fecha de vencimiento que rara vez supera la semana.
Entendiendo que predecir lo que va a pasar en un futuro cercano es casi imposible, la lectura del documento recién salido del horno la nueva National Security Strategy (Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU.) donde parece devolvernos, al menos en apariencia, una dosis de previsibilidad: allí se sugiere cómo Estados Unidos piensa llevar a cabo sus tácticas dentro de un esquema estratégico orientado a defender sus intereses… o eso se supone.
Los primeros análisis de especialistas van en esa dirección y presentan al texto casi como un manual, un “paso a paso” de cómo Washington imagina reconfigurar el sistema internacional. Pero, cuando uno se detiene a leerlo, la realidad es otra: el documento carece de una verdadera claridad estratégica y termina siendo más polémico que político. El marco de análisis es abiertamente ideológico y da la sensación de estar reflejando, más que un consenso de Estado, las prioridades nacionales pero también personales de Trump.
Esto resalta una de las marcas de esta etapa de transición del orden internacional: las “personalidades” dan un paso al frente y se convierten en protagonistas de la reconfiguración del orden mundial, como bien lo explica Michael Kimmage:
“Ese “nuevo orden internacional” al que parece aspirar Trump no estaría liderado de manera clásica por Estados Unidos, no sería el resultado de la competencia entre grandes potencias ni de un choque de civilizaciones, y tampoco descansaría en un conjunto de reglas compartidas. Sería, más bien, el producto de una densa red de relaciones personales entre líderes, que pasa por encima de cualquier alianza formal o división entre países “democráticos” y “autoritarios”.
No hace falta analizar demasiado a Trump para ver que este “nuevo orden de personalidades” lo viene aplicando desde siempre, tanto en el sector privado como en el sector público. Sus declaraciones van en la misma línea: se presenta como “el único” capaz de resolver los problemas del mundo y ha llegado a sugerir que, si no fuera por él, el planeta ya habría estallado en una tercera guerra mundial.
Las personalidades siempre fueron importantes para entender cómo se desarrolla el sistema internacional, pero en nuestros tiempos esa lógica parece haberse llevado al extremo: son las personas, los líderes individuales, quienes concentran una presencia desproporcionada y un enorme margen de maniobra y poder para intentar reconfigurar el mundo.
Si esto es así, quedan al menos dos preguntas incómodas. ¿Qué ocurrirá cuando llegue la renovación de estas personalidades? ¿Estamos realmente condenados a un escenario aún peor, como advierte Trump?. Y, sobre todo: ¿líderes como Trump, Xi Jinping, Putin, Modi, Erdoğan o Macron están a la altura de proponer un orden en el que ellos mismos definan sus alcances y sus límites, como lo estuvieron (con todas sus luces y sombras) quienes pensaron el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial?
Está claro que este documento está lejos de ser una guía capaz de capturar y disciplinar la política exterior de Trump, marcada por rasgos impulsivos, erráticos y oportunistas. Y ahí aparece otra duda: ¿de verdad esa es la finalidad de este texto? No lo sé. Pero tampoco conviene subestimar a Trump: es alguien que ha demostrado cierta agilidad para conseguir lo que quiere. El problema, más bien, es preguntarse si eso que quiere realmente es lo mejor para construir su propia concepción de “Make America Great Again” y, sobre todo, para el resto del mundo que queda atrapado en esa idea.
Hemisferio Occidental: el “corolario Trump” a la Doctrina Monroe
El documento pone el foco, sobre todo, en el continente americano, ese espacio al que durante décadas se lo llamó el “patio trasero” de Estados Unidos. Allí fija un objetivo bastante explícito: asegurar el hemisferio occidental con gobiernos que colaboren en la lucha contra los narcotraficantes, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; mantener la región libre de fuerzas extranjeras hostiles y de su incursión o control sobre activos clave que sostienen cadenas de suministro críticas; y garantizar el acceso continuo de Washington a ubicaciones estratégicas. En otras palabras, insinúa algo así como un “corolario Trump” a la vieja Doctrina Monroe.
Esta nueva visión de la estrategia de Trump puede leerse, al menos, de dos maneras. La primera es pensar que el expresidente busca replegarse de forma estratégica hacia el continente americano, con la intención de “limpiar” las impurezas dentro de su zona de influencia. Esas impurezas serían, sobre todo, la presencia e intervención de China en lugares y objetivos que Estados Unidos considera estratégicos en la región. Esta idea de “limpieza” de la intervención extracontinental puede entenderse bien desde la mirada de teóricos como John Mearsheimer, que sostienen que la idea de una hegemonía verdaderamente global (donde una sola potencia controle todo el globo terráqueo) es inviable. Por eso, las grandes potencias aspiran primero a convertirse en potencias regionales: dominar su vecindario para, desde ahí, poder proyectar poder hacia otras partes del mundo.
Este razonamiento se sostiene si miramos cómo funcionó Estados Unidos antes de la Primera y la Segunda Guerra Mundial: no tenía rivales serios dentro de su hemisferio y ejercía una fuerte dominación sobre su zona de influencia en todo el continente. Ese control regional le dio margen para proyectarse hacia Europa, Asia, África, etcétera. Esa capacidad hoy aparece limitada por la presencia efectiva del Partido Comunista Chino en áreas de importancia vital para la competencia económica — y también para la competencia híbrida — entre Washington y Pekín.
Por otro lado, también puede leerse como una renuncia a tener un papel protagónico dentro del sistema internacional: una especie de vuelta al “aislamiento”, donde Estados Unidos deja de intervenir en la mayoría de los escenarios globales y se repliega para fortalecerse puertas adentro, reduciendo financiamiento a organizaciones internacionales y limitando sus incursiones militares alrededor del globo terráqueo. Esto se ve, por ejemplo, en el retiro o reducción de algunas divisiones destinadas a custodiar las fronteras de la OTAN en Europa y, al mismo tiempo, en el mayor despliegue — el más grande desde la Guerra Fría — de activos navales de la armada estadounidense en el mar Caribe, ejerciendo presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela.
Leída así, esta estrategia supone que ciertos escenarios dejan de tener una importancia relativa para Estados Unidos — como Europa, Medio Oriente o África — , con una gran excepción: el Indo-Pacífico, que se mantiene como el tablero central de su competencia estratégica con China.
Esta excepción del Indo-Pacífico se ve con claridad cuando el documento advierte que cualquier escenario en el que un competidor de Estados Unidos llegue a controlar el mar de China Meridional — por donde pasa alrededor de un tercio del transporte marítimo mundial cada año — tendría consecuencias directas para la economía estadounidense y, por lo tanto, para su seguridad.
Dicho de otra forma: Washington no está dispuesto a que ningún competidor en el Indo-Pacífico se convierta en una potencia regional al mismo nivel que Estados Unidos lo es en el continente americano, porque eso abriría la puerta a bloquear rutas, condicionar el comercio global y, en última instancia, poner en riesgo la seguridad de EE. UU.
Para evitar ese escenario, la administración Trump dice querer estrechar todavía más sus lazos con aliados estratégicos como Japón, Australia y Taiwán, e incluso dedica una mención especial a la India. Sin embargo, muchos de esos mismos socios fueron golpeados por altos aranceles en el marco de la nueva política comercial de Trump, lo que abre una duda incómoda: ¿hasta qué punto estos aliados son realmente piezas centrales en su competencia con China y hasta qué punto son simplemente fichas negociables, sacrificables si aparece la oportunidad de un “gran acuerdo” directo con Pekín?
India es el caso más evidente de esa ambigüedad. Por un lado, Washington la presenta como socio clave en el Indo-Pacífico; por el otro, la cuestiona duramente por seguir comprando energía rusa — gas y petróleo — que, según la mirada estadounidense, ayuda a financiar la guerra en Ucrania, y la somete a algunos de los aranceles más altos impulsados por el propio Trump.
La nueva visión de Trump sobre China se ve claro si comparamos cómo aparece mencionada en este nuevo documento con la forma en que la describía hace ocho años, cuando asumió su primera presidencia. En aquella primera National Security Strategy, China era presentada como una “potencia revisionista” que intentaba dar forma a un mundo contrario a los valores e intereses de Estados Unidos, desplazar a Washington de la región del Indo-Pacífico y disputar allí una competencia geopolítica entre un orden “libre” y otro “represivo”.
Hoy el tono es muy distinto: la geopolítica queda relegada a un segundo plano y la economía pasa al centro de la escena. El objetivo declarado ya no es contener a una amenaza sistémica, sino construir una relación económica “genuinamente mutuamente ventajosa” con Beijing, siempre y cuando esa relación se ajuste a las prioridades que Trump define para Estados Unidos.
Europa: de hermana de valores a socio funcional frente a Beijing
En este diagnóstico, Estados Unidos señala a Europa con el dedo de una manera poco habitual para un documento de este tipo. La acusa de caer en la censura y la supresión de partidos nacionalistas de derecha, “socavando la libertad política y la soberanía”. No es solo una crítica técnica: es una acusación directa a la forma en que muchas democracias europeas están gestionando su propio malestar interno. El mensaje implícito es que Europa habría traicionado, en nombre de la corrección política o de la estabilidad, aquellos mismos valores liberales que decía defender.
Leído en conjunto, el texto sugiere algo más profundo: esta nueva estrategia parece marcar el final simbólico de la vieja alianza transatlántica basada en valores compartidos — democracia liberal, Estado de derecho, libertades individuales — para dar paso a una lógica distinta, donde las alianzas se piensan menos en clave de principios y más en función de intereses concretos. Es decir, Washington ya no se presenta tanto como “líder del mundo libre”, sino como un actor dispuesto a asociarse con quien haga falta, siempre que ayude a sus objetivos estratégicos, aunque eso implique alejarse del lenguaje clásico de la “comunidad de valores” con Europa.
A esto se suma una mirada bastante dura sobre el rol europeo en la guerra de Ucrania. El documento habla de una falta de esfuerzos de paz genuinos y de expectativas “poco realistas” sobre el desenlace del conflicto, como si Europa estuviera atrapada entre su retórica moral y sus límites materiales, sin terminar de hacerse cargo del costo de la guerra ni de su propia vulnerabilidad.
Sin embargo, y acá aparece la paradoja, la NSS reconoce que Europa sigue siendo estratégicamente vital para Estados Unidos. No tanto como socio ejemplar en términos de valores, sino como pieza necesaria en la competencia con China: un mercado clave para contrarrestar la sobrecapacidad mercantilista de Beijing, un socio tecnológico para frenar el robo de tecnología y un espacio donde todavía se pueden fijar reglas y estándares que impacten en la economía global. En otras palabras, Europa deja de ser presentada como “hermana” en una comunidad de valores y pasa a ser, sobre todo, un socio funcional dentro de la gran disputa económica y tecnológica del siglo XXI
Una estrategia sin mapa
Al final, esta Estrategia de Seguridad Nacional está lejos de ser una hoja de ruta que vaya a ordenar milimétricamente la política exterior de Trump. Más bien funciona como una radiografía de sus obsesiones, de cómo ve el mapa y de qué lugares quiere poner bajo el reflector. Pero la experiencia de las últimas décadas muestra otra cosa: ningún presidente gobierna desde un documento, sino desde las crisis que le explotan en la cara. Bush terminó definido por el 11-S, Obama por la Primavera Árabe y Ucrania, Trump por la pandemia, Biden por la nueva invasión rusa y por Gaza. Nada de eso estaba escrito en los papeles.
Todo indica que el segundo mandato de Trump no será la excepción. La política exterior no la va a marcar tanto esta NSS prolijamente redactada como el día a día: una guerra que se descontrola, un colapso financiero, una nueva pandemia o un conflicto inesperado en el Indo-Pacífico. Lo inquietante es que, en un mundo cada vez más imprevisible, quien tendrá que reaccionar frente a esas sorpresas es un líder que está convencido de que solo él puede arreglar el mundo. Y ese, más que el contenido del documento, puede ser el verdadero riesgo del orden internacional que viene.
메타데이터
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- 2026-07-14 08:23:42