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Saudade.

Iba a comenzar esta breve historia diciendo que está anocheciendo en Oporto, pero la realidad es que el sol desapareció por completo hace…

Te meas del disgusto · 2025-05-02 07:45 · 0 claps · 2.3 min read
#oporto #portugal #sintra #philip-larkin #fernando-pessoa
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Saudade.

Iba a comenzar esta breve historia diciendo que está anocheciendo en Oporto, pero la realidad es que el sol desapareció por completo hace un par de horas. Imagino que estaba buscando, hurgando en la retórica y el manual de orfebrería literaria absurda, una imagen melancólica que acompañase fielmente a la melancolía de esta extraña ciudad.

Es la primera vez que viajo aquí. En Portugal había estado alguna vez más. Estuve en Lisboa un par de veces, la última para conocer de cerca Alfama. Viajé también a Estoril y tengo un recuerdo increíble de Sintra. Allí pasé dos días con Luis Oliveira, un carnicero poeta que fue poeta antes que carnicero pero él prefiere decir que la “carne se hizo verso”, aunque creo que lo dice por la espectacularidad divina de la cita. Luis escribió una vez: “Ayer y hoy son la misma cosa/ olvidos de algún tiempo/ fantasmas del futuro”

Oporto me ha golpeado fuerte en el mentón nada más llegar. Reconozco que el taxista que me ha recogido en el aeropuerto y me trajo al hotel el día de mi llegada tuvo que ver bastante con esto. Él, Alfonso, es natural de Oporto, un defensor de su ciudad aunque no tanto de su país y menos aún de la capital. Parece que hay cierta rivalidad entre ambas ciudades y Alfonso lo sentencia fabuloso “Lisboa é como um palco para turistas” — dice mirando fijo a la carretera- “O Porto é a cidade onde encontrará o verdadeiro espírito português” -dice mirando fijo ahora a mis gafas de sol- “e somos muito mais legais” -dice mirando ahora fijo a su retrovisor izquierdo-.

Da la sensación de ser parte de un viejo mundo que desaparece poco a poco, como un vinilo clásico, como un LP de Bobby Keys. Da la sensación, repito, de ser una pieza inalterable de un viejo mundo que desemboca, como lo hace el río Duero, en el estuario y allí, con una calma y redención propias de un poema de Pessoa, se deja ir al océano inmenso, magnánimo, impasible, inalterado ante nuestras miradas, nuestra mierda y nuestra inquietud. El viejo mundo, con su viejo casco histórico repleto de historia, con su foto vintage (o “kodak” que diría el genio genial de Philip Larkin) y sus viejos nuevos vecinos queda atrás.

Oporto parece ahora quieta ante el bullicio. Una ciudad que dejó de esperar, hace ya tiempo, que fuera el mar quien entrara en el cauce del río, que el reloj forzara un giro -inesperado- de volante, y se conformó con ser el recuerdo libre de un recuerdo orgulloso.

Y así, en su plenitud inquebrantable, quizá un poco insultante y atormentada, te sonríe amable y te invita en silencio a volver antes incluso de haberte marchado. Allí, en la planta segunda del Mercado Bom Succeso, quedaron las migas de un pan húmedo indescifrablemente auténtico, las espinas de un bacalao atrincherado en una vajilla oscura y las manchas rosadas de vino tinto en el mantel de color blanco roto. No era vino de Oporto, cierto, pero fue vino al fin y al cabo.


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