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La hoguera moral: por qué Medellín teme lo que Comfama quiso conversar

En Medellín, una feria sobre brujería desató una tormenta moral. Pero más que un escándalo espiritual, lo que revela es el miedo de una…

Juan Álvarez in El Intersubjetivista · 2025-10-18 11:49 · 0 claps · 6.3 min read
#medellin #comfama #brujería #mestizaje #censura
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La hoguera moral: por qué Medellín teme lo que Comfama quiso conversar

En Medellín, una feria sobre brujería desató una tormenta moral. Pero más que un escándalo espiritual, lo que revela es el miedo de una ciudad a mirarse en su propio espejo mestizo. Entre la cruz y el amuleto, Comfama propuso un diálogo que algunos prefirieron apagar con fuego.

A pesar de considerarme un hombre laico, no puedo negar que todas las prácticas espirituales y religiosas captan mi atención a menudo. Me parecen — todas, sin excepción — una búsqueda importante: una radiografía de lo que valoramos y tememos, una forma de mirar el abismo y hallar sentido.

Ayer visité la Feria de Brujería de Medellín, y sinceramente creo que ni Comfama esperaba que tanta gente acudiera. Lo que vi allí no fue una “vergüenza” ni una “grosería”, sino una multitud curiosa, abierta, sedienta de símbolos, queriendo comprender el misterio que la razón moderna intenta domesticar desde hace siglos.

Las críticas que ha suscitado el evento — que lo acusan de “estafa”, de ir “en contra de los valores antioqueños”, o incluso piden su cancelación — no son tanto una reacción al contenido del festival, sino a la palabra que lo nombra: “brujería”. Esa palabra sigue teniendo la capacidad de encender hogueras, no ya de leña, sino de moral.

En el imaginario cristiano-virreinal, “brujería” condensó todo lo que se consideraba peligroso: lo femenino, lo corporal, lo oscuro, lo mestizo, lo indómito. Su carga negativa no proviene de las prácticas que designa, sino de los poderes que la definieron. Por eso, cuando un festival se atreve a rescatarla y ponerla en el centro, no está invocando el mal, sino reclamando el derecho a nombrar desde otro lugar.

Quien reacciona con indignación ante el término no teme a las pócimas ni a los oráculos: teme a la posibilidad de que existan otros modos de verdad.

La modernidad antioqueña — forjada en la ética del trabajo, la mesura y la devoción — no surgió de la nada. Fue, en gran medida, una herencia conceptual impulsada por Mon y Velarde, el corregidor al servicio de la corona española que en el siglo XVIII trazó las bases narrativas de lo que más tarde se entendería como “el progreso” en esta región.

Su influencia fue innegable: delineó una Antioquia industriosa, disciplinada, fervorosa y ordenada. Un ideal que aún resuena en nuestra cultura. Pero no conviene olvidar un detalle esencial: Mon y Velarde representaba la autoridad de la corona de la cual decidimos independizarnos.

La modernidad que heredamos nació, paradójicamente, del mismo poder que luego quisimos romper. Y es importante recordarlo, porque somos — y debemos seguir siendo — los hombres y mujeres libres que eligieron desafiar aquel orden mundial, ese que subordinaba la imaginación a la obediencia y el cuerpo a la doctrina.

A veces lo olvidamos. Y sin embargo fue esa ruptura — ese gesto de insubordinación frente al destino impuesto — lo que nos hizo verdaderamente modernos. El ideal del “paisa correcto”, con toda su fuerza moral y productiva, exigía también neutralizar al curandero, a la partera, al indígena que hablaba con el monte o a la mujer que soñaba distinto.

El problema, entonces, no es el festival: es el espejo antropológico que refleja. La brujería, en su sentido más amplio, es un modo de relación con la incertidumbre. Al nombrarla, el festival nos recuerda lo que la sociedad industrial ha querido olvidar: que seguimos necesitando rituales, que el progreso no ha sustituido al misterio, y que la razón también puede ser un mito.

En Colombia, la palabra “brujería” no pertenece a un solo linaje. Es un término mestizo, resultado del cruce entre cosmovisiones europeas, africanas e indígenas. Cuando se pronuncia, se convoca un archivo plural: los rezos de las abuelas, los conjuros yoruba, los tabacos del curandero, los exorcismos católicos, los cantos emberá. Cada uno con su gramática, todos con su dignidad.

Negar la validez de esa mezcla — como hacen algunos críticos que apelan a los “valores de la antioqueñidad” — equivale a negar la historia misma del país. Porque Colombia nació de la tensión entre cruz y amuleto, entre espada y yerbatero, entre misa y tambor.

El mestizaje no es una vergüenza: es la condición ontológica de nuestra cultura. Lo que hace el festival es reconocerlo y devolverle visibilidad al sincretismo como forma de conocimiento.

Negar esa mezcla sería también negar la antioqueñidad del carriel, ese pequeño universo portátil donde el campesino guardaba sus secretos, sus afectos y sus supersticiones. Dentro de un carriel podían convivir un escapulario y una uña de mula, un mechón de la amada y una moneda doblada, un tabaco y una medallita del Sagrado Corazón, un dado, una carta nunca enviada o un pedazo de tierra envuelto en trapo.

Era — y sigue siendo — un objeto de suerte, de memoria y de amor: un relicario mestizo que contiene tanto lo sagrado como lo profano. Si llamamos “brujería” a toda práctica que intenta conjurar la incertidumbre, entonces el carriel mismo, con su mezcla de símbolos, rezos, herramientas y amuletos, podría figurar en esa lista. Rechazar esa herencia no sería defender la antioqueñidad, sino amputarle su costado más humano y mágico: el que recuerda que la identidad también se lleva doblada en el bolsillo, entre un pedazo de panela y una oración para el camino.

Tampoco podemos olvidar que, alguna vez, lo que hoy llamamos Iglesia fue también una práctica naciente, tejida con hilos de aquello que ahora muchos denuncian como “brujería”: el poder de la palabra que cura, el lenguaje de los símbolos, la coreografía del culto que regula la respiración y el ánimo, los amuletos que acompañan en el tránsito del miedo, las poses que abren al cuerpo un acceso a la calma.

En sus primeros siglos — y luego en su expansión medieval y barroca — el cristianismo absorbió, resignificó y bautizó repertorios previos: abluciones que devinieron agua bendita, unciones que se volvieron sacramento, cantos repetitivos que mutaron en rosarios, procesiones solares que se transformaron en fiestas de santos, talismanes que tomaron forma de reliquias, medallas y escapularios.

Lejos de restarle valor, este sincretismo fundacional explica su fuerza histórica: comprendió que el ser humano piensa con palabras, pero se pacifica con gestos, y que no hay gesto inocente cuando el cuerpo entero participa de una promesa de sentido.

Así, aquello que hoy algunos acusan de profano o ajeno — la palabra, el símbolo, el gesto, la materia convertida en signo — fue en realidad el suelo donde germinó la religión que hoy veneran. La historia de la Iglesia, como la de todas las tradiciones humanas, no nació del rechazo de lo anterior, sino de su transformación.

Por eso, la defensa del festival no es una provocación gratuita, sino una recuperación de esa raíz olvidada: la conciencia de que todo culto — sea a un dios, una idea o una estrella — proviene del mismo impulso de reconciliarse con el misterio.

Lo más preocupante no son los insultos, sino la intención de censura. Cada vez que un grupo exige cancelar una expresión cultural por motivos morales o religiosos, se reeditan los reflejos virreinales de persecución. En nombre del bien se prohíbe el diálogo; en nombre de Dios se niega la diferencia.

Y la censura nunca es solo contra el otro: termina volviéndose contra todos. Hoy es la feria de brujería; mañana será el festival de teatro que cuestiona la fe, o el artista que habla de sexualidad, o el filósofo que discute el dogma.

Si algo distingue a una sociedad madura es su capacidad de escuchar sin aniquilar. Y si algo debería distinguir a Medellín, que tanto ha presumido de innovación, es la valentía para debatir sin miedo a las palabras.

Colombia es, constitucionalmente, un país laico. Esto no significa “sin espiritualidad”, sino “sin monopolio espiritual”. En un Estado laico, el católico puede rezar, el ateo puede dudar, el brujo puede sanar, y todos deben poder convivir bajo el amparo de la palabra libre.

Nombrar “brujería” fue una jugada consciente. Comfama sabía que el término iba a incomodar, pero la incomodidad es la antesala del pensamiento. Un país que no se incomoda no se transforma.

El festival — con sus rituales, conferencias, mercados y conversaciones — no es una exaltación del oscurantismo, sino una defensa de la imaginación como bien público. En un tiempo en que el algoritmo define lo que pensamos, estos espacios de encuentro son una forma de resistencia simbólica: nos obligan a mirar al otro sin pantalla y a preguntarnos por el sentido de lo invisible.

Hay, por último, un aspecto profundamente antioqueño en este debate. La región que se enorgullece de su trabajo, su orden y su progreso, también ha sabido cultivar una mitología campesina riquísima: duendes, espantos, brujas que se convierten en bolas de fuego, rezos para el mal de ojo. Esa imaginación popular es tan parte de la identidad paisa como la arepa o la industria textil.

Tal vez el problema no sea que la Feria de Brujería contradiga los valores de la antioqueñidad, sino que nos recuerde los valores que hemos intentado olvidar: el asombro, la curiosidad, la convivencia entre lo visible y lo invisible. En esa tensión — entre la montaña concreta y el mito que la habita — se juega la identidad profunda de esta tierra.

En la Edad Media, las brujas eran quemadas en plazas públicas. Hoy, en Medellín, las plazas vuelven a llenarse, pero esta vez para conversar en lugar de condenar. Eso, por sí solo, es una victoria civilizatoria.

Podemos discrepar sobre los límites de la espiritualidad, debatir el sentido del mestizaje o cuestionar el mercado simbólico de la “nueva era”. Pero no podemos retroceder al tiempo del miedo.

La Feria de Brujería no es un ataque a la fe: es una invitación a la conversación. Y en una ciudad que ha sobrevivido a la violencia, a la censura y a la culpa, el verdadero milagro no es la magia: es el diálogo.


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