Relato — Oso
Frente a un espejo de pared, cabizbajo y encorvado como un anciano, Wesley miró su cuerpo como el que observa un juguete roto. Ladeó la…
Relato — Oso
Frente a un espejo de pared, cabizbajo y encorvado como un anciano, Wesley miró su cuerpo como el que observa un juguete roto. Ladeó la cabeza para examinarse y encontrarse con esos ojos negros que parecían sacados de una poza de carbón. Y en ese cruce de miradas supo que había llegado la hora. Respiró con dificultad sacando de los pulmones es sonido enfermizo que reverberaba desde sus entrañas. La noche sería perfecta para volver a las andadas. Fantástica y salvaje a partes iguales. Se acarició las costillas con el borde de las uñas, tan largas como para tocar una guitarra que nunca existió. Estaban rellenas de mugre y barro, tiznadas desde hacía años. Se sonrió. Lo hizo para recordar lo que sentía cuando la piel del oso latía bajo la suya. Salió del dormitorio corriendo a trompicones, con una pierna que abarcaba más espacio que la segunda, que arrastraba a su vez como un peso muerto. En el salón bebió un vaso de agua. Había botellas de plástico vacías por todo el piso, tantas como para empujarlas con cualquier movimiento que hiciese. Algunos vasos también descansaban con distintos niveles de agua, colocados por todas las estanterías y superficies. Sobre el sofá se mezclaban prendas de todo tipo. Algunas no eran suya. El collage le ayudaba a recordar otros momentos felices del mes. Olía a sudor y mierda, a miseria y vómito. Se escurrió bajo la montaña de trapos y volvió a la superficie gorgoriteando.
La tarde comenzaba a ceder frente a la noche. La claridad se fue marchando para ocultar sus miserables dominios embadurnados de vísceras. No tenía luz eléctrica. Su cabaña llevaba abandonada décadas a la intemperie del mundo natural. Fue construida como un refugio forestal, un punto de seguridad frente a una zona boscosa de difícil acceso. Por eso celebraba el regreso del oso, porque cada oportunidad de ver a un excursionista le parecía un triunfo. Quizás esa extrema complejidad le mantuvo alejado de la sociedad. Sobrevivió al tiempo.
Wesley saltó por encima del sofá, se metió en otro dormitorio y se colocó los restos de una cabeza de oso que había vaciado a conciencia. Lo hizo despacio, saboreando el instante mientras un hilillo de baba descendía para bañar su torso. Se excitó con el peso de aquella especie de casco. Sólo quedaban algunos restos de cráneo, las fauces, y gran parte del pelaje. Cuando se hizo con el cuerpo del animal abatido por unos cazadores, entendió que formaba parte de la montaña, y aquel paraje era su hogar. Por eso se transformó en oso.
Con la noche encima de los hombros salió a correr entre los árboles. Se acercó hasta el puente de madera, el único acceso a su imperio de nombres olvidados. Y desde allí observó la luz bailante de una fogata. A cientos de metros de distancia. Podía olfatear el trabajo de las ascuas. Los desconocidos querrían saber de él. Por eso llegaban hasta sus tierras pese a las dificultades de una ruta que permanecía cerrada a consciencia. Quizás buscaban la adrenalina de las noches rotas. <<Oso>> dijo en voz baja. No recordaba mucho más del lenguaje de los hombres.
Se deslizó como un animal salvaje. Cruzó los peldaños de madera de roble. Puede que los aventureros ya se hayan acostado. Los conservaría bajo la tierra, guardaría sus ropas en casa y sus corazones pasarían a formar parte de su cuerpo. Se los comería. Wesley jadeaba de placer atravesando la espesura verdosa.
El oso hizo acto de presencia. Los excursionistas le ofrecieron su sangre a la montaña.
Fin
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