Siempre serás (solo) mi hijo.
Una crítica de la película Beautiful Boy y del modelo médico bioesencialista aplicado a la adicción.
Siempre serás (solo) mi hijo.
Una crítica de la película Beautiful Boy y del modelo médico bioesencialista aplicado a la adicción.


Dicen las abuelas que no se puede estar en misa y repicando; también, que de los porros a las drogas duras hay un paso. De todos los Óscars a los que no estuvo nominada Beautiful Boy, el de Mejor Guión Adaptado (del ideario colectivo ontogenario sobre la adicción, en este caso) es el único que probablemente mereciese.
Miento al menos en parte, porque que Timotheé Chalamet está desgarrador en esta cinta es algo que saben desde a quienes les costaba imaginarlo como algo más que el efebo de Call me by your name hasta sus más acérrimos detractores; los cuales, al igual que sucedió en su día con Leonardo DiCaprio, son incapaces de admitir que un tipo bello (en un sentido delicado, estereotípicamente asociado a lo femenino, no acorde al modelo de masculinidad ruda e hipermusculada que se presenta como aspiracional a los hombres de la audiencia) pueda ser, y sea, un buen actor. De hecho, el error fatal de esta película, más allá de ser un refrito de opiniones más anacrónicas y dañinas sobre el abuso de sustancias, es la escasa presencia del Bonito Chico al que se debe su título. Ese del que se supone que trata… pero no. Y es que a Nic Sheff solo lo conocemos a través de la perspectiva (limitante, castradora; primero idealizada y luego teñida de decepción) de su padre David, pese a los innumerables intentos de la película por convencernos de que estamos viendo los dos lados de la historia (si es que los hubiera, lo cual es mucho suponer).
Lo que la película nos muestra, en realidad, es la inconveniencia que la adicción a la metanfetamina resulta a la hasta entonces perfecta vida blanca y burguesa de su familia; como la influencia de escritores deprimidos, grupos de rock satánico, y los porros, ¡malditos mil veces!, corrompieron a un joven prometedor. “La inocencia que se presupone a la blanquitud”, dice (creo que muy acertadamente) esta reseña, “constituye la tácita fuerza gravitatoria que nos arrastra a conmovernos de los Sheff. Vemos su casa, una espaciosa cabaña en lo profundo de los bosques y montañas del norte de California, vemos su amorosa familia de clase media alta (…) Esto no debería pasarle a un chico como Nic”. Todo ello se adereza con un discurso bioesencialista sobre la naturaleza de los adictos (esa creencia que insiste en que algunos de nosotros nacen con un agujero en las venas, dispuestas a la inyección), asegurándonos simultáneamente que la rehabilitación (aquí referida como “cura”) es posible e improbable, que puede llevarse a cabo sin el consentimiento y la voluntad de quien la sufre; y finalmente, y para mi horripilación, que el apoyo de sus seres queridos no constituye si no una herramienta para su mutilación. Si Proyecto Hombre, en plena epidemia de la heroína en los 80, firmase este film, difícilmente le podía haber quedado más individualista, punitivista y neoliberal.

“Es casi un milagro que Nic sobreviviera”, dice un médico tras una sobredosis, pero en este universo, los hombres ricos y blancos tienen oportunidades infinitas para empezar de nuevo. (…) La ayuda está ahí fuera, pero solo si tus padres pueden permitírselo, y solo si eres un Bonito Chico.
Solo salvaría una escena; una en la que no hay ni un solo diálogo. Solo un padre, frente al diario de un hijo al que ya no reconoce en la habitación que acaba de abandonar en una de sus recaídas, tal vez para siempre. Es la primera en la que se da voz a Nic y a su dolor, y la última en que estos son expresados sin que los siga un castigo o una recaída. No es casualidad que esta película esté basada en las memorias de un padre que, al parecer, no se ha molestado en intentar comprender por qué para su hijo el “mal camino” fue deseable en comparación al que él le marcaba.
Esta es la que considero la peor parte. Beautiful Boy se basa en las memorias homónimas de David Sheff; de las que su hijo ha sacado una secuela (ambos con su respectivo tour editorial, conferencias, y podcast adosado, como un chalet). Aunque la adaptación se toma licencias tales como abstraer el trabajo sexual que el Nic Sheff de carne y hueso llevo a cabo durante los diez años que estuvo consumiendo y otorgárselo a un personaje terciario: una crackera sin nombre ni función más allá de exponer los peligros a los que Nic ficticio podría verse empujado si su padre no lo salva, y pronto. Una que es reconocida como tal porque va desaliñada, ligando subliminalmente los conceptos pobreza y adicción, pero sin tratarlos más allá de su relación para con nuestro Bonito, Blanco, Buen Chico.
A día de hoy, dice su página web, Nic acepta sus diagnósticos. “Cuando me desintoxiqué la última vez, me comprometí a hacer lo que fuese que me dijeran mis doctores, y eso incluía un régimen de antidepresivos, estabilizadores del ánimo y antipsicóticos que sigo tomando a día de hoy”.
Quizás sería hora, a estas alturas, de darle a quienes padecen una adicción no una voz impuesta que pase necesariamente por la aceptación de un ser adicto innato, sino un espacio (quizá, entre muchos otros, el cine) para verbalizar sus malestares. Y es que nunca sabemos por qué Nic es adicto a la metanfetamina, aparte de “porque le gusta”. Un film que no está listo para abordar las complejidades de un tema tan escabroso como este, o de atreverse a hacerlo, quizá no debería realizarse. Porque dejar a la audiencia con el mensaje de que tal vez sería mejor que tu Bonito Chico esté muerto a que se afee (si, esto se dice en la película, y no se contradice o corrige por la narrativa), a mí me resulta repugnante.
Esta reseña pretende ser una crítica a las formas generalizadas de entender la adicción en nuestros días: bien como enfermedad mental incapacitante, que nos exime de cualquier responsabilidad o agencia; bien como decisión consciente, prolongada y errónea. Cualquiera de estos enfoques, tanto el biomédico como el moralista, ignoran las implicaciones económicas y políticas de este transtorno (no crónico, necesariamente, en tanto que derivado del consumo y no de una disfunción innata al sujeto): ¿a quien beneficia la desmovilización de la clase obrera (y en concreto, de su grueso más vulnerable), su enfrentamiento contra si mismo, la gentrificación de los barrios y su conversión en guetos? Ante la epidemia de los opióides en EEUU, pero también de las marcas indelebles del pasado reciente en nuestras comunidades (¡una generación entera, perdida, y su descendencia lastrada; solo las viejas y ricas glorias añoran aquellos días!), son preguntas que tendríamos a bien hacernos, en lugar de: “¿Debería darle 50 céntimos a este alma en pena en la puerta del supermercado? ¿O se lo gastará en drogas?” (porque, y lo digo sin importarme a quien levante ampollas, incluso quienes no quieren o pueden “recuperarse” merecen unas condiciones dignas de vida); y para las que, si buscamos respuestas en el cine, resultaría más apropiado ver La belleza y el dolor.
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- 2026-08-07 13:39:48