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¿A qué edad se supone que uno debe dejar de soñar con tener una banda? 🎸

Reflexiones previas al cumpleaños del vocalista de Bremen: banda de rock naciente en la escena de una ciudad intermedia.

Luis Miguel Hurtado-Gómez · 2026-03-15 19:20 · 0 claps · 8.1 min read
#creatividad #música #crecimiento-personal #rock-band #relacionamientos
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Bremen: impostores, la rebeldía de los sueños irrenunciables y las falacias de los relojes tardíos.

Las manifestaciones de la cultura pop que a los chicos nacidos en los ochenta y noventa nos tocó incluyeron una buena cuota de mensajes que, a pesar de percibirse “inofensivos”, lograron hacer mella en muchos de nosotros al llegar a la adultez. En Pies Descalzos, Sueños Blancos, Shakira decía “Las mujeres se casan siempre antes de 30, sino vestirán santos aunque así no lo quieran”. La Oreja de Van Gogh, durante su etapa temprana, todavía con Amaia Montero al frente, hablaban del “poeta que decide trabajar en un banco” en la canción Deseos de Cosas Imposibles. Y esa sola frase dice muchas cosas, lejos o cerca del argumento principal de su canción huésped.

Bremen. De izquierda a derecha: Caled Ospina (guitarra rítmica), Juan Camilo Vargas (batería), Juan David Lalinde (bajo y voces secundarias), Cristian Valencia (guitarra líder). Inclinado en la mitad: Luis Miguel “Mik” Hurtado (voz líder). Fotografía de Alexánder Saray Rodríguez.

Bremen. De izquierda a derecha: Caled Ospina (guitarra rítmica), Juan Camilo Vargas (batería), Juan David Lalinde (bajo y voces secundarias), Cristian Valencia (guitarra líder). Inclinado en la mitad: Luis Miguel “Mik” Hurtado (voz líder). Fotografía de Alexánder Saray Rodríguez.

Es domingo, 15 de marzo de 2026. Me faltan 5 días para ajustar 36 años de vida. Me gusta cumplir años: de verdad, le encuentro una mística maravillosa al hecho de atravesar una vez más el día en el que conmemoro mi llegada oficial a la existencia. Para este momento de mi vida, conforme a los sueños que tuve siendo adolescente, yo debería haberme convertido en un cantante reconocido y encontrarme, como mínimo, trabajando en mi quinto álbum de estudio. También debería haber recorrido el mundo por lo menos con tres giras, firmado copias de mis álbumes adquiridos por personas que no conozco en Colombia y en Tokio, tener un sólido contrato con una major label y haber participado en innumerables entrevistas con medios de todo el mundo.

A muchas personas con las que comparto edad seguro les ocurrirá que, cuando entran a Instagram o a TikTok, encuentran una ingente cantidad de publicaciones cuyo trasfondo gira, más o menos, en “estás a tiempo: no compares tus relojes con los de nadie más”, o “mientras otros subían en ascensores, tú debías utilizar las escaleras y hacer pausas cada tantos pisos para tomar aliento y continuar”. Y todas ellas no solo son válidas: en lo personal, han sido ayuda en abundantes momentos de batalla campal entre mi autoestima, mi experiencia y la persona que he construido hasta el día de hoy.

¿Cuándo descubrí que tenía oído para la música? Accidentalmente a los 9 años. Por aquel entonces, alguno de los canales nacionales emitía una telenovela llamada *El alma no tiene color, mexicana, protagonizada por Laura Flóres, Arturo Peniche y Celia Cruz (sí, “¡azúcar!)”. *El tema principal de la telenovela lo interpretaba la misma Flóres, pero era una composición original de Marco Antonio Solís. Mi abuela era una intachable televidente y, de lunes a viernes, su ritual favorito era sentarse a ver sus novelas favoritas en su silla mecedora: normalmente yo la acompañaba en ese ritual a la hora del almuerzo.

No recuerdo si fue que yo mismo, inadvertidamente, en cualquier ocasión empecé a cantar la canción frente al televisor. Y ese fue sustento suficiente para que mi abuela, cada vez que la novela iniciaba, me pidiera que la cantara yo. “Papi, cánteme El alma no tiene color. Es que usted la canta muy lindo”. No lo voy a negar: en mi cabeza de niño había ocasiones en las que me decía, muy rebeldemente “¿para qué quiere que lo haga, si finalmente ya sabe de qué va la canción? ¿Siempre querrá que se la cante?”. Ahora que lo veo en retrospectiva, entiendo perfectamente que quizás ella fue quien primero se dio cuenta de que la aptitud estaba ahí.

Mi abuela era la organización no gubernamental que permitía articular a todas las pequeñas repúblicas independientes que eran mi familia. Desconozco si es el caso de otras familias, pero en el de la mía sí ocurrió. Y, en la medida misma de su fallecimiento, esas pequeñas repúblicas también se emanciparon hacia otros territorios y visiones distintas, de su misma historia y de sus cosmovisiones particulares. Me gusta hacer esta analogía, porque en ocasiones, cuando pienso en el recorrido musical que he tenido, siento que soy un perfecto desconocido para varias municipalidades (personas, cómo no) en mi árbol familiar. No digo que esté bien o mal: simplemente es un pensamiento que cada tanto me visita.

Relojes ajenos y la mística de los 30 tardíos.

A los 11 años, cuando ella ya había fallecido, mi madre y yo heredamos su televisor. Ese mismo en el que ella sintonizaba El alma no tiene color sin falta, de lunes a viernes, y otras tantas novelas que seguro recordaré en alguna otra entrada. La época en la que ella falleció la recuerdo especialmente bien por dos hechos: su ausencia, claramente, pero también un cambio brusco que experimenté en mi paso de niño a adolescente. De un día para el otro dejé de ver caricaturas y empecé a interesarme, de forma casi obsesiva, en MTV y los vídeos musicales que allí veía a diario. Cualquiera de los días posteriores al fallecimiento, me encontré a mí mismo ya no solo cantando, sino intentando emular la coreografía de *Don’t Tell Me,* de Madonna.

En adelante, puedo hablarles de cerca de 5 años en los que esa fue mi rutina imparable. Levantarme, algunas veces encender el televisor y escuchar música mientras me vestía antes de irme a estudiar. Regresar del colegio, almorzar viendo el magazín de mediodía de MTV. Alternar mis deberes escolares con la radio o el televisor, bailando y cantando. Sin parar, sin concederme si quiera explorar algún otro tipo de entretenimiento: vídeo de artista nuevo que salía (y que me gustara, por supuesto), canción que procedía a aprenderme y a ejercitar una, y otra, y otra vez. ¿Fue mi abuela la responsable indirecta de que decidiera construir una carrera musical? También es un pensamiento que me visita cada tanto. Abue: si en donde te encuentres me puedes leer, quizás estés pensando “el petacón entendió el mensaje. Qué bueno”.

Por el medio de los tiempos y los sueños transité yo. Terminé el colegio, trabajé varios años antes de finalmente ser admitido a la Universidad, finalicé mi formación profesional. Hice parte de la banda de rock de la Sede Manizales UNAL y, cada tanto, recordando esas épocas, suelo decir que en parte agradezco haber terminado la carrera a ese proceso que fue tan significativo para mí. Al graduarme trabajé en todo tipo de posiciones, relacionadas o no con la gestión de la cultura y las artes. Mientras trabajaba para una multinacional de software en Medellín, mi primo me contactó con un amigo suyo que arrancaba un proyecto de banda de rock allá mismo. Nos conocimos e iniciamos ensayos, pero la pandemia de 2020 truncó la iniciativa y el sueño no prosperó.

El impostor, el micrófono y la valentía rebelde.

A inicios de 2025, justo antes de iniciar mi segundo año de trabajo en una posición laboral que hasta entonces sentía estable, tuve una conversación interna en la que me dije: “¿quién dice que tú mismo no puedes convocar personas que quieran hacer un proyecto musical contigo al frente? ¿Te lo vas a decir tú mismo, que ya has pasado por tantas cosas?”. Otra voz interna me decía “estás viejo: ya no vale la pena. Eso no va a ocurrir: acéptalo de una vez. Para el mundo, un vocalista que ya se esté acercando a los 40 es una causa perdida”. Esta es apenas una muestra pequeña de lo agresivo que puede ser el impostor que vive dentro de mí: sin embargo, para este momento concreto, decidí no escucharlo.

Así que cambié el mensaje y empecé a hacer una lista mental. “Entre mis amigos, ¿quiénes podrían tomar mi idea y sentirla como suya? ¿Quiénes, preparados o no, querrían hacer parte de una banda de rock? ¿Sentirían, al igual que yo, que ya es una “causa perdida” y que la vida que ya construimos, es un proyecto que va a cerrarse a dialogar con otros? ¿Será un riesgo latente o una oportunidad?”.

El próximo 8 de mayo, Bremen cumplirá un año de haber iniciado ensayos. Juan David y Juan Camilo, mis amigos más cercanos y convocados al proyecto desde su génesis, continúan estudiando semana a semana temas nuevos, perfeccionando los que ya se han tenido desde el inicio. Caled y Cristian, dos guitarristas de talento enorme y que llegaron algunos meses después para completar la fórmula mágica, se han convertido también en amigos cercanos entre ensayos y risas. También entre discusiones y desencuentros, como en cualquier banda que termina por configurarse como familia.

Hay un hecho transversal y curioso a nosotros cinco. Que, además, es la razón detrás del nombre de nuestra banda: ninguno esperaba reinaugurar la sede de sus sueños musicales a esta altura de la vida. Juan David es colega mío de la carrera y antaño participó en bandas de rock al lado de su entonces mejor amigo, a quien perdió hace algunos años. Desde entonces, no había vuelto a tocar el bajo. A Juan Camilo lo conozco desde que teníamos 14 y 15 años respectivamente: fuimos compañeros de colegio. Vio mis inicios como vocalista, ganando el primer y único trofeo que he tenido en mi vida, producto de una competición intercolegiada de canto en inglés en 2006; a la par, yo también vi sus inicios como baterista del SENA durante algunos meses en 2007. Él conoció a Cristian en la coyuntura de su formación técnica en el mismo SENA y compartió escenario con él para la primera presentación de esa banda, conformada únicamente por aprendices: volvieron a contactarse cuando determinamos que necesitábamos a un guitarrista melódico. En nuestro primer encuentro, nos contó que ni siquiera tenía una guitarra para ensayar, pero que no dudaría en conseguirla. En cuanto a Caled, yo lo había conocido en 2014, cuando fui vocalista invitado en algunos ensayos de una banda llamada Sistema Sanguíneo. Cada tanto volvíamos a encontrarnos y a saludarnos en la calle: vivía cerca de mi anterior sitio de trabajo y uno de esos encuentros se dio justamente en los días que necesitábamos cubrir la plaza de guitarrista armónico. Él me dijo “hace años que no hago nada, pero yo voy y miramos qué tal nos acoplamos”.

***Los Músicos de Bremen *es un cuento popular de los Hermanos Grimm. En la historia, cuatro animales diferentes: un gallo, un asno, un perro y un gato, huyen de sus hogares por diferentes circunstancias: luego de ahuyentar a un grupo de ladrones en una población vecina, terminan por asentarse en la localidad de Bremen, Alemania, y dar allí conciertos a partir de sus propias onomatopeyas biológicas. Cuando propuse el nombre de la banda lo hice con un doble fin: *por una parte, enfatizar el hecho de que cada uno de nosotros quería algo más allá de su entorno (“la casa”): un sueño movilizado por la pasión musical. También queríamos, quizás, darle lugar justificado a adelantar acciones para acallar nuestras voces internas (“los ladrones”), partiendo cada uno desde sus capacidades, estuvieran en el estado que estuviesen (“las onomatopeyas”).* Y aquí nos encontramos: todos nosotros, a punto de superar la barrera de los 30, pero soñando como si fuéramos adolescentes. Por supuesto y para fortuna nuestra, con mucho más criterio.

Así desmentimos lo que en las líricas inocentes de Shakira y La Oreja de Van Gogh pudiera sentirse de tantas maneras como causas perdidas. Ahí tenemos a Shakira, a sus casi 50, en la mitad del tour más ambicioso y largo de toda su carrera musical. Tenemos a Leire Martínez, vocalista que salvó el barco de la banda donostiarra durante 17 años consecutivos, editando su primer álbum solista a los 46 (si les gusta el pop, el disco de Leire les va a encantar).

¿Cuándo editará Bremen su primer EP o su primer larga duración? Ni siquiera nosotros mismos lo sabemos y, últimamente, mi pluma en materia musical está seca. Pero hay un proceso con evidencias suficientes para permitirme una paz mental frente a un hecho puntual: no solo yo estoy buscando incansablemente ver mis sueños cumplidos. Estos chicos, estos cuchachos que caminan conmigo y eligen hacer oídos sordos a lo que se esperaba de ellos, también siguen en esa búsqueda.

Y podría hablar de muchos más artistas, comerciales o en el underground (raro que no haya hablado de Madonna y el edadismo: tarea para otro post) que al igual que Bremen han elegido más bien hacer caso omiso de lo que se esperaría de ellos a la edad que tienen. Porque para soñar, ser valiente e ir a por lo que se quiere, no hay ni edad ni condición.

Solamente hay ímpetu y ganas de asustar impostores.

Este texto es parte de una serie de reflexiones personales mientras me acerco a los 36 años y redescubro mi voz con Bremen.


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