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De cuando la vergüenza significaba algo

El mundo entero, sin importar la fe, se congrega para contemplar el color del humo exhalado por los techos del Vaticano cuando se trata de…

Pablo Colina · 2026-06-14 11:01 · 0 claps · 3.5 min read
#bolivia #presidente #asedio #rodrigo-paz #politica
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De cuando la vergüenza significaba algo

El mundo entero, sin importar la fe, se congrega para contemplar el color del humo exhalado por los techos del Vaticano cuando se trata de escoger a un nuevo pontífice. Se asiste a ese lento espectáculo desde el otro lado de una pantalla de televisor, a través de las voces de las radioso, en el caso de unos pocos a los que suele tildarse de afortunados, en la intemperie de la propia plaza de San Pedro, bajo una llovizna romana o un sol abrazador. Y se hace siempre con una dosis de esperanza, pues lo novedoso, por el mero hecho de presentarse como lo no vivido o lo no desgastado, suele traer consigo esa benévola y acaso dañina predisposición del ánimo, de la esperanza. Existe la flaqueza de creer que el nuevo Papa será más bondadoso que el anterior, o que al menos igualará su benevolencia; y esa misma superstición, que es una mezcla de ingenuidad y de íntimo terror al desamparo, la aplicamos con idéntica ligereza a la llegada de los presidentes de las naciones, como si la investidura tuviera la propiedad mágica de purificar a quienes hasta la víspera no eran más que hombres ambiciosos y vulgares.

En estos mismos días se asiste al desarrollo de procesos electorales en Colombia y en Perú, y se percibe en el ambiente una suerte de expectativa global ante los resultados, un nerviosismo que parece ignorar las fronteras. Poco importa la ideología que declaren los candidatos, pues a estas alturas de la historia ya sabemos de sobra que tales etiquetas no son más que un decorado escénico, un tramantojo diseñado para captar la adhesión emocional de los votantes y justificar el trámite de las urnas. Una vez que esos individuos alcanzan una pisca de poder, se apresuran a concederse sus pequeños y mezquinos lujos, dedicándose a hacer su santa voluntad y a recordar con desdén las promesas que formularon cuando aún necesitaban parecer humildes.

La expectativa es, pues, inmensa, y sin embargo de ella nace una pregunta que tiene algo de fantasmal y de inquietante cuando volvemos la mirada hacia nuestro propio territorio. ¿Tiene Bolivia un presidente?

Si uno se detiene un instante a pensarlo, si hace el esfuerzo consciente de hurgar en la memoria en busca de un rostro comprobará con estupor que le cuesta pronunciar un nombre; como si el humo de nuestra particular chimenea nunca hubiera alcanzado la altura del cielo, o como si la ceremonia de la elección no hubiera sido más que una pantomima celebrada en la penumbra. Ocurre que en las últimas tres elecciones el país ha convivido con la certeza del fraude, y este último proceso del año 2025 no ha hecho más que heredar e instalar esa misma duda persistente, esa sospecha que lo empaña todo.

Acabo de afirmar que aquellas elecciones se celebraron, y sin embargo el nombre del elegido se me escapa, de la misma manera que se le escapa a la gran mayoría de los bolivianos. Se nos desvanece porque ese nombre no está respaldado por una presencia, y es sabido que lo ausente, aquello que no se manifiesta ni comparece, acaba por ser arrinconado en los desvanes del recuerdo hasta que se olvida del todo. Olvidamos al elegido porque su figura se ha vuelto invisible en un momento en que la ciudad de La Paz lleva más de un mes paralizada, sometida al asedio y al terrorismo auspiciado por el expresidente, ese hombre incapaz de concebir su existencia fuera del poder y cuyo deseo constante no es otro que el de erigirse en dictador perpetuo. Ante una parálisis de semejante envergadura, ante el secuestro cotidiano de la vida de los ciudadanos, lo mínimo que cabría esperar de quien ostenta el cargo supremo es un gesto de autoridad, una palabra, una acción rectora. Pero lo que hallamos es la carencia, el vacío. No parece haber nadie al timón.

Y, sin embargo, la semana pasada experimentamos un levísimo atisbo de esperanza, una de esas ráfagas que a veces nos hacen creer que el orden de las cosas aún es posible. El presidente decidió, al fin, movilizar a las fuerzas militares bajo el mando del señor Justiniano para desbloquear una ruta crucial que devolviera el aire a la asfixiada ciudad de La Paz. En ese instante, el pueblo real, (ese que padece el cerco y que nada tiene que ver con la minoría violenta que usurpa con altanería el nombre de “el pueblo boliviano”) sintió que, por una vez, las instituciones respondían y que verdaderamente poseían un presidente decidido a ejercer como tal.

Pero qué pronto se deshacen nuestras ilusiones y qué amargo es el despertar de nuestra ingenuidad. Shame on him, habría que decirle, recurriendo a esa expresión anglosajona que condensa la deshonra y la vergüenza ajena de un modo que nuestro idioma a veces dilata. Pues pronto supimos que aquella demostración de fuerza del Estado, aquel despliegue que creímos motivado por el bien común y la defensa de los ciudadanos desamparados, se llevó a cabo únicamente para asegurar que la hijita del mandatario pudiera celebrar su ceremonia de graduación sin los contratiempos del bloqueo. Claro, con mucho sacrifcio, la joven había estudiado durante largos años y aquel instante familiar requería una vía despejada. El hambre de miles de personas no era, al parecer, un motivo tan apremiante; el asedio de una ciudad entera carecía de la urgencia necesaria; la tarea de gobernar y de proteger a los gobernados podía esperar. Todo ello resultaba secundario y perfectamente postergable frente al imperativo doméstico de un birrete y un diploma.


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