Alien Romulus: procedimiento para la destrucción de una saga (en sólo dos pasos)
Cuántas películas conforman la saga de Alien? ¿Siete?, ¿cinco?; ¿las aberraciones fílmicas de serie B deberían estar incluídas? Yo propongo…
Alien Romulus: procedimiento para la destrucción de una saga (en sólo dos pasos)

Cuántas películas conforman la saga de Alien? ¿Siete?, ¿cinco?; ¿las aberraciones fílmicas de serie B deberían estar incluídas? Yo propongo que siete sean nuestro marco de referencia: Alien, de la primera a la cuarta, Prometheus, Covenant y Romulus. Todas cumplen a cabalidad con la primera instrucción de este procedimiento: que tengan el VoBo de Ridley Scott.
Sin estar necesariamente en la producción o dirección, la presencia de Scott en la estructura argumental de estas siete películas les da -a excepción de Romulus, ya ahondaré en ello- solidez y sentido, sin sacrificar un ápice el estilo y estética de cada director. Es notable que todas las películas, de las 4 partes secuenciadas (no oficialmente) por su numeración, son por sí mismas grandes ejercicios fílmicos y artísticos que capturan con inteligencia y sensibilidad el espíritu cultural de sus tiempos.
Valdría la pena detenerse en cada una de ellas, pero para los propósitos de esta crítica sólo lo haré con Alien 3, la entrega que más merece atención y justicia; una película de una delicada y lúgubre belleza -casi ocre-, que respeta y enaltece su género con un argumento imaginativo y redondo. Ópera prima de David Fincher, cuyo merecimiento cinematográfico es insuficiente e inversamente proporcional a su denuesto mercadológico.
Desde luego haré también un alto en Prometheus y Covenant, las dos obras de autor de la saga, con las que Ridley Scott retomó el control de su franquicia luego de una pausa de 15 años. Ambas son inquietantes y discordantes. Piezas de sobria y fría luminosidad, que se despliegan en la pantalla con una amplitud que alcanza lo contemplativo, pero que en la dimensión narrativa son demasiado vertiginosas; reflejo de aquellos nada lejanos tiempos en los que el impulso para la refinanciación de las cadenas de producción -luego de la crisis global de 2008-, demandaba rapidez y sacrificio de la calidad en absolutamente todas las industrias.
Por supuesto, la potencia visual y estética de estas dos grandes entregas no consiguió cubrir las exigencias mercantiles. Su confrontación con las demandas exigidas en el nivel argumental no les permitió consolidarse ni alcanzar su potencialidad cinematográfica y menos, financiera. No obstante, Prometheus y Covenant son dos irreprochables intentos por reelaborar y actualizar una saga que hasta ese momento se mantenía como una de las más cuidadas y propositivas en la historia del cine.
Y así llegamos a la segunda y última instrucción para la autodestrucción de la saga: Romulus; el mecanismo de estética retrofuturista que, como señalaba en los primeros párrafos de este texto, es la excepción de la saga en cuanto a solidez y sentido. Aunque, paradójicamente, sí comparta con el resto de la filmografía de la serie la cualidad (en este caso completamente involuntaria) de reflejar su Zeitgeist.
Es decir, la más reciente entrega bajo la autorización de Ridley Scott es un escenario del sinsentido de la actualidad posneoliberal, que se abandona per se a la nostalgia por la era cúspide de ese modelo despedazado: los años 1980. Como si de un piloto se tratara, la pantalla muestra la ejecución del manual, paso por paso, para una película blockbuster de 1986.
El arranque remite inmediatamente a la película primigenia, al mostrar escenarios completamente basados en la estética imaginada por el propio Scott (también vistos en Blade Runner). Por otro lado, la utilización de personajes juveniles en su típico entorno de convivencia dentro de la lógica capitalista de finales de los 80, revela la intención de utilizar la serie Stranger Things como modelo argumental, adaptado al postcyberpunk y al estilo narrativo de un director taquillero de películas de espantos.
¿Qué podría salir mal?
Y en efecto, todo salió mal. Apenas transcurridas las primeras secuencias que homenajean visualmente la obra del creador de la franquicia, el argumento se torna predecible y cansino. Cualquier posibilidad de complejidad o reflexividad queda reducida a la caricatura maniquea y en esa reducción el mal queda representado, de manera grotesca y obvia, por la mítica corporación bicéfala: Weyland-Yutani.
Con esta mecánica “Fede” Álvarez utiliza un tema vigente desde que Alien fue concebida: la expansión de corporaciones financieras que trascienden cualquier frontera política y se convierten en suprapoderes autoritarios. La diferencia es que ese planteamiento distópico, que era innovador a finales del siglo XX, hoy es una realidad completamente interiorizada, asumida y normalizada.
No hay más complicaciones; está mal, okey, pero soporten. Mediante esta asimilación, el espectador promedio esperado está listo para el melodrama simplón que ofrece la relación entre los adolescentes (incluído uno sintético, completamente desperdiciado como personaje) y para que, justo en el momento señalado en el manual, se de paso a los espantos.
Activado el mecanismo, esa mala copia de Aliens, de James Cameron, incorpora ya los elementos que considera necesarios del resto de la saga y procede a destruirla. Establece desde los escombros un nuevo punto de partida y se revela como la simiente de videojuegos, series de streaming y spin off que algún papel jugarán en el proyecto de reactivación financiera en el entorno de una economía de guerra en la realidad actual.
El Cine entonces queda reducido a esa fantasía adolescente de un mundo que sea “great again”. La mitología, que proponía con 6 versiones de Alien una desolación combatible, transita con Romulus hacia la nostalgia y la claudicación.

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