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Soltar un vínculo: cuando el duelo no termina.

Una lectura psicoanalítica sobre el amor que deja huella.

Ana Tello · 2026-02-03 17:32 · 0 claps · 3.1 min read
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Soltar un vínculo: cuando el duelo no termina.

Una lectura psicoanalítica sobre el amor que deja huella.

Hay momentos en la vida en los que uno no está simplemente triste. Está, como diría Freud, empobrecido de sí mismo.

La canción: Cuesta abajo de Carlos Gardel, en su verso “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, no habla solo de una pérdida externa, sino de algo más cruel: la sensación de haber perdido una parte del propio yo. En Duelo y melancolía (1917), Freud describe este estado con una precisión inquietante: cuando el objeto amado se pierde, pero no puede ser soltado, el duelo no se completa y el yo queda tomado por la pérdida. Ya no se sufre solo por el otro; se sufre contra uno mismo. Aparecen el reproche, la culpa, la vergüenza. No tanto por lo que el otro hizo, sino por lo que uno siente que no fue suficiente.

Esto se vive hoy con una intensidad particular, porque muchas pérdidas no tienen forma clara. No hay finales rotundos, no hay despedidas simbólicas. Hay vínculos que se diluyen, presencias que se retiran sin irse del todo. Y ahí el sujeto queda suspendido, sin saber dónde colocar lo perdido.

El sujeto melancólico (dice Freud), sigue caminando por el mundo como un paria. Funciona, trabaja, habla… y al mismo tiempo arrastra algo no dicho, una “lágrima que no termina de caer”, no porque no quiera soltar, sino porque no sabe cómo hacerlo sin perderse aún más.

Aquí se juega algo que Lacan formulará después con claridad: el deseo no se engancha solo a personas, sino a los lugares que esas personas ocuparon en nuestra estructura psíquica. El otro no era solo un otro: era soporte del Ideal, promesa de completud, espejo donde el yo se sentía pleno. Por eso el pasado aparece en la canción como un “sol de primavera”. No es el pasado en sí lo que duele, sino la caída desde ese ideal.

Cuando el texto dice “las ilusiones pasadas yo no las puedo arrancar”, no habla de terquedad. Habla de algo estructural. Lacan lo pensaría como la fijación al objeto perdido: no se puede arrancar porque ese objeto sostiene algo del deseo mismo. Soltarlo implicaría enfrentarse al vacío.

Y ese vacío asusta.

Por eso el sujeto prefiere girar alrededor del recuerdo, incluso si duele. Hay allí un goce extraño, un sufrimiento que se repite, que no libera, pero que da consistencia. Lacan fue brutalmente honesto en este punto: el ser humano no solo busca placer; también puede aferrarse al dolor cuando ese dolor organiza su mundo.

Nicolas Abraham y Maria Torok permiten pensar esta experiencia desde otra arista. Ellos hablan de la cripta: experiencias de pérdida que no pudieron ser simbolizadas, palabras que no se dijeron, verdades que no se aceptaron. Cuando el amor falla sin poder ser pensado, no se digiere, se encierra; y desde ahí retorna como fantasma. Por eso el sujeto “bebe incansablemente de su copa de dolor”: no porque quiera sufrir, sino porque algo quedó atrapado y no encuentra salida.

Y pensar duele.

Aquí entra Bion con una idea clave: cuando una experiencia emocional no puede ser transformada en pensamiento, queda como un elemento crudo, invasivo. El sujeto no piensa el dolor: es pensado por él. Lo revive, lo sueña, lo repite. La reflexión (cuando es posible), no borra la herida, pero la vuelve representable, compartible, le da un borde.

En una época como la actual, donde se exige soltar rápido, rehacerse pronto, “no engancharse”, este trabajo se vuelve todavía más difícil. Porque pensar el vínculo implica detenerse, asumir la propia implicación, aceptar que no todo fracaso es ajeno. Y eso toca zonas narcisistas profundas.

Pierre Marty advertiría aquí un riesgo mayor: cuando la pérdida no se elabora, no solo se sufre, sino que se empobrece la vida psíquica. Aparece una pendiente silenciosa: menos deseo, menos proyección, menos vitalidad. No un drama explosivo, sino un apagamiento lento. Por eso resulta tan importante poder pensar, decir, escribir, analizar. No para quedarse en el pasado, sino para evitar que el pasado se coma el presente.

Así, la lectura de esta canción desde la teoría psicoanalítica nos recuerda que soltar un vínculo no es olvidar ni negar lo que fue. Es poder decir: esto existió, me marcó, me dolió… y aun así no puede seguir gobernando mi vida. Pensarlo no nos debilita: nos inscribe en una forma profundamente humana del dolor amoroso. Nos recuerda que no estamos rotos, sino atravesando algo que tiene estructura, historia y posibilidad de elaboración.

Y tal vez ahí, muy despacio, la pendiente deja de ser caída… y se vuelve camino.

Ana Tello.


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