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El pequeño pony del Otro

Unos filamentos de tanza comenzaron a emerger entre mi ropa, mientras retorcía la manito de forma articulada.

Paula Trimano · 2026-04-20 05:14 · 0 claps · 6.7 min read
#deseo #artist #family #materialism #politics
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El pequeño pony del Otro

No fue hasta que arrancó el colectivo que comencé a desenvolver los pliegues del abrigo, mirando de reojo a mi madre que estaba sentada junto a mí. Al otro lado del pasillo, en el asiento de enfrente estaba mi hermana inclinada hacia nosotras con su mirada expectante. En eso siempre nos diferenciamos, ella prefería el pasillo para sentir movilidad, yo en cambio quería la ventanilla, me gustaba contar horneros, molinos de viento y vacas durante el viaje, era una forma de entretenimiento en la llanura extensa del noroeste cordobés. Unos filamentos de tanza comenzaron a emerger entre mi ropa, mientras retorcía la manito de forma articulada para que lo que guardaba se revelara de a poco. Primero unos pelitos, después una patita, hasta que ya a las afueras del pueblo le mostré a mi mamá, entre orgullosa, avergonzada, culpable y pícara— era una mezcla de emociones a base de mucha confusión sobre lo que debía ser y lo que se sentía justo — ; el pequeño pony apareció. “Mirá mamá, lo que me traje”. Días enteros había estado en casa de unos tíos, jugando con mi prima y sus juguetes, el pequeño pony era fascinante y ella tenía un montón. Su melena flúor me transmitía la fantasía de un espacio-tiempo donde todo era felicidad, la comarca en la naturaleza prístina, los arroyos de agua fresca, arcoíris, frutas silvestres y animales encantados en un escenario balsámico. Toda esa constelación de significantes se abría en mi interior ante la presencia del pequeño pony; objeto de deseo que por otra parte me resultaba imposible tener. “Paula!, pero qué hiciste!” dijo mi madre entre escandalizada y enternecida. Desde su mirada, la acción era inadmisible, pero en el fondo, aunque no me lo dijera, comprendía la frustración que implicaba para mí habitar un mundo en el que todo era abundante, siendo después vedado, reducido a lo que correspondía para mis primos pero no para nosotras. Tomar ese muñeco era extraer el fragmento de una vida perfecta, el trozo de plástico perfumado que me aferraba un ratito más a esa realidad.

No entendía por qué ellos podían tener tantas cosas, por qué la vida era fácil y plagada de regalos, mientras yo tenía que contentarme con jugar al sulky en una colchoneta. No es que me esté quejando, mi madre siempre se las arregló para cubrir todas nuestras necesidades y más, nunca nos faltó nada, a ninguna de las dos, a mi mamá en cambio, no lo sé. Tuve también mis juguetes, los justos, incluso aunque resultara inoportuno. Nunca faltaba la barra de dulce de leche Holanda que nos compraba a la salida del colegio, una para cada una y la gaseosa familiar que llegaba a la mesa solo una vez por semana. Precisamente eso convertía el almuerzo en una fiesta: lo divino de saber que era domingo, de estar abajo en el complejo — extraño nombre para un lugar donde crecer — jugando con mis amigas y que a la una de la tarde tenía que subir porque la comida iba a estar lista y era “pollo a la sal con papas al horno” acompañado de una botella grande con ese líquido de un color burbujeante.

Pero, en relación a los parientes del campo había un contraste permanente, se abría un abismo en la temporalidad y el cúmulo de las posibilidades. Mis primos siempre tenían todo, lo último y en cantidad, muchos pequeños ponys, la consola de la marca oficial con muchos videojuegos, no estaba el vacío del deseo insatisfecho y había un componente de facilidad en todo eso. No se moralizaba el consumo, no debían ganárselo. El merecimiento en ellos operaba por antonomasia; deseo y satisfacción estaban unidos por la misma cadena. Nosotras en cambio, las tres, vivíamos en una realidad diferida, teníamos que trabajar el deseo, insistir en lo que queríamos y aún así no siempre llegaba, no por falta de voluntad, sino de condiciones materiales. Lo que empeoraba las cosas era la relación de cercanía, lo que paradójicamente amplificaba la distancia frente a la fortuna. Es complicado en la infancia comprender que la familia extensa tiene trayectorias diversas y que la consanguinidad no asegura los mismos beneficios.

“Me lo traje” le dije, “la Emi tiene muchos”. Decirlo empezaba a resquebrajar la ilusión de poseer un pellizco del universo dorado de mi prima. No había solución inmediata con el colectivo marchando, pero mi madre era implacable en cuanto a la verdad y la idea de justicia; lo que había hecho estaba mal y no podía cargar esa mentira, ser ella también ladrona por complicidad. En esa época no existían los celulares, tuvo que soportar la falta en su conciencia durante todo el viaje y esperar a llegar a Córdoba para llamar a mi tío y ponerlo al corriente del delito. Siempre fue tan buena como bocafloja. Durante el viaje no jugué con el pequeño pony, volvió al recinto de lo oculto, porque sus colores chillones eran una alarma de inadaptación. Ese inocente y afeminado caballito de goma pasó a ser la prueba de un crimen en un vehículo poblado de vecinos.

Después de la reacción de mi madre, de habitar la certeza de que sería delatada, de que el pequeño pony volvería a su reino por lo que resta inaccesible para mí, supe que lo único que tenía era un soplo de posibilidad hecho añicos; ya no hubo placer ni fantasía, solo la confirmación de que mi obrar era reprobado y que por lo tanto debía sentirme culpable. Incluso en ese momento, siguió primando dentro de mí la sensación de injusticia, de que lo que estaba mal no era yo, sino algo más grande, que la acción era incorrecta, pero no se asemejaba a la incorrección de la estructura que la hacía necesaria. La pregunta interior era ¿Por qué para ellos sí y para mí no? Más tarde, con el pasar de los años, ese “mí” se convirtió en primera persona del plural.

Fueron muchas las veces que nos despedimos en esa terminal del pueblo bajo las mismas circunstancias, siempre estábamos todos, las que nos íbamos y los que se quedaban, y algún juguete orbitando que se compartía hasta el último minuto. Luego llegaba la hora de subir al colectivo, instante en que la brecha material se volvía insoslayable.

El pequeño pony fue devuelto, de hecho nunca tuve uno, pero su imagen quedó calcada marcando un hito en mi vida. Es llamativo después de un tiempo como retornan los ecos del pasado, momentos en que una idea aparece y dice algo, abre una pregunta que reverbera a través de los años buscando la respuesta satisfactoria. Por el contrario, si no se resuelve continúa flotando en el espacio reservado para los significantes latentes y vuelve a insistir ante la más mínima posibilidad. En cierto modo el suelo discursivo de toda una obra-vida se apuntala en esos episodios fundantes. Algunos cuestionamientos encuentran su vector, la concreción de un resultado, pero cuando las dudas parten de una estructura mayor a la larga y con un poco de suerte terminan siendo el motor de nuestros actos creativos.

Más tarde pude encontrar otros escenarios, otros pequeños ponys, ya no como objeto delator sino como idea. Lo que desató la ola de asociaciones que los hizo volver a la carga fue la vez que estando en un bar pasó un chico a dejarme aquella estampita en la mesa. Varias veces vi esas estampitas de ositos ridículamente positivos con sus ojos llenos de lágrimas de emoción; pero en ese instante de legibilidad la sinapsis generó algún enredo.

Últimamente me obsesiona el enganche mental a ciertos acontecimientos. Los gestos involuntarios que se repiten y establecen intrincadas relaciones, enigmas a descifrar. Algunos rasgos en común hicieron que ositos y ponys se acoplaran. Quizás los colores, quizás su ternura impostada, hayan sido responsables. El lenguaje es una trampa vinculante — casi simpática diría — que va formando su textura según la historia que lo rellena. Como la noche en que soñé que me perseguían con un pincel a modo de puñal. El mismo pincel que uso para pintar.

Pero en el caso del chico, el pliegue de las imágenes señalaba una brecha mayor; ya no se trataba de una disputa infantil por el juguete de moda. Era un niño atropellado por el rasgo bruto del barroquismo urbano que repartía una felicidad mentirosa a cambio de monedas.

Entre las estampitas, los ositos-pony, el mozo que limpiaba la mesa, la imaginación siguió su curso. Recordé cuando trabajaba en el bar, las peleas por una bendita rejilla, tesoro húmedo y sucio que se guardaba escondido por las esquinas. En esa disputa el robo estaba permitido, después de todo como objeto deja mucho que desear. Era un campo de batalla bastante divertido, estaba el que no la lavaba, el que se guardaba dos, el que las dejaba en el balde con agua y jabón pudriéndose por días. Cuando volvía a casa también había rejillas, pero allí ese tesoro era mi hendidura. Me gustaría no tener que limpiar mi casa, que nunca más una rejilla me interrumpa mientras escribo o preparo una idea. Que digo, “Mirá que renegar por tan poco, con todos los problemas que hay, con el chico que reparte estampitas”. No son cosas para andar pensando.

Un día, tomé las frases del chico, “Haz que hoy sucedan cosas increíbles”, escribí en un pequeño papel. Fui lentamente preparando una superficie de rejillas, tiñéndolas por partes con el agua de los hervores vegetales, durante meses. Junto a las frases estaban también los ositos-pony, “Sigue tus sueños”, continué, “ellos saben el camino”. El cúmulo de rejillas formó un gran paño que pudiera verse de lejos, en incómoda alianza con sus colores. Un palimpsesto como acto de redención para el pequeño pony, para el chico y sus estampitas, para las ironías que agujerean lo ordinario, para los deseos que no se cumplen, los que aún podemos cumplir. Para las torsiones entre las que caminamos con nuestros cuerpos dolientes; para las ansias que arremeten en este mundo violentamente bello. Todavía no sé bien qué es, ¿Una bandera que amarra el reclamo al deseo? Por suerte ya no me gustan los pequeños ponys, hace un tiempo que logré desandar las esperanzas de esa niña que fui.


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