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Palabras para volver al colegio

La primera vez que escribí un cuento tenía 12 años. Me senté frente al computador de mi casa –en 2005 el computador era una cosa bastante…

Consuelo Ferrer · 2026-05-19 20:44 · 0 claps · 8.4 min read
#duelo #escritura #jovenes
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Palabras para volver al colegio

La primera Rectora del CSPAH recibió un Siembra de cristal para la biblioteca.

La primera Rectora del CSPAH recibió un Siembra de cristal para la biblioteca.

La primera vez que escribí un cuento tenía 12 años. Me senté frente al computador de mi casa –en 2005 el computador era una cosa bastante grande que tenía su domicilio en una parte específica de la casa y que se compartía entre todos los que vivíamos en ella–, abrí el bloc de notas y me puse a escribir la historia de una niña que llegaba a su nuevo colegio y se proponía descubrir qué secreto escondía su profesor jefe. Con el tiempo, la protagonista descubría que su profesor era en realidad su papá, y se enteraba justo en el momento en que él moría en un accidente, mientras le escribía por primera vez una carta. Volví a buscar ese texto cuando supe que hoy iba a visitar mi colegio, que iba a tener la oportunidad de conversar con estudiantes que, como yo, ven que hay algo en la escritura que sirve como herramienta, pero también como refugio. Cuando lo volví a leer, pensé que la coincidencia es curiosa: mi primer cuento se trata de un papá muerto y mi primer libro también.

Volví a Chillán para presentar acá mi libro Siembra de cristal, publicado por Ediciones Overol. Es un librito celeste, con cubitos de azúcar en la portada, que cuenta la historia de mi papá, Vicente Ferrer, un trabajador azucarero que murió en 2020. La vida de mi papá transcurrió en la fábrica, y la fábrica queda aquí, a medio camino entre San Carlos y Chillán. Este es un relato chillanejo, aunque yo no viva en Chillán desde hace ya quince años, y por eso quería volver a mi ciudad para contarla, para presentar acá mi libro y devolver esta historia a la tierra donde pertenece. En cambio, no tenía en mis planes ni me imaginaba siquiera poder volver aquí, al Aula Magna de mi colegio.

Pasé mi adolescencia en estas tierras, no sólo en Chillán sino acá, en el colegio. Hice pre-kínder en el edificio antiguo, en el centro, y llegué a este colegio en 1999, cuando el pasillo que une los ciclos estaba abierto y el invierno te congelaba. Aquí estudió mi hermano mayor, que hoy es ingeniero civil químico, y acá estudió mi hermana, diseñadora, que me vino a acompañar. Aquí pasé todas las réplicas del terremoto de 2010, el año en que salí de IV. Aquí participé en Arkontes durante toda mi enseñanza media. A este colegio representé en olimpiadas de Química y concursos de Ortografía. Aquí fui presidenta de curso, tesorera, jefa de bloke. Aquí, a los 14 años, conocí a mi mejor amiga. Este colegio forma parte de mi historia.

Yo también fui una niña que nació en Chillán y que creció leyendo en una ciudad que, durante mi adolescencia, no tenía una sola librería. Yo también fui una estudiante que, a los 15 años, quise participar del concurso literario del colegio. Ese año nos dieron una premisa: tenía que ser un cuento que abordara la inclusión. Yo me acuerdo de que inventé una historia sobre la amistad entre dos amigos, uno de ellos con una enfermedad que lo hacía lucir diferente. Al final del cuento, él moría.

Poco antes del día de la premiación, me llamaron a la oficina del director de Ciclo. Ahí, él me preguntó cómo se me había ocurrido la idea, cómo lo había escrito, cuándo. De a poco fui entendiendo que no me creían que lo hubiera hecho yo. Ahora, hace pocos días, busqué entre mis archivos ese cuento y lo volví a leer, y no me pareció nada inverosímil, aunque quizás el lenguaje estaba un poco rebuscado: decía “platicar” en vez de “conversar”. Ahí va mi primer consejo: escriban como hablan. Le mostré el cuento a mi hermana y hoy, 17 años después de haberlo escrito, me preguntó: “¿Estás segura de que lo escribiste tú?”. A ella le extrañó que el narrador fuese un hombre. La maldición de ese cuento todavía no expira.

Y digo “maldición” porque de todas formas no gané: saqué segundo lugar. Me gané 10 mil pesos y con esa plata fui al Jumbo y me compré Harry Potter y las reliquias de la muerte, que había salido recién. No gané, pero siempre seguí escribiendo. En ese computador, en mis libretas, en hojas sueltas que acumulaba en carpetas en mi velador, en los computadores que vinieron después, en las notas del teléfono. Escribí cartas, diarios de vida, mails, cuentos, algunos poemas, y después, cuando llegó el momento, me tocó elegir una carrera. La presión fue grande, porque yo siempre fui buena alumna: estuve en el Plan Especial –no sé si todavía existe–, saqué muy buenos puntajes en la PSU. Muchos adultos me dijeron que estudiara Medicina y que escribiera en mi tiempo libre, incluidos mis profesores de Matemáticas y de Biología, y no se los recrimino: el mundo laboral es duro, es difícil encontrar un espacio en él, y las carreras humanistas no suelen garantizar una situación socioeconómica digna tan a menudo. Por suerte estuvieron ahí mis papás, que me dijeron que estudiara lo que yo quisiera.

El problema era que no sabía qué quería estudiar. ¿Qué había que estudiar para ser escritora? Todavía no lo sé, porque es una carrera que no existe. Pensé estudiar Letras o Literatura, solamente por el nombre, pero con los años entendí que eso se estudia para hacer una carrera académica: investigar, hacer papers, hacer clases. Al final, orientada por una profesora de mi Preu, me decidí por estudiar Periodismo en la Universidad Católica en Santiago. Yo no quería irme tan lejos, pero sus argumentos fueron convincentes: para una carrera saturada de profesionales, tenía que irme a una de las mejores universidades. Eso hice. Me gané una beca que me permitió sacar la carrera y en el camino me enamoré del periodismo, o más bien de la no ficción, del propósito de contar historias que ya existen pero hacerlo de una manera linda, recurriendo a los testimonios de los involucrados, visitando lugares, leyendo documentos, reconstruyendo escenas. Así es como escribí este libro, que cuenta la historia de la IANSA a través de la vida de mi papá y que también cuenta la historia de mi propio duelo por haberlo perdido a él.

Antes de venir, me pidieron que hoy les contara mi experiencia en el colegio y “cómo convertirse en escritor”. La segunda es una petición difícil, porque no sé bien si tengo una fórmula. Tiendo a pensar que es algo que no se estudia, sino que se aprende leyendo, escribiendo, tomando talleres y recibiendo los comentarios de otras personas que te leen. Pienso que cualquier carrera puede ser compatible con el oficio de la escritura, pero es mejor si esa carrera te entrega herramientas para aplicar en tu escritura. No me refiero solamente a que en periodismo te enseñen a escribir: si quieres escribir ficciones que ocurran en hospitales, quizás sí te sirve estudiar Medicina; si quieres hacer ciencia ficción, quizás es buena idea estudiar Astronomía. También es mejor si esa carrera te permite vivir con tranquilidad: si trabajas un número de horas que te permita todavía tener tiempo para escribir, si ganas un sueldo que hace posible que la escritura no sea tu fuente económica primaria. No me malentiendan: me encantaría vivir de ser escritora, pero es una suerte escasa. Quizás algún día pueda ser como Isabel Allende (quien, por cierto, publicó su primera novela a los 40 años), pero por ahora me las arreglo trabajando en el equipo de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, donde trabajo de lunes a viernes en horario de oficina. Tengo un trabajo que me encanta y que me permite (y me alienta) a impulsar mis propios proyectos de escritura, que me dio permiso hoy para estar aquí con ustedes. Me siento afortunada por eso.

Entonces cómo convertirse en escritor. Escribiendo. Escribiendo mucho, escribiendo todo: pensamientos, bitácoras, impresiones sobre lo que han leído o visto en el cine. También pensaba en esto: hay que vivir lo más posible, experimentar un amplio rango de vivencias, no protegerse de sentir. Para escribir, quizás, hay que perder. Hay que conocer otras realidades, quizás hay que migrar, hay que observar mucho, hay que salir. La vida es la materia prima de la escritura. Quizás se pueda, escribir de aquello que no se conoce, pero yo pienso que debe ser más difícil. Tampoco se trata de vivir vidas kamikaze, de no medir los riesgos o exponerse. Hay que encontrar un balance, pero hay que buscar las experiencias que después vamos a querer escribir.

Hace poco conversaba con una escritora argentina que admiro mucho, llamada Romina Paula, que me dijo algo que me resultó muy inspirador: que la escritura la había salvado de sus momentos más difíciles, no porque le diera sentido a los hechos –que a veces no lo tienen– sino porque la posibilidad de escribirlos después, de poder contarlo, le devolvía paz. Que estar vivo era eso: poder contar. La escritura es algo que puede revertir una desgracia, o sacar de ella un costado mejor, si logramos con ella hacer un relato que después perdure, que sea más largo que nosotros, que nos devuelva la sensación de control sobre nuestra narrativa.

Tuve la oportunidad de tomar un taller con Romina Paula en Buenos Aires, así como tomé talleres con Camila Gutiérrez y Belén Fernández Llanos, ambas autoras que admiro muchísimo. Su impacto en mi proyecto es algo que no sabría medir, porque muchos de los textos que componen mi libro surgieron ahí, en base a ejercicios que me propusieron, y que luego crecieron cuando mis compañeras pudieron leerlos y darme su opinión. Tomar talleres para leer y escribir en colectivo es un consejo que no puedo dejar de darles. Busquen autores que les gusten y traten de tomar clases con ellos, o busquen talleres que impartan organizaciones abiertas. Existen muchísimos talleres online, hay otros gratuitos, en algunos se puede postular a becas.

El primer taller que yo tomé no tenía nada que ver con la escritura, pero de alguna forma me abrió el mundo: tomé un taller de danza con mi mejor amiga en las vacaciones de invierno de III medio en la UNIACC, y nos fuimos en tren junto a su mamá a Santiago por tres o cuatro días. Si bien no seguí el camino de la danza, ese taller me permitió llegar por primera vez a Santiago sola, por mi cuenta, a relacionarme con una universidad, a conocer una vida que no sabía que podía ser posible para mí. Cuando tomé el tren para irme, mi papá se subió a la torre de la IANSA y se despidió de mí con la mano mientras hablábamos por teléfono, y esa ha sido una de las escenas del libro que más le ha gustado a la gente. Pienso que si yo no hubiera tomado ese taller, ese escena jamás hubiera entrado al libro. Hoy formo parte de una universidad y conozco el trabajo de extensión: sé que se hacen escuelas de verano, escuelas de temporada en otras localidades, cursos abiertos. Si algo les mueve, busquen cómo acercarse a ese conocimiento.

Otro consejo que puedo darles es que postulen a todos los concursos y convocatorias que se crucen, como este Concurso Literario. En mi primer año en Santiago postulé a un taller de escritura de cuentos gratuito en la Biblioteca Nacional de Chile y quedé. Nunca había pisado un edificio así, antiguo, majestuoso, y tuve la oportunidad de tener clases con Ana María del Río, una gran escritora chilena. Para escribir este libro que hoy estoy presentando, conté con el apoyo del Ministerio de las Culturas, a través de la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro. Postulé el proyecto una primera vez y me faltaron 3 puntos para adjudicarme el fondo. Al año siguiente mejoré mi postulación y gané una beca de 4 millones de pesos para poder dedicarme a escribirlo. El Ministerio de las Culturas tiene algunos fondos y concursos especialmente dedicados a la escritura de jóvenes, como el Premio Roberto Bolaño, que reconoce cuentos y poesías de autores de entre 13 y 17 años. Cada ganador recibe $1.6 millón de pesos. Busquen y postulen, oblíguense a postular porque eso sirve para escribir. Yo postulo todos los años a Santiago en 100 palabras desde que me fui a vivir allá, en 2011. Nunca he ganado, pero no voy a dejar de concursar.

No quiero extenderme demasiado en este discurso, porque yo también fui estudiante y también tuve que ir a actos donde escuché discursos de los que ya no me acuerdo. Sí me acuerdo, en cambio, de lo que he conversado, de las veces en que me involucré en un diálogo. Leí sus cuentos y poemas, al menos los ganadores, y muchas características de su escritura me sorprendieron y me conmovieron. Me gustaría que pudiéramos conversar: escuchar cuáles son sus preguntas, sus dudas, sus ideas. Muchas gracias por la invitación, por su atención y por escucharme. Ahora es mi momento de escucharlos a ustedes.


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