CAPÍTULO UNO: RECUERDOS
No sé qué edad tenía entonces. Solo me queda el rastro de un camino polvoriento en aquel valle, cortado por un arroyo que no sé si era obra…
CAPÍTULO UNO: RECUERDOS

No sé qué edad tenía entonces. Solo me queda el rastro de un camino polvoriento en aquel valle, cortado por un arroyo que no sé si era obra de la naturaleza o un límite trazado para dividir las tierras. Podría inventar que recuerdo el aroma de los campos, de la leña seca o de los techos de palma, pero no sería cierto; lo que guardo en la nariz es el olor al ganado, a los caballos a rancho. Corría a casa de mi prima para pasar las tardes jugando a todo y a nada, en esos destellos de memoria que hoy parecen no tener sentido.
Al caer las noches, el santo rosario se volvía la ley. Recuerdo las “santasmarias” retumbando y el “diostesalve” mal recitado por el cansancio. Aquel día yo solo quería seguir jugando. Mi hermana me pedía paciencia, que esperara a que termináramos, pero no hice caso. El castigo fue un golpe seco en la retaguardia; mi padre, de quien conservo la voz firme en los rezos, demostró su autoridad de un solo impacto, duro y doloroso. Mi llanto no detuvo la oración. No respeté el rosario y, según decían, el diablo se me había metido. Pagué las consecuencias. Fue el único golpe que recibí de él en toda mi vida.
Veo todavía a los hombres con sus bombas de riego sacando agua del pozo y de la pileta. Vi a muchas palomitas morir por beber de la ponzoña que quedaba en una llanta de tractor partida a la mitad, que usábamos como bebedero. Pensé en qué me pasaría si yo bebía de ahí, pero me ganó el miedo. Mi madre se encargaba de limpiar todo con ese tono molesto y callado que tanto la caracterizaba.
Había magia en la escopeta de mira telescópica de mi padre. Él la probaba disparando a los racimos más altos de los mangos; ver la fruta tan cerca a través del lente era un portento. Mientras tanto, mi madre barría el patio y le prendía fuego a la hojarasca. Entre la basura se colaba el sorgo de las vacas, que estallaba con el calor como pequeñas palomitas de maíz. Tomé una, pero olía feo. No recuerdo si me la comí.
Era natural capturar gallinas y guajolotes. Veía a mi madre torcerles el pescuezo con mano firme para degollarlos y meterlos en una cubeta para que se desangraran. Luego venía el ritual: el agua hirviendo para desplumarlos y el paso rápido sobre la flama para quemar los vellos rebeldes que no querían soltarse. Me sentaba junto a mi hermana a ver cómo los destazaba, separando con pericia las partes comestibles de las tripas.
Mi desayuno era un rito de frescura. Llevaba un vaso con Chocomilk y azúcar y corría por la mañana a buscar a mi padre mientras ordeñaba. Él tomaba el vaso y, directo de la ubre, con la presión de la espuma, me preparaba el batido. Lo acompañaba con una tortilla recién sacada del comal y un trozo de queso que mi madre hizo el día anterior con leche y un pedazo de cuajo. Olía horrible, pero esa era la alquimia que separaba la leche para dar paso al queso, al requesón y a la panela. A veces, si batías con suficiente fuerza el suero dentro de un frasco, ocurría el milagro de la mantequilla.
Me gustaba ver los tractores surcando la tierra. El aroma del polvo fresco se mezclaba con el vuelo de las garzas que seguían a la máquina para darse un banquete con los gusanos y lombrices que el arado descubría. Me gustaba ver la siembra del frijol y el maíz: sacos de semillas cubiertos de un tono rosado, un tinte extraño que yo suponía era algún nutriente o el veneno para los insectos.
Cuando tocaba “fainiar” en la cosecha del frijol, yo me dedicaba a jugar con una vara, destruyendo malezas o arrancando las plantas más suaves. Mis padres y hermanos iban rápido, armando montones; a veces las parcelas eran tan grandes que los perdía de vista, pero mi mamá siempre andaba cerca, yendo y viniendo en tramos cortos. De esos días recuerdo el café calientito del alba y los tacos de frijoles refritos con queso; si se calentaban en las brasas, tomaban un sabor ácido por la ceniza que también me gustaba.
A veces visitábamos a los abuelos paternos en un rancho cercano. Me daba miedo mi abuela; estaba postrada en cama por una demencia que no entendía y mi abuelo la cuidaba con devoción. Luego se mudaron a un lugar de tierras rojas, donde crecía una planta de aroma dulce que después supe se llamaba albahaca. Desde entonces, ese olor es para mí, asi como el color rojo intenso de esa tierra, el recuerdo de los abuelos.
Veo a mi padre perderse en el camino de terracería montado en su caballo. Llevaba tarros de aluminio con leche y bolsas con quesos para vender en los pueblos. Yo le gritaba que me trajera un jugo. No recuerdo con certeza si siempre cumplía, pero en mi memoria está el sabor del jugo de uva en esos cartoncitos rectos, con popotes duros que costaba trabajo clavar.
En las tardes mandaba la radio naranja de pilas gordas. Escuchábamos las radionovelas: Porfirio Cadena -El Ojo de Vidrio y, a veces, Kalimán. No entendía bien las historias, pero me arrullaban. También teníamos un conejito mecánico que hacía un “ñaca-ñaca” armónico al moverse; se le podía quitar la piel de peluche para verle las entrañas de engranes, algo que me resultaba alucinante.
Al caer el sol, salía con mi hermano a cazar palominas cafecitas con la resortera. Traíamos varias y mamá las freía para cenar con frijoles. Otras veces íbamos más lejos por “cajos” de patas rojas y cuerpo morado; el caldo de esos cangrejos me encantaba. En las lluvias, los humedales rebosaban de camarones de río — cauques, les decíamos — y mojarras. También cazábamos tuchis o armadillos; olían feo y me daba pesar ver cómo los mataban, pero terminaba comiéndomelos.
Los abuelos maternos vivían cerca y tenían hortalizas. Me gustaban las guayabas de su patio y el agua de su pozo, que me sabía a jabón pinto. Comíamos caldo de garbanzo, chiles rellenos y esas tortillas que llevaban un huevo adentro.
De pronto, el recuerdo del temblor del 85: la tierra formando un patrón de surcos por la vibración frenética, mis canicas dispersándose por todos lados y la pileta de concreto desbordándose como si alguien agitara una cubeta. Fue algo aterrador y alucinante a la vez.
Recuerdo el sabor de las jícamas recién desenterradas, los elotes cortados de la milpa y las calabacitas tiernas con carne. Y, al final de la temporada, las sandías rotas que quedaban olvidadas en la tierra tras la cosecha.
Eso es lo que guardo de aquel valle: del Rancho de los Jilotes, de la casa de palma y los pabellones para dormir. De los alacranes que me picaban tanto que el Seguro Social ya era parte de la rutina, y de ver a las gallinas morir por el mismo veneno. Recuerdo el aroma a petróleo del aparato que usábamos para alumbrar, pues no había luz ni agua entubada. No había televisión ni juguetes más allá de los palos, las piedras o lo que el Niño Dios traía en Navidad. Era feliz así, disfrutando lo que había, sin desear nada, sin pensar en nada, solo viviendo en aquel valle.
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- 2026-07-13 09:30:18