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Cronicas desde un rincón

Para entender las esquinas de Ciudad Pacífico, hay que haber aprendido a leer el mapa con la planta de los pies, descalzo o con los zapatos…

Wilhelm Hurtado Santamaria · 2026-07-13 15:01 · 0 claps · 3.2 min read
#crónica #textos #ficción
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Cronicas desde un rincón

Para entender las esquinas de Ciudad Pacífico, hay que haber aprendido a leer el mapa con la planta de los pies, descalzo o con los zapatos gastados de tanto buscar una dirección que las guías oficiales insisten en borrar. Esta urbe no se divide por comunas ni por estratos residenciales, aunque la tecnocracia de la alcaldía gaste millones en pintura, gentrificación y nomenclaturas brillantes en el distrito financiero de San Benito. No. Esta ciudad se divide, tajante y sin anestesia, entre los que miran la lluvia desde la seguridad de un ventanal con calefacción y los que nos escampamos bajo el alero poroso de una casona vieja, cuidando que el granizo no nos deshaga los cigarrillos o la mercancía del día.

Yo pertenezco al gremio de los segundos. A esa fauna nocturna y andariega que los sociólogos de oficina llaman la «generación extraviada». Herederos directos de revoluciones que se quedaron sin gasolina y de las reyertas del estado de sitio, fuimos forjados a punta de gases lacrimógenos, apagones programados y realidades de realismo trágico que siempre superaron a la ficción de los libretistas. Crecimos viendo cómo la justicia se quemaba en el centro del valle, cómo los discursos de la Constituyente del 91 se volvían letra muerta y cómo los ídolos de la farándula criolla se desmoronaban al salir el sol. Nos quedó claro que en este trópico de contrastes brutales la vida se te va en un segundo, y que la memoria es un artículo de contrabando que se cotiza caro en el mercado de la noche.

Por eso nos refugiamos en el Bar de los Desahuciados. Ese sótano de vigas ahumadas no era un simple negocio de licores nacionales; era nuestro microestado soberano, un oasis de madera gastada donde la única ley estatutaria que se respetaba con celo militar era que tu libertad terminaba exactamente donde empezaba la del vecino de barra. En sus mesas pusimos al corriente las agendas de vidas truncadas por contratos de prestación de servicios; vimos a mesías de pasarela despojarse de su cabellera publicitaria para sentar cabeza en el anonimato; y compartimos el bando con extranjeras que arrastraban tres títulos universitarios en la chaza mientras esperaban un permiso legal que la burocracia les negaba. Allí, el lenguaje mutaba con la misma velocidad que el ron: mezclábamos latinismos jurídicos con barbarismos del asfalto, oratorias ancestrales sobre los misterios de la panela, la ciencia Reiki, las teorías de Nietzsche y debates encendidos sobre el gótico tropical. Un santuario donde, para no perder la cordura del todo, terminamos abriéndole espacio al tinto cerrero, al té verde y al agua de hierbas, servidos limpios para saber con certeza científica que los delirios de la tertulia eran producto neto de la locura propia y no de lo consumido en la mesa del rincón.

Pero el progreso, ese monstruo frío manejado por señores de camionetas blindadas y vidrios polarizados, no tolera los espacios donde la conversación no genera dividendos. Vimos caer el Paradiso bajo las picas del tren metropolitano; vimos demoler los patios gitanos de la Pequeña Italia para levantar torres de vivienda multifamiliar, grises e idénticas, donde hoy se hacinan los auténticos autómatas del nuevo siglo. Incluso contrataron exorcismos de tres religiones diferentes para sacar de los solares los demonios de la bohemia, intentando sepultar bajo el cemento las historias que nos hicieron humanos. Pensaron que demoliendo los muros borraban el pasado. Pobres ilusos.

Las crónicas que siguen a continuación no son un ejercicio de nostalgia barata ni un lamento de esquina. Son el censo de las ruinas. Son el registro civil de los fantasmas que todavía caminan por la cuenca baja cuando la noche madura y las últimas gotas de tormenta limpian el asfalto. Es la radiografía de tipos como Luisfer, el antropólogo del mostrador que te despacha un grano de abasto mientras te liquida la existencia en diez segundos; o de los polvoreros serios que tiran tacos a medianoche para mandar señales cifradas en mitad de la alborada.

Las escribo porque el silencio es una mercancía peligrosa y porque, tarde o temprano, todos terminamos en el Patio Trece del sanatorio mental distrital por el solo delito de querer prender una vela en mitad de la primavera o por amar en silencio, a nuestra estricta manera, inventando nombres y excusas para coincidir en el instante mismo.

Queden aquí grabadas estas estampas, con humor, con intensidad y con absoluta pasión, para que cuando el viento de la modernidad termine de barrer con lo poco que nos queda, alguien sepa que en Ciudad Pacífico hubo un grupo de locos que se negó a olvidar.

Pase, acomódese en la mesa del fondo y pida lo que el cuerpo le pida. Ya sabe que aquí no se le sostiene nada a nadie y que de este bar nadie sale vivo. La noche apenas comienza.


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2026-07-14 20:46:09