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“Lo más raro que viví en un cine”

Un boludo que tengo en Facebook escribió algo con ese título. Contaba que fue a Recoleta a ver Parasite y de repente se apagó el proyector…

Cristian Domínguez · 2020-02-10 05:48 · 2 claps · 3.3 min read
#cine #gardel
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“Lo más raro que viví en un cine”

Un boludo que tengo en Facebook escribió algo con ese título. Contaba que fue a Recoleta a ver Parasite y de repente se apagó el proyector. Una chica de la empresa pidió disculpas, lo reiniciaron y siguió la película. Qué pocas veces habrá ido este pibe al cine. Literalmente eso me pasó a los 5 años viendo Batman & Robin en el General Paz. Me acuerdo de la gente abucheando y puteando mientras estaba Alfred en la pantalla. Ese fue uno de los días en que, de chiquito, entendí cómo somos los porteños.

Tampoco es que viví experiencias muy increíbles en una sala pero me quedé esperando que escribiera algo insólito, no esa pavada. Pienso en cosas surreales que me pasaron en un cine a mí. No son mucho mejores que la del flaco, pero al menos no las vendo como algo genial.

-El cine se prendió fuego y tuve que abandonar la sala con los anteojos 3D puestos

-Tuve la sala solo para mí en The Perks of Being a Wallflower. Fui al Showcase de traje porque acababa de ser maestro de ceremonias en un acto de la Comisaría de mi barrio, a pedido de una vecina muy viejita

-Dos tipos se cagaron a trompadas. El hijito de uno estaba presente y se puso a llorar. Al papá lo embocaron y se le cayeron los anteojos. Fue más divertido que la película, que era una de X Men

-Hubo una amenaza de bomba y tuvimos que desalojar por unas escaleras de emergencia. Nunca terminé de ver la peli, que era Atonement.

-Me llené de pulgas en la sala del Malba

-Éramos adolescentes y un amigo hablaba durante la proyección. Un adulto de la fila de adelante se dio vuelta y le dijo: “pendejo de mierda, callate porque te voy a recontra cagar a trompadas. No me importa que seas menor”. Pobre mi amigo, no hizo ruido ni para respirar. No habló nunca más. Hasta el día de hoy.

-En una de terror una persona se asustó y salió de la sala corriendo y gritando

A pesar de que el streaming domina el mundo, y que venimos de años de piratería digital, los números de espectadores en el cine crecen y crecen. A mí es un ritual que me gusta mucho el de ir a una sala, por más que pueda ver la película en casa. El hecho de trasladarme a otro lugar transforma el consumo en una ocasión especial. Veo trailers, veo gente, compro pochoclos, la pantalla es grande. Obvio que es una fiaca el hecho de que las personas hagan ruido, pero también es inevitable y forma parte de las reglas del juego. El fin de semana fuimos a ver Mujercitas. Todas las butacas estaban ocupadas. Nos sentamos y una vieja que estaba al lado le dijo a mi novia: “odio cuando comen pochoclos en la película”. Disculpe, señora, ya mismo los tiro al suelo.

Desarrollé con el tiempo cierto interés por los cines viejos. Me gusta visitar los que están en pie y también ver las fachadas de los que hoy son otra cosa. Muchísimos de los edificios con los que nos topamos todos los días eran cines. Por ejemplo, en mi querido barrio, el clásico cine Mignon (recordado por todos nuestros abuelos) de la calle Juramento hoy es un templo evangelista. Y en ese escenario en el que pastores predican ante almas desesperadas, hace mucho tiempo se subió Carlos Gardel a cantar. La casa de electrodomésticos Hiper Rodo que está en Cabildo fue el cine General Belgrano. Quienes lo visitaron dicen que tenía una sala hermosa. Ahí también cantó Carlitos. El espacio que ahora ocupan licuadoras y televisores cargados de impuestos supo contener la voz de Gardel.

Me estoy poniendo monotemático pero, cerquita de mi barrio, Gardel también cantó en el cine teatro 25 de mayo, en Villa Urquiza. Según contaban los comerciantes del mercado que estaba al lado, el zorzal criollo después de su presentación fue al Café Costa Rica, donde hoy está la confitería Pindal. Miró la zona alrededor y les dijo a sus músicos: “Esto está más desolado que la Siberia”. Urquiza era un páramo.

Ir al cine costaba monedas y podías ver dos películas, el famoso double feature. A veces entre una y otra existía un “número vivo”, que estaba anunciado en el programa. Un artista subía y cantaba. Mi bisabuelo, según me cuentan, trabajaba de eso.

En referencia al tema de los gajes de esa situación social y colectiva que es el cine, recomiendo escuchar “La Tragedia de ir a ver Titanic”, del uruguayo Leo Masliah. Dura cuatro minutos, es muy graciosa y está en YouTube.

Qué suerte que ya abandonamos la idea de ver películas en 3D. No te daban anteojos con aumento. Quedaba siempre como un gil usando los míos y los del cine al mismo tiempo.

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