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La versión de mi que ya no existe

Después de que terminamos, nunca dejamos de vernos. Solo cambiamos las reglas sin hablarlas.

Salma Marín · 2026-02-17 01:18 · 0 claps · 2.0 min read
#abuso-emocional #abuso-sexual #relaciones #amor-propio
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La versión de mi que ya no existe

Después de que terminamos, nunca dejamos de vernos. Solo cambiamos las reglas sin hablarlas.

Nos movíamos en esa zona gris donde no hay compromiso, pero sí costumbre. Él me escribía y yo respondía. Él decía que estaba abajo de mi edificio a la una de la mañana y yo bajaba. Siempre bajaba.

Yo me decía que era porque todavía lo quería. Porque entendía su forma de ser. Porque así era él. Y si yo era paciente, si yo era comprensiva, si yo estaba disponible, tal vez algo iba a cambiar.

Pero nunca cambiaba.

Su forma de querer era fría. Distante. La mía era expansiva, constante, casi incondicional. Yo daba más. Justificaba más. Esperaba más. Y poco a poco fui normalizando sentirme pequeña con tal de no sentirme sola.

Todo terminaba girando alrededor de lo mismo. Encuentros que empezaban con cariño y terminaban reducidos al contacto físico. A un espacio donde mi cuerpo estaba presente, pero mi incomodidad empezaba a crecer.

Muchas veces dije que sí. No siempre porque lo deseara profundamente, sino porque sentía que negarme significaba arriesgar lo poco que aún existía entre nosotros. Pensé que ceder era una forma de mantener el vínculo.

Con el tiempo entendí que no estaba eligiendo desde el deseo, sino desde el miedo.

Hubo una noche, la ultima, en la que el límite dejó de ser invisible. Fue más lejos de lo que yo estaba preparada para sostener. Lo sentí en el dolor. Lo vi en las marcas que no supe cómo explicar, ni siquiera a mí misma.

En el momento intenté convencerme de que estaba bien. Que era parte de la dinámica. Que no era para tanto.

Pero mi cuerpo sabía otra cosa.

Ahí entendí algo que me costó aceptar: haber dicho “sí” antes no convierte todo en consentimiento para siempre. El deseo no se presume, se confirma. Y cuando alguien te quiere, cuida.

No fue un solo instante aislado. Fue la acumulación de veces en las que ignoré mis propios límites para no perderlo. Fue la costumbre de minimizar mi incomodidad. Fue la presión constante disfrazada de cercanía.

Lo más doloroso no fue solo esa noche. Fue reconocer que llevaba tiempo ignorando mis propios límites para sostener algo que ya no me sostenía a mí.

No fue un solo momento. Fue una acumulación de veces en las que me convencí de que estaba bien cuando no lo estaba.

Hoy sé que el amor no se mide por cuánto aguantas. Ni por cuántas veces estás disponible. Ni por cuánto estás dispuesta a ceder.

El amor que me cuesta la paz no es amor. Y ningún vínculo merece que mi cuerpo o mi dignidad entren en negociación.

Ya no confundo intensidad con conexión. Ya no bajo por miedo a que no vuelvan.

Aprendí que elegirme no es egoísmo. Es supervivencia emocional.

Y eso también es crecer.


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